sábado, 20 de mayo de 2017

LUIS FELIPE COMENDADOR. MAÑANA NO SERÁ NUNCA

Mañana no será nunca
(Antología poética 2003-2015)
Luis Felipe Comendador
Prólogo de Fernando Rodríguez de la Flor
Epílogo de Luis Alberto de Cuenca
Diputación Provincial
Salamanca, 2017

NICOTINA Y POESÍA
  
   El escritor argentino Adolfo Bioy Casares escribió que “el conocimiento del hombre no permite la previsión de su literatura”. Me toca disentir, aunque admire el talento de Bioy y añore su dúo dialogal con Jorge Luis Borges. Discrepo porque conocer a Luis Felipe Comendador (Béjar, 1959) ha sembrado de continuo claves de desciframiento de su producción poética, cuyo primer tramo compiló la antología Vuelta a la nada (El Árbol espiral, Béjar, 2002). Se ofrece ahora la poesía reunida editada entre 2003 y 2015, un quehacer que integra los libros El amante discreto de Lauren Bacall, (2003), Con la muerte en los talones (2004), El gato solo quería a Harry (2005), Esa intensa luz que no se ve (2007), Dientes de leche (2008), Los 400 golpes (2013) y Corre la voz (2015). Un paréntesis que concede al escritor un lugar propio en su generación, pese a su alejamiento de la sociedad literaria y a su estar silencioso en las contingencias de lo episódico, El bejarano es un outsider con la identidad de “un autor raro”.
   El trabajo de interpretación de esta caligrafía comienza por el título y la imagen de cubierta. Son dos elementos que no agotan su sentido literal pero que muestran una fuerte relación con el contenido: la imagen dibuja un rostro a punto de morder un anzuelo; y el aserto Mañana no será nunca no elude el pesimismo exacerbado de quien no encuentra ningún rastro de vida en el porvenir. Ambas claves predisponen a adentrase en las consideraciones de Fernando Rodríguez de la Flor. El profesor contextualiza el momento histórico en el que nace esta poesía, marcado por la crisis y la globalización. Un tiempo tenso que nunca enmascara su deambular desapacible, su fondo oscuro. Tal estado conlleva el descrédito de lo social y el trazo borrado de cualquier utopía: estar es sobrevivir, ponerse cada día la piel de los naufragios.
   Esta conciencia en proceso se traslada de inmediato a la entidad del sujeto verbal que habita en los poemas y las sombras mudables de su pensamiento; el yo se hace trasunto de un ser contemporáneo que expone su periplo biográfico en la desolación estéril de la derrota a partir de unos cuantos elementos de uso. Una de las columnas más relevantes de esta escenografía personal es el cine, trasunto de aquella caverna platónica, donde la presencia no es sino el sueño de una sombra, una emanación sobre la pared del fondo de contornos difusos. La gran pantalla está en los títulos del poeta y en la construcción de ambientes y argumentos que con frecuencia imitan la trama a resolver del cine negro. En esos callejones oscuros de la soledad el poeta construye su tentación reflexiva; allí aflora, entre la nicotina y los trazos de humo sucio, la certidumbre que mantiene vivo cada latido: estar vivo no es poner en pie un esqueleto resignado; es buscar un sin embargo, hacer de las palabras un refugio, aventar el amor y el estar solidario, pedir cuentas a los propios errores para salir al día con ánimo dispuesto a una nueva derrota.
   En El amante discreto de Lauren Bacall el amor y el deseo se hacen razón de vida para dibujar cerca un arquetipo de belleza, el mito se hace símbolo, impregna lo cercano y restablece un ahora habitable. Pero somos un ser para la muerte y a cada paso asoma la condición efímera. De esa conciencia de habitar la ceniza se nutre  la escritura de Con la muerte en los talones. Conciso y lapidario, el poema dibuja un estar provisional: “Atrapado en campo abierto, / con todo el horizonte / vestido para mí, / los caminos de ida son tantos…/ que no existen”.
   En los libros de Luis Felipe Comendador resuena fuerte la primera persona; habla el yo y en su densidad semántica la intimidad es un rasgo poético esencial. Para convertir ese intimismo en instrumento de revelación y verdad objetiva, el poeta recurre a estrategias de distanciamiento; se ha visto en los libros anteriormente citados y así sucede en las composiciones de El gato solo quería a Harry, donde de nuevo el cine pauta el cauce argumental, a través de personajes como Orson Welles, quien se convierte en callado receptor del soliloquio. El habla evocativa recupera vivencias, sensaciones o el extraño laberinto existencial que suma y resta su erosión en el tiempo.
   Como un viejo tronco que aguarda un brote estacional reverdecido, las obsesiones reinciden y se yuxtaponen los matices de su reconstrucción. Si en los días de infancia hay un sol áureo que va perdiendo brillo mientras se completa la educación sentimental, las secuencias de vida retornan para dejar su vuelo en los poemas de Esa intensa luz que no se ve como si fuese necesaria su presencia para mantener la coherencia. Esperar se convierte en sólida estrategia: “siempre la misma nieve / el mismo mar / el mismo decorado donde ser / o dejarse / donde vivir / o a tientas buscar causa o reposo / abismo, balsa o trono / libertad / pan / cadenas”.
   La poesía de madurez aprende a graduar las emociones, requiere construcciones más severas, aunque conserve el mismo protagonista y profundice en los fundamentos del ideario estético. De este enfoque participan, desde su particular topografía, los poemarios Dientes de leche, Los 400 golpes y Corre la voz. Los tres comparten una similar psicología del sujeto verbal, la eficacia de una expresión en la que nunca hay sitio para la digresión ociosa y el clima orgánico del conjunto.  
  No quiero cerrar esta lectura de Mañana no será nunca sin citar el apunte epilogal de Luis Alberto de Cuenca. El poeta deja claro su entusiasmo afectivo por una manera de ser a trasmano. Es consciente de la coherencia amical y de lo complejo que resulta en tiempos de corrección y escaparate exhibir a diario la sinceridad y las pancartas de los que denuncian, sin que ningún sometimiento merme la profundidad de su grito.
  En los hilos sueltos de Mañana no será nunca está el autorretrato de Luis Felipe Comendador, las repletas estanterías de esa biblioteca interior donde se guardan los libros vividos, aquellos que condensan la geografía de una decepción, la luz pequeña de un cigarro encendido, las ganas de vivir, su nicotina.       


5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Viajé a Béjar, la ciudad del poeta, hace unos días para recoger el libro y para recrear el proceso de escritura de esta poesía reunida. Hablar con Luis Felipe es adentrarse en el cuadro psicológico de su escritura, entender sus emociones y pensamientos ante una realidad con grietas...Un fuerte abrazo.

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    2. Vi la foto, claro. Béjar, suena lejos.
      Otro abrazo.

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    3. Disfrutar de tu afecto siempre fue un privilegio, amigo. Un abrazo infinito.

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    4. Querido Luis, disfrutar de ti es borrar la pereza del tiempo, encontrarse delante de una puerta que se abre al afecto y a lo perdurable. Mil gracias por ser. Como dice Luis Alberto de Cuenca, si no estuvieras habría que inventarte. Suerte en el rastrillo de hoy y suerte en tu trabajo literario. Besos, poeta.

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