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miércoles, 15 de enero de 2025

LECTURA PERSONAL DE PULSACIONES

Pulsaciones
(Antología poética 1990 -2017)
José Luis Morante
Prólogo de Rosario Troncoso
Takara Editorial
Colección Wasabi
Sevilla, 2017 

CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ

  

Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

 
   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso invita al desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El poeta es el primer lector de su poesía. Conoce la raíz de cada verso y las observaciones particulares de su contingencia”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre”
   Quien recorra los poemas de Pulsaciones percibirá que esta recopilación, respetuosa con la cronología editorial de mis libros, se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca, con acierto, esta opción el prólogo de Rosario Troncoso, poeta y editora de la antología. La concepción existencial del sujeto poético muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro.
   Desde el título, las composiciones de Enemigo leal cobijan una ironía sutil que desaloja afirmaciones serias y literales; escribí ese libro en un momento de desencanto. En ese marco buscó sitio una relación social apelmazada que, poco a poco, fue encontrando su estación final. Quité sentimentalismo de aquella fractura afectiva y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
   Me gusta pensar que el tipo humano que habita mis poemas se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar en la degradación. Abundan las composiciones que sondean la cualidad ética de la escritura. El poeta está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda antología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose  los poemas de la noche en blanco y Ninguna parte.
   Los poemas finales acogen una poesía de madurez que tiene un carácter más intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis poemas hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.
 
(Palabras ante el espejo)



sábado, 4 de febrero de 2023

ROSARIO TRONCOSO. NO ES LOCURA, ES CLARIDAD

No es locura, es claridad
Rosario Troncoso
Ediciones de la Isla de Siltolá / Aforismos
Sevilla, 2023

 

RASTRO DE AUSENCIAS
 
 
 
   Cualquier senda literaria tiene mucho de exploración y búsqueda; de voluntad que sale al paso, dispuesta a adentrarse en recorridos que propicien un retrato más nítido y preciso del taller, en su empeño de enlazar sensaciones, pensamientos y actitudes: “Escribir es ensanchar la mirada”. Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), docente de Educación Secundaria de Lengua Castellana y Literatura, editora, articulista y gestora cultural mantiene en su presencia una creación abierta que conjuga géneros como la poesía, el comentario de prensa, la crítica y el aforismo, aunque sus itinerarios expresivos disgregan entre sí un diálogo abierto, sin disonancias.
  Su producción concisa amaneció con la entrega Relámpagos (2019). Algunos textos se integraron poco después en la antología 11 Aforistas a contrapié (Ediciones Liliputienses, 2020). Aquellos pensamientos lacónicos aglutinaban fragmentos reflexivos, anotaciones autobiográficas, impresiones de ambiente, versos sueltos y algunos haikus; en suma, una travesía por la dicción sapiencial marcada por la pervivencia del lirismo y un claro epitelio afectivo.
   Retorna al quehacer hiperbreve con la entrega No es locura, es claridad, una compilación definida, con hermosa precisión, por Carmen Canet, en su texto de contraportada: “como en un atlas de geografía humana nos despliega las pequeñas cosas de la existencia”. En la perspectiva escritural de Rosario Troncoso se sientan en la misma mesa la experiencia vital, el sentido común como brújula de regulación del estar diario y la nostalgia de un tiempo edénico, asociado en general a los días de infancia y a la plenitud auroral de la niñez.
   Con citas de Emile Cioran y Javier Sánchez Menéndez, Rosario Troncoso emprende ruta con el apartado “Certezas feroces”, al que añade la voz de Luis Rosales que recuerda “Quien no duda nunca, se miente a sí mismo”. Desde ese estado de introspección que suma resonancias interiores para definir las coordenadas propias, la escritora explora y descubre los relieves anímicos del mapa personal. Encerrada en su propio fluir, la conciencia trata de hallar el equilibrio básico que aporte una identidad nítida y luminosa: “Cuánto de ti en los ojos de los otros”. Se sabe vulnerable y frágil, hecha cristal en las manos del tiempo y en la percepción del otro. La existencia recrea con demasiada frecuencia un movimiento pendular entre el amor y el dolor y en esa trayectoria se ubican abundantes certezas de la escritora, esos estados anímicos marcados por la perplejidad: “He aprendido a vivir sin pensarte, ahora no estoy pensando en ti”, “Nada como el dolor, para amar lo que no duele”, “Prender, arder, desprenderse”, “Si han brotado las alas duele más la condición de pájaro”, “El más profundo desconcierto está en despedirse, otra vez, de quien ya se había ido”.
   Recordé, al inicio de esta reseña el tacto lírico de estos aforismos; Rosario Troncoso argumenta el pensar tras una sensibilidad poética que busca claridad en la belleza: “Los lugares más hermosos son sueños que no recordamos al despertar”, “Su boca en mi espalda cose mi corazón”; “Cuando el abismo sea la sombra propia se ha de abrir el pecho al más mínimo destello de luz”, “La libertad duele porque está hecha de heridas”, “No temo que me hieran, temo cómo seré yo después de la herida”.
   La crecida digital ha volcado en las redes un reguero de asuntos personales que, por su exposición, se convierten en muestrario público de lo privado, aunque sean evidencias intangibles, fantasmales, huidizas. Aun así, mantienen una pulsión social estridente. De esa circunstancia de hace eco la escritora para moldear impresiones reflexivas que adquieren la condición de reflejos del yo: ”Amor Instagram: no soy capaz de soñarte sin filtros”, “Firmeza en los planteamientos: filtrado de individuos sobrantes”; “El onanismo en las redes sociales se ha convertido en un valor a compartir”. Rosario Troncoso vierte en sus aforismos la experiencia digital y una fuerte mirada crítica, pocas veces benevolente, como si personificara una sensibilidad de náufrago que advirtiese sobre el tejido frágil de ilusiones y sueños: “Si constantemente hay que demostrar inteligencia a los demás son los demás los que deben demostrarla”, “A veces creemos ser espejo para alguien y solo somos espejismo”, “Exigimos a los demás que sean oasis para nosotros, mientras ofrecemos un erial”.
   La carga explícita del título, sirve de apertura también a la sección final. De nuevo la soledad y el ensimismamiento dictan la caligrafía escritural de un presente de inquietud y melancolía, donde los sueños tienen vuelos rasantes y donde la voz de la razón contradice idealizaciones y esperanzas: “El estado de ánimo es una lámina frágil en manos de los demás”; “Locos y pájaros no tienen miedo a las alturas”, “Se debe amarrar bien la cordura: es volátil”. Queda a solas la orfandad del solitario. El empeño de quien despliega el mapa del corazón para asumir, como un legado básico, hecho de aspiraciones quebradas, que “Crecer, mirar y no volverse loco es el verdadero éxito de la vida".

        
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

miércoles, 8 de junio de 2022

ROSARIO TRONCOSO. TAPAR LOS ESPEJOS

Tapar los espejos
Rosario Troncoso
Prólogo de Eduardo Cruz Acillona
Bajamar Editores
Gijón, Asturias, 2021

FUNDIDO EN NEGRO
 
 
   Duerme en mi biblioteca toda la poesía escrita hasta la fecha por Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), profesora de Lengua y Literatura en un instituto público gaditano, poeta de intensa producción con una decena de entregas, columnista semanal de prensa e impulsora de la colección de poesía Wasabi. Durante muchos años he sido lector frecuente de una escritura profunda y vital, que crece al amparo de un humanismo sacudido por el zarandeo existencial. Como escribiera Jaime Gil de Biedma uno descubre que la vida iba en serio siempre después del naufragio, cuando flotan cerca unas cuantas decepciones mojadas y otros tantos fardos de ilusiones que hallaron pronto su fecha de caducidad.
 El cauce lírico de la escritora renueva su tejido verbal con la entrega Tapar los espejos en el catálogo asturiano que emprende vuelo impulsado por el incansable impulso de César García Santiago. Su contenida riqueza emocional comienza con el prólogo “Contra los espejos” de Eduardo Cruz Acillona, un texto que opta por el soliloquio poético frente al incisivo apunte crítico. En sus párrafos conviven las sensaciones que depara la certeza de asistir a un viaje interior marcado por los recuerdos; quien habla sobrelleva la soledad manteniendo intacto el ansia de querer y la plenitud sensorial de los sentimientos: “El amor no reside en los espejos, ni son estos quienes tienen las respuestas a las preguntas que nos nacen de dentro “.
   Queda claro que en el quehacer poético de Rosario Troncoso la palabra es continua introspección, conocimiento y búsqueda del sentido vital. El esquema versal del haiku da cuerpo a una meditación sobre el amor y la soledad como impulsos vitales esenciales del discurrir diario: “Ámame ahora. / En este andén oscuro / termina el mundo.”; “En poco tiempo / se nos abrieron grietas. / Dolor de fondo”. El quehacer de los relojes afronta el discurrir con la aspereza de las erosiones; el deseo y aquella fuerza pasional que enlazaba los cuerpos se han desvanecido, como una hoguera que consume los últimos indicios para ser depurativa ceniza; certeza de desvalimiento y fragilidad: “Y ya eres bruma. / Me desanclé tu ausencia / del pensamiento.”
   El apartado “Tapar los espejos” explora otras estrategias expresivas como el poema en prosa, con una dicción de textura simbólica, hecha de imágenes sensoriales. La soledad entraña un viaje circular por las mismas obsesiones. El estar se hace resurgimiento de la evocación y ejercita una implacable resistencia frente al olvido. Las ásperas grietas de lo diario sugieren un fundido en negro, una toma de conciencia de una persistente deriva que yuxtapone sombras en el camino. Este itinerario de carencias y espera nunca pierde el soplo fresco de la esperanza: “A lo mejor, si lo pido con vehemencia, esa mujer a la que amo, a la que me niego a escuchar, y que arrojé al fondo de mi infierno, regresa y me abraza. La mujer que sangra por mí, que desaparece adrede, y que soy yo.”
  El poema  “De la poesía” reivindica el contenido plenamente existencial de la escritura, su carga terapéutica para mostrar, con voz confidencial, las grietas ensimismadas del yo; no se trata de hilvanar meros ejercicios lingüísticos, sino de dar voz a una crónica del naufragio. Quien protagoniza el escueto desarrollo argumental comparte estados anímicos, muestra sus heridas abiertas, deja una estela de instantáneas vivenciales, donde van aflorando cicatrices y sombras. Los poemas retratan también un tiempo de aislamiento y soledad marcado por la pandemia, en el que se borraron abrazos y sonrisas para convertirnos en solitarios habitantes de la inquietud. Ese aislamiento desemboca en un existir sin nadie, salvo el propio yo que fija su desconcierto en los espejos: Es la sensación que deja el laconismo de “Autoayuda” que subraya la aceptación de la propia fragilidad y la terca disolución de la identidad: “Y los demás no tienen por qué entenderte. / Ama. Perdona. Siente. Vive. / Nadie hablará de ti cuando no existas”
  El poemario Tapar los espejos cierra los ojos ante una realidad desapacible para impulsar una mirada interior, un viaje de vuelta al yo poético, varado en una extrema soledad, donde se hace costumbre sentir la orfandad manifiesta de la nada. Hay que ahuyentar sombras y frío, buscar el curso subterráneo de un verano con sol, que haga posible el vuelo y la presencia en el azul con luz del mediodía. Me gusta la poesía de Rosario Troncoso, sacude el tímpano con un pentagrama de tristeza, estremece.

JOSÉ LUIS MORANTE



 

sábado, 1 de mayo de 2021

CARMEN CANET y ROSARIO TRONCOSO (Editoras): MATERNIDADES

Maternidades
Carmen Canet y Rosario Troncoso
  
(Editoras)
Prólogo de Carmen Alemany Bay
Fotografía de cubierta: Joaquín Puga
Sonámbulos Ediciones
Granada, 2021

 

A SOLAS, CONTIGO

 

   No había título mejor para esta compilación de voces impulsada por Carmen Canet y Rosario Troncoso. Treinta y nueve madres que escriben sobre su experiencia de la maternidad desde el poema, el apunte enunciativo, o los aforismos. Textos que provocan de inmediato un movimiento de traslación hacia la torrencial semántica del epígrafe Maternidades, reforzado por la excelente fotografía de Joaquín Puga que es otra baliza visual, otro poema sin palabras.
   Se me permitirá recordar que el núcleo argumental es un concepto vivo, inserto en el devenir histórico, y plenamente asociado en su esencia al rol femenino. Ser madre es confrontar todos los espacios de la identidad con un tiempo nuevo, abierto por el proceso del embarazo y las características cambiantes del parto y la crianza. De esta manera, la función procreadora implica una tarea privilegiada en lo personal y en lo social, exenta de cualquier subordinación. De la inigualable experiencia nace esta antología temática cuyo pórtico firma Carmen Alemany Bay. La introducción recalca la diversidad de enfoques, una zona de cruces nacida de una cronología que encierra casi sesenta años de diferencia entre Dionisia García, poeta que abre el libro, y María Agra-Fagúndez, última invitada. Por tanto: “Estas páginas son el resultado escrito de una misma experiencia; pero es tan rica, tan abrumadora, tan impactante (…) que no puede menos de conmovernos”. Es sencillamente, el milagro de la vida.
   Conviene adentrarse en las páginas de Maternidades desde una lectura terapéutica, contenida, dialogal, para que cada enfoque ubique estratos de intimidad para descubrir claves secretas. Así, la mirada lírica de Dionisia García sobrecoge, pues objetiva su enfoque con el anecdotario histórico de un tiempo de rabia e intemperie. También el sedimento de Juana Castro dibuja una realidad precaria en la que se hace luz el sacrificio y la entrega.
  Los trazos expresivos combinan estrategias en verso y prosa; del camino abierto de formas llega la evocación de Marta Cerezales Laforet, hija de Carmen Laforet, la inolvidable autora de la novela Nada, y de Cristina Cerezales Laforet, la nieta que dibuja en su memoria el papel de los libros y el aprendizaje de la lectura como puerta de conocimiento. La voz de Gioconda Belli airea la savia nutricia del legado memorioso en la tenaz perseverancia del recuerdo. También en Piedad Bonett y Ángeles Mora encuentra cauce el intimismo confidencial del hijo que poco a poco crece y gana autonomía para tomar la palabra con sus propias vivencias. Mónica Doña no se limita a la mera contemplación de la maternidad como legado de plenitud y clarifica sus efectos secundarios, en los que no falta la erosión del tiempo y su continuo caminar hacia la nada. Los poemas de Pilar Mañas se empeñan en abrir un nivel cognitivo a las sensaciones; es punto de partida que alumbra la percepción de un decurso temporalista donde se gesta la propia identidad.
  El necesario abrazo entre pensamiento y poesía del decir breve diseña las colaboraciones de Carmen Canet, cuyos aforismos moldean un diálogo interior, Anna Kullick Lackner, empeñada en dar una voz natural a la realidad de los hijos y a su presencia en lo cotidiano, o las líneas fragmentarias de Trinidad Gan, cuya prosa poética delata el temblor de los recuerdos, esas instantáneas de vida en la memoria con miedos y sensaciones que enriquecen las variantes y arritmias de lo imprevisible. La colaboración de Pilar Gorricho del Castillo tiene el desgarro de la autobiografía, esa incisión abierta del dolor que deja la pérdida, y siempre me parece esencial esa lucha verbal de Eva Vaz para desgarrar tópicos y mirar resquicios y asimetrías: ser madre es soportar el triunfo desdeñoso de la hija por ser más alta y sentir en el extravío  su prepotencia afectiva; es conocer de cerca la intemperie acariciando músculos y huesos.
  Maternidad es una compilación muy densa y es imposible ubicar cada texto con las coordenadas situacionales concretas; queda esta tarea en manos del lector que solo necesita saber que esta antología monotemática constituye en sí misma un tratado de interpretaciones y una mirada plural a los repliegues de la memoria. La existencia subjetiva, tras la maternidad, adquiere otro significado que conlleva otra manera de entender lo diario. Los poemas de María Rosal, el estremecedor apunte lírico fragmentado de Ana García Negrete, la orfandad de la sangre de Anabel Caride y la sospecha de que el destino traza su propio mapa de ruta, son pautas incisivas de la maternidad que siembran emoción y estremecen el pensamiento.
  El resultado de esta propuesta editorial de Rosario Troncoso y Carmen Canet  es un regalo de polivalencia y riqueza, de selectas visiones y singladuras vitales que resultan esenciales para seguir tensando el hilo de la vida, esa forma misteriosa y única de amanecer al día.

JOSÉ LUIS MORANTE



jueves, 22 de abril de 2021

ROSARIO TRONCOSO. EN EL CORAZÓN, ESCAMAS

En el corazón, escamas
Rosario Troncoso
Prólogo de Pilar Cabanes
Ilustraciones de José Enrique Izco
La Quinta Rosa Editorial
Córdoba, 2020

SENTIR EL FRÍO

 

   Me acerco con frecuencia a la poesía de Rosario Troncoso, profesora de Lengua y Literatura, poeta, columnista de prensa e impulsora de distintos proyectos editoriales, atraído por la callada confidencialidad de una voz sacudida por la inconformidad existencial. En su denso tejido verbal el espacio vital es una aleación de contenida riqueza emocional en la que conviven el canto y la queja, el dolor y la plenitud sensorial de los sentimientos. 
   El texto de introducción de En el corazón, escamas, firmado por Pilar Cabanes, recuerda el quehacer plural de la autora y deja en primer plano esos rasgos nucleares definidos por la búsqueda incesante del sentido vital. Las palabras dan cuerpo e impulso al discurrir y recuerdan el carácter catártico y depurativo de la razón poética en el desvalimiento y la fragilidad. El análisis de Pilar Cabanes explora también con mucha lucidez el carácter simbólico del epígrafe En el corazón escamas. “En la misma fuerza simbólica que entraña el título vislumbramos este resurgimiento y una implacable resistencia. Las ásperas escamas protegen y aíslan  a un herido corazón de sirena”. 
  Este itinerario intimista, en el que nunca se pierde la conciencia de lo temporal, muestra un afán introspectivo que complementan las ilustraciones de José Enrique Izco (Puerto Real, Cádiz, 1976), maestro y estudiante de Bellas Artes, cuyas imágenes dejan las coordenadas de un interior marino habitando en el pecho, hecho de colores fríos, como si la profundidad ocultara la decepción y la culpa; un rastro de musgo que fermenta en los fondos abisales del yo.
  Rosario Troncoso acrecienta la carga narrativa del verso, explorando las anotaciones del poema en prosa. Lo que da a cada composición la apariencia de una crónica emotiva que busca un escueto desarrollo argumental. Desde esa actitud de compartir estados anímicos, que nunca renuncian a la evocación y a la búsqueda de instantáneas vivenciales, van aflorando cicatrices y sombras. Los poemas retratan una existencia marchita y anodina que suele desembocar, a diario, en la plaza estrecha del desencanto: “Frágil ha sido esta fortaleza imaginaria. Y fugaz. / Ahora sabemos, amor, que no es posible huir del sol”.
  El poemario no cierra los ojos al uso convencional del verso libre, e integra composiciones próximas en sus recursos expresivos a los textos en prosa. Si vivir es sentir la nada, en esa ambigua identidad mitológica de la sirena, el sujeto verbal siente que se configura en su destino un callejón final: “destino irremediable de sirena: / morir de asfixia y sed / con la culpa enredada / en la aleta dorsal”. Es una certeza sombría que anula el bucear de la esperanza y hace de cada logro concreto una estela de fugacidad. Acecha la indolencia y el paso rutinario que convierte la costumbre en grisura: “Emergí y caminé sobre los añicos de todo. Ojalá tenga sentido. No permitas que seque la indolencia. No me dejes morir”. Tras la noche de sombra acecha el despertar y en ese retorno a la superficie la soledad se hace certeza y frío, esos síntomas de la desnudez que invitan al vacío y la disolución.
   En las emotivas secuencias que Rosario Troncoso hilvana en los poemas de En el corazón, escamas late fuerte una historia de amor y desamor. El vértigo cansado de una voluntad a solas, nadando en la corriente del deseo hasta caer exhausta en el desamparo. Toca entonces buscar el tacto áspero de la línea de playa; aceptar esos espejismos conformistas que proyecta el futuro: “Entre los sueños descansó con él, lejos de miedos abisales. Y entendió de su mano que la orilla es el regreso a una casa que no existe”.
 

JOSÉ LUIS MORANTE





 
  

viernes, 26 de julio de 2019

ROSARIO TRONCOSO. RELÁMPAGOS

Relámpagos
Rosario Troncoso
Prólogo de Itziar Mínguez Arnáiz,
Epílogo de Javier Gallego
Portada e ilustraciones de Deli Cornejo
Editorial Norbanova
Cáceres, 2019


APUNTES DEL CORAZÓN


   Desde aquel lejano despegue,  Huir de los domingos, que apareciera en 2006, Rosario Troncoso (Cádiz, 1978) ha ido tejiendo -laboriosa y ensimismada Penélope- un quehacer literario que abarca geografías creadoras diversas, como el afán poético, la escritura de artículos en prensa, la preparación de antologías y el impulso editorial de Takara. Así ha ido completando un autorretrato a mano alzada del que son señas de identidad el tono confesional, la presencia de la memoria, el rumor del conflicto entre el sujeto y entorno y las erosiones del transitar como agente incansable de grietas.
  Su nueva amanecida Relámpagos tiene un carácter misceláneo, como corresponde a esa bitácora interna que aglutina la caligrafía sentimental. Muestra el ritmo respiratorio de la reflexión “Después de la tormenta”. El epígrafe es empleado por la poeta y periodista Itziar Mínguez Arnáiz para exponer una síntesis implicada sobre la semántica de Relámpagos; es un dicho vivo, pronto, agudo e ingenioso; son cualidades aplicables a los distintos enfoques del decir breve, compartidas por el aforismo, el texto fragmentario y el haiku. Aquí, tras la portada de Deli Cornejo y las hermosas ilustraciones internas, conviven de modo natural, con una vecindad aplicada en fusionar textura emocional y laberintos del pensamiento. El prólogo comenta con acierto el tantear orgánico de este libro sin género que aborda los sustratos argumentales más transitados por la poeta.
  Cada sección plantea una afinidad semántica que arranca con dos citas representativas sobre el discurrir de las páginas. La de Luis Rosales constata la posición vertebradora del amor en la arquitectura existencial: “Lo que has amado es lo que te sostiene”; y la de José Luis Morante recurre al aforismo para recorrer la distancia invisible entre causas y efectos: “Ceguera: onda expansiva del fogonazo”. Son el germen del ideario de Rosario Troncoso que empieza a caminar con el apartado “Rayo que atraviesa”, un fragmento versal que recuerda a Miguel Hernández y que comparte espacio lírico con estos versos de Jesús M. Gómez  y Flores: “Relámpago azul, sobresalto / que sucede al sueño si no te hallan / mis dedos”.
   El aforismo contemporáneo vive un paréntesis de insólita fecundidad, se suceden nombres propios que arrancan senda en el género. Y a ellos se suman los frutos del apartado “Rayo que atraviesa” que responden a las llamadas del género con muy buen paso y con un innegable barniz lírico: “Estoy aprendiendo a vivir sin pensarte. Y he logrado grandes progresos: no estoy pensando en ti”;  “La pasión abre agujeros por donde entra la nieve”.
   Con frecuencia, la crítica ha señalado el impulso motriz que el adentro del sujeto poético adquiere en las composiciones de Rosario Troncoso; de nuevo se convierte en cartografía reflexiva en “De atmósfera  interior”, donde se recuerdan unos versos de Leopoldo María Panero: “Solo es hermoso el pájaro cuando muere / destruido por la poesía”. La existencia propicia un deambular paradójico que multiplica en sus itinerarios los contraluces; en esa contemplación que aglutina esplendor y ceniza, esperanza y pesimismo ante una realidad que no oculta sus socavones: “Con lo negro del futuro me pinto las pestañas”; “La paz. El equilibrio. La serenidad. La virtud de estar completamente muerto”; “Borrar también el olvido es la muerte verdadera”. Las palabras se hacen espejos donde se deposita la piel sin veladuras, aunque quien escribe conoce los riesgos de la sobreexposición: “Abuso de la primera persona: es una grosería desnudar el alma en otros cuerpos”.
   Tal vez para contradecir la presencia del yo excesivo, Rosario Troncoso recurre a la musa para denominar otra suma parcial de aforismos bajo el epígrafe de “Musa fragmentada”; se recordará que la musa es un ayudante a tiempo parcial del taller literario que ofrece asesoramiento gratuito e inspiración al paso y que tuvo en el movimiento romántico un prestigio insólito. Ahora la musa se ha fragmentado, suele llegar tarde y evidencia una voluntad soliviantada por los agobios. Como escribe Andrés Trapiello, enfermó de mudez. Con todo, es una cordial excusa literaria para un puñado de aforismos: “Si las musas dictan desde lejos se nos quedan los dedos fríos”, “En los talleres de poesía no se enseña el pellizco, el calambre ni la sutileza”; “Los cimientos de papel son los más sólidos”.  
   El apartado “Inventario de fragilidades” sustituye el destello aforístico por fragmentos reflexivos que a veces adquieren la densidad evocadora del poema en prosa. Así germinan rastros de vida que iluminan los cuartos de estar de la convivencia, sus ventanas y muros.
   Poeta siempre en guardia, Rosario Troncoso añade en “De cinco y siete y cinco” una coda en la que el esquema del haiku se convierte en único molde expresivo; así completa un libro que amplía con una lectura crítica de Javier Gallego. El poeta y editor literario es un atinado sondeador de la poética de Rosario Troncoso y acierta de pleno al argumentar que la brevedad del decir conciso propaga un destello que guarda el fogonazo del asombro. De esa luz cegadora y precisa que aporta claridad a las palabras se nutre esta compilación aforística que camina entre el poema y la prosa, entre la filosofía y el callar rumoroso del cauce lírico. Textos que revelan una pupila abierta a lo diario, que muestran que el yo emotivo necesita a diario tomar apuntes con el corazón, porque abrir los párpados es hacer huecos para que se cobije el mundo dentro.




viernes, 14 de junio de 2019

LECTURA PERSONAL DE PULSACIONES

Pulsaciones
José Luis Morante
Prólogo de Rosario Troncoso
Takara Editorial
Colección Wasabi
Sevilla, 2017



CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ


Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso invita al desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El poeta es el primer lector de su poesía. Conoce la raíz de cada verso y las observaciones particulares de lo contingente”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre”
   Quien recorra los poemas de Pulsaciones percibirá que esta recopilación, respetuosa con la cronología editorial de mis libros, se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca, con acierto, esta opción el prólogo de Rosario Troncoso, poeta y editora de la antología. La concepción existencial del sujeto poético muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro.
  Desde el título, las composiciones de Enemigo leal cobijan una ironía sutil que desaloja afirmaciones serias y literales; escribí ese libro en un momento de desencanto. En ese marco buscó sitio una relación social apelmazada que, poco a poco, fue encontrando su estación final. Quité sentimentalismo de aquella fractura afectiva y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
   Me gusta pensar que el tipo humano que habita mis poemas se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar en la degradación. Abundan las composiciones que sondean la cualidad ética de la escritura. El poeta está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda antología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose  los poemas de la noche en blanco y Ninguna parte.
   Los poemas finales acogen una poesía de madurez que tiene un carácter más intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis poemas hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.


domingo, 5 de mayo de 2019

HABLAR DE POESÍA



UNA CONVERSACIÓN CON ROSARIO TRONCOSO 



Rosario Troncoso: ¿Quién es J. L. Morante? ¿Qué le pide a la vida?

La identidad es uno de los temas centrales de mi poesía. Mi primer libro, Rotonda con estatuas, incluía como cierre el poema “Heterónomos”, un diálogo entre el  yo que está en la calle y el yo interior;  un extraño  habita en mí y en él  descubro rasgos comunes. Soy un conformista  y suelo pedir poco en lo personal; también mis peticiones colectivas también suelen silenciarse bajo el rumor del tiempo. 

¿Para qué la Poesía? ¿De qué te sirve, de qué te salva? ¿Qué puede cambiar la Poesía?

Para sembrar preguntas, para hacer de cada libro un laberinto que se recorre contra el discurrir. No salva de nada: todos vivimos bajo la intemperie, pero da resguardo y cobijo y pone ante los ojos pensamientos y afectos, así que es posible que un buen poema nos cambie el brillo de la mirada y dibuje en el rostro una sonrisa.

Proceso creativo. Rutina.

La rutina forma parte de lo cotidiano;  es ese péndulo que lleva desde las estanterías de la biblioteca hasta el teclado del ordenador. Hay días que ese trayecto es muy largo y otros que anulan distancias,  como el traqueteo de un tren de cercanías.  

Los clásicos... Autores y libros que son imprescindibles.

Soy un lector de trayecto continuo;  y para no cansar con una cronología extensa me ciño a la generación del 50 y a ese sendero que lleva desde Antonio Machado a la poesía social, el medio siglo y con bifurcaciones y estancias vacacionales en  la poesía hispanoamericana…  

Un consejo a los que empiezan.

Afrontar cada libro como el primer paso; aquí no hay sendas trilladas, cada recorrido es una búsqueda.

¿Qué le sobra hoy a la literatura? ¿Qué le falta?

A la literatura siempre le sobra vida literaria y le falta lectura. Creo que lo ideal es la soledad en compañía de un libro. Las demás contingencias no pasan de ser  meteorología de nubosidad variable que suele desplegar paraguas con varillas dañadas. 

¿En qué instante te miras?

 La madurez es una etapa propicia a la elegía y  menos dada a lo celebratorio.  Es un tiempo de canas y miopía, de sosiego y música crepuscular. 

Un verso definitivo

La pedantería me deja en el tímpano voces clásicas: “Lo demás es silencio” “polvo seré,  mas polvo enamorado” “ la nieve ardía”. Pero apunto uno propio que solo constituye una declaración de fidelidad y firmeza ante lo transitorio: “Pienso en ti casi siempre. Las otras veces pienso en ti”.

(Entrevista de Rosario Troncoso)


viernes, 28 de septiembre de 2018

ROSARIO TRONCOSO. LA PIEL Y SU MEMORIA

La piel y su memoria
Rosario Troncoso
Edición de Gabriel Viñals
Colección Poética y Peatonal
www.ejemplarunico.com
Alzira, Valencia, 2018



EPIDERMIS Y TIEMPO


   Rosario Troncoso (Cádiz, 1978) es un solvente activo literario que prodiga aportaciones en la dirección editorial de Takara, en la coordinación de la revista El Ático de los gatos y en un quehacer creador que jalona entregas poéticas con un empeño regular y cercano. Es autora de los poemarios Huir de los domingosDelirios y mareasJuguetes de dios, El eje imaginario, Fondo de armarioTransparente y Nuestra orilla más salvaje, con una amplia muestra de su obra en revistas y antologías, como la recientemente editada, Eternidad provisional, en Wasabi.  Ahora ve la luz La piel y su memoria, en la colección Poética y peatonal, con una edición mínima. Sale acompañada de veinticinco obras pictóricas originales, firmadas por el artista plástico y editor Gabriel Viñals, sobre el efímero soporte de una prenda de vestir. Como escribe en su dedicatoria, con maravilloso trazo, la poeta, Gabriel Viñals “da color a las palabras del ensueño”.
   Tan original esfuerzo para destinatarios privilegiados, no olvida el elemento central del poemario: los textos, veinticinco poemas que constituyen una muestra actualizada y confidencial de quien percibe en la palabra poética un enlace luminoso que avanza por el itinerario biográfico. No digo que el poema sea un acta notarial de las vivencias diarias, sino que en los límites difusos del poema se integran las sensaciones y actitudes reflexivas de un sujeto lírico trasmutado en personaje, pero con el innegable aire de familia de su autora.
   El yo real está sometido a un temporalismo erosivo y así se manifiesta en su epidermis que se va convirtiendo en un certero mapa de erosiones y huellas. Lo recuerda el título que agrupa estos poemas, La piel y su memoria, y lo corroboran las precisas citas de Jorge Riechmann y Harold Norse que asocian existencia y consumación; y así se escucha en el rumor sosegado de los versos que exploran lo diario.
   Nada se escucha más que la voz interior, esas sílabas que abren la puerta al miedo, la tristeza, el azar del discurrir o la ternura. Sus trazos se escriben inadvertidos y rápidos, como si fuesen mínimas estelas que no tardarán en borrarse.
   Mucha poesía de Rosario Troncoso tiene un trasfondo autobiográfico. Habla de la niñez como paraíso perdido en el bosque oscuro del devenir, de la educación sentimental, de los fantasmas oníricos que cruzan por nuestra conciencia y salvan a lo diario de la monotonía y de esa erosión que acecha las pisadas del intimismo, como si las vivencias fuesen una secuencia reiterada que camina sin remisión hacia un espacio vacío. Los versos arrastran una notable carga emocional porque son reflexiones sobre el sinsentido de nuestros actos: “Ya deshabitados, somos almas fronterizas, leve hilo / de luz y de agua. Pétalos dispersos / en lluvia y precipicio.”
   La escritura se convierte a menudo en un acto de fe, habla de un pasado que no existe o de un tiempo sin desgarros donde las formas cobijaban como claros refugios con luz. Ahora todo se ha desvanecido en la memoria y solo aguarda la amanecida una extraña Penélope, que se cobija tras unas gafas oscuras. Se ha cansado de hilar y ya es una costumbre no esperar nada. Llega la conciencia de lo efímero, esa fragilidad que contiene el ala de los pájaros.
   La particular geografía poética de La piel y su memoria nos deja los pasos afectivos del discurrir biográfico, una senda repleta de diagonales e incertidumbres. Así se completa un camino transitado por los sentimientos en el que se encuentran las líneas de fuerza del ser; esas ideas, vivencias y palabras que generan las constantes vitales y nos pertenecen a todos.

  


sábado, 15 de septiembre de 2018

PULSACIONES (POÉTICAS)

Pulsaciones
(Antología poética, 1990-2017)
José Luis Morante
Prólogo de Rosario Troncoso
Takara Editorial, Colección Wasabi
Sevilla, 2017



CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ


Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso invita al desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El poeta es el primer lector de su poesía. Conoce la raíz de cada verso y las observaciones particulares de su contingencia”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre”
Quien recorra los poemas de Pulsaciones percibirá que esta recopilación, respetuosa con la cronología editorial de mis libros, se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca, con acierto, esta opción el prólogo de Rosario Troncoso, poeta y editora de la antología. La concepción existencial del sujeto poético muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro.
   Desde el título, las composiciones de Enemigo leal cobijan una ironía sutil que desaloja afirmaciones serias y literales; escribí ese libro en un momento de desencanto. En ese marco buscó sitio una relación social apelmazada que, poco a poco, fue encontrando su estación final. Quité sentimentalismo de aquella fractura afectiva y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
   Me gusta pensar que el tipo humano que habita mis poemas se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar en la degradación. Abundan las composiciones que sondean la cualidad ética de la escritura. El poeta está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda antología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose  los poemas de la noche en blanco y Ninguna parte.
   Los poemas finales acogen una poesía de madurez que tiene un carácter más intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis poemas hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.


martes, 22 de mayo de 2018

ROSARIO TRONCOSO. DE VIVA VOZ.

Rosario Troncoso
(Cádiz, 1978)
Fotografía de
www.trianarts.com

ROSARIO TRONCOSO. DE VIVA VOZ


   Sabido es que en la personalidad literaria de Rosario Troncoso (Cádiz, 1978) conviven el itinerario lírico, la coordinación editorial, el comentario crítico y la gestión cultural. Son quehaceres sumados al desempeño de la docencia en un centro educativo de Secundaria y Bachillerato en su provincia natal. No voy a detenerme en el laborioso sondeo de  este activismo, aunque una razón afectiva personal hace obligada la mención de Editorial Takara, en cuyo catálogo Rosario Troncoso integró mi antología Pulsaciones con una emotiva introducción de su autoría.
   Quiero centrarme en el trascurso de su producción lírica que cultiva desde 2006, cuando aparece su primera entrega Huir de los domingos. Aquel arranque tuvo una secuenciación uniforme y sostenida con las entregas Delirios y mareas (2008), Juguetes de Dios (2010), El eje imaginario (2012), Fondo de armario (2013), Transparente (2014) Eternidad provisional (2017)  y Nuestra orilla salvaje (2018). Un paisaje rotundo  que demuestra la familiaridad con el verso necesario en el quehacer creador de Rosario Troncoso. Editora, sí, antóloga, sí, directora de la revista literaria El Ático de los gatos, sí; pero sobre todo poeta en ese territorio batido por los vendavales de lo cotidiano.
   No resulta difícil reconstruir la sensibilidad estética y la solidez de un proyecto unitario que avanza sin duplicaciones ni quiebras. Aunque poco dada a la autocomplacencia, Rosario Troncoso escribe mirándose a sí misma. Sus composiciones alzan una arquitectura verbal que busca equilibrio entre intimismo y realidad. Reivindican la incertidumbre a través de una poética de la vida. En ellas, encuentra con frecuencia una enunciación lapidaria el fracaso y esa lucha constante por poner luz en los relieves y contornos de la convivencia.
  En la poética de Rosario Troncoso adquiere dimensión el intimismo. En él convergen los acontecimientos personales de un alter ego sin idealizaciones ni refulgencias, inmerso en el devenir vital. Quien habla en la geografía espacial del poema muestra una dicción fresca y natural, comparte estados de euforia, serenidad y melancolía. Sus palabras enuncian con tono terso, profundo, ”transparente”. Así se titulaba, con preciso laconismo, uno de los libros centrales de esta etapa de madurez en la escritura, repleta de posibilidades temáticas que adquieren un desarrollo progresivo en el intento de interpretar la realidad y captar su esencia; lo corroboran con la fuerza del dogma los versos finales del poema “Taller de alta poesía: “Y ahora, asumido ya lo esencial, / la técnica, las normas, los preceptos, / cállate ya / y escribe”.
   El decidido paseante de este itinerario creador concibe la idea de que los poemarios responden a los principios expresivos de la autoficción. Las composiciones dibujan el nítido perfil de una sensibilidad cercana. Es el yo humanista quien respira bajo la máscara del personaje poético. Por tanto, hay afinidades y enlaces que propician un pacto de verosimilitud entre el sujeto biográfico y el personaje lírico.
   La poesía de Rosario Troncoso es un ejercicio de afirmación, una sementera de evidencias de una identidad expandida hacia el nosotros. De este modo, cada libro se hace cordial complicidad, es balance y recuento de una individualidad que comparte su periplo vital. Alguien que rinde cuentas con la empatía solidaria de la confidencia.





domingo, 29 de abril de 2018

VENTANAS PARA SER O ESTAR

Omisiones, ventanas
Fotografía de archivo




HETERÓNOMOS

                     A León Molina


Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.


                      (Antología Pulsaciones, Sevilla, 2017)                                        

sábado, 21 de abril de 2018

LEÓN MOLINA. MICROMICÓN

Micromicón
León Molina
Takara Editorial, Colección Wasabi
Sevilla, 2018 


RESCOLDOS


  Nacido en Cuba en 1959, pero afincado en España desde su infancia, León Molina ha protagonizado en la última década un crecimiento insólito en el trayecto creador. Su obra se bifurca en dos géneros complementarios, poesía y aforismos, estrategia expresiva en la que destaca como una de las figuras esenciales del ahora como cultivador de la escritura concisa y como estudioso y antólogo.
  La estela lírica arranca en 1994 con Señales en los puentes y se va pausando en entregas como Breviario variable, El son acordado, Llegar, El taller del arquero, Un hombre sentado en una piedra, Ruinas y la compilación Esperando a los pájaros del sur.
  El título de la nueva salida poética de León Molina, incorporado a la colección Wasabi, que coordina la poeta Rosario Troncoso, Micromicón es un neologismo cuya etimología fusiona dos referentes nítidos. Es una incisión momentánea en el universo ficcional de Don Quijote por cuyos capítulos deambula la sensata princesa Micomicona; y además alude al cultivo de las formas breves y a su obstinada indagación en lo depurativo; hace visible la suma conceptual de que menos es más. Sus micropoemas saben caminar por la caligrafía “Ligeros de equipaje”; así se expande el texto de presentación, que arranca su voz introductoria aludiendo al momento áureo que protagoniza la escritura mínima. Y así es, aunque faltan todavía por determinar qué factores han dinamizado esta floreciente producción minimalista. Su cultivo coincide con el auge de la eclosión digital y con la expansión de puentes comunicativos que buscan su eficacia en la poda de digresiones y en el muestreo de líneas esenciales. Sin duda, como ratifica el liminar: “Esos versos que quedan en la memoria son su quintaesencia mejor destilada y más valiosa”. Naturalmente, la forma breve no resta estima a trabajos literarios de distinta extensión ni certifican de inmediato su proximidad a la intrascendencia; por lo que, una vez más, los textos mínimos tienen que elaborarse con el convencimiento de que deben cumplir las mismas reglas de exigencia y calidad que los de talla superior.
  Dada la disposición versal de algunos textos de León Molina, el haiku –sin establecer su triple arquitectura versal- parece afianzarse en la página con su propensión a la naturaleza y con su empeño en dibujar una poesía de estaciones en la que se refugia la sensibilidad. Con esa cadencia que entrelaza sentidos y entorno nace el texto: “Al atardecer en el porche / barriendo las luces caídas”, “Mis ojos ramoneando / los brotes de luz en las piedras”, “El sol pastoreando los trigales con sus perrillos de luz”; también está presente de continuo en el discurrir vital el estar transitorio, ese margen de cronología marcada por lo temporal: “No da tiempo en la vida / a que te cubra el musgo”; ese aposento transitorio no constituye una invitación al tono nocturnal, porque es posible también adentrarse en su decurso como enlace de un ciclo natural de epifanía y vida nueva: “A veces me consuela un pensamiento: / el tiempo que de mí se escapa / fluye hacia ti”, “Brotó de nuevo el olivo cortado. / Vuelven sus frutos al paisaje / brillando sin rencor”.
   No siempre la mirada viaja fuera, es necesario a veces recorrer las huellas propias para encontrarse, o, al menos, para seguir manteniendo entre los labios las preguntas esenciales que definen al yo personaje: “Nunca he sido de aquí del todo / ni uno de los vuestros completamente. / El vuelo que despegó de La Habana / cincuenta años atrás aún no ha llegado “. Esa indefinición espacial del lugar propio concede una mayor comprensión de la soledad y de la condición de trasterrado.
 Frente a la ostentación erudita y al formato resplandeciente, Micromicón  empequeñece sus contenidos, como si lo profundo del ser necesitara descubrir un mundo tangible, hecho para habitar el puño cerrado de lo cotidiano. Los mínimos poemas salen al día para percibir los callados destellos que duermen en la oscuridad, esa grandeza inadvertida que habita en las cosas más elementales, el pulcro patrimonio que nos reconcilia con la existencia. 

 







martes, 3 de abril de 2018

AFORISMOS A PIE DE MAR

A pie de mar
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia

AFORISMOS A PIE DE MAR


               Para Rosario Troncoso,
por su confianza, por su amistad


Cada náufrago reclama para sí la madera raída.


En los espejos la imagen desvaída del futuro, sin alzar los ojos ni una sola vez


Perseverar apostado frente a la fijeza del paisaje, con la tenacidad zancuda de las grúas.


Ante las rocas  los argumentos piden cara o cruz: escalar o pasar de largo.


Luz dormida en la mansedumbre del estanque y los ojos infantiles que  nada saben de la refracción.


Acaso, esto y aquello. Marejadas, borrascas, nubes y claros. Meteorología de poeta.


No están cerca o lejos. No están.


La escritura y yo,  restaurante discreto en el que solo hay sitio para dos comensales.


Alguien escribe. Soy parte de la trama. Un personaje episódico.


En la lisura del cristal, los aspersores del jardín difunden transparencia. Mi casa y el día que declina. Pienso en aquella línea de Jorge Luis Borges: “No pasa un día en el que no estemos, un instante, en el paraíso”. Espejismos.


Que el desconcierto no sea obstáculo interpuesto; camina junto a él.


                                                  (De Motivos personales, Sevilla, 2015)



jueves, 25 de enero de 2018

SOBREVIDA CON SOMBRA

El paseante
Archivo general de internet


HETERÓNOMOS


Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

                                     (De la antología Pulsaciones)    


      

jueves, 30 de noviembre de 2017

ROSARIO TRONCOSO. NUESTRA ORILLA SALVAJE

Nuestra orilla salvaje
Rosario Troncoso
La Isla de Siltolá, Poesía
Sevilla, 2017

 EL FRÍO Y LA DISTANCIA



  Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), Profesora de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria y Bachillerato, directora de Takara Ediciones y coordinadora de la revista El Ático de los gatos, aporta un itinerario poético de siete títulos, al que ahora añade, a muy pocos meses de la edición compilatoria de Eternidad provisional, el poemario Nuestra orilla salvaje. El título habla de irracionalidad e inconformismo y añade a las composiciones dos citas  que desdeñan esas utopías domésticas, expuestas al alcance de la mano. La de José Luis Piquero es un destello de lucidez apelativa: “Has estado muy lejos. Vuelve a ti.”; la de Jaime Gil de Biedma define la condición temporal y perecedera de la identidad: “Pero ha pasada el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra “.
   Son signos que no esconden el sustrato básico del primer apartado del libro, “El abrazo de los extraños”. Como si el sujeto lírico hubiese recorrido una amplia geografía hecha de desamparo e intemperie, en la que el derrumbe ha ido dejando esquirlas. El presente se convierte en un invernadero de acogida de ilusiones y sueños. Lo compartido entonces no tiene la calidez habitable de la compañía sino la certeza de un caminar común hacia el vacío: “Ya no habrá recuerdos, / ni noches por delante. / La vejez. El silencio. / Y una lápida sobre el vacío, mientras seguimos vivos / bajo los restos de nuestro derrumbe”. El aire de la casa diaria se hace nocturnal, adquiere la apariencia del nicho, como si se anticipara una despedida definitiva que no busca estridencia sino silencio. Es esa sensación de un frío interior que va diluyendo las geografías de otro tiempo, como si no fuese posible emprender pasos de vuelta. Para lo vivido no hay regreso. En el estar diario se ha instalado una melancolía que diluye el deseo; así lo corroboran con excelente trazo algunos versos: “Estamos demasiado lejos de la piel”, o “Busco en tus ojos / y aquí no vive nadie”. Nada es posible contra el tiempo, ni siquiera el abrazo de extraños que alguna vez dejaron su perfil en la mirada y luego habitaron la sombra como imágenes perecederas.
  En todo el apartado prevalece la sensación de desgarro y vacío. Pero el verso no se hace declamatorio, como si en la conciencia del yo poético hubiese una tácita aceptación de que vivir es un error pactado que requiere puntos de sutura.
   La mirada infantil percibe el entorno con asombro y cordialidad. En su respiración no hay fronteras entre el imaginario onírico y los espacios reales. Por eso la infancia es un paréntesis áureo, en el que la esperanza da luz a cada percepción. Pero la experiencia cotidiana muda ese paisaje interior. Se imponen los efectos negativos, la derrota y la decepción; llega un tiempo cíclico que lleva al desamor y la ruptura; de ahí el rótulo que acoge a las composiciones de esta segunda parte, “El final de las Hadas”, un aserto cuya semántica se configura a partir de unos versos de la poeta Itziar Mínguez Arnáiz: “Has llegado tarde / a todo lo que importa / y todo lo que importa / ha llegado tarde a ti “. Las constantes vitales dan fe de ese fracaso, de esa inmersión en el dolor, repleta de efectos corrosivos. Así lo subraya, con concisión lapidaria el poema “El final de las Hadas”, donde la identidad constata el fin de la inocencia. Es sabido que en la literatura tradicional añadía como rasgos específicos de los cuentos de hadas la existencia de un mundo fantástico, fuera del entorno circundante, en el que irrumpe, más allá de la explicación científica, lo inexplicable y lo insólito, el cálido misterio del asombro y el deleite de la ficción. El final de ese estar impone su verdad desoladora: el polvo de las hadas se hace ceniza, un crujir de insectos bajo los pies de la realidad más pragmática de los días laborales, donde la vida se mantiene en pie, como un tendedero repleto de obligaciones que se orean al manso sol de invierno.
   En los poemas de Nuestra orilla salvaje, Rosario Troncoso verbaliza los vértices del desamor. Los versos abrazan el sentir de la angustia para proyectar su espacio sobre las aceras del presente. Suena la voz de quien admite la textura provisional de los sentimientos y habla con el espejo para seguir viviendo a la intemperie, sin complacientes autoengaños, mientras la soledad y el dolor se hacen poesía.