martes, 11 de noviembre de 2014

CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO

Cuaderno de Dublín
Fotografía de Adela Sánchez 


CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO
                                                         A los que borran muros
Escritura y docencia; un vecindario avenido que paga los gastos en común.
Hay escritores que sustituyen la Literatura por la Sociología.
Emplea la primera persona, una estrategia de verosimilitud realista.

Antes de chocar contra el cristal el moscardón tiene conciencia épica, de vanguardia nacionalista.
La poesía no cae del cielo sino de las estanterías.
Cada libro oculta un fracaso premeditado y un éxito azaroso.

Me llega la reclamación de un haiku descontento con sus límites formales.  

WILLIAM SHAKESPEARE. SONETOS

Sonetos
W. Shakespeare
Edición bilingüe del Instituto Shakespeare
Preparada por Jenaro Talens y Richard Waswo
Cátedra, Letras Universales, Madrid, 2014
 
SONETOS
 
   Lo escribió con acierto inteligente Harold Bloom: un clásico es el libro que mantiene en el transcurso del tiempo una vigencia inalterable. La definición cuadra  bien con los sonetos de William Shakespeare; nunca malgastan su incontestable magisterio. Ahora regresan a la mesa de novedades en edición bilingüe, con traducción del poeta  Jenaro Talens y prólogo de Richard Waswo, también responsable del aparato crítico complementario.
   El prólogo recuerda el devenir histórico de la estrofa hasta el asentamiento como formato central a mediados del siglo XVI. En esa época se convierte en estructura ideal en casi todos los países europeos gracias a la pericia de algunos maestros italianos que pulieron, con mínimo detalle, las posibilidades de metro y rima. El esquema llega a Inglaterra en la década de 1580 con una mutación: aquí, el endecasílabo italiano se transforma en alejandrino.
    William Shakespeare, volcado en una convulsa deriva vital y en una incansable labor teatral, no interviene directamente en la compilación del centón largo de sonetos. Solo se limitó a distribuir los elogiados manuscritos entre un reducido círculo de allegados. Sería Thomas Torpe quien emprende el viaje a la imprenta en 1609, aunque se desconocen qué circunstancias recorren los manuscritos hasta los días de la publicación. Sobre aquella primera salida se suceden las especulaciones que, de forma tenaz, se suman a las dubitaciones creadas por el texto. Nada sabemos todavía de la misteriosa identidad que figura en la dedicatoria y hay muchas lagunas  en poner rostro y nombre a los personajes que protagonizan los argumentos. Al cabo, cada época busca su propia investigación, aunque es el periodo romántico el que más se empeña en fusionar autobiografía y escritura.
   Perduran estos interrogantes en el tiempo. William Shakespeare no señala fechas, ni describe lugares ni anuncia intenciones éticas en el cauce del verso. Solo hace del amor y sus variables un eje central, un monolítico asunto literario cuya psicología admite un profundo sondeo.  La introducción expande también aclaraciones sobre las características formales, la complejidad de los argumentos verbales y analiza los enfoques y perspectivas que ocupa la voz poemática al abordar cada soneto.
   La traducción de Jenaro Talens no mantiene la rima porque busca sobre todo una versión fiel de las cualidades semánticas. Sí en cambio mantiene el aire lírico de cada pieza que llega al lector con la calidad de una sugerente sintaxis. Es lo esencial de la traducción: que mantenga el espíritu de quien trazó los renglones escriturales, que sobreviva al tiempo y deje las líneas maestras de calidad y belleza que tuvo en su edición original. Y aquí se logra plenamente. Volver a W. Shakespeare es regresar con paso firme a lo mejor de la literatura.

 

domingo, 9 de noviembre de 2014

FIRMES, PERENNES...

Fotografía de Toledo Llaboratory
 
HOJAS DE OTOÑO
 
                                                      Para Herme G. Donis,
                                           firme, perenne...
 
 Rojo sosiego
dormido entre las ramas,
firme, perenne.

sábado, 8 de noviembre de 2014

EL OLOR DEL BOSQUE

Paseo por las Hoces del Duratón
Fotografía de Javier Cabañero
EL OLOR DEL BOSQUE

                        Para Irene y Javier

En el seno del bosque un rumor de presencias fugaces. No estoy solo. Están.
Descubro cerca una camaradería secreta entre realidad y geografías imaginarias.

No te equivoques: la razón oposita cada día a magma informe.

Esos gestos inadvertidos que hacen del sol una luz artificial, propicia para hilvanar pasos perdidos.

La orfandad del solitario es el epitelio de la ternura.

viernes, 7 de noviembre de 2014

GASPAR MOISÉS GÓMEZ. EDÉN PERDIDO

Edén perdido y otros síntomas
Gaspar Moisés Gómez
Eolas ediciones, 2014
Fotografía del poeta: Diario de León 
LAS VOCES DE LA NADA
 
   Décadas de labor convierten a Gaspar Moisés Gómez (Serranillos, Ávila, 1927) en un sólido enlace intergeneracional. El poeta ha hecho suyas distintas claves estéticas que han ido trazando el prolongado recorrido hasta el cambio de siglo. Su densa obra, iniciada con la entrega Con ira y con amor, en 1968 ha protagonizado una sosegada mutación, desde el realismo social de los años sesenta hasta una lírica de pensamiento, más centrada en el tiempo como argumento temático central.
   En esa estela se sitúa el último poemario de Gaspar Moisés  Gómez, Edén perdido y otros síntomas. El hablante lírico busca como interlocutor a un yo desdoblado a quien exponer indicios germinales de esa etapa de cierre en la que deambula la experiencia vivencial. La conciencia percibe cercano y presente “ese punto final de la belleza”; se ha ido agostando la claridad de la amanecida y cada sujeto sigue tanteando respuestas e indicios de lo perdurable. Y en esa percepción se deja espacio a la declinación, de esa marcha tenaz hacia la amanecida. El cisne, por ejemplo, se hace representación gráfica de ese conflicto entre lo que resiste y lo finito: la belleza no es sino el encuadre parcial de lo diario. También la manzana de Adán significaba la consecución de un logro máximo, aunque esa posesión abocara a la expulsión del edén. Y es débil el gorrión en vuelo, tachando el azul del horizonte capturado por las garras del gavilán. Son elementos vitales que se hacen lecturas de un lejano sueño forjado por una identidad esperanzada.
   El declinar del tiempo deposita en el borde del no ser, deja  en la conciencia la sensación de llegada a la sombra. Lo vivido toca fondo, convierte al acontecer en una imagen congelada que se refleja en el cristal y que, poco a poco, se va diluyendo en el mapa de la memoria: “No hay otra verdad / que la que nos está mirando / con levedad mortal desde ese espejo / y agota nuestro ser hasta extinguirlo / en la belleza.”
   Cada identidad escribe la azarosa grafía de un destino cumplido, como si el itinerario fuera un recorrido de dirección única. Solo queda el patrimonio menguante de los pasos dispersos, ese ejercicio de despojamiento hacia un final en el que la muerte se transparenta. La voz se agota y se rinde el cuerpo, casi perdido la noción del origen, mirando el entorno con la distancia de quien sabe que la fugacidad es una naturaleza común y compartida y el porvenir un mero espejismo que borrará la noche. Solo queda el regreso hacia si mismo, caminar en círculo por un viaje interior para hacer de la propia identidad la razón de ser: “No agravéis aquello / que ya un dios hizo en su naturaleza  / infeliz. Que cada uno coma / su manzana. Esto ya sabemos / que no es el Paraíso. Mas dejadnos / soñar entre las hojas trémulas, / la forma que perdimos y por la que luchamos / aún de parte del ángel”
    Edén perdido y otros síntomas hace de cada verso una mirada. Con  serena palabra, sin la estridencia de lo declamatorio, los versos escriben con trazo incierto el largo soliloquio de quien mira su rostro reflejado en el tiempo. Una faz que es imagen de un paraíso perdido, casi desvanecido en la memoria, pero cierto y real, capaz de sembrar todavía la ilusión tenaz de los regresos.
 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

EL DESAMPARO DEL AMANECER

Fotografía de Andrés Romarís

INSOMNIO

             Para Ada Salas

Aprendo a recorrer la noche en vela,
tras el neutro latido
de un reloj digital.
Arañazos de luz fijan la sombra
al desamparo del amanecer.
Al principio eras tú
víctima vulnerable;
ahora somos acuerdo solidario
porque el cansancio enfría nuestro lecho
y agreste se cobija
espalda contra espalda.

Deshabitar insomnios
es difícil tarea;
cada intento provoca deserción.
Angustia el lexatín, no puede el valium,
fracasa la terapia del respirar profundo;
la saliva retiene
un dulzor sosegado
de melisas y espinos,
y el desvelo perdura.

A veces el silencio
agranda sus certezas
e impone a cada cosa su sentido.
A veces algún ruido se convierte
en un grito discorde
y aleja las bandadas de tenaces recuerdos.

Se dilata la noche;
la claridad agosta su piel negra.
Entra en mi nada el sueño
no como distensión apaciguada
sino como reflejo de inquietud.
Parpadea un relumbre. Se define un color.
En él comienzas.
Porque no sé, mis labios te pronuncian.

        (La noche en blanco,  Barcelona, 2005)

lunes, 3 de noviembre de 2014

ALONSO GUERRERO. UN DÍA SIN COMIENZO

Un día sin comienzo
Alonso Guerrero
De la luna libros, Mérida, 2014

TRENES DE CERCANÍAS
 
 
    Una verdad compartida: la fecha del once de marzo de 2004 quedó grabada en la mente de todos como el día de la infamia. Una jornada negra de incertidumbre y muerte que talló en cada memoria una senda de nombres propios que soporta incansable su permanente estar. Latían en las estaciones de cercanías que jalonaban el trayecto diario entre Alcalá de Henares y Atocha: Santa Eugenia, El Pozo del Tío Raimundo… Son los nombres de las víctimas de aquel atentado atroz que ocasionó un seísmo cuyos efectos perduran.
   Acercarse a esa tragedia sin empañar el ánimo, con la prosa calibrada y distante del cronista es tarea compleja porque cada lector tiene en su interior una imagen viva de aquellas secuencias. Esa es la propuesta literaria de Alonso Guerrero. El escritor, nacido en 1962, consiguió en 1982 uno de los certámenes de relatos más conocidos de Extremadura, el Felipe Trigo, y desde entonces alterna como géneros esenciales el cuento, con entregas como Tricotomía, Fin del milenio en Madrid  y De la indigencia de la literatura, el ensayo, los artículos en prensa y  la novela, representada por títulos como Los ladrones de libros, El durmiente, El edén de los autómatas, Doce semanas del siglo XX y su última salida, Un palco sobre la nada, una visión especulativa del futuro.
   Un día sin comienzo aborda la amanecida de aquel once de marzo con objetivismo y hace de aquel tiempo una cronología sin resquicios sentimentales previos. Treinta y siete personajes salen a escena en treinta y siete minutos. El escritor elige la mirada distante de un narrador omnisciente para adentrarse en las biografías que entrecruzan su destino en el espacio de los andenes y en los asientos de cada vagón. Cada  minuto cuenta porque en él se deshilvana el paso de protagonistas inadvertidos que animan derrotas cotidianas, ilusiones y sueños: estudiantes que acuden a sus centros de formación, inmigrantes que buscan una amanecida a su situación económica, amas de casa que hacen cuentas diarias para organizar sus vidas, enamorados, ciudadanos a pie que viajan por las calles solitarias de la melancolía, todos están en el interior de un tiempo imprevisible, porque solo en la rutina de lo cotidiano duerme el azar.
   La excelente novela de Alonso Guerrero sobre un tema tan trágico no se posiciona. El relato no busca dar respuestas e interpretaciones. Simplemente describe a esa gente que sube a los trenes con las ojeras del tedio diario, enumera detalles y circunstancias de travesías minúsculas, cuyo itinerario  define a la gente común. Los pasos coinciden en el trasiego de un cruce fugaz. Quien impulsa la escritura “mira una multitud cuyo silencio es un cuento narrado junto al fuego”.
   Con precisa cadencia, el avance argumental de Un día sin comienzo va dejando en el lector la creciente inquietud de la espera. Pero el relato anula cualquier concesión al patetismo; solo explica el poso de cada devenir con la máxima desnudez. Lo demás está en la conciencia de todos: el estruendo final es una página en blanco, sin palabras, una espera que tiene dimensión trágica.