sábado, 19 de marzo de 2022

FERNANDO DANIEL GRANADO. MANUAL DE SOMBRAS

Manual de sombras
Fernando Daniel Granado
Imagen de cubierta de Hilario Barrero
Prólogo: Manuel de la Fuente Vidal
Editorial Visión Libros
Madrid, 2022

 

GUARDAR LA LUZ
 
 
   Desde el inicio de mi trabajo crítico, a primeros de los años noventa, sé que una travesía poética nace con vocación minoritaria y vuelo libre. Abre campo a labores creativas de difusión restringida, que apenas asoman a los reiterativos titulares de lo cotidiano. El poeta es un resistente; no tiene otra forma de defender las propias convicciones estéticas que con su escritura. Al cabo, como escribiera Blas de Otero: “Nos queda la palabra”. Esa certeza, maleable y difusa, va gestando el camino creador.
   Fernando Daniel Granado (1956) es madrileño, estudió Teología y ha trabajado como funcionario de instituciones penitenciarias, psicoterapeuta, educador de la calle y trabajador sanitario, tareas que estarán en el sustrato experiencial de su escritura. Aunque pertenece por edad a la generación de los ochenta, una promoción que abrió rutas plurales, tras el monolitismo novísimo y la estética veneciana, su corpus poético no sedimenta el paso hasta el libro Memoria de los días (2016), carta auroral que tiene continuidad en la entrega Cuando el aire quema (2017), aunque su trabajo creador tuviera como preliminar la plaquette “No he de morir” (1979) y sus poemas se dispersen en colaboraciones y antologías.
   Una nota del autor da cuenta de algunas circunstancias biográficas en el inevitable capítulo de agradecimientos y define la sombra como finitud y asunción de la condición transitoria de ser. Da cuenta también de la nítida importancia que adquiere lo emotivo en el ahora escritural del poeta.  El prólogo del poemario lo firma Manuel de la Fuente Vidal  y contextualiza, sobre todo, el encuentro personal con el poeta en ese alboroto de activismo que la poesía adquiere en la calle, con el micro abierto. Y acierta al definir la poesía de Fernando Daniel Granado como una lírica de corte existencial, que se asoman a los desajustes del entorno y a ese horizonte oscuro del porvenir.
  Los versos de Manual de sombras conforman cuatro apartados: “Palabra y silencio”, “Tiempo y muerte”, “Manual de sombras” y “Queda por decir”. En apariencia son tramos que conceden a la modulación de la voz propia el epitelio reflexivo de la madurez. Son textos que buscan la objetividad de una lente de cámara. Ofrecen planos situacionales en los que se insertan reflexiones sobre el estar y el ser. Así nace la idea de una ficción autobiográfica que condensa, con prolijo aporte de detalles, la dialéctica entre entorno y sujeto. El primero establece un punto de fuga, reajusta los pasos del trayecto personal e inunda la retina con aristas cortantes. La escritura acompaña, es terapia y espera, la voz tenue de una ilusión que improvisa un nuevo marco de representación para que se liberen los sentimientos.
  El poeta pone un especial cuidado en la elección de las citas de apertura; si en el primer apartado eran los ecos de Ángel González y José Hierro los que abrían la ventana del poema, ahora se integran versos de Luis Felipe Vivanco y Alfonso Costafreda. Son referentes diversos del intimismo y trasladan la idea de que cada texto busca en la textura de lo cotidiano la voz del compromiso, la asunción de una historia personal que enlaza pasado y presente. El sujeto se define por lo contingente, por lo que está abocado a desaparecer.
   El apartado que da título al libro “Manual de sombra” prosigue en su idea de trazar una crónica oscura de lo vivido. Las composiciones recuperan instantáneas, crean diferentes ambientes que despiertan la sugerencia del lector con los gozos y sombras que proyectan sobre la pared del tiempo las peripecias sentimentales. Las palabras sirven de cobijo a pensamientos en torno a lo existencial, una existencia en la que encuentra refugio un manual de sombras; la escritura se convierte en razón de vida y en siembra continua de nuevas preguntas en el vulnerable semillero de la conciencia.
   El apartado final “Queda por decir”, con invocación a Luis Cernuda, conforma una breve coda. La identidad recuerda sus raíces, esas fotografías del ayer que conforman un álbum desvencijado por los dedos del tiempo; existir paga el diezmo de la melancolía y constata que poco a poco se hace cada vez más tangible el despertar de la noche y seguimos desentrañando el sentido de nuestros sueños, ilusiones y afanes, mientras los versos alzan su andamiaje emotivo. Ponen lumbre al frío de los días, para que ascienda al aire una leve columna de esperanza.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 


 

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