martes, 16 de febrero de 2021

UN TROMPO QUE GIRA

Giros
Imagen
de
MaisPB

 

UN TROMPO QUE GIRA

 

La escritura de Anne Carson trasciende sus propios bordes. Muchos significados quedan fuera de alcance. Están llenos de puntos ciegos, pero mis interpretaciones fallidas no me dejan la sensación de fracaso. Es un material sin género, duro, obsesivo, singular, que rechaza el ojo frío de la disección. Hay que leer sin más, contemplar el movimiento de un trompo que gira.
 
La esperanza de entender también afecta al pie quebrado de lo diario, cuyos componentes nunca resuelven la contradicción, esa simultaneidad de amargo y dulce, de sensaciones de frío y de la color que pueblan el mapa de las emociones. 
 
Sobre la mesa Microlitos, y esta definición complementaria: “Microlitos. Mínimos guijarros arrastrados por el cauce existencial que erosiona y disgrega”. Así define el poeta rumano Paul Celan (Chernivstsi, 1920-París, 1970) sus aforismos y breves en prosa, una miscelánea que hace de la fragmentación y lo disperso una reflexión verbal. Es conocido el copioso diálogo que el quehacer intelectual de Paul Celan mantuvo con la filosofía, el psicoanálisis, la tradición religiosa judeocristiana y su acercamiento a distintos ámbitos lingüísticos centroeuropeos. Así forjó una obra singular en la que tiene un largo recorrido la angustia existencial, el incansable absurdo del devenir diario, la preocupación metalingüística y las paradojas de la comunicación entre el ser y la nada.
 
Los afectos llenan la casa a diario; son esos sonidos claros que se abren a la realidad o dan voz a los sueños. Secreta música donde habitan las horas más diáfanas. Irene, Asier, Ana, Adela...  Qué regalos sus itinerarios conmigo.

La antología Ahora que es tarde, nacida en un tiempo tan complejo, ha supuesto para mí un reajuste claro en la perspectiva de los afectos. Cuántas causas y efectos. Casi nada de lo sucedido en torno a ese libro ha sido periférico. 
 
(Apuntes del diario)


 

 

lunes, 15 de febrero de 2021

FERNANDO BELTRÁN. LA CURACIÓN DEL MUNDO

La curación del mundo
Fernando Beltrán
Hiperión, Poesía
Madrid, 2020
 

LA NOCHE, DENTRO 


   En una línea temporal de más de tres décadas, Fernando Beltrán (Oviedo, 1956) ha forjado un quehacer asentado y diverso, que convierte a su autor en una propuesta de primera línea del presente poético contemporáneo. Su travesía comienza en los años 80, tras la ruptura del monopolio novísimo, con la entrega Aquelarre en Madrid, y tiene continuidad en una decena de poemarios. En 2011 la editorial Hiperión reunió su obra poética escrita entre 1980 y 2010 en el volumen Donde nadie me llama, con prólogo del poeta y profesor Leopoldo Sánchez Torre.  
  El libro que aquí comentamos, La curación del mundo es una indagación en el devenir coaccionado de la pandemia. Toma el internamiento hospitalario como impulso poético. Como refrenda la cita auroral de Rainer M. Rilke: “He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito”. Los hechos son conocidos: en marzo de 2020 el virus estremeció al mundo y provocó una situación sanitaria de máxima urgencia, que exigía evitar la multitudinaria propagación de la enfermedad. Pero esta siguió imparable y originó una estremecedora cifra de fallecimientos y dolorosos internamientos. Fernando Beltrán fue uno de los afectados. Así fueron naciendo estos poemas con la noche dentro que completan un trayecto cognitivo donde se comparte la intensa y solitaria experiencia personal.
   La cualidad esencial de la palabra poética es su capacidad de interrogación, su empeño por definir la textura de un tiempo dispuesto a la fugacidad  y al tránsito, en el que la conciencia se sienta en el borde de un extraño abismo. El entorno prosigue intacto con su apariencia de normalidad y es el yo, ese hablante desdoblado que se mira a sí mismo en el poema, el que  deja sus impresiones y contraluces, las percepciones denotativas de los signos al paso. Percibir convierte al pensamiento en protagonista de una abarcadora geografía de indicios que imprime en la memoria sus huellas dactilares. Así sucede en el poema de apertura “La jerarquía del ángel” en el que la hospitalización supone una ruptura completa de hábitos y un estado de angustia que contrapone el devenir exterior con ese estar pesaroso del paciente grave. De los versos emana la paradoja de que todo esté en su sitio salvo el yo: “todo tiene sentido cuando todo se pierde”. Desde esa aceptación de la extrema fragilidad de ser se hace necesaria la esperanza, esa mano tendida del ángel que habita entre la sombra y sostiene, como un cimiento fuerte, que asegura la curación del mundo.
   El tramo inicial del poemario muestra el pulso conversacional e intimista del desconcierto; el sujeto se asoma a la realidad del virus y despereza sus estrategias de superviviente; ese recuerdo del héroe en bicicleta coronando la cima de Alpe d´Huez  destensa el miedo, permite afrontar el complejo recorrido de las pesadillas. También la música que pone en el silencio un solo de trompeta y se aferra al oído para dejar su mágica cadencia, mientras la cura. Todo sucede muy deprisa, como la misma escritura convertida en estado de ánimo de quien escribe al lado de la muerte. El largo recorrido hacia dentro deja una manera de sentir diferente, la certeza de que después las cosas no serán las mismas ni los mismos serán los sentimientos. El conocimiento profundo de la pandemia abre nuevos registros conceptuales. Sobrevivir es el ahora y la esperanza es luego, pero también la muerte  es un rumor cercano y frío. Se convierte en elemento hegemónico central cuando se hace presencia y habita un rostro concreto. Recordar esa ausencia cambia todo, es una brecha presente en todos los espejos. Después de tantos días postrado, se pierde la exacta latitud del tiempo; recobrar su precisa cadencia es una señal necesaria para el regreso; el poema “Agosto 2020” parece dar voz a la salida al aire limpio de lo diario. Hay que superar el desconcierto. Volver a la tarea del existir es sentir en el pulso una tregua extraña donde se ilumina el despertar para hallar en los otros el mapa desplegado de los sentimientos.
   Fernando Beltrán convierte su lucha en experiencia verbal. En ella se perciben las grietas más duras de la existencia. Sus poemas son la fiebre alta del yo individual abocado a la intemperie; la mutación de una extraña criatura varada que no puede volver a mar abierto. Los versos se hacen pautado desplazamiento por la lucha diaria que constata sombríos paisajes interiores y el rostro siempre melancólico del tal vez. Palabras que buscan ese instante del pensar que justifica la aurora, unos hilos de luz que concedan nuevos colores y formas,  “un tramo más de vida”.


JOSÉ LUIS MORANTE


domingo, 14 de febrero de 2021

MINIMALISMO

Contigo
(Londres, 2010)
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia


 MINIMALISMO

Pienso en ti casi siempre;
las otras veces, pienso en ti.




viernes, 12 de febrero de 2021

ISABEL BONO. ME MUERO

Me muero
Isabel Bono
Prólogo de Juan Marqués
Bartleby Editores
Madrid, 2021

 

TACTO DEL FRÍO

 
   Isabel Bono (Málaga, 1964) ejerce como escritora plural desde hace muchos años. En la originalidad de su voz conviven la poesía, el relato, la novela y el decir despojado y lacónico del aforismo. Tras los tanteos aurorales de las plaquettes Mensajes, El intruso y Contra todo pronóstico, su amanecer poético se fecha en 2003, cuando se publicó el poemario Los días felices, ganador del I Premio de Poesía León Felipe. Aquella entrega abrió cauce a Poemas reunidos Geyper (2009), Pan comido (2011), Cahier (2014) y Lo seco (2018). Su itinerario narrativo integra  la novela corta Ciego Montero ¿dónde te metes?, publicada en 2002, Una casa en Bleturge, ficción ganadora en 2016 del Premio de novela Café Gijón y Diario del asco (2020). El pórtico aforístico Hielo seco se publicó en la Isla de Siltolá en 2015. En suma, una notable cosecha literaria que ahora prosigue con la salida poética Me muero.
  La compilación de poemas integra un digresivo liminar de Juan Marqués en el que arraigan numerosas preguntas que no buscan respuesta. Al cabo, cada poeta emprende un viaje circular en torno a unas cuantas obsesiones, donde se acogen mutaciones del ánimo, incisiones de la propia experiencia y esa búsqueda eficaz de la palabra justa. La escritura busca airear, con fuerza, que el existir va dejando una zona de sombras en la que se postulan el vacío, la disgregación y la carencia. El tejado a dos aguas del latido diario cobija desamparo; esa sensación de finitud despliega el poema de apertura “alguien dice”. La reflexión lleva consigo el tránsito hacia la ceniza que recuerda al interminable incendio del verano. Todo cruje y se corrompe. El yo poemático es consciente de esta contingencia y asume los indicios del vacío: “no hacer nada, solo rendirse“. Solo el amor cobija, y deja sueltos sus hilos de luz; como si fuera necesario volver a la casilla de salida y retomar el paso: “tus ojos ahí, / tus manos, ahí, quietas / y el viento barriendo las hojas amarillas / tal como habías deseado”.
   En el incontinente aprendizaje vivencial las sombras toman la palabra, se diluyen entre lo cotidiano para airear su amorfa solidez cubriendo la esperanza. Nada contiene el perfil limpio de la amanecida. Se agiganta el dolor y la renuncia, un estar en el cansancio que solo vislumbra las opacas grietas de la pared.
  La extensa composición que da título al libro “Me muero” se convierte en columna vertebral del poemario. El sujeto verbal ubica la derrota en la propia conciencia como una condición inevitable del existir, que excede la posibilidad de huida. El ser transitorio avanza en lo diario; suma gestos y etapas vitales, sin pensar que la muerte mientras tanto vela y somete a cada identidad al severo desgaste de lo cotidiano y mientras nadie escucha el estar inadvertido de los muertos, sus invisibles hábitos, su carencia de luz.
   Las composiciones refrendar una atmósfera nocturnal hecha silencio y niebla, como si la casa habitable del yo sufriera un desalojo permanente del que se contagia el entorno. La desolación mide el tiempo y convulsiona sentidos y conciencia, como si buscase alejar la cordura y depositar los miedos como en una larga cinta de Moevius. A veces las composiciones desprenden un aliento áspero, de resignación y fatalismo; por ejemplo en el poema “nada que ver con la entropía”: “tantas veces el azar / con los brazos en cruz / impidiéndome el paso / / y tú a mi lado, repitiéndome al oído / que no podemos escapar de lo que somos”. Desde ese tacto del frío encuentran su cadencia expresiva muchas composiciones de Me muero como si prevaleciera en el itinerario vivencial la luz menguante de la angustia. Habla una voz que lleva el invierno dentro; que siente entre las manos un frío que desmorona las paredes del sueño.

JOSÉ LUIS MORANTE



jueves, 11 de febrero de 2021

A SOLAS, ENTRE LIBROS

Los días laborables
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

A SOLAS, ENTRE LIBROS

 
   Como colofón de un estudio crítico de alcance la bibliografía se puede construir de dos maneras –tal vez haya más, pero esta síntesis de urgencia me parece más clarificadora-, con un estar asentado en el tiempo que suma títulos, apuntes y libros subrayados, y con el gesto urgente de quien compone mosaicos a base de teselas ajenas.
  La segunda forma obedece a la práctica instantánea del robo alevoso y al mínimo esfuerzo, pero es un quehacer con amplio mercadillo de cultivadores. Da mucho juego. Resuelve una urgencia inmediata y no deja rastros inculpadores en quienes no saben más de uno o dos puntos cardinales. Norte y tal vez. Además son bibliografías sin criterios selectivos, donde el comentario amical es un referente frente al magma crítico de alta densidad y se admite en su textura el enfoque de parvulario, para que en caso de disonancia lectora, uno sepa que el error es de humanos y que dos y dos son siete. Son bibliografías con virus que ningunean trabajos necesarios y hechos con el esfuerzo, la lucidez y el rigor del ensayista en el tiempo, ave de vuelo bajo que suele ser víctima propiciatoria del ninguneo.
   Las bibliografías de baratillo dejan una de cal y otra de cal, que es arena disfrazada de harina, pero suben mucho la autoestima de quien las elabora. Suele argumentar, en plan comediante barroco, y con selfie mental en primer plano esa egolatría del “No he de cambiar por más que me señalen con el dedo…”
  Las bibliografías rigurosas no necesitan nudo argumental en su defensa de oficio. Siguen el trayecto lento y casi inadvertido del árbol. Son semilla que muda en raíz, que muda en árbol, que muda en fruto y fronda. Un día deja de crecer y se hace simple madera calcinada. El intenso quehacer se marchó al pie de página de la literatura ligero de equipaje, náufrago y solo.
   Hace unos días un internauta irónico- sé que es buena gente y sé también que la ironía necesita un contexto- preguntaba cuándo se convocan las oposiciones a crítico y quién ocuparía las próximas plazas en los principales suplementos nacionales. La respuesta está en el viento: cuando haya tipos a solas, entre libros, con una insólita generosidad lectora, que dejen sus propios libros para afrontar el estudio profundo de los demás. Cuando las plazas se consigan por méritos lectores y no por las posiciones en los rinconcillos del poder. Cuando se acepte con gratitud que es bueno que alguien proponga sendas de recorrido en la literatura, para que cada voluntad, cada lector, se asome a solas al acantilado de la escritura. Para que mire o salte.    

(páginas del diario)



miércoles, 10 de febrero de 2021

EXTRAVÍOS

El lugar justo
Imagen
de revista EL MUEBLE

 

EXTRAVÍOS

 

   Uno de los hábitos más detestables que practico con alevosa continuidad es el extravío. Cada jornada pierdo llaves, cartera, ilusiones, amigos… A veces hay suerte y consigo recuperar lo extraviado. Otras, solo recupero el malhumor erosivo que me produce una práctica desaforada.
La última pérdida es una mochila de cuero. En ella tenía un cuadernillo blanco, dos de mis bolígrafos preferidos, el cargador del móvil y un libro dedicado. Ignoro cuándo se diluyó. Recuerdo que pagué el taxi, caminé hasta casa y abrí la puerta. Así que tenía las llaves. Menos mal. Tampoco sé cuándo fui consciente de la pérdida. Así que he decidido desaparecer para que no se repitan más los extravíos. Por mis bolígrafos, que tantas dudas anotaron con fidelidad irreprochable; por mi cuaderno blanco que esperó con paciencia de monje zen algún verso aceptable; por la cordial dedicatoria del libro, que exigía una lectura atenta y emotiva.
   Con una mochila nueva, repleta de vacío, me encuentro en paradero desconocido. Ni siquiera el extravío sabe dónde estoy.

(De Cuentos diminutos)


 
 
 


martes, 9 de febrero de 2021

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Poesía
Ciudad Real, 2020 

  

COORDENADAS VITALES


   La labor poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero, una compilación de trayecto, realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos y dibuja la evolución en el discurrir del dinamismo literario impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, esa expresión cotidiana, evocadora y reflexiva donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de lo transitorio. Así se fortalece un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que propicia el diálogo entre sujeto y entorno, convertido en un refugio abierto.
   El poeta entrega ahora, en el complejo año de la pandemia que tanto ha transformado la condición de ser, el libro Aquí con una nota indicativa que advierte sobre la entidad literaria de esta obra. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más actuales son de 2020; por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una expresión diáfana, desnuda y emotiva.
   El paso natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión relevante que recuerda que la mañana del hablante lírico está siempre condicionada por las indefinidas líneas de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de claridad, cuajado de vivencias aurorales que conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra en las estrofas frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia del despertar, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las voces rumorosas del deambular vital. Cada amanecida es paradójica porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el venero manuscrito de la memoria, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  El cauce central del temporalismo desdibuja otras variaciones temáticas. Apenas se vislumbra el afán metaliterario que tanta fuerza cobrara en otros libros. En el apartado "Días y tierra" se retorna al espacio conjetural de la niñez. Los versos dibujan  un paisaje de claridad que hace de la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras una conversación del yo consigo. La escritura como expresión y conjetura resguarda lo vivido. Pone luz a otros días que ahora adquieren la dermis emotiva de los sueños.  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, construye andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas. En el tramo "Patio, y en ocasiones agosto" pasa a primer plano la casa familiar como ámbito privado que alberga hilos de vida, objetos personales y labores dormidas que enaltecen la esfera de lo cotidiano. Los muros alzan su solidez de refugio para albergar dentro esa sabiduría intangible de la observación, ese saber de instantes y emociones que sirven al poeta para sintetizar el clásico esquema del haiku en dos versos que mantienen el potencial expresivo. En "Respiraciones" se articula el dinamismo de lo diverso y la gratitud del poeta a quienes llevaron de la mano su palabra; ahí quedan los nombres de Ángel González o la estela agradecida de Nicolás del Hierro, como "una granazón de cereal". 
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas alzan andamios. Van poblando la cartografía del estar con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días, esa fronda que abriga la condición de ser.

JOSÉ LUIS MORANTE