sábado, 28 de diciembre de 2019

JOSÉ SARAMAGO. ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ

Ensayo sobre la lucidez
José Saramago
Traducción de Pilar del Río
Editorial Alfaguara
Madrid, 2004


ESTADO DE SITIO


   La ausencia física de José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922), fallecido en 2010 en Tías, Lanzarote, donde el narrador portugués vivía desde 1993, no ha oscurecido la plenitud de su conciencia ética ni un espíritu crítico siempre en vela que muestra un compromiso sin claudicaciones con la izquierda y los más desfavorecidos. Así que pocos trayectos literarios demandan la urgente vocación de relectura. Abro por tercera vez las páginas de Ensayo sobre la lucidez que adquirí en febrero de 2005, cuando llegaba a las librerías la cuarta reimpresión y los periódicos magnificaban el talento singular del Premio Nobel de Literatura de 1998.
  Me empuja el propósito de encontrar algo de luz (o tal vez un poco de optimismo medio ambiental que celebre el intermedio navideño) en la compleja noche política que vive nuestro país, hecho un lodazal de pactos sin sentido, cansinas estrategias partidistas sin conciencia de futuro común y un zarrapastroso independentismo que erosiona ángulos muertos, propicia la eclosión de la ultraderecha más rancia, y es contemplado con el silencio cómplice de medios de comunicación que abrevan en el conformismo y vocean a coro: “Aullemos, dijo el perro”.
   El recordado Ensayo sobre la ceguera, para muchos, y para quien esto escribe también, es la obra cumbre del autor luso. Encuentra algunos pasos de continuidad en esta ficción que recupera varios personajes ya conocidos: la mujer que fue caso único de visión normal cuando todo el país padeció una ceguera temporal, el médico y otros secundarios que ahora dejan oír sus pasos en un tiempo marcado por unas elecciones municipales que arrojan más del ochenta por ciento del voto en blanco y desacreditan completamente el rol progresista de los partidos tradicionales.
  Podríamos entender Ensayo sobre la lucidez como una fábula política. Sus actores conceptuales son la democracia, la fragilidad de sus cimientos y valores y el elenco de factores circunstanciales que marcan la convivencia y sus azarosas navegaciones temporales. Así se va desarrollando un hilo argumental donde el autoritarismo y la crueldad deciden hacer del ejercicio democrático de la votación libre un delito que merece investigación policial y métodos extremos de cloaca, como si fuese una acción terrorista propia de una conspiración anarquista internacional. Para descubrir al cerebro de este comportamiento colectivo los mecanismos del poder mandan a la capital a un comisario de policía, un inspector y un agente. En la ciudad no hay nada ningún indicio de rebeldía y conspiración y es necesario entonces inventar un culpable, hacer de la mentira una verdad.
  El escribir de Saramago está basado en la precisión extrema y la lentitud; los acontecimientos se ralentizan al máximo para que las secuencias se perfilen con una caligrafía taxidérmica. Cada instante está lleno de significado, soporta un eje de simetría entre forma y contenido. Los capítulos alcanzan en su plena madurez un cuadro sugestivo de emociones contrapuestas y sombras diluidas, como si el peligro fuera el habitante siniestro de cualquier esquina.
  La sensación final del libro es demoledora. El poder es fascismo, monopolio, exclusión y sentencia. Un tribunal severo que no duda en aplicar estrategias maquiavélicas para que las libertades cívicas estén siempre bajo control, en estado de sitio, esperando con los ojos cegados por el miedo la larga noche del día siguiente.

     

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