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viernes, 4 de agosto de 2023

JOSÉ ALCARAZ. LAS DEMORAS

Las demoras
José Alcaraz
Editorial Comares
Colección de Poesía La Veleta
Granada, 2023

 

A MEDIO HACER

 

 
   En el manso tiempo del verano, tan proclive a las inconsistentes lecturas de sombrilla publicitadas por los suplementos literarios, llega la sobria lucidez poética y la capacidad reveladora de José Alcaraz (Cartagena, 1983) con el libro Las demoras. Poeta de impulso creador sosegado, codirector con María del Pilar García del proyecto editorial independiente Balduque y docente en ejercicio, como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un centro de Educación Secundaria, José Alcaraz fue distinguido con un accésit del Premio Adonais en 2018 con su entrega El mar en las cenizas. El reconocimiento refrendaba el alcance de un trayecto lírico singular que integra La tabla del uno (2012), Edición anotada de la tristeza, que consiguió en 2013 el V Premio de Poesía Joven RNE, Un sí a nada (2015), Vino para los náufragos, ganador en 2018 del XI Premio de Poesía Antonia Gala, y el ya citado El mar en las cenizas (2019).
 Las demoras hace de memoria y sentidos los vértices vertebradores del impulso creativo y sugiere de inmediato sensaciones de brevedad y despojamiento. No solo por la escueta cantidad de composiciones incluidas sino por la tendencia al poema desnudo, a veces monoversal, como si buscara la eficacia expresiva del aforismo. El pensamiento toma conciencia del decurso transitorio y enlaza el plano biográfico con la levedad convencional del estar diario. Con tan contados materiales da voz a una perspectiva verbal intimista y desvela las grietas del vivir percibiendo las cicatrices remansadas en el entorno más próximo. La realidad se muestra honda, sentida e inconsistente. Lejos de ensoñaciones, lo contingente recuerda de continuo que la identidad en un bosquejo a medio hacer, un cúmulo de trazos provisionales que apenas tiene tiempo de adquirir sus dimensiones definitivas.
  Con pupila testimonial, el yo poético cristaliza percepciones en el discurrir. Mira dentro y fuera; explora sucesivas evocaciones y recuerdos para que adquieran el sabor de la revelación. Estar es esa suma de días y palabras que reporta el asombro. Tiende la mano ese misterio inadvertido que aposa lo diario. Las palabras tantean, se esfuerzan en comprender un silencio que camina entre la soledad y el tedio transfigurados en impulso vital. La infancia y el niño en la estela lírica de José Alcaraz preservan un resguardo misterioso. Son continuidad y certeza de una primera experiencia cognitiva: “Caes de niño como un fruto, / y a la tierra en que das de bruces / inspiras la ecuación con que atraerte, / hasta el último día, hacia su seno”. El personaje poético adquiere una tangible cercanía con el hablante existencial; parece un reflejo que plasma en materia poética los escenarios del pasado, esos lugares que afloran reiterativos y fuertes, como si fueran las justificaciones necesarias de nuestros actos. Así sucede con el poema “El canal” y su singular tratamiento expresivo basado en la reiteración: “Pasaba el mar por el canal. / Cerca de casa, por el canal. / Los niños lanzábamos piedras al canal. / Era nuestra forma de hablar con el canal. / “
  De la indagación confidencial del sujeto lírico nace un recorrido por los pliegues de la memoria. La evocación  vislumbra itinerarios esenciales del mapa afectivo, como la casa de los padres. En ella, el deseo del niño de buscar permanencia a lo perecedero con un simple reloj, o los libros que pusieron a resguardo la educación sentimental, disipando las aguas detenidas de sombras y cenizas.
 El poema también explora la razón de la escritura, esa voz que habita dentro y busca afecto y compañía, a pesar de ser consciente de que la palabra poética es también una red frágil de signos perecederos y señales de humo que nos van ocultado en la neblina gris del tiempo. El amor se hace rincón y música de temporada, hace de la presencia del otro un cabo firme que ancla el deseo y comparte un estado de luminoso mediodía.
 El estar argumental refuerza su semántica con una ligera carga cultural. La erudición está presente en poemas como “Ofelias”, “Para el futuro” o “La voz de Whitman”. Y se diluye en otros pasos poéticos que convierten el poso cultural en periferia y casco antiguo, donde se confunden las pisadas de Homero y Rocío Jurado, o se apunta en la idealización del poeta un retorno a una épica liliputiense que convierte el sueño de las arenas del desierto en simples migajas de bizcocho. Esta aceptación de la realidad y de su fuerza moldeadora de ilusiones y sueños se expresa con contundencia de aforismo en esta “Poética”: “Miro el sol y vuelvo cegado a mi cuaderno”.
  Las demoras muestra la íntima relación entre el fluir del pensamiento y la escritura. La poda retórica deja en los versos una ruta emotiva que prefiere la elisión a la disonancia digresiva: la palabra es una secuencia que da fe de vida cuando el afuera engloba el adentro, como si fueran espacios complementarios. Son geografías verbales que dialogan entre sí para mostrar el paisaje interior de un personaje que mira directamente a los ojos del tiempo y al vuelo alto de la evocación, ese pájaro extraño que enlaza pretérito y ahora.


JOSÉ LUIS MORANTE



jueves, 30 de mayo de 2019

JOSÉ ALCARAZ. EL MAR EN LAS CENIZAS

El mar en las cenizas
José Alcaraz
Accésit Premio Adonais 2018
Ediciones Rialp S. A.
Madrid, 2019


HACIA LOS PÁJAROS


   Poeta, codirector con María del Pilar García de la editorial Balduque y profesor de Lengua Castellana y Literatura, José Alcaraz (Cartagena, 1983) es accésit del Premio Adonáis en la convocatoria de 2018 con su cuarta entrega El mar en las cenizas. El reconocimiento confirma la estela firme que proyecta el escritor murciano. Refrenda el alcance de su libros Edición anotada de la tristeza, que consiguió en 2013 el V Premio de Poesía Joven RNE y Vino para los náufragos, ganador en 2018 del XI Premio de Poesía Antonio Gala.
 El mar en las cenizas recurre al poema breve para dar voz a una escritura reflexiva que deja en su mirada un estar testimonial, ajustado al discurrir, hecho de ese misterio inadvertido que aposa lo diario. Las palabras tantean, se esfuerzan en dar voz a un silencio convertido en impulso vital. Preservan un resguardo misterioso del que afloran interrogaciones y palabras, como si el tiempo se justificase a sí mismo como simple tránsito. De ese itinerario nace una conciencia de finitud que empaña el epitelio de las cosas cercanas. El deambular tras el largo viaje integra en su esencia un puñado de sombras y ceniza.
  El poema también explora la naturaleza cambiante del yo, esa voz que habita dentro y se hace rincón y música, humedad y herida. El estar argumenta pasos en los que nunca se define una quietud conforme sino una búsqueda, un hollar inquieto entre los caminos cercanos de lo temporal: “Pasan los días / y ni una sola palabra escribo, / pero versos y versos / en blanco se suceden, / vacías y hermosas páginas / sin nada que importe / ni que temer”. Y en lo transitorio germina con fuerza un epitelio sentimental que hace del otro el puerto franco de plenitud, un puente  cuya cimentación no requiere ninguna materia extraordinaria sino un sustrato básico, previsible, cercano: “No es especial; / demasiado burdo para ella. / Si, tiene la piel clara, / a nadie cuestiona. / Muchas noches / damos solo una vuelta / mezclando risas y palabras: Nuestro único hogar / es el tiempo que pasamos juntos, le digo / y me abraza muy fuerte”. Desde esa mirada la soledad adquiere un sentido nuevo, ya no está lastrada por la finitud, es cielo que se expande hacia los pájaros, la transparencia del agua borrando la grisura de la ceniza.
  Uno de los veneros esenciales de El mar en las cenizas es el sustrato metaliterario, esa indagación exploratoria de la escritura en las estructuras profundas del pensamiento. La pulsión de las palabras no requiere más justificación que enlazar existencia y poesía: “Escribir / como si cada golpe de tecla / -cada contacto de la tinta en el papel- / fuera llevar el dedo a la llaga de la vida / para creer en ella una vez más”. Y en esa creencia caben distintas actitudes que se van entrelazando con la sencilla claridad del agua: la palabra es celebración y canto, pero también fe de vida y constancia del error que no busca la purificación sino el pulso sencillo de lo cotidiano, la presión justa del silencio y el reposo del tiempo.
   La palabra se despoja de aderezos retóricos para aflorar esencial y prístina, como esas charcas de montaña que tras el deshielo muestran su profundidad. Todo adquiere una dimensión reducida, se hacen habitantes tenaces de Liliput, como si cada mínima dimensión no fuese más que la formulación de una paradoja. El poema es una manera de calcular la grandeza, una semilla que busca tiempo para ser raíz y árbol, fronda y sombra.

    


 

martes, 18 de septiembre de 2018

JOSÉ ALCARAZ. VINO PARA LOS NÁUFRAGOS

Vino para los náufragos
José Alcaraz
XI Premio de Poesía Antonio Gala
Ayto de Alhaurin El Grande
Ediciones Alhulia
Salobreña, Granada, 2018
NAVEGACIONES DEL YO


   Desde 2014, José Alcaraz (Cartagena, 1983) ha sabido armonizar la dirección de la editorial Balduque, en colaboración con María del Pilar García, con la praxis literaria poética. Su trayecto integra los títulos La tabla del uno, Edición anotada de la tristeza, Un sí a nada y el libro ganador del Premio Antonio Gala Vino para los náufragos.
   Dos sustantivos parónimos, vals y Walt, sirven al poeta para un texto de apertura en el que germinan algunas incisiones críticas relevantes. Alcaraz es un poeta intimista, que toma lo contingente como material de uso, para articular un poemario reflexivo, que enfoca el entorno circundante. De este modo, el hermoso título puede contener dos referentes: el que inspira el aserto es un verso del poeta impresor Manuel Altolaguirre, extraído de un párrafo autobiográfico; y la nota de autor vuelca el marbete en lo afectivo al dedicar esta compilación de poemas al abuelo, maestro vidriero, fallecido hace solo unos meses.
   José Alcaraz dispone su libro en tramos asimétricos que mezclan poemas más largos con esquemas formales muy breves. Esa libertad compositiva casi siempre comparte el verso libre y la autonomía argumental. Así, en el primer apartado, un único poema recorre al verso dilatado de Whitman para entonar una vitalista cadencia musical, “con más sentimientos que teorías”. Queda así un claro homenaje a la luminosa voz celebratoria del poeta de Hojas de Hierba. El verso se transforma en esbozo de vida, se ramifica, marca un contexto, deja sitio al despliegue verbal para mostrar un rostro curtido por los días, que se cierra con un guiño irónico, como si fuese el cierre de un soneto infinito que requiere la benevolente cuenta del lector: Contad si son… y está hecho”.
   El avance del libro no pierde el tono confesional, esa intrahistoria subjetiva que requiere evocación y memoria, que acerca los figurantes principales del drama vital hasta el pensamiento para retener una felicidad frágil, gastada por el discurrir. Lo cotidiano se hace una épica de gestos, como si la existencia prodigara rincones para dejar asombro. El recuerdo se hace senda, dispersa una claridad luminosa.
   Más allá de lo emotivo, en el poema también hay una continua cristalización de la senda metaliteraria. Escribir es buscar, hacer de las palabras ángulos abiertos en cuyo deambular contruyen entramados de imágenes. Los poemas se hacen reflejos, equívocos contornos de una realidad en la que instaura el yo borrando diferencias entre el quehacer ajeno y las indagaciones personales. El poema se hace “Fe de erratas”: “No sé quién soy: quién estoy siendo. / No sé de dónde vengo: de dónde no vengo. / No adónde voy: adónde debo ir”. El poema, por tanto, es expresión del caminar, una manera de ir marcando en las aceras cotidianas las huellas leves de la voluntad.
   En Vino para los náufragos la implicación indagatoria también está presente en las secciones de cierre. En su andar pautado conviven pensamiento y experiencia, despliegue del paisaje y ese transitar interior que exige un continuo regreso. Quien pronuncia da voz a una identidad mudable. En ella se enquistaron las navegaciones del tiempo, las incesantes voces del naufragio.  



miércoles, 8 de octubre de 2014

JOSÉ ALCARAZ. SOBRE LA TRISTEZA.

Edición anotada de la tristeza
José Alcaraz
Pre-Textos, Poesía
Valencia, 2013

SOBRE LA TRISTEZA

   El incansable cauce de la lírica actual confía en los efectos colaterales de una convivencia de estéticas donde se incorporan, de forma natural nombres propios a las últimas hornadas que buscan asentarse en más reciente canon. José Alcaraz, nacido en Cartagena en 1983, consiguió con su carta auroral, Está usted aquí, el Premio Murcia Joven en su convocatoria de 2007. Era una colección de poemas de enfoque realista en la que la ironía era un elemento esencial que permitía trazar una crónica personal intimista y desenfadada.  Casi un lustro después llegaba a los estantes su segunda entrega, La tabla del uno y la editorial Pre-Textos, tras conseguir el Premio de Poesía Joven de RNE, publica su tercera salisa Edición anotada de la tristeza.
   En breve nota de solapa, Juan de Dios García matiza la solemne dimensión ensayística del título: “José Alcaraz ha elegido una tristeza inteligente, rica en matices, no aquella que se deja abatir. Y la ha elegido también por mesura, puesto que parece que la tristeza resulta obscena actualmente en una sociedad que persigue una felicidad sin taras”. 
   El poeta justifica el título de forma gráfica. Las composiciones se presentan como notas a pie de página y el amplio espacio blanco superior solo sugiere una indefinición, un estado afectivo o una secuencia vivencial que no es enunciada por el yo poemático. Su significado es especulativo y solo queda expuesto a través de la nota final. Así se desarrolla el mínimo poema inicial  que no difiere de una escueta reflexión sobre los sitios del asombro: la vida enterró el mapa, dejó una cartografía difusa para movernos por los rieles de lo cotidiano; ocupados en encontrar senda es muy difícil desenterrar esperanzas, un tesoro simbólico que habla de sentido vital en nuestros actos. El día empieza y se repiten los gestos de la vida al paso, hace falta ponerse en movimiento, trazar itinerarios.
   Las composiciones dan albergue a un yo desdoblado que actúa como oyente e interlocutor, como si las notas no persiguiesen la distancia objetiva de la verosimilitud sino la contenida palabra del afecto y la confidencia: “El  último hilo de luz en invierno. / Tirar de él, / deshaciendo el suéter del aire / y la melancolía.”. La palabra busca el viaje introspectivo, la mirada hacia dentro que lee la caligrafía ensimismada de la conciencia, una forma de estar dubitativa en la que el paisaje es solo una percepción exterior y ajena, como si el yo poemático habitara en el margen.
      Más allá del inicial efecto sorpresa que deja la disposición poemática de Edición anotada de la tristeza, la poesía de José Alcaraz contiene un fuerte sentido aforístico, una voz meditativa hecha emoción e inteligencia que sondea el acontecer existencial con un mensaje comunicativo y despojado, en el que a menudo salta la imagen insólita y llena de luz. Entre sujeto y tiempo la tristeza concede cada día un espacio habitable.