viernes, 3 de enero de 2014

ANTONIO CABRERA. PRIMEROS LIBROS.


LA PRIMERA POESÍA DE ANTONIO CABRERA

   Tras las tentativas exploratorias de Autorretrato y Ante el invierno, Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958) consolida trayecto con el poemario En la estación perpetua, reconocido con el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe y, unos meses después, con el Premio Nacional de la Crítica). Aquella salida escribe sus composiciones desde un registro meditativo y revela  afinidades con Francisco Brines, César Simón y Eloy Sánchez Rosillo. El hilo conductor de los poemas hace de la indagación en la existencia veta temática esencial. Es signo que da coherencia a su escritura y apenas sufre alteraciones en las líneas estéticas posteriores, como se constata en las entregas Con el aire y en Piedras al agua.
   Editado en el 2000, En la estación perpetua tenía como umbral una solemne aseveración de Miguel de Unamuno: “El gran misterio es la conciencia y el mundo en ella”. Así  lo vislumbra el lector. La madrugadora epifanía de la claridad nos cede el esplendor de lo diario, esa acumulación de formas y contornos que precisan y delimitan las presencias observadas por los sentidos. No tardan en guardarse tras el cristal del pensamiento, mudo testigo de esa intacta luz de lo creado. La fragmentada percepción alumbra en la conciencia escuetas certezas de un tiempo impávido, que cifra en ocasiones el sentido final de sus mensajes. El pensamiento se convierte en estación perpetua, en refugio tenaz de lo transitorio que, poco a poco, se va disipando en la memoria.
   En la colección de haikus Tierra en el cielo, el poeta apoya sus textos en un monotema: las aves. Se aborda, con mínimos elementos conceptuales, una escritura de tacto exquisito en la que se encierra el acontecer natural de un elemento vivo del paisaje. Al margen de notas explicativas, las instantáneas dibujan con su triple trazo la diversidad alada del azul en vuelo; versos a la espera de una pluma en el aire, exenta de contaminaciones alegóricas. Los rasgos reales –reflejo y vuelo- mediante los ojos limpios del haiku cantan esos serenos indicios de una naturaleza enaltecida. Tierra y cielo, en su humilde apariencia, es un apasionado soliloquio con la ornitología, una de las pasiones del poeta.
   La primera poesía de Antonio Cabrera es un viaje lento, minucioso, que pone rumbo a un conocimiento introspectivo y que contempla con sosegado estar los espacios de una realidad transitoria con la que el ser individual establece una relación unitaria.Ya he aludido a las constantes vitales que conectan las distintas entregas de Antonio Cabrera hasta conseguir una palmaria identidad de tono: el intercambio relacional entre el hombre y su entorno natural, la proyección reflexiva de lo sensorial, el material filosófico que aporta una luz áurea y muestra la azarosa senda del discurrir. A las que añado ahora serenidad expresiva y sentido clásico del poema que dejan una personal versión del misterio del mundo y la emoción intacta del verbo necesario.   
 
 

 

 

 

 

 

 

 

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario