lunes, 7 de octubre de 2019

AFORISMOS DE LA ESPESURA

Templos de Angkor (Camboya)
Noviembre, 2017
Imagen de
José Luis Morante




AFORISMOS DE LA ESPESURA


Si somos sinceros, debemos reconocer
que debemos mucho a nuestros enemigos

RAMÓN EDER ( El oráculo irónico)


Soy tan raro que para reconocerme mi conciencia me pide el DNI.


Hay relaciones personales que tienen la duración de un aforismo y menos contenido.


En la madurez los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados. 


Se quedó solo. Ahora recupera minerales en la galería de los desafectos.


El pudor convierte a la confidencia en un movimiento de ajedrez.


Presencias como reglas ortográficas; compañeros de viaje que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.


Carpe diem. Quemó todas las naves. Mientras duró el incendio percibió su calor.


Un presente incierto. Piensa en la belleza, en zapatillas y sin afeitar; sólo mis gafas mantienen una pose aceptable.


La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.


Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.


Para hablar de ti, empleo un silencio en cursiva.


La semana no empieza bien; es lunes cada miércoles.


Andar extraviado tanto tiempo me deja ante tu puerta. Llamo al timbre. Espero.

(Selección mínima de aforismos)



domingo, 6 de octubre de 2019

EL MIEDO

Simetrías
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia



EL MIEDO


El miedo a los seis años
era un cuarto lejano,
un recinto sellado y tenebrista,
con prestigio de infierno,
y un viejo sin edad
que dormitaba junto a un perro agónico,
bajo los soportales.
A los doce su miedo
habitaba en los libros,
igual que fotogramas de holocaustos.
El miedo en la veintena
fue aquel tiempo confuso
de amarse bajo el cielo,
ese rumor de trenes que enlazaba
la ausencia y el deseo.
A los cuarenta y ocho fue su miedo
un espacio interior, claudicaciones...

Tuvo más miedos: al cumplir cincuenta,
a los sesenta y tantos,
cuando no tuve edad
y en una larga noche,
asmática y feroz,
apareció en la sombra, encanecido,
aquel miedo inasible de seis años.

                   ( De la antología Pulsaciones)

viernes, 4 de octubre de 2019

MARIO VEGA. LA MALA CONCIENCIA

La mala conciencia
Mario Vega
Premio "València Nova"
Institució Alfons El Magnànim
Ediciones Hiperión
Madrid, 2019



EL DOMINIO DEL TIEMPO


   Más allá del pesimismo general que cuestiona la calidad de la poesía contemporánea por la colonización digital, el enmarañado presente literario sigue aportando estelas individuales repletas de interés, que muestran en sus rasgos estéticos exigencia y continuidad. En ellas se integra el quehacer literario de Mario Vega (Oviedo, 1992), Maestro de Educación Primaria, estudiante de Lengua Española y Literaturas y editor del sello Maremagnum. Su  trayecto  poético arranca en 2016 con el libro Al umbral de las horas y suma nueva entrega en el prestigioso catálogo de Hiperión, La mala conciencia, al ser ganador del certamen “València Nova”.
   Mario Vega hace del intimismo piedra angular de su poesía, aunque siempre con el necesario velado de lo circunstancial y con el apoyo de una tradición asentada en voces del medio siglo, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo. De sus magisterios emana un decir que integra la ironía en la sensibilidad expresiva. Veamos un ejemplo de lo expuesto en el poema “Reflejo”, en el umbral del poemario: “Y ahora subsanado el crimen pido / permiso de futuro, / para no bajar nunca la mirada / y hacer de mi palabra testimonio / de aquello que es real. / Lo supe y no me importa repetirme: / será nuestra labor / devolver las palabras a la tribu”.
   De inmediato se percibe en la construcción poemática un elaborado sentido del ritmo y una dicción que apuesta por la transparencia y la ausencia de hermetismo. Así en el apartado “El sueño del recuerdo”, que integra en su apertura citas de Francisco de Quevedo y Rocío Acebal, el poema presenta una identidad desdoblada; el yo que asienta su oficio de escritura da voz a un personaje literario, y lo convierte en reflejo de gestos, pensamientos y actitudes. Es sabido que las afinidades entre el sujeto biográfico y el personaje lírico es una cuestión indagatoria que admite una permanente excavación reflexiva en la que han terciado muchos poetas y ensayistas actuales, y que nunca se verá cerrada porque quien escribe jamás lo hace desde la caligrafía gélida del objetivismo sino desde una conciencia viva y una pulsión vital.
  También el destinatario del poema aporta su equipaje activo, su presencia dialogal que hace de la escritura una conversación a dos voces. En la composición “Prólogo-Epílogo al lector”  toma la palabra el sesgo coloquial de la confidencia para marcar distancias, pero también para recalcar que los versos encierran el cauce vivencial de un sujeto hecho de sombras e incertidumbre, de afán de abrir sendas, con serena sordina, en una soledad acompañada.
   Paso por alto la escatología del poema “Homenaje”, a todas luces necesitada de un poco de ventilación, que rompe sin aportar nada el encuentro a media voz con la palabra con un sarcasmo innecesario porque, en el trayecto temático del libro, son muchas las composiciones que expanden complicidad y un tono sosegado al hablar de un momento generacional que no deja de trasmitir en quien lo vive la luz deshabitada y el frío de la incertidumbre.  
  En la calma intimidad del solitario, la realidad  conecta, más allá de los conceptos semánticos, con vértices esenciales del ser, como la muerte –qué magnífico poema “La oración de Penélope”-, el deseo o el cauto filo de la temporalidad. Son sustratos que se definen, no desde la experiencia directa, sino a través de personajes interpuestos que dan la necesaria perspectiva temporal.
   El apartado homónimo que aglutina el tramo final tiene un fuerte apoyo cultural. En sus textos hay un calado referencial que remite a poetas de una tradición próxima; si en la primera despedida está Brines, en la mala conciencia parece desgajarse el verbo ético de Jaime Gil de Biedma, mucho más que la ética de la conciencia de Nietzsche, en el redoble de conciencia suena la fortaleza ensimismada de Blas de Otero y es difícil no pensar en Luis García Montero mientras se coge el taxi que nos lleva a hoteles de una noche. Son indicios de un poeta lector que sale al día con las armas dispuestas: las palabras de otros son siempre colectivas palabras de la tribu.
  Ese compromiso con el legado de la biblioteca no anula el mirar fuera para ver la estremecida realidad de la miseria en la calle, como una burda broma que el destino nos gasta entre los espejismos del progreso. esa clara denuncia de la mentira del mundo perfecto, guilleniano y prístino está en “La clase obrera va al paraíso” o “Los desheredados” que arranca con estos versos: “Marchan por callejones aún oscuros / antes de amanecer, entre cascotes / de fragmentados vidrios. / Expulsados del sueño de la vida / errando un día más hasta el trabajo”.
   La mala conciencia hace poesía desde la desnudez expresiva; recorre lo cotidiano para hablar de un tiempo con rasgos familiares que ha perdido el impulso del asombro para convertir la existencia en una mera extensión de lo previsible, como si esos grandes conceptos de belleza y verdad fuesen ingredientes menores, casi sucedáneos. Y sin embargo, ahí está la poesía, como una vieja tabla a la deriva en el mar del tiempo.
  

       


miércoles, 2 de octubre de 2019

JESÚS MARCHAMALO. ME ACUERDO

Me acuerdo
Jesús Marchamalo
Prólogo de Felipe Benítez Reyes
Papeles Mínimos Ediciones
Colección Graphica, 5
Madrid, 2019


REGRESOS


   Acumular patrimonio afectivo es una operación compleja, aleatoria, porque el material heterogéneo que se recupera no proviene de la voluntad sino de una memoria selectiva, cuyos criterios nunca resultan del todo claros. En cualquier caso, la conversación con el pasado suele estar llena de intensidad sentimental y ocupa por igual el estar del sujeto concreto y el trastero común de una cronología colectiva.
   Me acuerdo es un libro de teselas, un mosaico incompleto que va definiendo sus trazos con el mimo silencioso de la paciencia hasta dibujar una identidad en el ahora. En sus contenidos perdura lo que ayer nos pareciera irrelevante y lo que sostiene nuestra historia como una cimentación imprescindible porque resume los momentos centrales del trayecto del sujeto.
   Advierte el prólogo de Felipe Benítez Reyes de la rutina observadora del escritor y periodista Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) y de su predisposición a llevar a mano esos cuadernos blancos que reclaman página entre lo contingente. Como antes hicieran Georges Perec, Joe Brainar, o el poeta y aforista madrileño Elías Moro, Jesús Marchamalo inicia cada destello verbal con la peculiar magdalena proustiana del “Me acuerdo”. Así regresan desde el cauce alto de la infancia las vivencias trenzadas de una etapa irrepetible de pantalón corto y televisión en blanco y negro, de gozoso contacto con los ciclos naturales y de un tiempo de aprendizaje que sumaba a la experiencia personal los ojos deslumbrados del asombro. Pertenezco a la misma estela generacional que Jesús Marchamalo, así que al escribir estos renglones, mi juicio crítico se instala en la cartografía del verbo evocador compartido para asentir con el periodista muletillas orales y anuncios televisivos, el bazar de los mensajes publicitarios y aquellos días de internado y sacristía. Es verdad; entre el vivir y el soñar machadiano, yo también me acuerdo del cola-cao y de la cantinela que ponía un estribillo melodioso y zumbón: “Yo soy aquel negrito / del África tropical…”, o saco los cromos de los futbolistas sin tatuajes ni peinados de diseño, o miro un poco más allá para quedarme ante la tele viendo Bonanza y El llanero solitario o para sentarme en un parque otoñal con los tebeos de El Jabato y El capitán Trueno. mientras en el corral de una vecina vareaban los colchones de lana.
   El niño Marchamalo un día dejó dormir su infancia en el desván del tiempo, como si fuese una carta de ajuste fuera de uso,  e inició otra senda por los años finales del franquismo para ir completando su formación educativa. Fueron cambiando los escenarios y los personajes y tomaron sitio en las evocaciones aquel material del pupitre juvenil, las líneas vitales trazadas con escuadra y cartabón y el peso de la historia que entonces parecía lejana y sobria, como un páramo de cosas cuyo tacto contagia frío.
   No faltan los recuerdos del quehacer laboral que propiciaron encuentros con personajes célebres o que compartieron su desarrollo con el afán escritural. Siempre en la memoria aquellas máquinas de escribir estruendosas como una gota fría y los libros que iban naciendo en los estantes para dar fe de una vocación mantenida durante años. 
  Cada evocación invita al boceto, al dibujo visual de la sensación y a ello se aplican los ilustradores que acompañan al autor en este despliegue evocador. En las páginas de Me acuerdo están las miradas plásticas de Carmen M. Cáceres, Carolina Díaz, César Fernández Arias, Isidro Ferrer, Damián Flores, Enrique Flores, Emilio González Sáinz, Mo Gutiérrez Serna, Eva Manzano, Ginés Martínez, José Luis Mazarío, Antonio Santos, Emilio Urberuaga, Fernando Vicente y Javier Zabala. Sus dibujos conversan con la delicada puesta editorial de Papeles mínimos y con el intachable hacer de Imanol Bértolo y su vocación artesanal.   
  Las páginas de Me acuerdo están llenas de menudencias; son como aperitivos gastronómicos que nunca se codean con manjares y gastronomías perdurables. Su propósito no es sembrar aforismos solemnes ni textos didácticos que puedan aportar al lector una estela ética. Son esos instantes humildes y gozosos de quien confiesa que ha vivido y hace del lector un cómplice de vida.









   


martes, 1 de octubre de 2019

CON CATALUÑA, CON LA CONSTITUCIÓN

La Sagrada Familia, Barcelona
Imagen de
GetYourGuide



CON CATALUÑA, CON LA CONSTITUCIÓN


   Aclaro de inmediato: no soy un nacionalista español, ese supuesto estigma con el que los secesionistas de periferia y los abducidos por el independentismo pretenden anular los argumentos de la razón y de la historia. Pero me desasosiega que un referendum ilegal, propiciado por el gobierno de una comunidad contra una constitución parlamentaria y democrática, sea celebrado como un hito convivencial. Por eso anoto aquí estas impresiones, leves apuntes de profesor durante décadas de Geografía e Historia. Nací en España, aunque me hubiese encantado haber nacido en Canadá, Australia, Estados Unidos, Suecia, Italia, Gran Bretaña o Argentina… Casi en cualquier sitio de ese mundo en progreso que ofrece a sus pobladores unas condiciones existenciales dignas.
 Me causa pánico que España se balcanice y que el largo periodo de convivencia dependa de los intereses electorales del nacionalismo segregacionista y de un impune lavado de cerebro que ha tergiversado el patrimonio de siglos comunes. No quiero que España se quiebre, porque si la consulta independentista se celebra, sea cual sea el resultado, todos los demás territorios peninsulares e insulares también tienen derecho a esa consulta. Ser catalán no es ser más que ser castellano, andaluz, canario o extremeño.
   Hace unos años, en la Feria del libro de Madrid, tuve que soportar en una mesa victimista y quejicosa a un Jordi “algo” que con voz mentirosa rubricaba que no leíamos la poesía de Cataluña y que se condenaba al ostracismo a sus poetas, por ser catalanes. Escuché perplejo; yo preparaba una edición crítica de Joan Margarit, leía con fervor de neófito a Jaime Gil de Biedma y anotaba datos para un largo artículo sobre Carlos Barral… Además dos de mis libros se habían publicado en una editorial catalana y adquiría sus novedades de la editorial apenas salían al mercado. Aquel sujeto, desaforado y pueblerino, negaba mis lecturas, mis vínculos, mis querencias y pretendía apartarme de mis poetas. Esos poetas que nunca fueron ni serán extranjeros para mí porque no son un territorio, una excusa bélica, un desagüe para ensuciar la convivencia con réditos electoralistas que disimule corrupción y pésima gestión económica.
  Que los nuevos meses vengan sosegados para el quehacer diario de todos, sin que marquen la convivencia himnos, banderas y esa historia reinventada a la medida de un ego deforme, que la sentencia del proceso soberanista sea justa con la gravedad del delito, que los diputados electos usen el Congreso y las instituciones no para negar al otro sino para acordar rutas comunes. 
   Que sigamos juntos y en paz. Con Cataluña, claro; somos lo mismo.


   

domingo, 29 de septiembre de 2019

ANCIANOS

Elogio de la paciencia
Archivos de imágenes de Internet



LOS QUE ESPERAN

 ¿Entonces, será nuestro cuerpo
un garabato del dolor?

VÍCTOR LÓPEZ ZUMELZU


   Llegan temprano al parque desde algún itinerario común y repetido. Caminan lentos, con un rumor de brisa en los zapatos y los ojos clavados en el suelo. De vez en cuando relatan vidas improbables, hechos que ahora parecen tangenciales y oscuros. Cuando están en el parque nada ocurre, pero son más ellos, con la vista fija en ese oficio que tan bien conocen: esperar.

(De Cuentos diminutos)



viernes, 27 de septiembre de 2019

EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ. LA VIDA ES UNA HERIDA ABSURDA

La vida es una herida absurda
Poesía reunida 1986-2016
Emilio González Martínez
Ediciones Vitruvio
Colección Baños del Carmen
Madrid, 2019


ITINERARIOS DEL VERBO

   El volumen La vida es una herida absurda compila la voz lírica completa de Emilio González Martínez (Buenos Aires, 1945), poeta, ensayista, psicólogo y psicoanalista exiliado en España desde 1977. Junto a su obra poética ha escrito abundantes ensayos sobre aspectos esenciales del Psicoanálisis y tiene una notable presencia cultural con la Asociación de Escritores de Rivas. El quehacer aglutina un intervalo de treinta años, entre 1986 y 2016, donde ha publicado las entregas El otro nombre (1986), Tragaluces (1991), el libro colectivo Talleres de poesía I (1995), Hojas debidas (2001), Escoba de quince (2014) y Palabrando (2016); en suma, un cumplido trayecto personal que habla de fidelidad al género, lejos de cualquier práctica anecdótica, y de un impulso cimentado en la diversidad de argumentos y formas que moldea una perspectiva en el tiempo.
   El título del conjunto es una primera clave para detectar el campo nuclear de intereses; la poesía es una manera de sondear la existencia, de ensanchar un horizonte exploratorio hacia dentro que hace de la pulsión vital el sustrato básico del texto. El lenguaje enlaza la vivencia con la proyección escritural que transforma la contingencia en pensamiento y aspira a perdurar. Merece la pena recordar que el epígrafe “la vida es una herida absurda” es un verso de Cátulo Castillo, poeta y compositor argentino de tangos, a quien debemos piezas tan célebres como “Organito de la tarde”, “Tinta roja” o “La última curda”.
  El aserto auroral, El otro nombre, tiene su amanecida en 1986 y comienza con una larga composición, “El otro nombre de la flor sedienta”. Es un texto próximo al surrealismo en muchos momentos, que prodiga en la caligrafía del verso una acumulación de imágenes y asociaciones insólitas: “Sarcástica ballesta certera entre la bruma, / estiro tu piel y un racimo de luz / ciega los juncos del amanecer”; el lenguaje se convierte en expresión de una identidad proteica. Los versos adquieren un decir fragmentario que oculta y vela su sentido enunciativo; solo las imágenes insinúan un largo viaje en el que “la poesía estalla y pone al rojo los sentidos” como si el sujeto estuviese sometido a la azarosa razón de los sueños.
   Aflora pronto la preocupación metapoética que enlaza verso y claridad; la palabra es luz, pero también regreso al pretérito que vuelca en los días de infancia una estela que enlaza nostalgia y memoria. El tiempo atestigua un ahora en que se expande el laberinto urbano con sus muros opacos en los que se asientan la noche y el amor, el sexo desvelado o la intemperie del mendigo en el lento trascurrir de lo diario.
   Continúa recorrido con Tragaluces, un conjunto donde conviven el poema breve y más despojado con la composición dilatada en torno a la propia identidad del yo. Entre la evocación de presencias cercanas y la mirada al entorno se abren espacios indagatorios que propician un enfoque diverso en la escritura. Se combina la mirada al oficio escritural con el decir cuajado de onirismo, o con ese recuerdo epocal de los años noventa que dejó entre las manos su estela de inquietud y desconcierto, su “tiempo estrellado en la pared” por la máscara oscura y sosegada del poder.
    Solo una mínima representación de dos composiciones aporta el libro colectivo Talleres de poesía I. El díptico destila el fondo urbano de Madrid y las conjugaciones del yo frente al deseo; por tanto, es una aportación muy leve al decir del poeta que continúa en Hojas debidas. Inicia el libro una magnífica cita de Miguel O. Menassa: “Sumergirse y no esperar nada, / en las tinieblas hacia otra oscuridad mayor, / el poema”. La temporalidad se convierte en muro vertical del libro y ensarta en su devenir las mutaciones sentimentales del sujeto, desde el candor de amanecida hasta la vigilia enfebrecida del ocaso, cuando la sombra congela la belleza, y el poema se convierte en la habitación al sur que nos preserva: “la poesía es una pequeña y fuerte traición al sentido común, / a la metálica beatitud de las costumbres, / a las combinaciones congeladas / donde desfallece la combinatoria”.
   Subtitulado Abecedario de la poesía, el poemario Escoba de quince se singulariza por un claro propósito formal; todos los poemas suman quince versos y están dispuestos en cinco grupos de tres versos. Si en el juego de la baraja se trata de combinar las cartas de modo que siempre sumen quince, en el poema el sujeto lírico se busca a sí mismo, como si en ese afán percibiese las coordenadas básicas entre el ser y el estar.
   Clausura este largo viaje por el poema la salida Palabrando; el neologismo es una invitación a focalizar el lenguaje como primer plano del poema; como sugería Wittgenstein “los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”. El poemario integra un gesto de optimismo en su dedicatoria: “A la vida, esa atroz maravilla, que parece que se va y está llegando”. de nuevo, el suelo sólido de lo existencial sirve de paramento a la palabra para reconstruir el incierto camino del devenir al paso. Quien escribe sabe que volver es imposible pero que permanecen los indicios del estar, dispuestos a tomar voz en el verso. Inalterable se muestra la abierta incisión de lo vivido, esa extrañeza que hace del lenguaje su harina y levadura.
   La es una herida absurda nos acerca la madurez poética y vital de Emilio González Martínez. Su larga andadura muestra la nitidez de la memoria para trastocar tiempos y dejar en el aire ese diálogo entre percepción y pensamiento. Poesía para reformular esas pocas preguntas esenciales que abren huecos de luz, que nos liberan de la precariedad de quien camina al borde de las sombras.