jueves, 1 de febrero de 2018

JOSÉ ÁNGEL VALENTE. PALABRAS PARA UN HOMENAJE

José Ángel Valente (Orense, 1929- Ginebra, 2000)
              
    
LECTURA DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE


   El quehacer literario de José Ángel Valente (1929-2000), fallecido en Ginebra a los 71 años,  preserva su vigencia. Se ha convertido en línea medular de buena parte de la nómina poética española del cierre de siglo acogida bajo el epígrafe “poética del silencio”, un aserto esquemático y ambiguo. El escritor sedimenta una estética de la transcendencia que incide en la sumisión de la palabra al pensamiento; el verso se convierte en territorio de búsqueda e incertidumbre, en un descenso hacia la soledad en el que se hace tema substancial la exploración del lenguaje como medio de conocimiento. Su obra diversificada en lírica, páginas autobiográficas, aforismos y ensayos aglutina desnudez, despojamiento e indagación en el sentido último de la finitud a través de elementos simbólicos recurrentes como la luz, la noche, el desierto y la ceniza.
    Valente fue un poeta escindido por voluntad propia de la rama generacional del medio siglo, aunque participara en la puesta en escena que se convirtió en la imagen más nítida de la promoción: la visita a Colliure el 22 de febrero de 1959 y el homenaje a Antonio Machado. Sobre el encaje colectivo de aquellas voces, que tanto debe a Carlos Barral y a las maniobras promocionales de la Escuela de Barcelona, Ángel González ironizó: “Podría decirse de nosotros que teníamos una forma parecida de vivir y de beber, cosas ambas que unen mucho”. Reacio a cualquier retrato de grupo, José Ángel Valente hizo de la independencia un parapeto, disolvió afinidades y analogías de contexto, tachó estereotipos y desoyó compromisos sociales para vivir al margen los últimos quince años de su existencia. Tras una breve estancia en Málaga, buscó casa en Almería, un lugar de la periferia, a trasmano del mercadeo editorial, que lo acogió con hospitalidad. Al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, la ciudad mediterránea fue sede de un encuentro de estudiosos y especialistas para abordar la singularidad creadora y el legado intelectual.
   El conjunto de enfoques se compila en El guardián del fin de los desiertos, una aproximación diversa coordinada por José Andújar Almansa y Antonio Lafarque, con disposición de tríptico. El apartado inicial, “La memoria”, explora el anclaje biográfico a través de testimonios que integraron el círculo más íntimo. El introvertido carácter del poeta se disipa pronto, con los bocetos afectivos de Fernando Lara, Ramón de Torres y José Guirao, quien subraya la pasión por la plástica y el profundo calado de los ensayos sobre arte. Son textos que rehumanizan la figura existencial, muchas veces proclive a la aspereza y al juicio espinoso. Para los creadores de asimetrías entre vida y obra, la conclusión general de “La memoria” incide en la idea de que son conceptos complementarios. En esta cronología vivencial figura Antonio Gamoneda con una reflexión que une el pensamiento poético con los hitos biográficos esenciales: vida y muerte, y cierra este núcleo temático el análisis de Andrés Sánchez Robayna sobre el diario inédito. La miscelánea, custodiada tras la muerte del poeta por la compañera sentimental, Coral Gutiérrez, arranca en los años cincuenta y se mantiene hasta sus últimos días. Conviene descartar de inmediato la autoconfesión analítica; la discontinua redacción aglutina apuntes biográficos, esbozos críticos sobre lecturas, citas, disquisiciones aforísticas y bocetos en verso o en prosa. Como es sabido, en septiembre de 2011 el Diario anónimo fue publicado por Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, en edición de Andrés Sánchez Robayna.
    Cuatro aportaciones forman la segunda sección, “Los signos”, centrada en el recorrido creativo. El apartado desvela la segregación natural: poesía, traducción y ensayo. En él sondean José Andújar Almansa, Lorenzo Oliván, Miguel Gallego Roca y Jordi Doce. Exploran la diversidad  genérica y su común aspiración a la unidad a través del carácter cognitivo del lenguaje. La palabra poética trasciende la realidad, multiplica símbolos y oculta a la razón el significado común porque las referencias se disuelven; la escritura no se deja llevar por la inercia de lo establecido. El aporte de José Andújar incide en la visión lírica de Valente, defiende que la poesía nace de la crisis de identidad del sujeto poético y de la necesidad de recobrar el sentido originario de las palabras de la tribu. Lo subjetivo debe disolverse, hacerse barro magmático en el que se cobije la existencia y sus fragmentos. Lorenzo Oliván  establece una cata de las conexiones existentes entre la prosa de creación y el discurso lírico. Toma como punto de partida el aforismo, un género de confluencia que enlaza discurso reflexivo y poesía. Gallego Roca analiza el concepto de traducción del escritor, cuya labor se compiló en 2002 en  su Cuaderno de versiones, prologado por Claudio Rodríguez Fer. El rastreo de obras de otra lengua permite profundizar en legados foráneos y, al mismo tiempo, ayuda a clarificar el sentido de su propia tradición.
   El pensamiento crítico de Valente promueve el ensayo de Jordi Doce; el poeta y traductor perfila un contexto personal a partir de la precaria situación ensayística de los noventa en nuestro país y recupera el supuesto enfrentamiento teórico entre dos magisterios de ese tiempo en los que no percibe suturas: Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente. Jordi Doce emplea como punto de arranque de su aportación los escritos de naturaleza política, o sociohistórica, nacidos en el devenir de la Transición; en ellos, los conceptos de poder y libertad son sustratos reflexivos de primer orden. El análisis del ensayo crítico de Valente resalta la congruencia del mismo con la vertiente lírica.
   El muestrario de cierre acumula enfoques abiertos. Abre la sección María Payeras, investigadora que ha firmado valiosas aproximaciones a la promoción del 50 y a la colección Colliure; de ahí que se detenga en el tramo inicial del discurso lírico, cuando Valente se aproxima a una estética compartida, su discurso teórico se inserta en una realidad simbólica y se proyecta la imagen del autor en la obra. En el primer tramo escritural no pueden difuminarse los enlaces con los fugaces compañeros de viaje. Es una etapa en la que el contexto resulta integrador; la expeditiva presencia de la dictadura reafirma una poética declarativa y testimonial, de fuerte entramado anecdótico, realista y crítica.
   Sobre la convergencia entre estética y filosofía profundiza Carlos Peinado Elliot sobre Tres lecciones de tinieblas, tal vez la entrega más hermética. Conviene recordar que, ya en 1973, Valente emplea la prosa poética en su libro El fin de la edad de plata. En él se extrema la decantación y concisión de la palabra, su misteriosa opacidad para emitir un sentido alegórico, que conecta con la creencia de la poesía como forma de visión.
   La presencia literaria de José Ángel Valente no ha hecho sino acrecentarse. El valor y la actualidad de su testimonio intelectual fomentan aproximaciones y contribuyen a profundizar en un intenso proceso de escritura que ya puede analizarse con perspectiva histórica; una estética de rigor y despojamiento que lleva al lenguaje hasta el punto cero, “en el que el signo vuelve a hacerse pura expectativa”, ámbito de quietud y sosiego donde se manifiesta lo que ha estado oculto.   
      

                                                      JOSÉ LUIS MORANTE   



miércoles, 31 de enero de 2018

AL CIERZO DEL INSOMNIO

Portones
(Arévalo, Ávila, 2015)


AL CIERZO DEL INSOMNIO

Con frecuencia te quejas
del ínfimo desvelo
que suelo regalarte en medio de la noche,
y al cierzo del insomnio te aventuras
buscándome tres pies.
Duerme seguro;
no hay ninguna estrategia.
Mi historia es la viñeta desechada
por cualquier dibujante
a quien han ofrecido otro trabajo.

                 (De Enemigo leal)


martes, 30 de enero de 2018

CASA VACÍA

Casa vacía
(Olimpia, Grecia, 2010)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana

CASA VACÍA


  En esta casa ya no vive nadie pero están todos los moradores que ocuparon habitaciones en las gramáticas del tiempo. Escucho su fisiología desperdigada en pasos, susurros, toses o gemidos. De cuando en cuando callan, como si se hubiesen mudado a otro lugar por unas horas.
  Siempre regresan. Esta noche olvidaron cerrar la puerta de entrada y apagar luces. Alguien me despertó. No supe qué decir; me siento extraño sosteniendo el aliento de una casa vacía. Ellos me reconfortan. Son labios que pronuncian con el temblor de una revelación: “alguien debe soñarlos”.

(De Cuentos diminutos)


lunes, 29 de enero de 2018

DESDE EL LABERINTO (AFORISMOS)

Entrada
(Provincia de Angkor, Camboya, 2017)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana

Aforismos desde el laberinto

Entre las raíces, una entrada franquea el paso al laberinto. Las sombras diluyen los trazos del sendero. Rumbo incierto.

Me gustan las noches de doble fondo, en las que caben vigilia y sueño.

Esa manía de la memoria de revisar apuntes atrasados, de dar a la inquietud un respiro asistido.

Cada instante de vida, firmo con la escritura discreta del aprendizaje.

La verdad no es un área reservada para soledades ariscas. La duda, sí.

Cuando avanzo hacia ti te desvaneces.

Consumo la relación incierta del autista y su temporada en el invierno.

En mis ojos una hipérbole consoladora: “Un grano de poesía sazona un siglo” (José Martí)

Sístole y diástole, sismología del corazón. Raíces de vida.


(variaciones de Motivos personales)



domingo, 28 de enero de 2018

CARMEN CANET (Entrevista)

Carmen Canet
Fotografía de
Joaquín Puga

Una conversación con Carmen Canet

Desde la publicación de su primera entrega aforística, Malabarismos (Valparaíso, 2016) Carmen Canet se ha convertido en una presencia habitual en las principales antologías del género. Nacida en Almería, pero residente en Granada donde forma parte de su inquieto tejido cultural, y profesora durante muchos años, la escritora prepara su segunda salida en la editorial Renacimiento.


La crítica ha sido la primera opción de tu itinerario creador. ¿Podrías resumirnos esa larga dedicación lectora?

He sido desde edad temprana una lectora incansable y me gustaba también escribir.

Comencé con la escritura en los últimos años de carrera con los estudios de dos revistas: “La Vida literaria” (1899), y “La Ilustración Católica” (1877- 1883), mi fascinación por el periodismo literario me llevó a estos trabajos que fueron mi tesina y mi tesis, publicados por la Editorial de la Universidad de Granada. Desde 1980 fui colaboradora de la Revista almeriense Andarax. Artes y Letras, donde entre otros artículos, tuve una sección que dediqué al estudio de las principales revistas literarias contemporáneas. Seguí y sigo con mi labor de crítica literaria, de investigación, con propuestas educativas y didácticas, así como colaboraciones con reseñas en distintos medios. El tema de las rutas literarias me ha gustado siempre y tengo varias publicadas. El estudio y  trabajos sobre  la escritura del aforismo, junto a la lectura de los grandes maestros me ha llevado, de forma natural a la tarea de escribirlos.

 Crítica, prosa didáctica, aforismos, poesía…Sobre tu mesa de trabajo una sosegada convivencia de géneros. ¿Cuál de ellos tiene el papel principal en tu escritura?

La  crítica literaria y el aforismo son ahora el centro de mi escritura, colaboro en varias revistas y suplementos de libros de algunos periódicos, asiduamente, y en el campo de la creación mi género es el aforismo. La poesía es mi pasión, escribo y  he colaborado puntualmente en antologías, acabo de participar en dos por temas solidarios. He tenido una etapa grande que me ocupó la elaboración de diversos trabajos y propuestas educativas y didácticas debido a mi profesión docente pero ahora es menor mi intervención en estas cuestiones.
                       
 Tu paso inicial, Malabarismos apuesta por un aforismo lacónico y contenido, que tenga el efecto de un destello. ¿Qué cualidades exige a este género breve?

En los tiempos que corren el aforismo está exento de retórica, grandilocuencia, de moralismo y didactismo que es la diferencia que existe con el clásico. En el aforismo contemporáneo estas formas breves son como comprimidos que deben de tener una dosis necesaria para dialogar, ser esos instantes terapéuticos de carga amable, elegante, irónica y comprometida. Por eso son ingredientes necesarios: la concisión,  la reflexión, el  humor, la crítica y la verdad. Deben acotar el vuelo de la mente con un léxico sutil, lúdico, lírico y social. No admiten una única lectura: con licencias, con palabras en libertad que nos llevan a la vez a la inmediatez y a la distancia, con genio e ingenio marcan el camino para descubrir otros senderos, dar que pensar y provocar e iluminar al lector. Al aforista le gusta estar al acecho, tropezar en la vida con ideas o imágenes inesperadas para luego plasmarlas en papel, pero son los lectores una vez aterrizadas los que logran que despeguen de nuevo y puedan volver a volar. El buen aforismo tiene que desprender sentimientos y pensamientos.

 Él mide las palabras y me tiende la mano rescata la aforística subterránea que encierra la obra de Luis García Montero. ¿Cómo nace ese diálogo literario con el poeta de Granada?

 Luis García Montero y yo nos conocemos desde finales de los 70 y fue en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada cuando estudiábamos, sigo pues su escritura desde el principio.

Los lectores acostumbramos a señalar versos, solemos copiar citas, y descubres que hay frases anotadas que además de la belleza estética tienen una ética, y cuando te das cuenta que éstas tienen la instantaneidad, la concisión, la lucidez, el lirismo de los buenos aforismos, es cuando decido hacer este libro, y agradezco al director de Valparaíso Ediciones, Javier Bozalongo,  que acogiera esta idea.

Mi dedicación a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y en particular  al estudio del aforismo me llevaron de forma natural a esta grata tarea de entresacar de su obra literaria completa, versos y frases de sus poemarios y  novelas, frases que aisladas de sus contextos funcionan perfectamente como aforismos. Así que tomé como título un verso suyo que me parece significativo: “Él mide las palabras y me tiende la mano”, y, también, me tomé la licencia de exponer dichos versos y frases transcritos literalmente, éstos no modifican sus escritos, solo son citas que tienen vida propia. Y ésta es la relación, el diálogo de una lectora con su autor.

 La editorial Renacimiento saca a la luz tu nuevo trabajo aforístico. ¿Qué aporta respecto a tu primera entrega?

Mi nuevo libro titulado Luciérnagas, en prensa, sigue en mi línea aforística, son frases breves que buscan el cobijo en una ética poética y humana. Recorren las facetas cotidianas de la vida, con temas como el paso del tiempo, la soledad, el amor, la amistad y el gusto por las artes, en especial la lectura.  Tal vez son más reflexivos, y con más ironía. Lo que sí he querido hacer es más homenajes, y mostrar mi reconocimiento, en especial, a las mujeres. He pretendido también que hagan compañía, y que inviten a la conversación y al dialogo.
  
¿A qué se debe, para ti, la impulsiva cosecha aforística contemporánea?

El aforismo responde al aire ligero, fragmentario de nuestro tiempo. La verdad que está viviendo un momento feliz, es muy alentador el auge que tiene actualmente. Sabemos que ha existido siempre y que ha vivido épocas con mayor o menor intensidad. Las redes sociales han propiciado mucho estas frases cortas, a través de los tuits, los wattssaps. La rapidez y el ritmo que tiene nuestra sociedad hace que el escrito sea más breve, acercándose al slogan, al spot publicitario, pero no podemos confundir esta moda que está en la calle con el género aforístico que conlleva una técnica, y no debe caer en la ligereza y  trivialidad de lo espontaneo como ocurre en esos juegos de internet donde la frivolidad tiene cabida.

El presente parece un tiempo de grisura y demoliciones. ¿La escritura es el último refugio del yo frente a la crisis?
 
La escritura es un refugio, es una terapia, una necesidad para algunos, lo mismo que para otras personas es la música, la pintura, el baile, cada uno se crea su propio asidero para vivir más plenamente. Para mí es muy importante, sin la lectura y la escritura no podría respirar, pero necesito más cosas, pero sobre todo a las personas,  somos soledades compartidas.

Vivimos tiempos nublados con crisis donde nuestros jóvenes nunca hubiéramos pensado que podrían estar con tanto paro y trabajos precarios. Pertenezco a una generación luchadora que pensó que había logrado una mejora, y ahora advertimos que ha habido un retroceso que nos recuerda a nuestros años de juventud, y esto es muy triste, muy decepcionante. Soy muy vitalista, realista y a la vez idealista y sufro viendo el presente que tenemos, y lucho en la medida que puedo con la escritura y con mi comportamiento personal por avanzar dignamente hombres y mujeres y resguardarnos de esta intemperie en la que estamos sumidos.

(Entrevista inédita) 




sábado, 27 de enero de 2018

FRANCISCO CARO. EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA

El oficio del hombre que respira
Francisco Caro
Eola Ediciones
Premio Antonio González de Lama
León, 2017

CALLADO OFICIO


   Poeta de vocación intensa y publicación tardía, Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha impulsado en la última década un recorrido literario de más de diez títulos, de los cuales Locus poetarum y El oficio del hombre que respira son sus últimas estaciones.
   Estamos ante una voz intimista que conserva en su formulación un acento confesional y un estar subjetivo frente a las pequeñas cosas de lo diario; la escritura se convierte en autobiografía ética y fe de vida, como si el latido fugaz necesitase el refugio callado del poema. Son las primeras sensaciones que habitan en los poemas ganadores del Premio Antonio González de Lama, una convocatoria de amplia tradición castellano-leonesa.
   Francisco Caro recobra en las citas iniciales algunas balizas que no son habituales en la amplia geografía lírica actual; Luis Feria y César Simón, que aportan citas junto al verso aforístico de V. Martín, parecen perdurar en un discreto espacio de la biblioteca, lejos de la algarada celebratoria de la Generación del 50, que hoy constituye el obligado referente especular para los más jóvenes.
  La apertura integra en el verso el marco de la naturaleza. Lejos del hombre disgregado de la sensibilidad urbana, Francisco Caro siente el contexto del poema como un reflejo de la encendida existencia rural, un espacio revitalizado por elementos aleatorios y expuestos a la mirada. Así nace un verso reflexivo, cuajado de cicatrices temporales en el callado oficio de vivir. Son paisajes pasajeros que habitan en las composiciones para subrayar que el largo transito despliega a la vez intemperie y refugio; el sujeto está vinculado a lo transitorio, es un rumor de pasos que se pierde en bifurcaciones y hace de su senda un reto cognitivo. Y en ese itinerario, el poeta guarda sitio para presencias tutelares que ayudan a dar solidez al trazo personal; los nombres de Borges, Juarroz, Antonio Colinas o Aníbal Núñez constituyen sustratos lectores que hacen de la escritura no una mera crónica de una realidad evidente y transitoria sino una mirada al secreto que guarda lo inefable. Así se va gestando la respuesta del afán que mueve la propia voz, la persistencia de un callado oficio hecho de tedio, tiempo e incertidumbre: “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”.
 Desde una contemplación implicada, el poema recrea el desconcertante diálogo entre lo fugaz y lo inmóvil. En su decurso  se define la voluntad del sujeto por descubrir en el paisaje la íntima belleza de lo diario, pero también la inadvertida erosión que conlleva un estar pasajero, que va dejando en su discurrir un rastro de señales ambiguas, propicio a la interrogación: “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  



jueves, 25 de enero de 2018

SOBREVIDA CON SOMBRA

El paseante
Archivo general de internet


HETERÓNOMOS


Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

                                     (De la antología Pulsaciones)