viernes, 31 de enero de 2014

LA POESÍA DE FÉLIX GRANDE

Félix Grande (Mérida, 1937, Madrid, 2014)


                    PALABRAS SOBRE FÉLIX GRANDE
 
    No es accidental que uno de los intelectos más lúcidos de nuestro tiempo, Ernesto Sábato, en las páginas autobiográficas de España en los diarios de mi vejez – Círculo de Lectores, 2004- anote un emotivo comentario: ”Siempre que llego a España, lo primero es llamar a Félix. Si escribo sobre la amistad, es en él en quien pienso, es él a quien estoy evocando”. Desde el comienzo de la década del noventa, cuando comencé a coordinar la revista literaria Prima Littera, puedo dar testimonio personal de la amistad de Félix. Argumentaba Octavio Paz que los poetas no tiene biografía. Félix Grande contradice este juicio; su escritura está marcada por el latido vital, impulso constante y perenne motivo de reflexión. Un poema de Taranto rescata su nacimiento en Mérida, el 4 de febrero de 1937. Eran días brumosos, con un padre soldado, una madre afanándose en lavar ropas y curar desgarros en el hospital de San Juan de Dios y un país inmerso en una contienda fratricida. Para afrontar los años de carencia la familia se traslada a Tomelloso. Es el pueblo natal de los padres. Allí nacieron siete hijos, de los cuales mueren cuatro, y allí vivirá el poeta días infantiles, adolescencia y juventud. El ambiente rural del entorno se plasma en la novela la balada del abuelo Palancas, crónica que entrevera el recorrido de tres generaciones. En ella se expande una periferia cuajada de personajes de gran tensión ética. La pobreza se mitiga con una pequeña tienda de ultramarinos y algunos animales domésticos; los ralos ingresos obligan a emigrar y a ejercer diferentes oficios. Félix Grande será pastor,  dependiente, oficinista. Resuenan las dificultades; la necesidad es una forma de aprendizaje. En Tomelloso despierta el interés por la lectura. Comienza la formación literaria, alentada por el criterio de Eladio Cabañero, quien orienta al muchacho hacia los poetas del 27, Antonio Machado y Miguel Hernández, lecturas alejadas de los modelos inmediatos del garcilasismo oficial. En 1957 se traslada a Madrid; cifra ilusiones en los libros, pero subsistir exige la práctica de ocupaciones temporales, como administrativo o vendedor ambulante, hasta que en 1961 es contratado como corrector de pruebas en Cuadernos Hispanoamericanos. Trabajaría con Luis Rosales y con José Antonio Maravall, a quien sustituye como director de la revista, comenzando un largo periodo al frente de la publicación que abarca desde 1983 a 1996.   En 1963 contrae matrimonio con Francisca Aguirre, hija del pintor Lorenzo Aguirre, fusilado en la guerra civil. Se conocieron en el Ateneo de Madrid donde el poeta José Hierro coordinaba un ciclo de recitales en el que intervendrá un inédito Félix Grande. Al año siguiente amanece su primer libro, Las piedras, aunque anteriores son los poemas de Taranto  Quedan para otro momento sus incursiones en la ficción, la práctica del columnismo y el ensayo, para explorar las cualidades de su poesía. Taranto prologa la lírica completa de Félix Grande que la editorial Anthropos presentó en Biografía, título que reúne siete entregas. Es un homenaje a César Vallejo, fechado en 1961, que enraíza con la voz torrencial del peruano. Debe a Carlos Sahagún la admiración por el autor latinoamericano: el poeta del cincuenta se sabe de memoria  composiciones deslumbrantes; algunas semejanzas biográficas –familia numerosa, ambiente rural- el carácter apasionado de un muchacho seducido por el magisterio de César Vallejo. En Taranto están la travesía existencial del yo y los pilares de la casa paterna, clavados con ternura y cansancio para aguantar el rigor de la pobreza. Con un título vallejiano, henchido de simbolismo, Las piedras, formado por compasiones fechadas entre 1958 y 1962, fue carta de presentación. La piedra es mansedumbre, una manera de mirar el paso de los días sin codiciar nada. Las voces que resuenan inciden en la meditación temporal: Quevedo, Rilke o Antonio Machado nutren a quien sabe que el tiempo es una larga dolencia que nos arrastra hacia la noche tibia del olvido.  Las piedras  aborda la intimidad del sujeto. Mantiene una cuidada expresión poética y un tono uniforme. Consiguió en 1963 el Premio Adonais. Su salida en Rialp significó la incorporación de facto al horizonte poético nacional. La voluntad unificadora de la crítica lo adscribió en la nómina del sesenta –junto a Miguel Fernández, Ángel García López, Rafael Soto Vergés Antonio Hernández y Diego Jesús Jiménez...- cuyos rasgos vectoriales son: atención formal, rechazo de la comunicación denotativa, vuelta al irracionalismo y tendencia a lo real trascendido.
  Félix Grande se considera un músico frustrado. Durante años aprendió guitarra, aunque nunca fue un instrumentista profesional; sin embargo, la melomanía es una constante en la titulación de sus entregas, en las tramas, en su tarea ensayística y en las relaciones personales con destacadas figuras de la música. El poemario que más subraya esta pasión por las estructuras sonoras es Música amenazada, libro que consiguió el premio Guipúzcoa en 1965. Sobrevuela un tiempo de tristeza en el ambiente inhóspito de la ciudad. Hay alusiones a los días de infancia y a ocupaciones humildes que ahora se rememoran con temblor de inocencia. El sujeto poético parece instalado en la desgana y en la decepción. Consume en el insomnio recuerdos, rescata hábitos y sombras. En esta angustia la música es sosiego. La partitura sirve de antídoto contra el principio de realidad en el que cada sujeto es un superviviente. Blanco Spiritual  (1967) es un poemario innovador en lo formal donde prosigue la crítica del yo poético ante la cotidianidad. El lenguaje se hace creativo, se convulsiona la norma ortográfica, se resquebraja lo discursivo para introducir en el argumento materiales de acarreo; se entrelazan sintaxis coloquial con resonancias literarias, términos cultos y versos remozados buscando una mayor intensidad comunicativa. En el libro, se integran alusiones a narradores como Faulkner o Cortázar y a poetas como Cesare Pavese, CésarVallejo o Rubén Darío. Como el canto primigenio y dramático del negro espiritual, el poemario entona una queja honda y colectiva; el yo forma parte de una derrota que adviene de una miseria tentacular. La palabra da voz a los oprimidos; la mirada contempla con el ceño fruncido los rasgos de un espacio y un tiempo en el que llueve sobre mojado. Una conciencia social vigilante se implica en lo cotidiano. Publicado en 1979 en Nueva estafeta, el breve poemario Film, escrito en 1967, se incorpora a la quinta edición de Biografía. La génesis del poema fue una circunstancia familiar cuyos efectos se fueron diluyendo al cabo del tiempo. El lenguaje cinematográfico presenta una historia amorosa cuya emotividad sufre la lógica de la reflexión. El acontecimiento sacude los sentidos hasta convertirse en material meditativo donde el yo se siente un Ulises que vuelve a la Itaca del hogar a recuperar cada uno de los fragmentos de una rutina rota. La historia compartida se ha transformado en una elegía, en una parte de la memoria en la que se cobijan el miedo, la culpa y el conflicto de mirar hacia el mañana. El entrañable verso de Neruda Puedo escribir los versos más tristes estas noches sirve de título a un poemario cuyas composiciones abarcan un lapso temporal de dos años, entre 1967 y 1969. En él, la lucidez se demora en los rincones del ser biográfico; los poemas introspeccionan la propia intimidad  con ternura incisiva. Está el remordimiento de la claudicación y la certeza de una  existencia maltrecha, sólo redimida por los sentimientos y por la fortaleza de las palabras, cuya persuasión permite alejar los fantasmas de la soledad. Es el único libro de Félix Grande escrito en prosa poética. La forma da un tono discursivo como si cada texto encauzara un pensamiento. La composición final vuelve al verso libre  y dirime el paso del reloj, manso e inadvertido que va acumulando vivencias, desde aquella primera luz de 1937 cuando el poeta nace en el cielo encapotado por los nubarrones de la guerra civil.
   Horacio Martín es el otro, un sujeto escindido y diferente, con una entidad alucinatoria. Será el protagonista de Las rubáiyátas de Horacio Martín en una zona existencial en conflicto que acoge una parte de la experiencia vital. Algunos de sus poemas se adelantaron en revistas antes de confluir en la edición definitiva de 1978 que añadiría el conjunto Cuaderno de Lovaina y posteriormente los textos de Aparición. El yo lírico traza un itinerario biográfico. Es pariente lejano del complementario machadiano Abel Martín. Pone fin a su vida, según relata Félix Grande en el liminar Sobre el amor y la separación, en 1991.  Carnalidad y erotismo son sustratos temáticos de un corpus que añade a los antecedentes culturales del poeta el legado oriental. La rubáiyáta es un poema conciso que celebra el gozo sensorial y fue cultivado con notable acierto por el poeta persa Omar Kheyyam, en el siglo XI.   Frente a la servidumbre de lo establecido, Horacio Martín opta por la trasgresión, rechaza el ensimismamiento y desafía los valores al uso alentando una moral libre en la que da cauce a la libertad del corazón.  Félix Grande justifica el devenir imaginario de Horacio Martín en una carta prólogo que incide en lecturas, hastíos, heterónimos ajenos a esa personalidad común en la que se yuxtaponen  perfiles desconocidos. La prosa descubre los singulares rasgos de un carácter y las inquietudes de Horacio en ese constante diálogo con la carne. Los versos de la sección “Cuaderno de Lovaina” hablan de huida, angustia y soledad; el esfuerzo de olvidar resulta baldío. En la nostalgia de los cuerpos amados hay una sensación de frío; sobre la piel se siente el abandono de la felicidad.   Otra carta, fechada en Madrid, en julio de 1976, cierra el periplo de Horacio Martín. La destinataria es Doina, esposa del heterónomo, bautizada con un sustantivo que define una música popular rumana. El añadido de “Aparición” quiebra el sosiego de Horacio que vuelve a encuadrarse en el gremio de amantes desvelados que busca una fuerza motriz para dar cumplimiento al destino. 
  La noria clausura la producción poética de Félix Grande, es una colección en la que resalta la diversidad de motivos por el dilatado tiempo de escritura. Está el intimismo, la veta amorosa y una colección de homenajes. Figura como preludio una poética; el asunto metaliterario utiliza una prosa discursiva que permite un alejamiento de las vicisitudes del yo biográfico y un tono ensayístico de objetividad. “Mágico abuelo” rescata la sombra de Antonio Machado, arquetipo de sabiduría moldeada por el pasar de los años; el roce de su palabra se convierte en voz de compañía y remedio contra la soledad. Se mencionan artistas plásticos, como el pintor figurativo Antonio López, junto a cantaores flamencos y poetas. Están Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Carlos Edmundo de Ory, o la innominada presencia de Luis Rosales en el trasfondo de “Nocturno”. La progresiva depuración de ornatos y el tono coloquial de la nana o la canción se emparentan con algunos poemas escritos con un lenguaje preciso y directo. El cauce expresivo es polimorfo y hay composiciones que nacen como ejercicios miméticos: “Las nanas de la cebolla” de Miguel Hernández inspira “Las nanas de la metralla” y una situación semejante se produce respecto a las odas elementales de Pablo Neruda. Otra poética, esta vez en verso, más existencial que lingüística.
   La poesía de Félix Grande alienta un protagonista poemático implicado en las circunstancias históricas. Su palabra se torna rebeldía contra la condición de ser, impregnada de temporalidad. En su poesía está la palabra necesaria, la trama de vivencias, fracasos y logros que teje la existencia, una existencia que hoy, 30 de enero de 2014, nos deja el brusco abatimiento del final.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 30 de enero de 2014

VUELO A LIMA (PERÚ)

Con Luis Felipe Comendador en la T-4 de Madrid

VUELO A LIMA (PERÚ)
 
   Respiro unas horas de afecto y coca-cola, en la Terminal-4 de Madrid, con Luis Felipe Comendador. El poeta y editor vuela de nuevo a Perú; lleva hasta la otra orilla una maleta copiosa  de ayuda solidaria de ONG, en la que se han volcado desconocidos, vecinos, voluntarios y amigos. Luis sonríe, con el ánimo mucho más azul que otras veces; tiene el pelo cano -como lo tengo yo-, la barba de nieve -también como yo- y esa sonrisa devinciana de quien ya no se asombra al paso, porque dobló muchas esquinas. Sabe que cada gesto del existir emite facturas con la gélida eficacia de un parquímetro. Pero hay que aguantar; un cuerpo encaja "cuatrocientos golpes".
  Me ha regalado su último poemario, dedicado con palabras que hablan de encrucijadas inolvidables. Luis se pierde entre los arcos detectores y alza las manos  porque el presente tiene el tacto áspero de un uniforme. Que vueles cómodo, que regreses de Perú con un cuaderno lleno de experiencias para compartir. Mientras espera en la sala de embarque, yo me despido del poeta.
  Abro la primera página de Los 400 golpes.  
 


Los 400 golpes
Luis Felipe Comendador
Asociación cultural "El Zurguén"
Morille, Salamanca, 2013
 
 
 

martes, 28 de enero de 2014

DESPERTAR, CONTIGO

Edward Hopper

Identidad

No sé nada de ti, pero me absorbe
ese juego inocente de modelar tu ser.
Transmigro cualidades y actitudes
que te definen cuando las pronuncias,
condesciendo con algunas manías;
respeto los precintos
que deciden el paso a tus zonas ocultas;
te dejo los sentidos en alerta.
Hago y deshago en ti.
Me siento un dios menor
que en esta creación cobra sentido.
Es urgente que tú pongas el soplo.

( La noche en blanco, DVD, Barcelona, 2005)

domingo, 26 de enero de 2014

HAIKU DEL CANSANCIO

Londres, 2010
Fotografía de Javier Cabañero

 
HAIKU DEL CANSANCIO
 
 
Con paso quedo,
el cansancio me alcanza.
Sombra sin voz.

viernes, 24 de enero de 2014

ERIKA MARTÍNEZ. INTEMPERIE.

El falso techo
Erika Martínez
Pre-Textos, Valencia, 2013

UN RUMOR DE INTEMPERIE
 
   En Color carne, salida inicial de Erika Martínez (Jaén, 1979), se abre paso una voz intimista. Aporta un tono coloquial remozado en el que la ironía distiende la epidermis de algunos argumentos y deja un soplo fresco. Ese vitalismo de quien percibe cerca el color de la realidad se enmarca en un cuadro general realista que apuesta por el poema breve y el cierre conclusivo, próximo a la eficacia comunicativa de los aforismos.
  Son rasgos definitorios de un modo propio de entender el hecho literario que encuentra continuidad en su segundo peldaño, El falso techo, cuya incorporación más notable es el registro de la pérdida. Los contenidos enuncian el parte de lesiones de una generación que sumó voluntad y esperanza, mientras el itinerario se bifurca aleatorio sin que aparezca la estación final. Color carne tenía como apertura el poema “Genealogía”, donde el yo poemático sentía en su entorno una solidaridad cálida y comunal; El falso techo cuestiona ese engarce generacional que yuxtapone causas y efectos; a la cadena solidaria le falta un eslabón; se ha producido una ruptura, un estar aislado que implica pesimismo y desvalimiento. Esa es la sensación que desprende “La casa encima”. El discurso poético dibuja un estado social que no oculta una fuerte conciencia de naufragio. Si abres el armario descubres arrumbada la derrota, un estar que promueve sensaciones de culpa: la mancha de algo está ahí, densa, singular, reconocible, aunque no se entienda cómo llegó al tejido.
  El apartado “Segundo techo” concentra algunos poemas-relato (uso la denominación que algunos críticos aplicaron a la poesía más temprana de  Cesare Pavese), textos en prosa poética que reflejan fogonazos de lo cotidiano; son imágenes que niegan la indiferencia ante situaciones frecuentes del ahora que, de cuando en cuando, proyectan sus estrías de pobreza y miseria en los medios de comunicación. Son estampas protagonizadas por secundarios que los poemas acogen al abordar ese perpetuo conflicto entre lo social y lo personal en los distintos planos de un largo desplazamiento, un vuelo que va mudando su caligrafía para alternar situaciones de los demás e inflexiones del sujeto verbal. La transición parece tener una lectura alegórica: el pasajero de vuelo toma asiento, pero cuestiona el pilotaje; el pesimismo es la certeza de quien desconfía.
  En el tramo final la propia escritura se hace materia de introspección, las palabras no esconden esa necesidad de sondeo que quiere hallar sentido a su propia función: “Escribir es hacerle cosquillas / a las raíces de las cosas”.
   Los poemas de Erika Martínez golpean la mesa del ahora con la mano abierta. No hacen elegía de la pérdida, formulan desasosiegos e incertidumbres, se alejan del conformismo. La esperanza dejó sensaciones de cobijo y resguardo. Bajo techo, cualquier vida se siente firme, halla hospitalidad y permanencia. Pero la cubierta se hizo con materiales defectuosos y se resquebraja. Las sombras colonizan cada espacio, convierten lo habitable en intemperie.  Queda entonces – y El falso techo es claro ejemplo-  el consuelo tenaz de la mejor poesía, como la que firma Erika Martínez.    

jueves, 23 de enero de 2014

J. R. R. TOLKIEN Y "EL HOBBIT"

Exposición de figuras de plastilina
modeladas por Sergio Sánchez (3º ESO)
Fotografía de Antoaneta Toneva
 

J. R. R. TOLKIEN Y EL HOBBIT 

A los alumnos del Club de lectura del IES
 
  Se considera a John R. R. Tolkien uno de los máximos impulsores de la novela moderna de fantasía, así que hemos aprovechado el reciente estreno en el cine de La desolación de Smaug, segunda entrega de la trilogía de El Hobbit, para organizar en el Club de Lectura del instituto Duque de Rivas una actividad de animación dirigida al alumnado de Secundaria. A mí me corresponde trazar las líneas generales de un autor, J. R. R. Tolkien, de copiosa biografía creadora. Nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1982, y fallecido en Doirset, Inglaterra, en 1973, John Ronald fue un aplicado estudiante, que aprendió muy pronto el latín y otras lenguas, y un incansable lector que, tras sus estudios universitarios, ejerció como profesor de Lengua y Literatura inglesa, fue también filólogo y amaba crear lenguas autónomas e imaginarias, escribió poesía, ensayo, cuentos y novelas, a la vez que mantuvo una intensa relación personal con algunos escritores contemporáneos. Entre sus obras destacan El Señor de los anillos, El Silmarillion y El Hobbit.
   Queda para otra ocasión comentar las influencias de los poemas épicos y de los cuentos de hadas, o el análisis pormenorizado de la geografía fantástica que puebla las historias de Tolkien, porque lo verdaderamente importante de esta actividad es la exposición El Hobbit y sus personajes, con esculturas de plastilina modeladas y coloreadas por Sergio Sánchez, alumno del centro que ahora cursa tercero de ESO. En todas sorprende el insólito realismo, la compleja realización con un material tan humilde como la plastilina, y el entusiasmo con el que cada figura comunica en su quietud su papel en la trama. Así que sólo resta dar las gracias a Sergio y animar a todos a emprender viaje por la maravillosa geografía literaria de J. R. R. Tolkien. Nos vemos en el camino, en la Tierra Media.    
 
Escultura de Sergio Sánchez
Fotografía de Pablo Aljarilla.

martes, 21 de enero de 2014

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ: ANTOLOGÍA POÉTICA.



LA POESÍA DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ

Camino de ningún final
José Luis Martínez
Edición y prólogo de Vicente Gallego
Renacimiento, Sevilla, 2013

    La recopilación Camino de ningún final lleva un cordialísimo prólogo del poeta Vicente Gallego. El texto introductorio, aunque no sortea el análisis textual ni los comentarios sobre el material poético, evoca un recorrido de afectos e ilusiones; también comenta las duras circunstancias biográficas de José Luis Martínez (Valencia, 1959), claros condicionantes del silencio tenaz de estos últimos años.
   La labor literaria del poeta valenciano arranca en 1986, cuando se edita su entrega auroral Culture Club. El aserto está lleno de connotaciones musicales de los años ochenta; es la época en la que la banda británica Culture Club imponía en los escenarios sonoros de media Europa su estética glam y trasgresora. El poemario era un aviso para navegantes, aunque en Camino de ningún final aquella denominación muda su título por el de una sección de aquel libro: El concepto de autor. En los poemas, escritos entre 1980 y 1986, predomina una escritura incisiva e irónica que, tras un aparente confesionalismo, recurre al ludismo en la recreación de un balance vivencial, despojado de trascendencia. Habitamos una realidad anodina, alzada con materiales humildes.
  El segundo libro, al préstamo de Cortázar añade el nombre de la amada. En Pameos y meopas de Rosa Silla hay un hilo argumental compartido: el sustrato amoroso. El tejido sentimental convierte a quien se ama en destinatario único de la voz. Las palabras conforman un largo soliloquio fragmentado en el que predomina, como sucediera en la primera entrega, la expresión prosaica y el coloquialismo exento de sensiblería; el amor pone los pies sobre el suelo y se rebaja a un murmullo mental desnudo que busca un refugio contra el tiempo.
   Tras casi una década de silencio aparece Abandonadas ocupaciones, tercera salida de José Luis Martínez. Reanuda tarea con un verso más reflexivo y con una mayor amplitud temática. Abundan las fotografías del entorno, de esos elementos delimitados que el discurrir diario deja ante la lucidez de nuestra retina, ya sea un viaje – Estambul-, un perro, un cuarto de baño, o una digresión sobre el propio quehacer escritural, escurridizo y desvaído, con tendencia a ser olvido y ceniza.
   El último tramo poético, el que representan los libros El tiempo de la vida y Florecimiento del daño es el mejor representado en la antología. Es lógico; la escritura se va ajustando al devenir vital y se hace su reflejo; es más fácil el propio reconocimiento en el presente. El tiempo de la vida es un cuaderno de campo sobre lo perdido; en sus poemas habita la elegía, esa voz que recuerda las cosas diluidas en la memoria, que deja en la conciencia la sensación de una vida breve y transitoria. La última salida, Florecimiento del daño, adquiere un tono reflexivo e intimista; sondea la identidad del sujeto a través de la azarosa aportación de esas presencias que nos salen al paso y son capaces de ahuyentar el letargo y ese estado de apatía que se deriva de lo rutinario.
   La poesía de José Luis Martínez se viste en ocasiones con la humilde apariencia de la prosa, deja en el cenicero el humo de las metáforas para definirse como una anotación vivencial, sin afirmaciones trascendentes, sin la egolatría del que se empeña en dibujarse nítido y solemne en las palabras. Versos sobrios para esa línea gris que marca senda hacia ningún final, que buscan la verdad en el fondo de un vaso de cristal.