martes, 22 de noviembre de 2016

JAVIER LOSTALÉ. LA ESTACIÓN AZUL

La estación azul
Javier Lostalé
Renacimiento, Los Cuatro Vientos
Sevilla, 2016

GOTAS DE LUZ

  Fue el poeta nicaragüense Rubén Darío quien subió a los estantes literarios la palabra azul. Convirtió al sustantivo en mercurio poético, en estrato valioso, en  una conmoción sentimental que fomentó la singularidad estética del Modernismo. Con él amanecía un propósito persuasivo que buscaba en cada verso el asombro, que caracteriza el lenguaje como un ámbito de concordia y revelación. De esta poética que hace de las palabras infusión estimulante y no funcional estrategia comunicativa se fraguan las teselas en prosa de La estación azul, quinta entrega de Javier Lostalé, editada por primera vez en 2003, pocos meses después de que se reuniera su corpus en La rosa inclinada. Tras esa compilación, han ido manando de forma natural otras salidas como Tormenta transparente y El pulso de las nubes, y el perfil literario añade trazos nuevos, como antólogo de poetas jóvenes andaluces en Edad presente. Poesía cordobesa para el siglo XXI, como agradecido discípulo de Vicente Aleixandre, uno de sus magisterios tutelares, y como animador cultural del siempre maltrecho paisaje de la lectura con Quien lee vive más, título que adquiere la contundencia de un lema publicitario.
  Los textos poéticos de La estación azul tienen una naturaleza paradójica, velan los ángulos intimistas del yo biográfico para argumentar reflexiones sobre un entorno próximo, habitado por la contingencia, que emerge entre la emoción y el sentimiento, envuelto en su propia sustancia. El poema se convierte en mirador y observatorio, da cuenta de matices y alteraciones. Una breve nota prologal comparte la gestación de esta entrega: los textos nacieron como fragmentos destinados a la publicación en las páginas del diario ABC por encargo del desaparecido poeta Santiago Castelo. Por su carácter lírico pasaron a formar parte del material compilado en La rosa inclinada, y regresó a las estanterías como libro autónomo, tras recibir el Premio Francisco de Quevedo, certamen convocado por el Ayuntamiento de Madrid. Se han añadido tres teselas inéditas y no hay otras modificaciones en la nueva edición de Renacimiento; por tanto, el acercamiento a la prosa lírica de La estación azul mantiene su cálida temperatura estival.
  El punto de salida de la palabra es la mirada hacia el espejo del otro. Un propósito manifiesto de superar el ensimismamiento biográfico de lo personal para recorrer los puentes que conducen al entendimiento claro de otras identidades. Son presencias convocadas en el espacio onírico de una estación azul, un andén habitable donde se entrecruzan pasos y sentimientos, donde las palabras despliegan su mapa comunicativo y convierten al pensamiento en sustrato germinal. El lugar del poema se caracteriza por su condición atemporal, por localizar su espacio en una dimensión etérea en la que andan a trasmano ilusiones y sueños. De ahí, su mediodía continuo y el carácter simbólico de cada uno de sus rincones. Las fronteras de esa estación azul mantienen una distancia ambigua, con tramos azarosos que se expanden hacia la felicidad o el desamparo, entre las palabras y el silencio, como si fuesen partícipes de que la existencia se va moldeando entre mutaciones y cambios inadvertidos.
  La estación azul, desde su mirada fragmentaria, contiene una intensa narratividad lírica; sus piezas conforman un árbol de luz, una realidad con epitelio onírico, que aporta a quien se acerca la claridad gozosa del encuentro, esa propuesta de la palabra  hecha refugio, indagación y búsqueda.    

                                                                

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