lunes, 24 de abril de 2017

ERIKA MARTÍNEZ. CHOCAR CON ALGO

Chocar con algo
Erika Martínez
Pre-Textos, Colección la Cruz del Sur
Valencia, 2017

CHOCAR CON ALGO



    Entre la publicación de El falso techo, segundo poemario de Erika Martínez, y su nueva entrega Chocar con algo han transcurrido cuatro años, un paréntesis temporal que habla de sosiego, maceración y búsqueda. Son aspectos poco frecuentados por los protagonistas de la poesía joven que suele buscar una construcción urgente del perfil creador.
   Chocar con algo abre una bifurcación, a mi entender, en la trayectoria de Erika Martínez, hacia una voz  más reflexiva y fragmentaria. El poema aborda un trayecto donde suman pasos los viajes interiores del yo, pero toma distancia, como si quien mira fuese un narrador capaz de objetivar su percepción y señalara los relieves expuestos, las marcas de una presencia ajena.
  Quien toma la palabra es un explorador de la intimidad, pero su estar se implica en el acontecer. Necesita mostrar las asperezas, el vacío o el fluir sin brújula de la conciencia. Sus enunciados acumulan situaciones e hilos existenciales que van sedimentando en la memoria.
   Desaparece el trazo cartesiano del poema; ese orden saludable de planteamiento, nudo y desenlace que suele mostrar el verso narrativo. El yo confesional se convierte en las composiciones de Chocar con algo en un relato lírico, expuesto en párrafos autónomos que a veces tienen la contundencia del aforismo: “cortarte las uñas te modifica existencialmente". Las palabras adquieren así una respiración contenida, capaz de bucear bajo las aguas de cualquier asunto. Repleto de originalidad e ironía está esa mirada a la Real Academia y a su magra población femenina. Frente a la estridencia de la queja, Erika Martínez opta por dar voz al fantasma de Carmen Conde y descree de ese rigor solemne  e institucional que contamina méritos y menudea favores de secta. También insiste en romper los estereotipos tradicionales de la feminidad con humorismo irónico en  “El guardapelo de las poetisas”. Las tachaduras del tiempo han convertido en ceniza y naderías los equívocos del romanticismo sobre la mujer y su frágil voz de poetisa en prácticas. El aporte de tantas poetas ha sufrido siempre un exceso de cal y sedimentos que obtura las tuberías de la historia. El tiempo histórico y su ideología patriarcal ha transformado la categoría biológica de ser mujer en una noción ideológica.
   Es necesario recalcar algunos textos de derivaciones metaliterarias. Con el formato de poéticas dosificadas que esquivan la declaración programática o el rígido manifiesto intencional, los versos enfocan con plena luz el diálogo del lenguaje con su propio sentido. Lo vemos en “Pruebas circulares” en cuyo cierre escribe: “Si insistes muchas veces en un solo movimiento se produce un exceso que rompe el círculo o genera un aura de polvo: aquello que rebasa concierne a la lírica”.      
  Chocar con algo es un poemario contundente. Golpea con sus manotazos. Por su lenguaje incisivo que toma estrategias narrativas del aforismo para hacer más permeables las fronteras entre emoción y pensamiento, y por su singular tentativa de dar más libertad a la escritura para que aborde elementos aparentemente desconectados entre sí. Ahí están las propuestas visuales disueltas en el azaroso discurrir del tedio urbano, pero también el aleatorio trazado de la biografía sentimental entre los afectos familiares, el amor y el eros, la mirada del sujeto ensimismado en el recuerdo, o la luz escorada de las obligaciones laborales que siempre  ponen hilo a la inquietud o el desconcierto.
  Recuerdo una cerilla de Lenguaraz: “El norte está en constante movimiento”; es una premisa válida también para la poesía: “escribir concierne al tránsito / enfermedad, paseo, duermevela.” El verso es movimiento continuo entre la plenitud y el vacío. La voz poética de Erika Martínez sigue senda por la lucidez y un hondo intimismo; se interna firme por las aceras de lo necesario.


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