viernes, 26 de junio de 2020

ELENA MUÑOZ. PAPELERA DE RECICLAJE

Papelera de reciclaje
Elena Muñoz
Editorial Vitruvio
Madrid, 2019


SENSACIONES A LA ORILLA 

  En un apunte crítico, que servía de reseña a la entrega poética La soledad de su amigo Augusto Ferrán, Gustavo Adolfo Bécquer, nuestro paradigma romántico, resaltó que percibía en el trabajo lector dos clases de poesía: una magnífica y sonora, que busca su jerarquía desde el ropaje retórico y la ornamentación sorprendente; y otra que propagaba una voz lírica natural y cercana, aparentemente seca, que encuentra en el sentimiento individual su manantial más puro; que no necesita más itinerario en su discurrir que el paso fuerte de la existencia. A este ideario del pacto confidencial se inclina la producción verbal de Elena Muñoz, narradora, actriz, editora y muro vertical de la tradición cultural de Rivas Vaciamadrid, primero desde las Jornadas de Historia de Madrid y en el presente como impulsora del activo literario de Covibar. 
  Papelera de reciclaje es el tercer poemario de la madrileña, tras su carta de presentación Momentos de arena y hielo y su entrega Los poemas no cotizan en bolsa, cuyo título recupera una cuestión inacabable del debate teórico del género: la utilidad de la poesía, su entidad como estrategia capaz de incidir en procesos sociales colectivos. Por eso la elección de la cita inicial de José Ángel Valente me parece un pactado indicio de continuidad: “El poeta debe ser más útil que cualquier ciudadano de su tribu”. Tampoco resulta gratuito en “Calendario de emociones”, el apartado inicial, el recuerdo de la temporalidad que rige nuestra existencia. O el reflejo que lo perecedero encuentra en la naturaleza como plenitud y consumación de ciclos estacionales.
   Elena Muñoz construye un protagonista lírico que apuesta por el tono meditativo; quien se asoma a la realidad percibe un discurrir cadencioso que va sumando mutaciones al paso, como si aceptar la propia contingencia ofreciera también su propia lección de vida. Lo cotidiano reitera su levedad como un pensamiento circular, borroso y conformista. Y en su transcurso, la mente va trenzando los hilos de nuevas ilusiones y sueños. Si en la primera parte de Papelera de reciclaje prevalecía el entorno como detonante esencial de las claves argumentales, el epígrafe definidor del segundo apartado, “De lo que  siento escribo aunque no exista” parece evocar la intimidad como marco escénico: la percepción se interioriza para volcarse en la memoria. Los recuerdos bracean para recuperar “ a la niña que fui un día, y cuyo recuerdo me ayuda a entender la mujer que soy”. El movimiento temporal no solo afecta al contexto sino a la propia identidad; los días distorsionan certezas y dejan en la epidermis del yo sus máculas existenciales, pero también la certeza de que aceptar un margen de locura ayuda a ampliar el horizonte. El examen de conciencia es cansado, refuerza la sensación de estar abocados a un gregarismo residual, donde la personalidad del yo se distorsiona para aceptar un quehacer conformista. Preservar “la vida en tacones” es sentir la fuerza propia, ese mínimo pedestal que anima a subir del suelo para dar voz al pensamiento subjetivo y definidor.
   El poema que da título al libro “Papelera de reciclaje” funciona como testimonio preciso del vaivén existencial y de las relaciones del sujeto con la otredad y consigo mismo. Los afectos aparecen ajados por el uso o moldeados por el interés; y el mismo hablante verbal sostiene entre las manos los estratos mudables de sus contradicciones, esa sensación de que sería bueno tener cerca una papelera de reciclaje para iniciar senda de nuevo y alumbrar una amanecida de esperanza.
   Pocos espacios físicos compendian la fuerza simbólica del mar como territorio onírico de plenitud y belleza. Elena Muñoz cierra su poemario con “El mar, siempre”,  un puñado de composiciones sensoriales en las que es posible todavía el retorno a la inocencia, el regreso a esos ojos de niña que buscaban en el despertar los pasos abiertos de los sueños, la estela frágil de la felicidad: “Él siempre me espera,  / siempre vuelvo a él”.

José Luis Morante  

  

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