lunes, 21 de octubre de 2013

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. AUTOBIOGRAFÍA.

El libro de los indolentes
(I.- Encuentro en Camarinal)
Javier Sánchez Menéndez
Imagine cloud editions, La Florida, 2013 
 

AUTOBIOGRAFÍA Y ESTÉTICA

 
   El faro Camarinal, en la punta de Gracia, es un lugar propicio para practicar la contemplación y el pensamiento. Situado en la bahía de Cádiz, en el Parque Natural del Estrecho, tiene mucho de paisaje mágico, donde es posible la convivencia entre seres reales y ectoplasmas, entre la realidad y el sueño. Allí, el poeta y editor Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), recrea los exteriores de su obra El libro de los indolentes que, en anotaciones breves y escuetas, deja un retrato autobiográfico y estético de su protagonista.
  Cualquier diario busca la verosimilitud a través de referentes geográficos concretos. Quien haya visitado aquel expresivo litoral abierto al Atlántico no dejará de pensar en la armonía de pueblos como Tarifa o Zahara, en el legado arqueológico de Bolonía y en las playas ventosas de Caños de Meca, Atlanterra o de los Alemanes. Pero el autor repuebla ese escenario, perceptible y sensorial, con seres de naturaleza difusa, que permiten la especulación imaginaria del lector. De inmediato, el título remite a un fruto de la prosa narrativa de Luis Cernuda, “El indolente”, relato que habla de Sansueña, un pueblo ribereño en el mar del sur transparente y profundo, refugio para sobrellevar la calima veraniega.También el protagonista de El libro de los indolentes, en los aledaños de Cabo Camarinal, busca el íntimo sosiego con la naturaleza y el diálogo con libros clásicos.
  Comparte sus horas la identidad difusa de los indolentes, sólo entrevista en párrafos sueltos y certeros. Un indolente es la irrealidad, acaso aquellas especulaciones del imaginario que conllevan la posibilidad de dar vida a cualquier sueño. Otros indolentes sería las mutaciones en el tiempo del propio yo que todavía hallan cabida en algún pliegue de la memoria. Por el contrario, los siniestros personifican el prosaísmo de la realidad, los seres que nos rodean con sus intereses, la gente sórdida que tantas veces personifican nombres propios cercanos.
   He hablado de diario para definir este cajón de sastre que es El libro de los indolentes, pero no de un exhaustivo recuento de pormenores biográficos. En los breves capítulos conviven las anotaciones descriptivas del paisaje y las actividades cotidianas en las que el yo organiza su quehacer diario. No faltan los juicios de valor sobre la poesía contemporánea. Sorprende que un editor que pone el máximo esfuerzo, en pilotar las ediciones de la Isla de Siltolá condene al limbo de lo inane a casi toda la poesía contemporánea. de la quema de rastrojos se salva su particular mitología: Claudio Rodríguez, Nicanor Parra, Luis Rosales, Juan Ramón Jiménez… Lo demás, una simple columna de humo dispuesta a disolverse en el espacio y montones de ceniza.
   También resalta la tendencia a postular certezas estéticas que trazan las coordenadas de la propia creación; su idea de la poesía y su dedicación a obras en marcha como Fábula, un conjunto de diez libros en torno a la lírica y al acontecer existencial.
   El libro de los indolentes puede desconcertar al lector desprevenido, que se empeñe en especular sobre la naturaleza de indolentes y siniestros, sobre las fuentes de invención –si cronopios o famas de Cortázar, si aquellos inmortales de Jorge Luis Borges, si un homenaje cernudiano. Yo me quedo con el placer de una prosa poética  donde se define la personalidad humana y literaria de Javier Sánchez Menéndez, su franqueza al abrazar esa mística de la renuncia porque casi nada merece la pena, pero hay que seguir.

  

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