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| Recado original María Sanz Lastura Editorial Colección Alcalima Madid, 2020 |
DESANDAR LA NOCHE
En la últimas décadas, la voz poética de
María Sanz (Sevilla, 1956) ha mantenido un equilibrio presencial, con sostenido ritmo de publicación y con un creciente palmarés de reconocimientos y
premios. Los más de cuarenta títulos de senda escritural se dispersan en conocidos sellos editoriales, refrendados con premios como el Ricardo Molina, Leonor,
Tiflos, Vicente Núñez o Ciudad de Pamplona, entre otros.
El poemario Recado original estrena sitio en Lastura, en la vitalista colección Alcalima, que coordina la poeta Isabel Miguel. Antes de emprender su lectura, los habituales lectores de María Sanz recordarán la sensación de unidad y coherencia en el trayecto argumental que define cada entrega y su tendencia a sondear el yo intimista, desde una dicción coloquial, que cobija con fuerza las bifurcaciones del hálito existencial. La apertura machadiana añade otro matiz, la sensación temporalista y ese caminar sin que los propios pasos se definan más allá de los torcidos renglones del azar: “Ni está el mañana – ni el ayer-escrito”.
Ante la mirada del hablante verbal se expande un entorno desapacible que convoca la tarea de ser. Ese ejercitar la voluntad requiere razones y sentir que la suma de decisiones supone el encierro de otras esperanzas y posibilidades. Así se lo comenta a sí mismo un yo desdoblado, insomne frente a la lisura fría del cristal, para dar cuenta del propio itinerario personal: “Podrías haber sido alguien más endiosado, / una estatua feliz de carne vehemente, / las raíces del viento en lugar de las tuyas. / pero nunca quisiste silenciar el espejo”. El hablante poemático prosigue inmerso en su estar sedentario, una duda constante, un deambular por la incertidumbre de lo que quedó fuera. La fuga hubiera propiciado la eclosión del deseo, el bullicio intacto de las ilusiones y la noche oscura de lo vedado. Arqueología sentimental que se contrapone a la sedentaria anemia del presente, una calma sin luz perdida en el cansancio: “Vuelves al interior, sin más clarividencia / que la de tantas sombras iguales a la suya, / hiriente convicción para quien nada cree / después de haberle dado la espalda al infinito”. Solo queda la zarandeada conciencia de una soledad asumida como frustración y derrota, como estado carencial de un amor olvidado, que va perdiendo sus reflejos al desandar la noche: “Mejor la soledad a estas alturas, / donde ni el ave ni la lluvia logran / superar la certeza de ser libre”.
El tiempo a solas tiene un efecto germinativo; la evocación se convierte en quehacer que ordena las heridas y el recuerdo. La mirada se vuelca hacia dentro para recuperar esas briznas de luz de la experiencia que han propiciado los pasos de la identidad en el tiempo. La fugacidad prosigue, muestra las páginas efímeras que cada vez más se acercan al silencio, cuya estela se hace presentida ceniza en los dedos del aire.
Clara y doliente, con la cadencia elegíaca de una pieza de jazz, María Sanz nos deja en los poemas de Recado original la firme convicción del estar solo, esa ausencia de hojas en la callada rama del otoño diario. Las palabras aceptan la claridad desnuda del despojamiento. El peso de la edad testifica una realidad mudable, en continua creación. La soledad se hace el silencio escrito de quien, mientras el tiempo se diluye, dibuja una nueva amanecida con sus palabras.
El poemario Recado original estrena sitio en Lastura, en la vitalista colección Alcalima, que coordina la poeta Isabel Miguel. Antes de emprender su lectura, los habituales lectores de María Sanz recordarán la sensación de unidad y coherencia en el trayecto argumental que define cada entrega y su tendencia a sondear el yo intimista, desde una dicción coloquial, que cobija con fuerza las bifurcaciones del hálito existencial. La apertura machadiana añade otro matiz, la sensación temporalista y ese caminar sin que los propios pasos se definan más allá de los torcidos renglones del azar: “Ni está el mañana – ni el ayer-escrito”.
Ante la mirada del hablante verbal se expande un entorno desapacible que convoca la tarea de ser. Ese ejercitar la voluntad requiere razones y sentir que la suma de decisiones supone el encierro de otras esperanzas y posibilidades. Así se lo comenta a sí mismo un yo desdoblado, insomne frente a la lisura fría del cristal, para dar cuenta del propio itinerario personal: “Podrías haber sido alguien más endiosado, / una estatua feliz de carne vehemente, / las raíces del viento en lugar de las tuyas. / pero nunca quisiste silenciar el espejo”. El hablante poemático prosigue inmerso en su estar sedentario, una duda constante, un deambular por la incertidumbre de lo que quedó fuera. La fuga hubiera propiciado la eclosión del deseo, el bullicio intacto de las ilusiones y la noche oscura de lo vedado. Arqueología sentimental que se contrapone a la sedentaria anemia del presente, una calma sin luz perdida en el cansancio: “Vuelves al interior, sin más clarividencia / que la de tantas sombras iguales a la suya, / hiriente convicción para quien nada cree / después de haberle dado la espalda al infinito”. Solo queda la zarandeada conciencia de una soledad asumida como frustración y derrota, como estado carencial de un amor olvidado, que va perdiendo sus reflejos al desandar la noche: “Mejor la soledad a estas alturas, / donde ni el ave ni la lluvia logran / superar la certeza de ser libre”.
El tiempo a solas tiene un efecto germinativo; la evocación se convierte en quehacer que ordena las heridas y el recuerdo. La mirada se vuelca hacia dentro para recuperar esas briznas de luz de la experiencia que han propiciado los pasos de la identidad en el tiempo. La fugacidad prosigue, muestra las páginas efímeras que cada vez más se acercan al silencio, cuya estela se hace presentida ceniza en los dedos del aire.
Clara y doliente, con la cadencia elegíaca de una pieza de jazz, María Sanz nos deja en los poemas de Recado original la firme convicción del estar solo, esa ausencia de hojas en la callada rama del otoño diario. Las palabras aceptan la claridad desnuda del despojamiento. El peso de la edad testifica una realidad mudable, en continua creación. La soledad se hace el silencio escrito de quien, mientras el tiempo se diluye, dibuja una nueva amanecida con sus palabras.

