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miércoles, 4 de enero de 2023

PILAR ARANDA. FLORES EN EL GANGES

Flores en el Ganges
Pilar Aranda
Dibujos de Susana Benet e Hilario Barrero
CUADERNO DE HUMO TREINTA Y SIETE
Brooklyin, NY, USA, 2022 


EL RÍO QUE NOS LLEVA


 
  El espacio creativo de Pilar Aranda, maestra de Primaria, y Licenciada en Derecho, mantiene en su despliegue un nítido talante humanista, ligado a las inquietudes existenciales y a la sensibilidad evocadora de la memoria. Su producción ensaya varios registros expresivos, desde la poesía, de la compilación lírica Las uvas amarillas (2016), al relato ilustrado, presente en ¿Y yo dónde canto?), y acogido en el catálogo de la Editorial Lastura, en 2019, junto al aforismo poético de Entrevelas, una publicación miscelánea que, tras el simbólico epígrafe que relaciona mar y tiempo, se edita en el cierre de 2020.
   La nueva entrega Flores en el Ganges articula una colección de sesenta aforismos, “sesenta flores que huelen a muerte y sesenta lumbres que abrasan nuestro corazón” Define un bosque de textos con la mirada de la introspección y el viaje interior. La realidad está ahí, prosaica, materialista y sensorial; pero tras su apariencia se ocultan vetas de espiritualidad y transcendencia que nos recuerdan la finitud del camino por andar y la necesidad de ubicar la libertad de acción del sujeto en un tránsito de reflexión y conocimiento, como enuncian los signos reflexivos de “Ofrenda”: “Pienso en el Ganges, en las barcas al amanecer: son como madres llevando flores y velas para orar por sus hijos. Antes de que entre el alba, en la orilla, junto al humo sobrado de la noche, los elegidos se purifican, se sumergen y hacen ofrendas. Luego, mientras pasa el amanecer, el silencio está clavado en los ojos del Ganges.”. La conciencia camina descalza, se despoja de la contingencia para acercarse, desde la contemplación y la concentración ensimismada, a ese fuego interior que marca la raíz del existir. La búsqueda del sentido vital descubre pronto que somos lumbre viva, abocados sin más a la ceniza. Somos flores marchitas mecidas por la corriente, que beben del agua del olvido. Borran que un día fueron esperanzas, sueños, emociones o afectos.
  Los estados anímicos del hablante verbal dan pie a una estela argumental muy prolífica; los pensamientos practican un agitado nomadismo. Los itinerarios al paso hablan del odio, el amor o los recuerdos, como vértices temáticos que alumbran una indagación inacabable, casi convertida en semillero del decir lacónico. Vivir es un espejo, donde el hablante verbal deposita los hilos sueltos de su ética personal: “Cuando el odio se desplaza hacia la indiferencia, se le allana el camino al olvido”, “No hay engaño, solo misterio en los suspiros de las palabras”. Las circunvoluciones del decir breve no enuncian dogmas, solo viajes pensativos de ida y vuelta que, de cuando en cuando, se contradicen o exploran rincones aparentemente en disonancia. El ahora adopta una imaginería heterogénea; lo vivido se convierte en un continuo encuentro con más preguntas, pero también en una geografía habitable para forjar de nuevo ilusiones y sueños. Las palabras asientan un territorio donde los lugares de la memoria dejan la certeza incontestable de un fluir en el tiempo que permite reconciliarse con el pasado y sumar pasos en los caminos de la razón. Así nacen excelentes aforismos que huelen a sabiduría y espera: “La auténtica humildad nace sola, sin que el humilde lo sepa”; “Exigir de más al porvenir es ofrecer ventaja al desengaño”, “La flor no escoge el jardín ni el color de sus pétalos. Tampoco el ser humano la fuente de su dolor o su alegría”, “Sueña la monotonía con levantarse en un día equivocado”.
   Río sagrado y centro de la vida espiritual del hinduismo, el Ganges es un ritual de purificación, expiación de culpas y liberación del ciclo de la vida y la muerte. Así convoca una incontinente multitud de peregrinos que preserva en su identidad colectiva la fuerza simbólica del fluir. Una pulsión que también está presente en los textos hiperbreves de Pilar Aranda. La escritora madrileña deja en la brevedad de Flores en el Ganges las sensaciones del agua. Las palabras buscan en ese caminar del tiempo un poco de permanencia, como si fuera posible despojarse de adherencias circunstanciales y oír a solas la voz del silencio. Los aforismos son flores secas, mecidas por la corriente del pensamiento, a la intemperie, mientras la soledad se hace palabra.    
 
JOSÉ LUIS MORANTE






sábado, 19 de marzo de 2022

FERNANDO DANIEL GRANADO. MANUAL DE SOMBRAS

Manual de sombras
Fernando Daniel Granado
Imagen de cubierta de Hilario Barrero
Prólogo: Manuel de la Fuente Vidal
Editorial Visión Libros
Madrid, 2022

 

GUARDAR LA LUZ
 
 
   Desde el inicio de mi trabajo crítico, a primeros de los años noventa, sé que una travesía poética nace con vocación minoritaria y vuelo libre. Abre campo a labores creativas de difusión restringida, que apenas asoman a los reiterativos titulares de lo cotidiano. El poeta es un resistente; no tiene otra forma de defender las propias convicciones estéticas que con su escritura. Al cabo, como escribiera Blas de Otero: “Nos queda la palabra”. Esa certeza, maleable y difusa, va gestando el camino creador.
   Fernando Daniel Granado (1956) es madrileño, estudió Teología y ha trabajado como funcionario de instituciones penitenciarias, psicoterapeuta, educador de la calle y trabajador sanitario, tareas que estarán en el sustrato experiencial de su escritura. Aunque pertenece por edad a la generación de los ochenta, una promoción que abrió rutas plurales, tras el monolitismo novísimo y la estética veneciana, su corpus poético no sedimenta el paso hasta el libro Memoria de los días (2016), carta auroral que tiene continuidad en la entrega Cuando el aire quema (2017), aunque su trabajo creador tuviera como preliminar la plaquette “No he de morir” (1979) y sus poemas se dispersen en colaboraciones y antologías.
   Una nota del autor da cuenta de algunas circunstancias biográficas en el inevitable capítulo de agradecimientos y define la sombra como finitud y asunción de la condición transitoria de ser. Da cuenta también de la nítida importancia que adquiere lo emotivo en el ahora escritural del poeta.  El prólogo del poemario lo firma Manuel de la Fuente Vidal  y contextualiza, sobre todo, el encuentro personal con el poeta en ese alboroto de activismo que la poesía adquiere en la calle, con el micro abierto. Y acierta al definir la poesía de Fernando Daniel Granado como una lírica de corte existencial, que se asoman a los desajustes del entorno y a ese horizonte oscuro del porvenir.
  Los versos de Manual de sombras conforman cuatro apartados: “Palabra y silencio”, “Tiempo y muerte”, “Manual de sombras” y “Queda por decir”. En apariencia son tramos que conceden a la modulación de la voz propia el epitelio reflexivo de la madurez. Son textos que buscan la objetividad de una lente de cámara. Ofrecen planos situacionales en los que se insertan reflexiones sobre el estar y el ser. Así nace la idea de una ficción autobiográfica que condensa, con prolijo aporte de detalles, la dialéctica entre entorno y sujeto. El primero establece un punto de fuga, reajusta los pasos del trayecto personal e inunda la retina con aristas cortantes. La escritura acompaña, es terapia y espera, la voz tenue de una ilusión que improvisa un nuevo marco de representación para que se liberen los sentimientos.
  El poeta pone un especial cuidado en la elección de las citas de apertura; si en el primer apartado eran los ecos de Ángel González y José Hierro los que abrían la ventana del poema, ahora se integran versos de Luis Felipe Vivanco y Alfonso Costafreda. Son referentes diversos del intimismo y trasladan la idea de que cada texto busca en la textura de lo cotidiano la voz del compromiso, la asunción de una historia personal que enlaza pasado y presente. El sujeto se define por lo contingente, por lo que está abocado a desaparecer.
   El apartado que da título al libro “Manual de sombra” prosigue en su idea de trazar una crónica oscura de lo vivido. Las composiciones recuperan instantáneas, crean diferentes ambientes que despiertan la sugerencia del lector con los gozos y sombras que proyectan sobre la pared del tiempo las peripecias sentimentales. Las palabras sirven de cobijo a pensamientos en torno a lo existencial, una existencia en la que encuentra refugio un manual de sombras; la escritura se convierte en razón de vida y en siembra continua de nuevas preguntas en el vulnerable semillero de la conciencia.
   El apartado final “Queda por decir”, con invocación a Luis Cernuda, conforma una breve coda. La identidad recuerda sus raíces, esas fotografías del ayer que conforman un álbum desvencijado por los dedos del tiempo; existir paga el diezmo de la melancolía y constata que poco a poco se hace cada vez más tangible el despertar de la noche y seguimos desentrañando el sentido de nuestros sueños, ilusiones y afanes, mientras los versos alzan su andamiaje emotivo. Ponen lumbre al frío de los días, para que ascienda al aire una leve columna de esperanza.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 


 

domingo, 4 de julio de 2021

FRANCISCO JAVIER GALLEGO DUEÑAS. SOMOS GRIETA

Somos grieta
Francisco Javier Gallego Dueñas
Prólogo: Hilario Barrero
BajAmar Editores
Gijón, Asturias, 2021


 SENTIR LA GRIETA

 
 
   Fue en 2017 cuando llegó a mis manos Las Gramáticas del tiempo, primera estación poética de Francisco Javier Gallego Dueñas (Rota, Cádiz, 1968). Desde entonces el poeta ha tenido una activa presencia literaria en su blog de crítica y lecturas, en la dirección y coordinación de la revista Voladas y en la publicación de ensayos breves y poemas en distintas publicaciones digitales y en papel. Con prólogo del profesor universitario, poeta, editor y autor de dietarios Hilario Barrero amanece su segunda entrega Somos grieta, cuyo título alumbra una pesimista reflexión existencial que tampoco pasa inadvertida al autor del prólogo: “Somos grieta- el título nos lo advierte-es un perro rabioso que muerde las entrañas, un bosque con farolas o árboles, da lo mismo, un discurso envuelto en una filosofía fatalista, poemas negros, esquelas de la melancolía”. Como en el acervo lírico más clásico, la poesía intimista es búsqueda incesante del sentido existencial, que dé cuerpo e impulso al discurrir. Que mantenga el carácter catártico y depurativo de la razón poética porque como escribe Hilario Barrero “un poema no es tan solo un mundo donde la razón es el centro, un poema es un mundo y está hecho de palabras, un lenguaje donde la imaginación y las pasiones son parte de ese mundo. Un mundo sin grietas”.
   Por tanto, la poesía de Somos grieta propone un viaje confidencial, cuyo afán introspectivo no pasa por alto la ecuación de la propia identidad: “Ante el continuo  del paisaje / y de la masa, / entre la muralla del pasado / y el horizonte del futuro / somos la grieta”. Esa aceptación de las sombras que nos habitan permite un desdoblamiento inquisitorial que se empeña en anular cualquier más cara que vele los rasgos más profundos del sujeto. El itinerario a completar es una suma de pasos efímeros, es confirmar que la evocación del pasado, tan dispuesta siempre a la idealización de la infancia como un paraíso perdido, “es sentir un vacío que nunca estuvo lleno”. El trayecto también es lucidez y conocimiento, adivinar que el vuelo de Ícaro es, al mismo tiempo, ascensión y caída y que resulta conveniente cuidar los propios demonios, porque el discurrir es efímero y crepuscular y ellos son la estela que permite recomponer el quehacer en el tiempo.
  Francisco Javier Gallego Dueñas titula la sección central del poemario “El óxido nunca duerme”. En ella explora un verso narrativo, que da al texto la apariencia de una secuencia biográfica reconstruida. Como si el yo verbal dejara sitio a un narrador omnisciente, van aflorando las menudencias que componen una existencia marchita, la desnuda silueta de un solitario que  suele desembocar en la plaza estrecha del desencanto: “Nos acostumbramos a ir vagando entre sombras, / a no titubear cuando nuestros ojos dudan, / a caminar entre fantasmas”. Es necesaria una higiene sentimental que ponga al sol derrotas y decepciones y que abra y limpie cajones con los restos mohosos de la angustia y la melancolía.
   El poemario se cierra con “Criaturitas”, que trastoca el presente desde la ironía. La realidad camina por direcciones contradictorias. En tiempo de pragmatismo y deshumanización, hay que desenmascarar al soñador que practica una épica en zapatillas y guarda los sueños corrompidos. El largo poema “Acabad con el sujeto” tiene la dureza de la condena y el ajusticiamiento. En idéntico registro están otras composiciones como “El hogar del cobarde” y “Sala de espera”, que dejan una estela hiriente de nihilismo aterido y desolación. El sentido crítico nunca justifica la debilidad de la conciencia, pasa facturas, construye trayectos que anulan rincones a la esperanza. Al cabo, como escribiera Jaime Gil de Biedma “envejecer, morir, es el único argumento de la obra”.
 El marco poético de Somos grieta aparece contaminado por un pesimismo atroz, como si la realidad fuese un artesonado de ficción, proclive a desmantelarse en cualquier momento. Como Alejandra Pizarnik, Elizabeth Bishop o Sylvia Plath, Francisco Javier Gallego Dueñas muestra la herida abierta, el pus, la cristalización del pesimismo: “Si viniste a comerte el mundo / es justo que acabes derrotado. / No somos  quizás más / que gusanos maniatados por la conciencia de la muerte”. Pero, aún así, nos queda la palabra y, en su abrazo más frágil, el empeño de salir al día.

JOSÉ LUIS MORANTE

 
 
   


martes, 27 de agosto de 2019

DÓNDE ESTÁ EL FUEGO 9

Dónde está el fuego 9
(Brooklyn, Nueva York, julio, 2019)
Dirección:
Hilario Barrero / Jesús Nariño
Editorial Cuadernos de Humo



DONDE ESTÁ EL FUEGO

   La fisonomía creadora del poeta y profesor jubilado Hilario Barrero (Toledo, 1946) es diversa y plural. Aglutina géneros como la poesía, la traducción, el trazo autobiográfico y el ensayo breve. Pero también es el impulsor, junto al profesor universitario Jesús Nariño, de la editorial Cuadernos de Humo, un quehacer casi artesanal. Se han publicado hasta la fecha veinticinco títulos, algunos de los cuales se dedican a autores contemporáneos y otros conforman selecciones antológicas de voces actuales. Así sucede con la entrega Donde está el fuego 9, una edición de tirada reducida que incorpora dibujos de Hilario Barrero y se enriquece con una litografía personal, autentificada por el poeta.
  La muestra es una galería de poemas donde se establece un diálogo convivencial entre poetas de obra amplia como Francisco Álvarez Velasco, Efi Cubero, Miguel Veirat, Antonio Carvajal, Luis Alberto de Cuenca, Elías Moro, Lara Cantizani, Andrés Newman, o la escritora venezolana Mery Sananes, entre otros, con autores que se abren surco con entregas recientes, como Pilar Aranda, Javier Gallego, Ballerina Vargas Tinajero o Marcos Matacana Martín o Rosalía Perera Gutiérrez.
  El editor recoge también muestras de poetas jóvenes que conforman los núcleos de interés del ahora como Miguel Floriano, Rodrigo Olay y Begoña Iturralde.
   El discurrir del tiempo asienta una colección, como advierte la nota prologal, en la que han dejado sus textos más de ciento cincuenta poetas y más de treinta escritores, críticos y artistas. las salidas constatan enriquecedoras perspectivas de la realidad literaria actual en castellano, una etapa que expande una cosecha abrumadora en publicaciones digitales y papel. Así se definen, como portadoras de buena poesía, las páginas de Dónde está el fuego 9  para habitar la tierra firme de la creación. La revista abre senda a un largo recorrido en el que se repliegan emoción y pensamiento, las maneras de mirar las cosas  que hacen del poema contemplación y diálogo.



sábado, 8 de junio de 2019

BEATRIZ VILLACAÑAS. TESTIGOS DEL ASOMBRO

Testigos del asombro
Beatriz Villacañas
Ediciones Vitrubio
Madrid, 2014 


TESTIGOS DEL ASOMBRO


   Tengo el convencimiento de que cada libro editado crea su propio itinerario hacia la complicidad del lector. Por esta certeza, no percibí en su día la entrega Testigos del asombro (Vitrubio, 2014)  de la poeta y profesora universitaria Beatriz Villacañas y me encontré con una nítida referencia a sus haikus cuatro años después de la salida editorial, entre las anotaciones autobiográficas de Hilario Barrero, contenidas en la entrega de su diario Prospect Park. En el quehacer del yo de Hilario Barrero, Beatriz Villacañas, doctora en Filología, profesora de literatura inglesa e irlandesa en la Universidad complutense de Madrid, poeta y ensayista, viaja a Nueva York para impartir una conferencia sobre la poesía de Juan Antonio Villacañas, cuyas composiciones ha traducido al inglés, y entre las contingencias del trayecto asoman sus haikus.
   Es cierto que el haiku como estrategia expresiva vive un momento áureo, desde principios de los años setenta, impulsado por los poetas novísimos, que vieron en su exotismo y en su secuencia formal un signo más del culturalismo que define a la generación del lenguaje. Pero la aclimatación del haiku al ámbito lingüístico del castellano goza de una amplia tradición, en la que se insertan nombres como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y algunas de las voces del 27 como Rafael Alberti y Federico García Lorca. la misma Beatriz Villacañas recuerda el impulso familiar de su padre, José Antonio Villacañas, que cultivó la estrofa en el poemario La llama entre los cerezos (1965) y que fueron la brisa creadora que alentó a la poeta a utilizar el minimalismo verbal en su entrega Testigos del asombro, aserto de semántica evidente: la estrofa se convierte en estación de asombro interrogante ante la pluralidad del entorno y propicia un sentir que despliega en su sensibilidad claroscuros de ánimo, carencia y plenitud.
  La escritora se acerca a la estrofa respaldando la forma clásica, el esquema versal, y la condición temporalista y estacional de sus versos. Y añade la rima asonante, una cualidad poco transitada, que acerca el trébol japonés a las cercanías de la oralidad y al lenguaje popular de la seguidilla y la soleá, pero también a poetas del canon como Juan José Domenchina. Al cabo, cada poeta, como ya hiciera el introductor de la estrofa en nuestro idioma, José Juan Tablada, abre singularidades y bifurcaciones.
  Frente al monolitismo temático, que avanza por circunvoluciones argumentales, en torno a un motivo central, Beatriz Villacañas aglutina un centenar de haikus que se caracteriza por su variedad de enfoque y por la mirada abierta a elementos aparentemente rutinarios e insulsos, que esconden oquedades abiertas para el asombro y la belleza. Se trata de aceptar la vigilia permanente de percepciones y pensamientos, de escuchar ese diálogo callado con la naturaleza y de ser testigos de los latidos de la temporalidad: “Se acerca el alba / caen los ojos del tiempo / sobre la almohada”, “Lento es el tiempo / en la piedra que habla / desde el silencio” , “Arde la siesta / el canto de cigarras / prende la mecha”. Desde esa pupila alerta se abre camino el conocimiento de lo invisible y se trascienden elementos reales que así se integran en la sensibilidad sosegada del yo: “En lo tangible / se adivina el perfume / de lo invisible”, “Con la palabra / llegamos a las cosas / que nos esperan”, “Eco en el alma / son las cosas hermosas / nunca olvidadas”.
   En el recorrido creador de Beatriz Villacañas percibimos una clara preocupación formal; así en el poemario El tiempo del padre (2016) se emplea la lira como estrofa cerrada para pergeñar un sentido homenaje al padre. Del mismo modo,  en Testigos del asombro emplea el molde expresivo japonés para dar cauce al verso. Su minimalismo nos deja la mirada limpia y la fuerza expresiva de una realidad discontinua que sale al paso, sugerente y evocadora, que integra en su silencioso diálogo las distintas maneras de ser en lo diario. La voluntad de ser figurantes contemplativos de la belleza, aunque se oiga el rumor de la erosión del tiempo y los efectos abrasivos de la intemperie.


   

martes, 28 de mayo de 2019

UN PASEO EN MADRID CON HILARIO BARRERO

Por la Cava Baja (El Madrid de los Austrias)
Fotografía de
Francisco Caro
(Madrid, mayo, 2018)


INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un gran mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. Se exponen, contenidos en el fondo de la mirada, los ángulos de su relación con el mundo.
  En el trayecto indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante de su personalidad y una pieza singular que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en los diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos. Basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen pasos de retorno y necesidad de buscar el origen.
  En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su propia lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, en el umbral del siglo, cuando el poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite de inmediato a la bellísima música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal, porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes. El análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial que yo comparto: la escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural. En diciembre de 2o17 y en edición no venal el poeta publica en "Cuadernos de Humo" su última estación poética, Blending, término que podría traducirse como fusión o ensamblaje. Los breves poemas muestran afinidades con el fragmento aforístico y en ellos se cobijan el simbolismo del viaje y la persistencia de lo transitorio.   
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el techo comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
  Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúne una muestra de  poemas de las entregas citadas, pero camina con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la autobiografía personal, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde siempre es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. Por ello, los poemas no pueden exiliar evidencias  traumáticas de nuestro tiempo como los atentados el 11 de septiembre de 2001, hito macabro del terrorismo que marca a fuego una relación tormentosa con el horror. Testigo de aquel apocalipsis, sus efectos interiores están en poemas como “Septiembre, 2002”, “Ciclón”, o  “Turistas buscan el World Trade Center”; también el sida como epidemia bíblica dibuja su gris retablo en otros versos. Al cabo, la educación nocturna, ese largo aprendizaje de la decepción es el ensayo de una despedida, la aceptación de que el sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.
  El cauce autobiográfico de los diarios arranca en 2003 con la entrega Las estaciones del día. Es el amanecer de una literatura del yo que va sembrando estaciones con notable regularidad: De amores y temores (2005), Días de Brooklyn ((2007), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013),  Diarios 2012-2013 (2015) y la presente coda, Prospect Park, que circunscribe las anotaciones biográficas de 2014 y 2015. Al repasar la cartografía diarística se percibe de inmediato la reiteración verbal del topónimo Brooklyn. El barrio neoyorkino adquiere entidad propia, se hace síntesis geográfica de lo cotidiano; es nudo vivencial capaz de aglutinar los relieves de la identidad. Como apunta la cita inicial de Prospect Park, extraída del libro La librería ambulante de Christopher Morley, “Brooklyn es la región de los hogares y la felicidad”.
   En esa sabiduría de lo modesto se asienta Prospect Park, un refugio urbano que regala al paseante un sosiego callado que anticipa la escritura. Quienes han seguido los sucesivos andenes del diario hallarán en las páginas de Prospect Park el aire familiar de los estratos, aunque se acrecienta la mirada crepuscular que acaricia las cosas con luz de otoño. Las ausencias de amigos dejan marcas profundas y resulta perturbador el cauce de lo mudable; el propio cuerpo es espejo asomado a una sensibilidad en conflicto, donde la muerte expande su rumor como un pájaro negro y cercano. Casi inadvertida, la vida se va nublando y deja una sensibilidad crepuscular. En ella, “la vejez, como lluvia tenaz y avariciosa, va borrando, con su lengua de trapo nuestras miradas. La casa, antes jubilosa, es ahora una celda donde el silencio es el abad. Se van muriendo los seres que amaste y los que quedan se van haciendo viejos”.
  En los fragmentos autobiográficos de Prospect Park la escritura respira hondo para dar solidez y permanencia al caminar de la memoria, siempre atenta a esos núcleos básicos que son el amor, la existencia cotidiana y la muerte. Es el tiempo de repasar las luces y sombras como materia obligatoria para poner en marcha un nuevo día. La senectud asienta en el pecho la certeza de que se va acercando el final de trayecto. Por eso es prioritario hacer de cada instante un sendero de luz cuando anochece y “No pedir nada más: solo el temblor tibio de tu mano en  la mía y que venga la noche y luego que amanezca. Solo eso”                                                      

                                         
                   (Presentación del diario Prospect Park de Hilario Barrero, 
Casa de Fieras del Retiro, Madrid, 28 de mayo de 2019)



miércoles, 16 de enero de 2019

ANTONIO CRUZ ROMERO. UNA HABITACIÓN DE HOSPITAL CON VISTAS AL MAR

Una habitación de hospital con vistas al mar
Antonio Cruz Romero
Letras Cascabeleras, Poesía
Cáceres, 2018


LA HERIDA DE VIVIR


   Siempre asocio el nombre de Antonio Cruz Romero (María, Almería, 1978) con la traducción al castellano de la última poesía neerlandesa, un espacio lingüístico casi silenciado por completo en la cartografía literaria del presente, resignado a convertir al inglés en el cauce renovador de la lírica. Pero el traductor almeriense personifica un quehacer marcado por la diversidad: es autor de relatos, novelista, antólogo y editor, aunque el rasgo esencial de su perfil creador es la poesía. Retorna al género con la entrega Una habitación de hospital con vistas al mar, un aserto explícito que convierte el mar en paradójico horizonte del dolor.
   Algunos lectores recordarán el cuerpo de afinidades entre el joven poeta y el profesor Hilario Barrero, que aporta al libro la ilustración de cubierta y algunas imágenes interiores. Entre ambos nombres se ha establecido en el tiempo una senda común que integra publicaciones, traducción –y recuerdo aquí La esperanza es una cosa con alas, compilación poética de Emily Dickinson, editada y traducida al castellano al castellano por Hilario Barrero- y aportes de inéditos en las respectivas revistas. En fin, que ambos poetas han establecido un jubiloso viaje de amistad y poesía, una contingencia emotiva que vuelve a constatarse al integrar el nombre del escritor toledano en el pórtico de citas, del que también forman parte Hugo Claus y el conocidísimo principio aforístico de Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”.
 La poesía de Antonio Cruz tiene desde su inicio un sesgo narrativo, con un fuerte sustrato biográfico. El canto elegíaco está marcado por la desesperanza, como si el sujeto verbal tomase conciencia de que se ha cumplido en la identidad un ciclo de erosión, en el que muestran las desapacibles mutaciones. Ser es abrir la puerta a la incertidumbre. El dolor coloniza el espacio existencial. Es un largo pasillo cuyas paredes expanden humedad y silencio. Huele a convalecencia y enfermedad y marca una fecha en el calendario, casi real en su precisión crítica: 25 de enero, como si fuese necesario recordar cuándo la cirugía se instaló en el corazón sentimental para reiterar en cada latido el significado del otro, el dolor compartido, la inquietud.
   El verso se despoja de utillería léxica, para convertirse en la palabra de una crónica fría. Como en los poemas desolados de Karmelo C. Iribarren o en los fragmentos mínimos de Chantal Maillard, dos referentes coetáneos que enuncia el mismo personaje al dar fe de vida de su tácita soledad. Se ha acostumbrado a leer el desapacible idioma de la herida: sus efluvios, el trazado aleatorio de la cicatriz, la invisible convulsión de las células. La densa lluvia va dejando paso a un cielo abierto, a una contemplación más distante que poco a poco convierte al olvido en epicentro y deja dentro un nuevo espacio para mirar la amanecida; la aurora trae un punto de luz al día siguiente, como si los sentidos necesitasen pasar página y prodigar contornos y formas nuevas: “La tarde camina en dirección opuesta al invierno, / como deseando alcanzar la primavera; / quizá por un camino equivocado; quizá solo el tiempo lo habrá de dilucidar. / Puede que ya todos estemos durmiendo”
  Como una larga meditación existencial en torno al tránsito y la desesperanza, la poesía de Antonio Cruz Romero alerta sobre la decrepitud que acecha cada recorrido existencial. Es un acto de introspección, con una fuerte apoyatura cultural, en el que el yo poético descubre su fragilidad, esa necesidad de construir el mundo desde la presencia del otro, de compartir el paso también en los naufragios y de abrir juntos la ventana al paisaje que deja el sustrato de los días, sabiendo que alzamos una minúscula estatura.
 Sin más: “Aquí solo somos / el insignificante zumbido de un insecto / que ilusos creemos imprescindible para volar”.      



miércoles, 23 de mayo de 2018

HE PERDIDO LA RISA

Habitar la sombra
Fotografía de
Hilario Barrero


HE PERDIDO LA RISA

Como las teclas muertas de un piano
Arturo Tendero

   No sé cuándo se me fue apagando la risa e hice mío este aburrimiento digital de jubilación, teclado, pantalla gris y soledad. Me empeño en recordar que en los días de novios, tras las clases y los paseos por el perímetro amurallado de Ávila, solíamos reírnos a cada instante, como si el gesto fuese una manera de estancar la luz, un destello escapado de las viñetas de Mafalda o de aquel camarote en blanco y negro de los hermanos Marx.
   Hoy mis risas están en otro tiempo, inaudibles y serias. Son las teclas muertas de un piano. Soy el contorno de tristura de un guardia jurado cuyo sigilo reparte suspicacia y pone a los demás bajo sospecha,
   He pedido a Amazon que me remita urgente, junto a las novedades literarias del verano, una risa enlatada, unos pocos efectos especiales de carcajada histérica, a ver si espanta de una vez el moscardón de mi ceño fruncido.

(De Cuentos diminutos) 




sábado, 31 de marzo de 2018

EL MAL JARDINERO

Recolección



  
JARDÍN

           A María Fernández Cuello

Miran las nubes
los higos sobre el césped;
el nudoso equilibrio
de la pulpa en sazón
solo retiene el roce presentido
de las plumas.

Insistente perdura
el olor del derrumbe.
Contemplo entre el verdor
ajado de los riegos
la senda comunal de las hormigas,
su tangible mensaje:
El agua es aridez
y el tiempo de labor es un baldío
que está fuera del verso.

Esparcidos y tristes,
se diluyen los higos
hechos materia informe.
En su carencia habita
la prueba inculpatoria;
soy un mal jardinero.
La soledad en mí no guarda frutos.


(En Donde está el fuego 7, Cuadernos de Humo Veinte) 


martes, 2 de enero de 2018

EMILY DICKINSON. LA ESPERANZA ES UNA COSA CON ALAS

La esperanza es una cosa con alas
Emily Dickinson
Edición, ilustraciones y traducción de Hilario Barrero
Ravenswood Books Editorial, Almería


                                                    LA ÍTACA DE EMILY DICKINSON

   La versión a otra lengua conlleva una pugna continua entre el sentido literal y la captación básica de la conciencia poética. Más allá de la asimilación mimética, el traslado debe buscar sitio al diálogo abierto entre belleza y verdad. Desde ese enfoque parte Hilario Barrero (Toledo, 1946) en La esperanza es una cosa con alas al acercarnos esta selección de poemas breves de Emily Dickinson, figura estelar del mapa poético norteamericano. Como todos conocen, el escritor vive en Nueva York desde 1978. Allí ha protagonizado un ejemplar periplo laboral como profesor titular en CUNY. Por tanto, su conocimiento de la tradición lírica estadounidense es minucioso. Quedaba de manifiesto en Lengua de madera, deliciosa antología de poemas breves convertida en catálogo de asombros en las ediciones de La Isla de Siltolá.
  Ahora desplaza a nuestro andén idiomático una muestra de piezas líricas de Emily Dickinson (1830-1886), cuyo entronque en la biblioteca castellana ha sido continuo. Hilario Barrero es también responsable de la ilustración de cubierta y de los dibujos interiores, un privilegio disfrutado gracias a las redes digitales, a las colaboraciones en prensa en el suplemento cultural de ABC Castilla-La Mancha y a la delicada colección Cuadernos de Humo, donde publica buena parte del vitalismo poético contemporáneo.
  El liminar analiza la cualidad más relevante de la personalidad de Emily Dickinson: el estar inadvertido. Su silencio nunca roto, su empeño en un largo viaje hacia una Ítaca interior, tuvo como consecuencia la formación de un estilo peculiar, de unos parámetros formales que ella misma pulió con tesón ensimismado, por más que los referentes culturales de la poeta sean conocidos por todos: la continua lectura de la Biblia, el conocimiento de los metafísicos ingleses del siglo XVII y la poesía, entre otros, de J. Keats. Esa fue la escueta arquitectura de su refugio, un espacio abierto a la sencilla luz de lo diario, pero cerrado al ruido y la furia del entorno exterior. La voz, racionalista y mística, se mueve en la ambivalencia, como la propia experiencia humana siempre marcada por la cercanía de una realidad mudable y sometida a la desintegración.
   Buscó la permanencia en el poema, el único estar perdurable para el yo interior.  Siempre exigente y con extremado sentido crítico, Juan Ramón Jiménez fue un lector fervoroso de Emily Dickinson, de quien escribió: “mujer en gracia que se llevó el secreto del mundo a la eternidad por si estaba vacía”. La traducción de Hilario Barrero preserva ese secreto, tiene la sensibilidad que convierte el decir en un susurro permanente y profundo. Al cabo, la poesía no es más que esperanza con alas  que ensaya una continua disposición al vuelo.




sábado, 16 de diciembre de 2017

CIUDAD PRIVADA

Contraluz urbano
(Toledo, 2016)
Fotografía de
Hilario Barrero


Ciudad privada

                     
Una vez más regreso a la ciudad de siempre.
Descifro con premura
un largo itinerario de recuerdos,
mientras sube, con ardor renovado,
la hiedra de otros días
desde un lejano sueño hasta la boca.
Pero nada es igual, aunque contemple ileso
el dócil deterioro,
antiguos edificios maquillados de tiempo.

No logro adivinar qué signos, qué paredes
ocultan las hogueras del pasado.
No hay rastros inmutables, no hay indicios
de una felicidad remota en la memoria.
Cuánta mano vacía, cuánta ausencia;
quedaría conforme siquiera vislumbrando
una imprevista huella, algún reflejo.
Se reiteran mis pasos por calles desoladas,
mi soledad se enquista en noche,
suena el reloj de un campanario,
aburrido neón de pupila naranja
vierte sobre mi busca un guiño cómplice
y una difusa luz precede al día.

La llegada del alba desvanece
esa ciudad cuyo nombre  es olvido.

            (De la antología Mapa de ruta, Granada, 2010)


martes, 17 de octubre de 2017

RUTINA A CONTRALUZ

Contraluz
(Toledo, 2017)
Fotografía de
Hilario Barrero

CONTRALUZ

                                       Claros días de lo posible

                                                         JUAN VARO


Cierro los ojos.
Feliz monotonía;
sueños humildes.




jueves, 1 de junio de 2017

EL TIEMPO A CONTRALUZ

Contrasombra   (Toledo, 2017)
Fotografía de
Hilario Barrero 

A CONTRALUZ


Para María Fernández Cuello

Frente al cristal leo poemas de Antonio Machado. De sus heterónimos espero otro milagro de la primavera. 

Aprendo a ser el otro que ellos dictan.

¿Cómo resuelves tus deseos?-Dijo. Y no supe qué contestar; casi todos están por resolver.

Entre dos silencios un conflictivo intercambio de especulaciones.

Amistades con inicios eufóricos, tiempos muertos y finales calamitosos

Por mis aceras pasean ciudadanos de la imaginación y fantasmas reales. Los primeros son más sociables.

Relojes donde las horas tienen el carácter de un borrador y duración improvisada.

(Aforismos inéditos)






  

jueves, 25 de mayo de 2017

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA

Educación nocturna
Hilario Barrero
Edición de José Luis García Martín
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2017

INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. En el fondo de la mirada se exponen los ángulos de su relación con el mundo. En el quehacer indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante personal que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en sus diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos, basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen trayectos de retorno y necesidad de buscar el origen.
   En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, cuando su poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite a la música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes cuyo análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial. La escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural.
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el propósito comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
   Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúnen abundantes inéditos junto a una muestra de  poemas de las entregas citadas. Caminan con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la memoria afectiva, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. El sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.


                                                                            

                   

miércoles, 19 de abril de 2017

MARCOS MATACANA MARTÍN. POLVO EN EL AIRE

Polvo en el aire
Marcos Matacana Martín
Ilustración de cubierta
Hilario Barrero
Palimpsesto Editorial, Colección de_sastre
Sevilla, 2017
 AUTORRETRATO

   Aunque ha ido sembrando colaboraciones poéticas en revistas digitales e impresas, la biografía literaria de Marcos Matacana Martín (Sevilla, 1973) hace de Polvo en el aire su punto cero. El autor, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla y docente en ejercicio reúne en este volumen un atinado perfil poético.
   La entrega, con ilustración de cubierta del incansable  Hilario Barrero, pone como pórtico unos versos de T. S. Eliot pertenecientes a Four Quartets, texto clásico de la poesía inglesa y uno de los hitos de una poética radical que hace de la subjetividad el último reducto de lo inefable. Pero Marcos Matacana Martín desdibuja de inmediato cualquier especulación sobre su ideario con el poema prologal “Autorretrato”; en él presenta al sujeto verbal con la voz directa de una dicción intimista y comunicativa, que empatiza con el lector a través de un diálogo confesional. El lenguaje se distancia de cualquier hermetismo y solo aspira a enunciar un recorrido biográfico.
   Llama la atención el número de poemas que contiene el libro; de ahí que el autor haya optado por integrar las composiciones en un esquema argumental formado por tres agrupamientos. El primero “A humo de pajas” tiene un arranque diáfano, a partir de aquel verso postrero encontrado en la despedida vital de Machado en Colliure: “Estos días azules y este sol de la infancia”: “Días azules porque nada / de lo que ha ocurrido luego / nos iba a pasar a nosotros” Aquel memorable ejercicio de melancolía que buscaba un reflejo en la esperanza se renueva, como si el tiempo fuese una montaña rusa empeñada en acometer ese nivel dispar de la superficie.
   La palabra propende a la elegía y hace del pasado una estación que espera. En ese remanso el recuerdo tiene mucho de crónica generacional compartida por las identidades, convulsionada por el discurrir brumoso de lo social: “Y eran nuestras vidas / dos vagones que subían lentos / ansiosos por precipitarse / sin comprender ciegos aún / que tras la bajada / vertiginosamente inevitable / esperaba el final / de la noche / de la feria / del verano / del amor / y de la vida”. Cada época vital poco a poco se va convirtiendo en una moldura apagada, en un marco cuarteado que acumula en sus contornos el polvo del olvido en el cristal opaco que diluye la luz y solo contiene un espacio oscuro de irrealidad.
   En ese largo rastro por los calendarios el aprendizaje de los sentidos deja un azaroso patrimonio. El amor se convierte en sustrato fuerte del existir. Es palimpsesto del deseo y depositario de un largo historial de llamadas perdidas y de paraísos desplomados y señales tristes que hablan del desengaño de estar vivos.
   La segunda compilación de poemas llega con un aserto sugerente: “Teoría del compost”. El uso de un término tan mimado por la ecología extiende al paso una analogía con el poema; al cabo la escritura no consiste más que en una operación de reciclado de sentimientos, experiencia y reflexión. y en esa mezcla residual que sirve como fertilizante de nuevos brotes, están fundidas las secuencias del propio yo y los esquejes de semejantes que viven el discurrir de los relojes con las mismas frustraciones y con similares esperanzas de cambio. Al cabo la soledad y el desamparo son telas que se venden en las rebajas de esos grandes almacenes que abren sus puertas a la grisura ambiental de lo diario. Son cuerpos que se encuentran en el mismo lecho de soledad. La felicidad es flor de un día. Todo parece abocado a respirar una fisiología caduca e infectada; hay pesimismo, un aire enrarecido, una conciencia que abre los ojos en la oscuridad.
   El apartado final “Habitaciones de paso” no cambia el marco que muestra en su andar los desajustes y que acepta el rumor cercano del derrumbe. “Quien entra aquí sabe de sobra / que ha fracasado y solo / es cuestión de esperar para ver cómo / la felicidad se va a la mierda / si no se le ha ido antes / por el sumidero de la bragueta / y solo queda entonces /  un consuelo / joder o que te jodan”.
   La poesía de Marcos Matacana Martín podría adscribirse –si se me permite una vez más ese recurso crítico de las etiquetas- al realismo figurativo, a esa lírica enunciativa que destila insatisfacción y que fuerza al lenguaje a mostrarse crítico con el conformismo. Las citas que el autor emplea en sus poemas son muchas y hacen guiños  registros dispares, desde los clásicos grecolatinos a la generación beat, desde Carver a Manuel Vázquez Montalbán, un paratexto complejo del que mana una expresión austera, incómoda a ratos, hecha para negar reflejos idealizados. Versos que recuerdan que cualquier encuentro con la felicidad sucedió en el pasado, en algún sitio que ahora huele a lejía.  



      

lunes, 27 de febrero de 2017

EMILY DICKINSON. LA ESPERANZA ES UNA COSA CON ALAS

La esperanza es una cosa con alas
Emily DickinsonEdición, traducción e ilustraciones de
Hilario Barrero
Ravenswood Books Editorial, 2017

                          EL VIAJE A ÍTACA DE EMILY DICKINSON

   La versión a otra lengua conlleva una pugna continua entre el sentido literal y la captación básica de la conciencia poética. Ha de buscar sitio en el diálogo abierto que los versos crean entre belleza y verdad. Hilario Barrero (Toledo, 1946) parte desde ese enfoque en La esperanza es una cosa con alas al acercarnos esta selección de poemas breves de Emily Dickinson, presencia central del canon norteamericano. El escritor vive en Nueva York desde 1978. Allí desarrolló un amplio crisol de géneros literarios y un ejemplar periplo laboral como profesor universitario en CUNY. Por tanto, su conocimiento de la tradición lírica estadounidense es minucioso. Así quedaba de manifiesto en Lengua de madera, una deliciosa antología de composiciones cortas convertida en un catálogo de asombros en las ediciones de La Isla de Siltolá.
  Ahora desplaza a nuestro idioma una muestra de piezas líricas de Emily Dickinson (1830-1886), cuyo ajuste ha ido realizando en un dilatado paréntesis temporal. El profesor es también responsable de la ilustración de cubierta y de los dibujos interiores. Su dedicación plástica un privilegio del que disfrutamos sus lectores gracias a las redes digitales, a sus colaboraciones en prensa y a la delicada colección Cuadernos de Humo, donde se ha publicado a buena parte del vitalismo poético contemporáneo.
  El prólogo descubre la cualidad más relevante de la personalidad de Emily Dickinson: su estar inadvertido. Un silencio nunca roto empeñado en realizar un largo viaje hacia la Ítaca interior. Esa navegación en solitario tuvo como consecuencia la formación de un estilo peculiar, con unos parámetros formales que ella misma pulió, por más que los referentes culturales de la poeta sean conocidos por todos: la continua lectura de la Biblia, los metafísicos ingleses del siglo XVII y la poesía, entre otros de J. Keats. Fue la escueta arquitectura desde la que alzó su propia cárcel, una reclusión abierta a la sencilla luz de lo diario pero cerrada al ruido y la furia del entorno exterior.
  La voz, racionalista y mística, se mueve en la ambivalencia, como la propia experiencia humana siempre marcada por la cercanía de una realidad mudable, sometida a la desintegración. Buscó la permanencia en el poema, único refugio perdurable.  
   Siempre exigente y con extremado sentido crítico, Juan Ramón Jiménez fue un lector fervoroso de Emily Dickinson, de quien escribió: “mujer en gracia que se llevó el secreto del mundo a la eternidad por si estaba vacía”. En la hermosa edición de Ravenswood Books, Hilario Barrero hace que los poemas preserven ese secreto, da curso a la sensibilidad que convierte la cercanía al poema en un susurro permanente y profundo. Al cabo, la esperanza no es más que una cosa con alas  que se posa en el ánimo para sugerir una continua disposición al vuelo.



                                                      

viernes, 3 de febrero de 2017

HILARIO BARRERO. LENGUA DE MADERA

Lengua de madera
(Antología de poesía breve en inglés)
Hilario Barrero
Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2011

ÁRBOL INGLÉS


   En el primer tramo años de la transición, tras el ocaso de la dictadura, Hilario Barrero (Toledo, 1946) viaja por motivos laborales a Nueva York, para trabajar como profesor titular en el CUNY. La estancia se prolonga hasta hoy. Allí desarrolla su perfil como poeta, traductor y  firmante de un extenso dietario compuesto por cinco entregas. La muestra de versiones Lengua de madera acoge poesía inglesa en dos ámbitos geográficos, Gran Bretaña y Estados Unidos. El trasvase lingüístico arranca en los primeros meses de su periplo americano con el aporte al castellano de un poema de Ezra Pound y ha ido creciendo hasta abordar una senda de cuatro siglos representada por setenta y seis autores, con claro predominio de contemporáneos.
    Un recorrido tan extensa exige una acotación, siempre aleatoria y circunstancial. La cronología se inicia con Robert Herrick, párroco rural del siglo XVII, nacido en Londres, y autor del poemario Hespérides que apenas tuvo incidencia crítica hasta su rescate, dos siglos después, por el crítico Charles Lamb, quien elogió su enfoque melancólico, su sentida palabra en la descripción de la belleza fugaz y su intimismo. Barrero selecciona dos clásicos del siglo XVIII, Alexander Pope y Robert Burns. Los problemas de salud de Pope fomentaron el aislamiento y una temprana vocación lírica; en ella destacó su lucidez crítica y una poética de carga irónica y satírica, definidora de actitudes colectivas o individuales, muy del gusto popular, que ha convertido a Pope en un inventario de citas. Son conocidos los méritos de Robert Burns como fundador de la lírica tradicional escocesa y avezado precursor del movimiento romántico que acogerá las obras de Coleridge, Wordsworth y el apogeo creador de Keats, Byron y Shelley.
  Emily Dickinson personifica la luminosa amanecida de la poesía norteamericana. En ella habita esa soberbia sorpresa de la verdad interior, expresada con delicadeza, que convierte su obra es una tradición. Reproducimos uno de los poemas seleccionados por Barrero: “Para hacer una pradera se necesita un trébol y una abeja, / un trébol y una abeja / y ensueño. / Bastará con el ensueño / si las abejas son pocas “. No está en la muestra el poeta-río Walt Whitman, que tanta influencia ejerció en Vallejo, Neruda o Nicanor Parra. La voz americana encuentra una amplia representación en el siglo XX; anticipa el encuentro entre las dos orillas Stephen Crane, escritor y corresponsal de guerra que cubre varios escenarios bélicos de Europa. Él escribe el poema que da título a esta selección: “Había una vez un hombre con una lengua de madera / que intentó cantar…”. El pasado siglo anula distancias, los medios de comunicación y los progresos científicos desarrollan enlaces que borran fronteras y dan una idea global de la economía y la política, a veces con consecuencias catastróficas como las dos guerras mundiales. Pero la literatura se beneficia del continuo intercambio, de esa sensación de vasos comunicantes compartiendo recursos expresivos. En la obra de  Housman, Yeats o Robert Frost hallamos una similar atmósfera creativa, y etiquetas literarias como The movement y la generación beat  ya no definen conceptos insulares sino colindantes con las dos geografías.
  El itinerario recorrido por la lírica inglesa en el arco temporal que une la edad moderna y el arranque del siglo XXI resulta decisivo. El idioma inglés se mantiene como primera lengua de Occidente. Son muchas las sendas exploradas y está muy poblado el canon de autores que ha propiciado una herencia cultural inolvidable. Hilario Barrero sigue su evolución y la resume en textos breves entre los que abunda el epitafio, esa reflexión sucinta donde se plasma la sensibilidad de una conciencia. El poeta y traductor nos deja en Lengua de madera una vehemente afirmación de pluralidad lírica, llena de emoción y encanto verbal.




viernes, 20 de enero de 2017

MARÍA ROSA SERDIO. CAUDAL DE AZAR

Caudal de Azar
María Rosa Serdio
Bajamar Editores
Asturias, 2016

HAIKUS

   Una de las cualidades del devenir literario es su propensión a convertirse en una empresa de mudanzas. De este modo, cada paréntesis temporal deja en las estanterías un puñado de claves estéticas y el fortalecimiento de algunos géneros literarios o de esquemas formales que se convierten en referentes. El fin de siglo ha supuesto una verdadera eclosión de formas breves. La implantación de internet y su lenguaje digital ha fomentado de modo singular la literatura fragmentaria, ese lenguaje basado en la síntesis, que tiene su mejor expresión literaria en el aforismo – una estrategia comunicativa que implanta lo esencial- y en el haiku, una gota de poesía que deja entre las manos el no sé qué que queda balbuciendo del poema.
   No hace mucho, la antología Un viejo estanque (La Veleta, 2013), coordinada por Susana Benet y Frutos Soriano, presentaba una amplia muestra del haiku contemporáneo en español, pero el paisaje creador sigue creciendo y la nómina se amplia con otros nombres entre los que se encuentra María Rosa Serdio (Langreo, Principado de  Asturias, 1953). La escritora  había labrado hasta ahora su esfuerzo creativo en la dinamización lectora para niños. No en vano, ha dedicado un largo trayecto laboral a la docencia como maestra de Educación Primaria, como investigadora del folklore asturiano y como autora de libros de poesía ilustrados, actividades que han dejado sitio a la práctica del haiku desde hace veinte años.
   Caudal de Azar acoge en sus páginas su inquietud por el esquema versal japonés y tiene como umbral una introducción del poeta y profesor Hilario Barrero. Las líneas prologales sortean la indagación crítica para dejar un haiku en prosa dilatado por el afecto; se posicionan  con la mirada reflexiva del lector que busca entre las páginas la felicidad del acierto.
   Es sabido que el haiku nunca abandona en el taller de autor algunas polémicas perennes; acaso la más reiterada es si el modelo versal cinco/ siete/ cinco es condición esencial; o por el contrario si lo que establece la validez del haiku es la literalidad de su semántica al convertirse en una poesía de estaciones. De esta manera, hay que acercarse a la estrofa con criterio amplio y percibir los matices singulares de cada autor, su forma de entender el haiku como vehículo de una sensación emotiva que busca la permanencia. María Rosa Serdio tiene haikus que aglutinan con perfecta sencillez ambas actitudes: “Labor del día: / Prender cada minuto / con alfileres”. un haiku que respeta la ecuación versal y además convierte al estar transitorio y a la fugacidad en venero de escritura. Otro vislumbre lleno de calidad que recuerda a Basho y a ese empeño de contraponer el estar de la naturaleza y su expansiva quietud el elemento mínimo que acapara los sentidos: “Llueve la tarde / y del campo sereno / surge la garza “. Otro ejemplo: “ Solo el instante / es medida del tiempo / de la libélula”
  El buen libro de haikus -y Cauce de Azar lo es, de los que caminan con pie firme- carece de hilo argumental; o mejor: deja que la devanadera del tiempo vaya destejiendo su madeja de asombros para convertir el encuentro con la mirada del otro es un estremecer de puro agrado; en una forma de embellecer los matices. En los haikus de Maria Rosa Serdio hallamos esos guijarros limpios que perturban la superficie del instante con círculos de sol.