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domingo, 29 de noviembre de 2020

MARÍA SANZ. RECADO ORIGINAL

Recado original
María Sanz
Lastura Editorial
Colección Alcalima
Madid, 2020

 

DESANDAR LA NOCHE

 

   En la últimas décadas, la voz poética de María Sanz (Sevilla, 1956) ha mantenido un equilibrio presencial, con sostenido ritmo de publicación y con un creciente palmarés de reconocimientos y premios. Los más de cuarenta títulos de senda escritural se dispersan en conocidos sellos editoriales, refrendados con premios como el Ricardo Molina, Leonor, Tiflos, Vicente Núñez o Ciudad de Pamplona, entre otros.
    El poemario Recado original estrena sitio en Lastura, en la vitalista colección Alcalima, que coordina la poeta Isabel Miguel. Antes de emprender su lectura, los habituales lectores de María Sanz recordarán la  sensación de unidad y coherencia en el trayecto argumental que define cada entrega y su tendencia a sondear el yo intimista, desde una dicción coloquial, que cobija con fuerza las bifurcaciones del hálito existencial. La apertura machadiana añade otro matiz, la sensación temporalista y ese caminar sin que los propios pasos se definan más allá de los torcidos renglones del azar: “Ni está el mañana – ni el ayer-escrito”.
    Ante la mirada del hablante verbal se expande un entorno desapacible que convoca la tarea de ser. Ese ejercitar la voluntad requiere razones y sentir que la suma de decisiones supone el encierro de otras esperanzas y posibilidades. Así se lo comenta a sí mismo un yo desdoblado, insomne frente a la lisura fría del cristal, para dar cuenta del propio itinerario personal: “Podrías haber sido alguien más endiosado, / una estatua feliz de carne vehemente, / las raíces del viento en lugar de las tuyas. / pero nunca quisiste silenciar el espejo”. El hablante poemático prosigue inmerso en su estar sedentario, una duda constante, un deambular por la incertidumbre de lo que quedó fuera. La fuga hubiera propiciado la eclosión del deseo, el bullicio intacto de las ilusiones y la noche oscura de lo vedado. Arqueología sentimental que se contrapone a la sedentaria anemia del presente, una calma sin luz perdida en el cansancio: “Vuelves al interior, sin más clarividencia / que la de tantas sombras iguales a la suya, / hiriente convicción para quien nada cree / después de haberle dado la espalda al infinito”. Solo queda la zarandeada conciencia de una soledad asumida como frustración y derrota, como estado carencial de un amor olvidado, que va perdiendo sus reflejos al desandar la noche: “Mejor la soledad a estas alturas, / donde ni el ave ni la lluvia logran / superar la certeza de ser libre”.
  El tiempo a solas tiene un efecto germinativo; la evocación se convierte en quehacer que ordena las heridas y el recuerdo. La mirada se vuelca hacia dentro para recuperar esas briznas de luz de la experiencia que han propiciado los pasos de la identidad en el tiempo. La fugacidad prosigue, muestra las páginas efímeras que cada vez más se acercan al silencio, cuya estela se hace presentida ceniza en los dedos del aire.
   Clara y doliente, con la cadencia elegíaca de una pieza de jazz, María Sanz nos deja en los poemas de Recado original  la firme convicción del estar solo, esa ausencia de hojas en la callada rama del otoño diario. Las palabras aceptan la claridad desnuda del despojamiento. El peso de la edad testifica una realidad mudable, en continua creación. La soledad se hace el silencio escrito de quien, mientras el tiempo se diluye, dibuja una nueva amanecida con sus palabras.

 
                                                                                           JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 17 de diciembre de 2014

MARÍA SANZ. FE DE VIDA

La paz del abandono
María Sanz
Renacimiento, Sevilla, 2014
 
FE DE VIDA
 
   El discurrir, como marco de pensamiento e introspección, impulsa casi siempre una voz elegíaca, la inquietante impresión de que el trayecto existencial está signado por lo transitorio. Al cabo, todo poema, con el tiempo, como  escribiera la voz sabia de Jorge Luis Borges, es una elegía. Con ese registro se escriben las composiciones de La paz del abandono, obra de María Sanz (Sevilla, 1956) reconocida con el XII Premio de poesía  Vicente Núñez.
   Desde la amanecida, vislumbramos un viajero en tránsito que ha consumido ya una larga senda y que camina solo, con la silenciosa compañía de un puñado de convicciones: “Sólo quien ha sabido convertir su fracaso / en un suave paseo a la luz de la duda, / puede cantar victoria entre las alambradas / que le siguen brotando por ir contra corriente.” Atrás quedaron, entre la maltrecha hojarasca de las horas gastadas, ilusiones y sueños, una raya de tiza que se borra con la sensación de fracaso y convierte al ahora en un espacio de incertidumbre y naufragio. Pero la voluntad prosigue senda, el itinerario se abre hacia la claridad del mediodía y es necesario recuperar impulso. Hay que reconvertir la sombra en luz, aunque en la última vuelta de tanto caminar fugitivo esperen impacientes la nada y la ceniza. Cada gesto deviene empeño inútil; solo es tangible la oscuridad del otro lado.
   Persiste sonando en la conciencia la voz del tiempo, un personaje verbal que vuelve los ojos hacia su propia identidad para clarificar señales e indicios, como si fuese imagen de un lugar arqueológico, vencido por el desgaste y la erosión, mostrando un trágico abandono, su memoria  desfigurada. De la historia clásica de Roma regresa el nombre de Iulia Felix, cuya casa en Pompeya, tras el terremoto del año 62 d.C., fue reconvertida para albergar dependencias de uso público para los más desfavorecidos; o la casa de los hermanos libertos Aulo Vettio, en cuyo espacio persiste todavía el famoso fresco de Príapo; o el Huerto de los Fugitivos, un espacio abierto que preserva las formas de los que huían de la erupción. Los enclaves pompeyanos son huellas de otro tiempo que sirven a la voz poemática para evocar el propio tránsito, la incierta historia de cada conciencia en el terco aprendizaje del vivir,  o la fugacidad del placer que acaba por rendirse al silencio.
   El aprovechamiento de Pompeya como marco reflexivo no es la única apoyatura cultural del libro. También la biblioteca contemporánea está presente en los préstamos de dos nombres propios, Andrés Mirón y Claudio Rodríguez, cuyos versos son venero para extraer los títulos de sus composiciones.
  La paz del abandono  dibuja el proceso de  cada destino, ese camino a lo esencial en el que la existencia se desdibuja, fragmenta su textura y se hace olvido; palabras que remarcan con voz crepuscular la mirada al tiempo desde una ventana solitaria que siempre descubre en su visión que cada pérdida es un paso más.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

MARÍA SANZ. SOLILOQUIO.

 Danaide
María Sanz
II Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado
Vandalia, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2012
 

   El pasadizo culturalista de los años setenta se amplía en el decenio siguiente con abundantes bifurcaciones estéticas, Los poetas prefieren enfilar hacia derroteros personales y vadear a contra corriente. María Sanz (Sevilla, 1956) es uno de los nombres que firma su amanecida lírica, Tierra difícil, en 1981. Su trayectoria, con ejemplar regularidad, va sumando entregas hasta componer un corpus que sobrepasa la treintena de libros. Un primer sondeo de la extensa producción se halla en la antología Pétalo impar en la que un prólogo de Carlos Murciano exponía las líneas de una década de escritura. También Luna de Capricornio es un muestrario plural donde se incluyen textos reconocidos con premios importantes en un amplio tramo temporal, entre 1981 y 2006. De la poeta sevillana, cuyos libros persisten en la mirada a tradiciones como el romanticismo, el simbolismo y la poesía de Juan Ramón Jiménez, han escrito páginas clarificadoras Sharon Keefe Ugalde e Isabel Chevalier.
   La entrega más reciente de María Sanz recurre en su título, Danaide, a la mitología griega. Es sabido que las danaides eran las hijas del rey Dánao, exiliado en Argos y que entre sus peripecias más sonadas están la búsqueda de fuentes para paliar la sequía, y la consumación de la venganza paterna en el lecho conyugal. Son apoyos para ampliar la reflexión indagatoria de un yo desdoblado. El poeta convierte su caudal emotivo en soliloquio dirigido a la segunda persona, reflejo especular que permite un íntimo conversar del sujeto consigo mismo: “Cara y cruz de la muerte, sólo un pozo / sin fondo lograría reflejarte / en pura soledad, desentrañando / cada esperanza que te sobreviene”.
   Con pulso meditativo la memoria hace recuento de los efectos del discurrir; las esperanzas se deshojan, amarillean convertidas en hojarasca; los pasos del yo adquieren el ritmo somnoliento de la inercia; se abre un camino hacia el desencanto en el que la conciencia refrenda que los sueños tienen la naturaleza de vulnerables espejismos. La aurora se hace crepúsculo. También los sentimientos pendulean, sometidos a los azarosos vaivenes del destino. El amor no es la tabla salvadora del náufrago sino una estación, un puerto abierto desde el otro que va mudando su naturaleza hasta convertirse en caligrafía de humo. La soledad irrumpe como estado continuo, como corteza y epitelio de ese vacío que anega el corazón: “Cada vez va quedando menos brisa, / menos templanza, menos mansedumbre, / y más certeza de lo que no eres.”
   Danaide es un poemario escrito con la voz serena de la meditación. Los estratos del protagonista poemático se abren para dejar a descubierta el itinerario vivencial contemplado bajo la claridad de la desolación, cuando la esperanza se muda en desengaño, en las horas oscuras que miden la empobrecida realidad del presente.