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martes, 7 de enero de 2025

ELÍAS MORO. HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Hasta que la muerte nos separe
Elías Moro
Eolas Ediciones
Colección  Caldera del Dagda
León, 2021

 

ESCARMIENTOS

  
   Elías Moro (Madrid, 1959) mantiene desde hace años un incansable vitalismo creador que nos traslada, con solvencia ejemplar, de un género a otro; acumula entregas de poesía, relatos, dietarios, aforismos, antologías y páginas autobiográficas. Un material expresivo heterogéneo que comparte criterios estéticos y un planteamiento intelectual acorde con una memoria selectiva de evocaciones y recuerdos, de imaginación y realidad. En el taller de autor priman la limpieza expresiva, el epitelio emocional y el equilibrio justo entre los afanes del protagonista subjetivo y el paseante común de las aceras colectivas.
   Hasta que la muerte nos separe es un mosaico de minicrímenes que debe su existencia germinal a la admiración lectora hacia Max Aub y su libro Crímenes ejemplares, obra publicada en 1957. El notable aforista de posguerra y cuentista excepcional consideraba sus cuentos como un irónico tributo a la caridad y al amor fraterno. Tras un escepticismo vital pleno de ironía y bajo la consideración teórica de que “Matar, acabar con lo que molesta para que sea otra cosa, para que pase más rápido el tiempo. Servicio a prestar hasta que me maten, a lo que tienen perfecto derecho” el autor escribió durante un considerable intervalo temporal, ajeno a consideraciones éticas o dogmatismos doctrinales, enlazando textos con un estridente humor negro y una escritura irreverente, contrapuesta a los moldes establecidos. La variedad de argumentos enfoca en primer plano al criminal, no para que muestre su arrepentimiento por la irracionalidad del acto violento, llevado al extremo con la aniquilación del otro, sino como escarmiento; para que la víctima asuma su condición merecida de ceniza y escarcha.  Por tanto, hasta el absurdo tiene su razón de ser cuando el humor deconstruye y cierra los ojos a los prejuicios de confesionario; los argumentos dan cuenta de la razonable posición de quien esgrime un sentido personal de la justicia con el mimo silencioso de la paciencia, esperando el momento oportuno.
   En las microhistorias de Elías Moro perdura una atmósfera de oralidad que parece adecuarse al punto de vista verosímil; la voz que enuncia habla con la sensibilidad cercana del interlocutor que no tiene nada que ocultar porque lo que acontece en cada historia adquiere una cimentación imprescindible en la lógica del sujeto. El asesinato conmueve, ocupa su lugar necesario en lo cotidiano, y va dejando sitio a un largo inventario de situaciones y víctimas. Las vivencias trenzadas dibujan una variopinta crónica de época donde respiran el amor, las alergias, el robo, las malas condiciones de aparcamiento, el hartazgo vecinal o las subidas y bajadas de un ascensor de vecinos que reiteran las abstrusas conversaciones de quienes no tienen nada que decirse. Sea en los diferentes puntos urbanos de la ciudad o en el gozoso contacto con la naturaleza, todos son cálidos escenarios de aprendizaje para apagar el interruptor del corazón.
    El sujeto verbal pertenezco a la misma estela generacional que los narradores clásicos: Lo que guía cada palabra es la fuerza de la historia, sin digresiones ni filosofías, solo el fluir de un desenlace argumental rápido que deje dormir a la cariacontecida expresión de la víctima en los colchones de lana del humor y el asombro.  El humor es el primer mandamiento en estos microrrelatos de Elías Moro; un humorismo sombrío, que bebe de la inteligencia poética cejijunta de Francisco de Quevedo, de los juegos lúdicos de Ramón Gómez de la Serna o de la sabiduría popular del refranero: “quien la hace, la paga”. Cambian tablas de representación y actores implicados para que alcance vuelo una variedad de tramas que ratifica las líneas estéticas, trazadas con escuadra y cartabón. Las sintetiza en contraportada Pilar Galán: “Con un sentido del humor inteligente, con una ironía teñida de romanticismo y con un elegante dominio del ritmo y la brevedad, el autor nos presenta un catálogo de crímenes que se abandona con una sonrisa, cierta complicidad no exenta de remordimientos y una identificación que va más allá de la literatura.
   En Hasta que la muerte nos separe queda vivo el peso de la historia, el dibujo visual del hecho delictivo como un legado sobrio y cercano. Frente al lector se expande un páramo de acontecimientos cuyo tacto contagia al mismo tiempo la constante obsesión del ser humano por la violencia y sus enigmáticas razones para autojustificarse a la hora de exponer sus actos más oscuros, la sostenida vocación de verdugo. Que no vengan con cuentos;  a la hora de morir y matar, cómplice necesario, solo el humor nos salva.
 
 JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 
 
 
   
 

miércoles, 20 de noviembre de 2024

LUIS MIGUEL RABANAL. POSTRIMERÍAS

Postrimerías
Luis Miguel Rabanal
Prólogo de Sergio Fernández Martínez
Epílogos de Rafael Saravia
y
Alberto R. Torices
Eolas Ediciones
Serie Azul de Metileno
León, 2024

 

UMBRAL


  El friso creador de Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) aglutina recorridos como la novela, el relato y la poesía. Un trayecto de notable fertilidad que conforma la plena dedicación al quehacer escritural, sobre todo cimentado en su obra poética. La mirada lírica ha sumado entregas agrupadas en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977, editado por la editorial sevillana Renacimiento, en 2015. Aquella compilación no cerraba el taller; posteriormente, han ido apareciendo tres nuevas entregas, Los poemas de Horacio E. Cluck (2017), Matar el tiempo (2018) y Que llueva siempre (2020), ahora secuenciadas en Postrimerías, obra enriquecida con una introducción de Sergio Fernández Martínez y los epílogos de Rafael Saravia y Alberto R. Torices.
   El poeta revisa la cronología de sus poemas y enuncia un discurso, fragmentado en el tiempo, en el que la mirada sombría del presente enfila el paso hacia lo existencial, como si el umbral de una etapa crepuscular convocara, en los momentos postreros del discurso poético, pensamiento y filosofía. A la hora de percibir lo cotidiano se impone una poética del desconsuelo, un nítido pesimismo que arropa los días con el epitelio del dolor. El prólogo de Sergio Fernández Martínez recuerda las sombrías coordenadas del escritor: ”Es un libro atravesado por un profundo pesimismo existencial, un pesimismo que se integra dentro del orden poético y que condiciona los sentidos de los libros. En realidad, esta es una constante en la poética de Rabanal, donde el malestar, el cansancio, la rendición y la inmovilidad se erigen como constituyentes del sujeto.”
  Los poemas evocativos de Que llueva siempre dan rumbo al viaje con citas de MJ. Romero y Javier Esteban. Los dos textos se ajustan al pensamiento umbrío de la finitud; las sombras calladas de la intemperie guardan los despojos de la vida alegre. El yo poético se dispone a completar un recorrido en dirección contraria al mediodía, desde el ser a la nada. Intuye que hay que cumplir ese encuentro pactado, a solas con la muerte, y va dejando sus huellas más firmes en los repliegues peraltados del yo interior, hasta componer una autobiografía ficcional.
  De cuando en cuando, el imaginario asume la ironía como recurso distanciador, capaz de  abordar temas nocturnales y trastocar la comprensión interpretativa. Los sueños traen al primer plano personajes oníricos que comparten los pasos perdidos de la memoria erótica.  A su albedrío, conforman un contrapeso del patetismo y la melancolía como si,  junto al yo biográfico, existiera un yo aparente y distinto. El pasado cobra un espacio central, donde el tiempo de niñez evoca que, en ese imprevisible relato de lejanías, todavía no estaban encendidas las luces de la soledad y no se había emborronado la inocencia: “Éramos pequeños y se nos mostraba / la envoltura, la azul apariencia de las cosas. / Ningún misterio más  / que el de no haberlo comprendido”.
  En el recorrido de Que llueva siempre conviven las fluctuaciones argumentales, aunque entre los detonantes poéticos no existan itinerarios antagónicos. Juntos conviven los recuerdos, los días de infancia, la invitación al deseo y las despedidas. Los textos muestran las inclinaciones subjetivas de un pensamiento en vela en el que se agolpan las cicatrices más profundas, esos campos de análisis que requieren contemplar en silencio el horizonte desenfocado.
   Luis Miguel Rabanal ubica el libro Los poemas de Horacio E. Cluck en el espacio central de Postrimerías. La entrega recupera un viejo personaje narrativo del poeta y alumbra un pensamiento especulativo sobre la escritura: “La poesía te rodea las manos, es la amiga que sangra”. Entre las palabras se desvanecen las brumas de lo etéreo; la experiencia vital muestra su fragilidad y añoranza, exige un trazado de sensaciones, que delimite el paso del tiempo. En el prólogo del libro exento, que se publicara en 2017, Andrés González escribió una síntesis del volumen muy afortunada. El trabajo poético es “una cronología de la infamia y de la mística del amor”.
   El apartado “Desnudos” aloja en sus poemas el formato de la prosa poética, de este modo se acentúa la reflexión sobre lo transitorio y ocasional de las palabras, su luminosidad cerrada y tan llena de brumas para comprender la realidad. Se abre la intrahistoria de un sujeto verbal con los inacabables conflictos del deseo, la soledad y el transitar por los grumos de lo cotidiano. Secuelas de vida que esconden el desamparo y la incertidumbre.
   Editado en la editorial Trea en 2018, Matar el tiempo comienza con una composición que hace del tú apelativo un interlocutor de las indagaciones reflexivas del hablante lírico. Se hacen fuerte las incógnitas del tiempo, esas quebraduras hechas de memoria, alquitrán y bruma, en las que se liberan las palabras pero no su sentido, como si el verdadero cauce argumental fuera un territorio de frontera entre la realidad y la imaginación. Todo parece abocar en un entorno de sueños, que se recorre al frío de la noche y nunca pierde el olor a cerrado.
   Desde el dolor y la impotencia de la enfermedad, desde la quietud insomne de quien hace de la medicación un intervalo para no apagar el deseo o la ternura, las palabras emergen para dar cuenta de la desolación y el espanto, en el vivo desorden del silencio. 
   La epístola afectiva final de Rafael Saravia alude a la existencia como fracaso permanente. Vivir nos coloca al borde. Casi pronuncia el adiós en las postrimerías, cuando advierte que la angustia es una presencia fuerte que pide silencio a la esperanza “con la verdad ingrata del poema sublimado”. Por su parte, Alberto R. Torices establece el espacio poético como un territorio ficcional, una geografía telúrica que recorren “vientos de simbolismo y abstracción", la memoria y fantasía de un hombre en el laberinto de su identidad sentimental.

JOSÉ LUIS MORANTE



 

jueves, 8 de diciembre de 2022

DAVID GONZÁLEZ LOBO. FRÁGILES

Frágiles
David González Lobo
Eolas Ediciones
León, 2022

 

ENSOÑACIONES

 

   En el territorio creativo personal de David González Lobo (Barinitas, Barinas, Venezuela, 1965), que impulsa también proyectos de gratísimo recuerdo como la revista de literatura Tinta china, con Agustín María García López, el afán lírico ha sumado hasta la fecha las entregas No hay casa fuerte (1991), Casa de fuego (2005), Fragmentos de vigilia (2005) y el balance Dulcamara y otros poemas, que abarca la poesía reunida entre 1984 y 2011. Es  un amplio tramo donde la senda verbal encuentra su razón de ser en la lírica meditativa, en ese caminar por la hondura que refresca y revive y nos ubica frente nosotros mismos, para transformar el entorno en la cercana periferia del yo.
  La nueva entrega Frágiles, con cálida dedicatoria sentimental, despliega sus recodos verbales con citas de Luis Rogelio Nogueras y Rafael Cadenas y una mínima admonición a la voluntad, escogida de Proverbios, 3: “La piedad y la lealtad no te abandonen”. La breve receta intimista parece definir la disposición ante la la senda por hollar del sujeto existencial. Establece un afán exploratorio para indagar ámbitos de la conciencia. Habitamos un páramo, un entorno de escuetos horizontes en el que anidan zonas de penumbra, donde el protagonista interior, percibe limitaciones y flaquezas, avistadas desde las capacidades significativas del lenguaje.
  Con esta percepción sale a superficie un libro denso, organizado en cinco tramos de conocimiento, que comparten un hondo cauce existencial y una estela de citas, reforzando el peso trascendido de las instantáneas vitales. El tramo auroral aporta un paratexto de Miguel Florián, Igor Barreto y Claudio Rodríguez. Da paso a la inercia pensativa que sondea los estratos frágiles de lo transitorio en la contemplación: “Arquitecto”: “Tú estás viendo la piedra, el vientre desnudo. / No te imaginas la casa, ni a las personas. / se pierde la argamasa, el llanto, el hambre”. El devenir arrastra los pasos de otro tiempo. Son vestigios y posibilidades, una conjunción de reflejos, un quizás que marca en el epitelio del hablante lírico su propio rostro entrañable y lejano, surgido en las manos del tiempo.
  En varias composiciones, David González Lobo emplea el tú apelativo para crear un diálogo intimista con un yo desdoblado. Como sucede en algunos momentos de la poesía de Rafael Cadenas, uno de los magisterios del poeta, emplea una cadencia expresiva reiterativa, con son de letanía, donde la repetición genera la sensación de un viaje cíclico, de un recomenzar que crea un clima de cercanía y acogida. En esta propuesta de escritura los poemas son fragmentos autónomos, dispuestos a componer un único monólogo intimista que condensa en sus moldes el trascurso de la evocación y el aleatorio fluir de la conciencia, frente a las manecillas tercas del presente.
  En el imaginario poético la onda expansiva de César Vallejo ha sido una constante. También en los ángulos expresivos de David González Lobo se perciben afinidades con su magisterio en la fertilidad de sus imágenes, y en la construcción de  los itinerarios de una realidad transcendida. Entre la tierra fértil del pensamiento se hace fuerte la semilla de otra percepción que sostiene la voluntad de ser, esa necesidad de buscar sentido e inocencia.  
  La claridad cómplice de la esperanza, también en el estiaje, encuentra sitio en el apartado “La raíz se queda en los pájaros”. La construcción existencial va forjando, poco a poco, las dimensiones del vacío, esas olas de sombras de la pérdida y el desamparo. En el estar callado de la memoria proclaman su presencia los ausentes. Recordar es desbrozar señales; contraponer esos paisajes que deja la corriente de la temporalidad y propician mudas y transformaciones. La percepción anota cómo lo vivido se va desintegrando: “Había una vez una casa grande en el piedemonte andino. / La madre, el padre, tres niñas, dos niños y una tía soltera. / Al lado de aquella vivienda estaba la carpintería…”. Lo rutinario cobija otras vivencias, pero siempre perdura aquel quehacer de redes y raíces donde se cobijaba la ternura. Con lacónica precisión aforística, lo recalca  el verso final del poema “Abedul”: “Escribo hacia la raíz, cuando oscurece”.
   Hay en el apartado “En tu boca y en el río” sitio para el pálpito confidencial del deseo; el amor aguarda el canto celebratorio del cuerpo. Aflora fuerte para borrar el cansancio, para invitar al mediodía y sembrar el paisaje con “la flor de tu cuerpo”. Los poemas de Frágiles conectan la experiencia biográfica, sin la estridencia declamatoria de una realidad prosaica y descriptiva. Muestran el latido interno del pensamiento contraído en la duda. El hablante verbal desteje una poética; asume la existencia como fragilidad; desde el día inicial, la vida es un lugar de tránsito con andamios de aire, propicio a la orfandad y al lento desvanecerse crepuscular. Sumar pasos es seguir, llegar al otro lado del surco, hacer posible que la leve senda de una nube encuentre su raíz.
 
 
José Luis Morante









 
 
 
   
 
 

lunes, 6 de enero de 2020

PABLO MALMIERCA. LA VOZ ESTREMECIDA

La voz estremecida
Pablo Malmierca
Eolas Ediciones
León, 2019


CÍRCULOS
  
   Es el tiempo quien propone a diario una lectura oblicua de afectos y territorios literarios. Así llegué a la poesía de Pablo Malmierca (Zamora, 1972) a través de la incontinencia digital de internet y percibí en ella acordes que alejan a su autor del etiquetado crítico habitual. Pude también completar esta primera sensación con la lectura de algunos relatos del libro Terrores domésticos. Un viaje a Zamora para presentar el poemario  Lo lento  (Lastura, 2019) del poeta y cantautor Luis Ramos, con quien Pablo Malmierca comparte indagaciones críticas en el Seminario Permanente Claudio Rodríguez, me permitió abrazar al poeta y escuchar en su voz el quehacer de amanecida de la revista Intercostal, nueva muestra de la inquietud intelectual del zamorano.
  El entrelazado de cubierta  de La voz estremecida sugiere una lectura altamente simbólica: el árbol existencial despliega grises y ramificaciones, como si su pulsión cotidiana expandiese afanes y abriese una fértil aventura de conocimiento: “Nombras / para conocer / para engañar / para vivir”. El proyecto poético apunta en su inicio la existencia de una trilogía en torno a la voz estremecida, esa palabra que rompe su quietud y su silencio para airear los laberintos interiores.
   Escueta y esencial, con el despojamiento de una hojarasca otoñal, que concede al poema un formato aforístisco: “Lo fácil fue talar el árbol, / lo difícil arrancar las raíces. Cada texto refuerza una secuencia meditativa, arroja al aire el respirar de un yo poético. En el apartado de inicio “Lobo” subyacen el merodeo y la búsqueda, el refuerzo de una identidad que escapa del gregarismo para trazar una estela de incertidumbre y paso, ese molde vacío que hace posible la ocupación y el sitio de ser.
  La percepción y el pensamiento abren espacios a la anfibología, a una pluralidad de sentidos que convierte a la palabra en enigma  y paradoja: “busco la esclavitud / en las cadenas de tus versos”; queda en la superficie el afán respiratorio de las palabras, su pugna por habitar los significados, pese a la ausencia de referentes, y su empeño también por abrir al hermetismo una ventana de claridad: “en la ausencia de sentido / el significado / de la imagen / socava / las arenas de tus manos”.
   La escritura arrastra sus pasos en una senda no marcada; como si el texto adquiriese un rumbo disgregador y divagatorio en los límites del desierto, un desplazarse ensimismado cuya deriva solo escucha el rumor de la nada. Cada fragmento exige una reconstrucción, cada ceniza que hace gris los posos del lenguaje evoca la llama y el madero, cada pérdida un encuentro con el pautado color de la belleza que anticipa el poema. El sujeto poético tiene la sensación de caminar en círculos, de hacer del itinerario una obsesión que insiste en coordenadas y parámetros: “la poesía se compone de palabras, / las palabras aportan cadencia, / la cadencia el ritmo del cuerpo, / el cuerpo su experiencia”. De ese afán aflora en La voz estremecida una escritura concebida como un ejercicio de libertad para asumir el no lugar y el vacío, la altura cautelar del muro y el dibujo aleatorio de la grieta. Poesía que taladra la realidad de lo previsible, la belleza oferente de lo inútil, el gesto de “Decantarte / hasta destilar la palabra exacta”.  


lunes, 17 de diciembre de 2018

JOSÉ LUNA BORGE. PASOS AL ATARDECER (Diario 2004-2005)

Pasos al atardecer
Diario 2004-2005
José Luna Borge
Eolas Ediciones
León, 2018

LA BUENA COMPAÑÍA

  El diario, siempre abierto y proteico, vuelve a mirar los calendarios para observar en ellos sus rincones más valiosos, esos espacios con relieve que se preservan en la memoria, como si no cesara en ellos el empeño de vivir dos veces. José Luna Borge (Sahagún, León, 1952), autor de una fecunda obra poética, ensayista y antólogo, es un persistente escritor de diarios. ha publicado hasta la fecha cuatro entregas autobiográficas, a las que añade Pasos al atardecer, volumen que rememora el paréntesis temporal que discurre entre 2004 y 2005.
   El prólogo recuerda que los diarios son “un puñado de señales de vida que se van grabando en las paredes de la memoria”; también que los contenidos no buscan la solemnidad del gesto épico y redentorista sino un círculo de arena en el solar: “La vida y sus insignificancias, las minucias corrientes de los días, es la materia prima de mis diarios. Estas minucias no son nada y a veces las he denominado como la nada de los días, pero no siendo nada, pero, no siendo nada, todas ellas en implacable sucesión van tejiendo el manto de los días que nos amparan”.
  La escritura se esfuerza en atrapar la fugacidad, esos esquejes que amenazan con agostarse de inmediato, si que se hayan podido constatar sus brotes renacidos. En medio de esta conmoción se abre camino el flâneur, suma huellas un coleccionista de fragmentos que capta sobre la marcha la longitud de onda, que percibe y goza de una ambientación fluctuante y porosa, donde se aposenta diluido el devenir.
  José Luna Borge es riguroso y coherente en su concepción del diario; siente la necesidad de una escritura que sea veraz consigo misma, que se configure limpia y natural, sin agudezas, imposturas y arabescos. Así afloran, en el avance argumental, las asimetrías de la intimidad y el círculo de afectos más cercano, las grietas mohosas de los días laborales, marcados por una política de desatinos que ha llenado las calles de desganados operarios y el rumor del tiempo, siempre protagonista central, siempre desabrido y cejijunto, como si se empeñara en ahuyentar sueños y esperanzas.
  Como no podía ser menos, el atentado terrorista del 11 M es un núcleo reflexivo esencial en el diario. El radicalismo islámico y su barbarie siega el futuro de cientos de vidas y propicia un corte drástico del sistema democrático, un gobierno bajo sospecha pierde las elecciones y las calles ponen en sus aceras las secuelas de la tragedia y el rostro más siniestro del miedo. Pero la norma de lo diario es la inercia, la sensación de que “hay días en que no pasa nada y te das cuenta de que esa nada es la sal de la vida, lo que nos rodea y hace más doméstico nuestro paso”.
   La voz enunciativa de José Luna Borge se mantiene en el tiempo. Como en otras entregas, retorna la topografía habitual de su mapa afectivo: Sevilla, Salobreña, Sahagún, León… También los regresos al legado literario de Walser, Víctor Botas, Miguel d’Ors, José Luis García Martín, o Miguel Sánchez Ortiz, y la inmersión en los propios proyectos literarios, siempre signados por la incertidumbre, la urgencia de terminar y esas sensaciones críticas que dejan la soledad y la reflexión interior. Las páginas de Pasos al atardecer constatan que el relato autobiográfico, en su caminar discontinuo, es una meditación en voz alta sobre el transitar; un cúmulo de pensamientos sobre una etapa que constituye en su aparente monotonía un significativo periodo de enriquecimiento intelectual, una reflexión sobre claroscuros existenciales, un reflejo nítido de las secuencias vividas. Es el esfuerzo de la conciencia por percibir su densidad en el espejo. El hecho de salir al día con la pupila abierta y subjetiva para afrontar ese despliegue que ensambla objetos y sensaciones dispares; para hacer de la materia anecdótica un registro permanente, una disciplina de la voluntad, un cuerpo textual que se hace en la página fe de vida, “sin enigmas ni veladuras, sin ficción”, con la textura intacta del hombre de la calle, de carne y hueso.







viernes, 7 de noviembre de 2014

GASPAR MOISÉS GÓMEZ. EDÉN PERDIDO

Edén perdido y otros síntomas
Gaspar Moisés Gómez
Eolas ediciones, 2014
Fotografía del poeta: Diario de León 
LAS VOCES DE LA NADA
 
   Décadas de labor convierten a Gaspar Moisés Gómez (Serranillos, Ávila, 1927) en un sólido enlace intergeneracional. El poeta ha hecho suyas distintas claves estéticas que han ido trazando el prolongado recorrido hasta el cambio de siglo. Su densa obra, iniciada con la entrega Con ira y con amor, en 1968 ha protagonizado una sosegada mutación, desde el realismo social de los años sesenta hasta una lírica de pensamiento, más centrada en el tiempo como argumento temático central.
   En esa estela se sitúa el último poemario de Gaspar Moisés  Gómez, Edén perdido y otros síntomas. El hablante lírico busca como interlocutor a un yo desdoblado a quien exponer indicios germinales de esa etapa de cierre en la que deambula la experiencia vivencial. La conciencia percibe cercano y presente “ese punto final de la belleza”; se ha ido agostando la claridad de la amanecida y cada sujeto sigue tanteando respuestas e indicios de lo perdurable. Y en esa percepción se deja espacio a la declinación, de esa marcha tenaz hacia la amanecida. El cisne, por ejemplo, se hace representación gráfica de ese conflicto entre lo que resiste y lo finito: la belleza no es sino el encuadre parcial de lo diario. También la manzana de Adán significaba la consecución de un logro máximo, aunque esa posesión abocara a la expulsión del edén. Y es débil el gorrión en vuelo, tachando el azul del horizonte capturado por las garras del gavilán. Son elementos vitales que se hacen lecturas de un lejano sueño forjado por una identidad esperanzada.
   El declinar del tiempo deposita en el borde del no ser, deja  en la conciencia la sensación de llegada a la sombra. Lo vivido toca fondo, convierte al acontecer en una imagen congelada que se refleja en el cristal y que, poco a poco, se va diluyendo en el mapa de la memoria: “No hay otra verdad / que la que nos está mirando / con levedad mortal desde ese espejo / y agota nuestro ser hasta extinguirlo / en la belleza.”
   Cada identidad escribe la azarosa grafía de un destino cumplido, como si el itinerario fuera un recorrido de dirección única. Solo queda el patrimonio menguante de los pasos dispersos, ese ejercicio de despojamiento hacia un final en el que la muerte se transparenta. La voz se agota y se rinde el cuerpo, casi perdido la noción del origen, mirando el entorno con la distancia de quien sabe que la fugacidad es una naturaleza común y compartida y el porvenir un mero espejismo que borrará la noche. Solo queda el regreso hacia si mismo, caminar en círculo por un viaje interior para hacer de la propia identidad la razón de ser: “No agravéis aquello / que ya un dios hizo en su naturaleza  / infeliz. Que cada uno coma / su manzana. Esto ya sabemos / que no es el Paraíso. Mas dejadnos / soñar entre las hojas trémulas, / la forma que perdimos y por la que luchamos / aún de parte del ángel”
    Edén perdido y otros síntomas hace de cada verso una mirada. Con  serena palabra, sin la estridencia de lo declamatorio, los versos escriben con trazo incierto el largo soliloquio de quien mira su rostro reflejado en el tiempo. Una faz que es imagen de un paraíso perdido, casi desvanecido en la memoria, pero cierto y real, capaz de sembrar todavía la ilusión tenaz de los regresos.