martes, 10 de diciembre de 2019

HIRAM BARRIOS (ed.) AFORISTAS MEXICANOS ACTUALES

Aforistas mexicanos actuales
Antología consultada
Hiram Barrios (Ed.)
Libros al Albur
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2019


AUTORES DEL DECIR BREVE


   El atomizado caminar del aforismo en la tradición literaria hispana ha encontrado un ancho cauce creador en el despliegue del siglo XXI. Es un hecho, no un lugar común, que su cultivo ha prodigado títulos, cultivadores y muestras colectivas en el espacio peninsular. Pero la geografía del decir breve también aporta semilleros activos en otros ámbitos de Latinoamérica, como México. Así lo constató el profesor, ensayista y antólogo Hiram Barrios (1983) al preparar Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1864-2014). El volumen compilaba un amplio florilegio de casi siglo y medio de cultivo. Era un magnífico mirador al pensamiento lapidario que ahora tiene continuidad en la antología consultada Aforistas mexicanos actuales.
   El texto introductorio focaliza, desde el título, el momento áureo del género. Vivimos una etapa “signada por la urgencia, la concisión y la diversidad” en la que el discurso fragmentado impulsa estrategias expresivas como la microficción, el haiku y la parquedad expresiva del aforismo, género que fomenta la mirada híbrida entre filosofía, crítica sociológica y apunte lírico. Este proceso expansivo se debe, según Hiram Barrios, a tres causas potenciadoras: la apertura editorial que acoge y fomenta el cultivo y la difusión de textos breves, tanto en los formatos tradicionales como en el activismo digital; en segundo lugar la consolidación del aforista, no como cultivador circunstancial del laconismo sino como creador que hace del fragmento una estrategia preferente; y, por último, el contexto de investigadores que aborda, desde los medios de comunicación o los estamentos universitarios, la cosecha aforística en condiciones de igualdad con otras estrategias expresivas, sin minimizar su validez literaria.
  La edición de Libros al Albur sitúa en el cierre los periplos bibliográficos de los escritores incluidos. Por ello, cada seleccionado se ordena por fecha de nacimiento y se justifica a sí mismo con los veinticinco textos aportados. La antología se abre con las decantadas espigas de Leonardo da Jandra (1951). y concluye con la amanecida de Víctor  Bahena (1993).
  Si en otros géneros como la poesía, se dan afinidades generacionales en los idearios estéticos, en el cultivo aforístico siempre predomina la sensación adánica, ese viaje en solitario que busca su voz en el entrelazado personal de experiencia biográfica y cultura. En las muestras queda patente la diversidad de enfoques. Entre las mínimas de Leonardo da Jandra la escritura asume la mirada social y el estrecho contacto entre escritor y personaje cívico; no falta tampoco la preocupación metaliteraria y el aporte ético que habla de un tiemplo complejo, con coordenadas cambiantes a la hora de proyectar el futuro. Raúl Acebes aliña su laconismo con una fuerte textura sentimental, pero vela lo autobiográfico con recursos como el humor o la ironía: “Sembró un huerto de árboles genealógicos”.
   En el margen del aforismo al uso, Gabriel Trujillo Muñoz tiende al fragmento; su formulación busca el tono argumental o el enmarque contextual de su particular cuaderno ético. En sus breves se instala una notoria densidad reflexiva. Anna Kullick Lackner recobra el molde tradicional, ese decir despojado que enuncia con mínima expresión: “Es tan corta la vida y son tan grandes las bibliotecas…”; “El placer es el instante en que huye el escepticismo”.Armando González Torres muestra una gavilla de textos intimistas y melancólicos, que confrontan los espacios angostos del yo y su propósito comunicativo con la realidad circundante. También Jorge Fernández Granados busca, con sencillez, la indagación en el arte de vivir e integra sensaciones interiores, marcadas por una nítida soledad afectiva. La inquietud lacónica de Benjamín Barajas, poeta y ensayista, es bien conocida en España como referente central del aforismo mexicano contemporáneo. Sus frutos plantean un decir breve de búsqueda y tanteo, no persigue el tono didáctico de la respuesta sino la zona umbría de las preguntas, expande la voluntad de un escepticismo pesimista que desconfía del moralismo caritativo de los dogmas y del suelo firme del ahora; su paremia no acalla la voz porque sobre ella gravita el discurso de ser.
  En Merlina Acevedo se constata un continuo recurrir a lo paradójico: “Puedo explicarlo todo. No entiendo nada”; “El arte es la forma de nuestros huecos” Sus frases plantean un traslado de intereses que buscan una dicción despojada y natural. Mientras, el corpus textual de Amaranta Caballero Prado se singulariza por dar un título a cada breve; se crea así la sensación de ubicar sus aforismos en un espacio próximo a la microficción, como si esa clave marcase la pauta del desenlace. Por otra parte, hay en esta escritora cierta tendencia a resaltar aspectos lúdicos del lenguaje. También Federico Fabregat emplea el título, aunque su escritura es más despojada y directa y condiciona menos el clima emocional. Los asuntos argumentales insisten en las cualidades del existir y en esa frecuente confrontación entre la ética y lo social, una veta que acerca sus contenidos a la aforística de Erick Nolazco, en quien encuentran sitio los efectos de la temporalidad, los quehaceres introspectivos del yo y lo metaliterario: “El aforismo puede no ser verdadero. Mas su gran mérito no es la verdad sino su seducción”
  En el aforista más joven, Víctor Bahena, el espacio literario se convierte en núcleo argumental básico. El escritor, los quehaceres de su trayectoria, el lugar propio en lo social están presentes en su decir fragmentario: “La escritura no es un acto sedentario, por el contrario, su nomadismo nos conduce a través de las palabras e ideas”, “Me miro a través de los demás. ¿Mi estampa? Un sujeto turbio presto a estrechar la mano o propinar un puñetazo”.    
   El trayecto creador antologado por Hiram Barrios en Aforistas mexicanos actuales abarca una docena de autores nacidos entre 1951 y 1993. Queda expuesta una cartografía que se decanta por la diversidad y recorre surcos argumentales yuxtapuestos. Los elegidos convivan sinceridad, intuición y textura emotiva; dejan en el lacónico cauce del aforismo la subjetividad de un pensamiento a menudo marcado por la decepción existencial y las asimetrías de un tiempo que tantea en manos de la incertidumbre.



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