sábado, 16 de enero de 2016

ESQUEJES DEL DIARIO

Esquejes
Fotografía de  José Manuel Vilaboa Bernárdez


ESQUEJES DEL DIARIO


   Las páginas autobiográficas muestran un sujeto a solas que mira su rostro en el agua. En su reflejo encuentra los trazos de un personaje, complejo y contradictorio. Como escribiera Marguerite Yourcenar, esas líneas recuerdan que "El yo es Proteo". Las confidencias suenan a media voz; son la versión de un testigo directo, desde un lugar privilegiado. En el mirador la percepción se distancia, como si lo que ocurre descubriese una hilazón de hechos ajenos. A menudo esa asepsia deviene impostura, parece el púlpito de un narrador omnisciente que hace trampas con el comodín.
  Hay diarios hechos de naderías, que no pretenden ser sublimes en cada amanecida; son los que yo prefiero: humanizan al personaje, dejan la sensación de estar escuchando a un sujeto real, que recrea sus caminatas por las aceras grises de la ciudad de siempre. 
  El diario es un charco de mansa rutina  al que le han crecido unos cuantos esquejes.

                                                                                                   (Notas sueltas)





viernes, 15 de enero de 2016

KARMELO C. IRIBARREN. LA CIUDAD

Karmelo C. Iribarren

 
CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento.  El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia.
 Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme. 

( Prólogo de La ciudad, Renacimiento, Sevilla, 2014) 



jueves, 14 de enero de 2016

GEOGRAFÍA URBANA

Madrid

GEOGRAFÍA URBANA

                                       Para Javier Cabañero

Pasos lejanos 
y reflejos furtivos.
Atardecer. 


 

martes, 12 de enero de 2016

HILARIO BARRERO. DIARIOS (2012-2013)

Diarios (2012-2013)
Hilario Barrero
Ediciones de La Isla de Siltolá, Levante
Sevilla, 2015

TALLER DEL YO

  La tensión narrativa del diario –suena a principio elemental y recordatorio de las convenciones del género, pero se vela con frecuencia- es el impulso para recrear lo vivido. Su verosimilitud se basa en la calurosa presencia de la primera persona que vivió el relato en tiempo real, soportó el frío posterior del olvido e inició más tarde el sendero de la reconstrucción  para compartir sus confidencias.
  En la autobiografía resulta clave el análisis emocional del narrador y los rasgos principales creados por el personaje que comparte pertrechos descriptivos de su historia. El buen diario se mueve en círculos concéntricos; es un catalizador de intereses que propician atención minuciosa y una sostenida evocación.
   El taller del yo aglutina diferentes estratos. Los hay superficiales y aleatorios; están ahí para dejar constancia de las variables azarosas de lo cotidiano. Las páginas de Hilario Barrero llevan hasta el papel el núcleo humano en el que se mueve el escritor, los latidos domésticos de Brooklyn y el devaneo de la enseñanza universitaria con los temblores del escalafón docente y la apatía habitual de los poblados pupitres. Esta caminata escrita por la rutina laboral tiene una bifurcación muy conocida del poeta: el ser literario. En su doble faceta de creador y traductor; asoman lecturas y afanes en torno al libro que deparan encuentros con otros autores, viajes, o secuencias al paso con los nombres propios del ahora poético, algunos esporádicos y tangenciales, y otros reiterados en salidas anteriores de esta obra en marcha que es el diario.
   Pero los estratos más sólidos, esos que sujetan las pisadas más definitorias del yo son fáciles de descubrir. Nadie está solo cuando tiene el corazón en compañía. Qué hermosa definición nos deja de su convivencia de pareja en esta anotación de la página 22: “En amor todo lo que no es imprescindible sobra. El problema es saber cuándo encender el fuego y cuándo apagarlo. Cuando dar a la pasión una silla para que descanse, cómo dejar que las sábanas se enfríen. No permitir que el tiempo sea la lluvia que apague el fuego, que la rutina sea quien planche las arrugas de la entrega. Que al ir muriendo el amor no se entere, que crea que dormimos porque el amor está siempre ahí, perro fiel, navaja afilada, mordisco animal, vendaval salvaje. El amor nace cada vez que respiramos y sigue vivo después de que morimos”. El lector sabrá disculpar la longitud de tan hermoso párrafo.
   Otro elemento esencial de la sensibilidad del yo biográfico es la música clásica. El disfrute de la ópera es una de las actividades culturales básicas del ocio neoyorkino. Una y otra vez insiste en el repertorio musical con una atinada información de directores, orquestas y características interpretativas. Esa melomanía me hace recordar al poeta asturiano Javier Almuzara y a su hermoso libro Catálogo de asombros, donde la sabiduría auditiva contagia pasión e inteligencia, complicidad entre música y poesía.  
   El poeta Joan Margarit suele comentar en sus lecturas que cada ser biográfico aporta a la escritura un puñado de estaciones imprescindibles. Son los lugares de la identidad. En ellos se guarda el tiempo del asombro y son siempre refugio abierto contra la intemperie. En Hilario Barrero hay dos estaciones imprescindibles: Toledo y Nueva York. Toledo es la luz clara de la amanecida, la primera raíz, el árbol de familia que cobija una incansable fronda sentimental que va acumulando vivencias y recuerdos. Una realidad hecha imaginario sentimental para la evocación y los regresos. El perfil de Manhattan y la armonía vertical de Nueva York apareció ante los ojos del poeta hace treinta y ocho años. En la ciudad de los rascacielos, en Brooklyn, se quedó para trabajar como profesor titular de la Universidad y allí sigue con el legado de varias décadas de docencia y con el patrimonio afectivo de haber hecho de la ciudad una residencia estable y repleta de vida. No sé si podría sumarse a estos dos rincones de la existencia la presencia de Asturias, un paisaje geográfico y sentimental que invita siempre a los regresos, donde amigos como José Luis García Martín tienen casa abierta para el encuentro esporádico. Las anotaciones del paisaje están llenas de poesía, cumplen sus ciclos estacionales con la cadencia de un reloj rutinario que va dejando en cada contemplación señales de muda y de permanencia, sobrios contrastes en los que el ánimo del poeta encuentra calidez.
   Decía Cioran – y lo recuerda casi con las mismas palabras otro espectador de interiores, Iñaki Uriarte- que una semblanza solo es interesante si se consignan las ridiculeces, porque humanizan al personaje. Es sabido que hay también autobiografías sin autor, que hablan como autómatas, como si asistieran desde un palco al paso de su propia vida. 
  En este diario se percibe con trazo definido la silueta clara del personaje, las huellas marcadas de una identidad real, de un hombre con memoria. Así que nada sobra en esta miscelánea. Todo se engarza para convertir la mirada fugaz en escritura, para dejar ante el espectador una lectura fragmentaria en la que encajan actitudes y gestos, sensibilidad y gustos, sentimientos y silencios, el reflejo exacto del yo ante el espejo.


lunes, 11 de enero de 2016

ELVIRA SASTRE. YA NADIE BAILA

Ya nadie baila
Elvira Sastre
Prólogo de Fernando Valverde
Valparaíso Ediciones
Granada, 2015
 

PAN RECIÉN HECHO


   La poesía de Elvira Sastre (Segovia, 1992) se aloja casi a primera hora en el espacio lírico actual. Comienza a escribir apenas sale de la adolescencia y de forma constante ha ido completando un itinerario creador que compagina música y poesía y que ofrece una panorámica textual en la antología Ya nadie baila, con introito del poeta Fernando Valverde. En esta compilación se acogen composiciones del libro de salida, 43 maneras de soltarse el pelo, una amplia representación de Baluarte, auténtico hito desde su publicación, y trece poemas inéditos de un libro en preparación que abre la puerta del quehacer actual de la autora, también presente en las páginas digitales del blog. 
   La palabra crítica de Fernando Valverde, poeta y profesor universitario, traza con acierto algunos caracteres singulares de este trayecto continuo, personal fresco y celebratorio:”Elvira Sastre es una poeta de su tiempo que ha encontrado una voz con la que poder comunicarse con los otros. Y es precisamente en la existencia del otro, en la posibilidad de conmover donde se encuentra el verdadero sentido de su poesía y de la poesía que merece la pena”.
   Ecos similares encontramos en el prólogo firmado por Benjamín Prado en la amanecida de 43 maneras de soltarse el pelo. El poemario aporta un vitalismo juvenil que habla de aprendizaje y ser biográfico. En él encontramos versos como éste que deja con un puñetazo sobre la mesa una poética vital: “A la mierda / el conformismo; yo no quiero  / ser recuerdo. / Quiero ser tu amor imposible, / tu dolor no correspondido, / tu musa más puta, / el nombre que escribas en todas las camas…”. El lector debe saber además que en los poemas de Elvira Sastre la tipografía versal juega con los espacios blancos y las asimetrías para dar ante los ojos del lector un aire de libertad y una impresión de línea expandida, como si fuese una escritura impulsiva que acoge movimientos aleatorios. En esta poesía resalta la cercanía de la voz verbal, ese empeño en creer que las palabras certifican el estado emocional de un personaje que despliega confidencias y emociones, que hace del camino hacia el otro un impulso vital, una brújula firme para guiar los pasos del ahora.
   Con la tinta confidencial de un diario íntimo, Baluarte entrelaza su urdimbre versal como un autorretrato. En los poemas se define un yo que abraza incertidumbres y certezas, que busca indicios de su paso en los espejos: “y así con todo / que soy tan minúscula como el punto de una i / y prescindible como una exclamación de apertura, que te quiero más pero siempre después de ti”. Los ámbitos domésticos se amplían en otros lugares de paso en los que la ciudad –una ciudad arquetípica, hecha de laberintos y ausencias- obliga a buscar nuevos refugios: “Cuando uno se marcha / y regresa / se encuentra con un lugar maquillado y extraño, / una ciudad puesta de gala para otros, / como esa chica a la que rechazamos / y se vuelve de repente, / un ser precioso y no apto para nosotros “. En el silencio de la soledad la mirada percibe un paisaje menos nítido, en el que cobran voz las disonancias y los espejismos. El yo se va poblando de fantasmas que encuentran en la escritura una puerta de salida: “Y escribo, escribo, escribo, / escribo para  que mis ruidos no me cieguen. / Escribo, escribo, escribo, / escribo para dar al silencio una excusa / Escribo, escribo, escribo, escribo para repetirme que todo está vivo “.
   El anticipo de inéditos que cierra la antología Ya nadie baila nos permite percibir la voz continua y el regreso a motivos centrales como el amor y el intimismo que transmite esa capacidad transformadora del yo en el otro en la que convergen reflexiones y sentimientos. La poesía de Elvira Sastre huele a pan reciente; se palpa el pecho para encontrar los latidos del corazón, verbaliza motivos que alejen la desolación para iluminar la casa y el silencio con la delgada luz de las palabras.   




domingo, 10 de enero de 2016

PÁJAROS

Hojas de acuarela


PÁJAROS


   La higuera tenía un tronco esbelto y salomónico. En su tramo superior se bifurcaba con equilibrada simetría. De sus frutos emanaba un olor inconfundible que atraía bandadas de misteriosos pájaros. Alas de color que solo aparecían en verano. Anidaban en las ramas altas y allí sufrían una misteriosa mutación. Las plumas adquirían tonos de acuarelas y se transformaban en sedentarias hojas.
  Con el relente de octubre, las alas volvían a vestirse de plumas. Concluido el proceso, los pájaros emprendían vuelo. Entonces el tronco de la higuera engordaba y retoñecía su follaje.   

(Microrrelato del cuaderno Diez insomnios)



sábado, 9 de enero de 2016

JOAN DE LA VEGA. Y TÚ, PIRENE

Y tú, Pirene
Joan de la Vega
Editorial Denes, Colección Calabria
Valencia, 2013

Y TÚ, PIRENE

   En 2013, Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, 1975), director de la editorial la Garúa desde su fundación,  consiguió con el libro Y tú, Pirene el X Premio de poesía César Simón, patrocinado por la Universitat de Valencia. El reconocimiento sacaba a la luz una colección de poemas que daba continuidad al itinerario gestado en la primera década del nuevo siglo, un trayecto formado por Ladino, que integra los tres títulos iniciales, La montaña efímera, Una luz que viene de fuera y 365 haikus y un jisey. Esta producción, presente en algunas revistas y antologías, conforma un pensamiento estético instalado en la reflexión y en la búsqueda de lo singular.
  Sirve como umbral de Y tú, Pirene un cuerpo pluritextual que integra ocho citas, una polifonía cercana a la semántica del poema prólogo, “Para la ceniza”. La palabra convoca soledad y extrañeza, da fe de un caminar dubitativo que acepta la condición del ser como soledad y ausencia. Ese clima poético en los claroscuros se distiende poco a poco en el apartado “Ojo de nieve”, donde la geografía suma percepciones y elementos al paso –conviene recordar la presencia que el paisaje tenía en otro título del poeta, La montaña efímera- para reconstruir un horizonte gozoso, que deja ante los sentidos su armonía y habla con el callado rumor de los silencios: “Antes que nada  / alta fidelidad / por esas piedras / que sobrecogieron / nuestros pasos. / fidelidad a la piedra / si / y no a los labios “ En ese estar la presencia del yo se diluye, es solo un espectador que apenas perturba con sus huellas los indicios de permanencia, las grafías de lo exterior.
   Más contaminado por el ser biográfico, el apartado “Bajo tierra” emplea con frecuencia el poema en prosa. De nuevo el verso insiste en la interrogación, como si la falta de luz propiciara una existencia al margen, un hábitat que tiene dimensiones oscuras de nicho o fosa y suena a desconcierto; un tiempo de horas bajas, empeñado en contemplar eclipses.: “Quieres dormir el sueño del cieno. En la ausencia de rayos y llanto. Precipitarte por una fracción de cielo. Sin esos ríos oscuros por donde salir de nuevo a buscarte “.
  De nuevo el verso libre deja como cierre la sección “En manos del aire”, un apartado con más simbología y con mayor tendencia metafórica. Además se entrelazan poemas en catalán y castellano, con una poética despojada que, en su afán de esclarecer el sentido, tiende al silencio, fragmenta lo real hasta convertirlo en simple lectura de la nada, como si la palabra hubiese perdido su razón de ser, y solo fuese una brizna dormida en las manos del aire.