viernes, 5 de junio de 2020

JAVIER LOSTALÉ. LA LUZ DE LO PERDIDO

La luz de lo perdido
(Antología poética 1976-2020)
Javier Lostalé
Edición, prólogo y entrevista de Esther Peñas
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2020

GOTAS DE LUZ


  El pulso literario de Javier Lostalé (Madrid, 1942) ha adquirido una excelente solidez con el paso del tiempo, como se percibe en la repercusión del legado en las nuevas generaciones y en las reediciones de algunos títulos emblemáticos. El recorrido, desde la etapa novísima hasta el esencialismo reflexivo de Cielo y Tiempo en lunación, ha ido experimentando un sosegado despliegue de matices en el modo de descubrir rincones de la existencia y el tacto de una belleza perdurable en sus valores estéticos. De la persistente sensibilidad del poeta y su luminosa vigencia se ocupa el volumen La luz de lo perdido (Antología poética 1976-2020) con prólogo, selección y clarificador diálogo con Javier Lostalé  de la poeta Esther Peñas.
  Desde el contexto biográfico, tan ligado al despertar democrático de un país sumido durante décadas en la ominosa umbría de la dictadura, y a la vocación periodística en radio, todavía activa en algunos programas culturales, Esther Peñas recuerda la inclusión en la muestra Espejo del amor y de la muerte (Antología de poesía española última), coordinada por Antonio Prieto y apoyada con una breve nota introductoria de Vicente Aleixandre. Sería el comienzo de una sostenida relación afectiva con Luis Alberto de Cuenca y Luis Antonio de Villena, que poco a poco se irían convirtiendo en las voces emergentes más conocidas del venecianismo madrileño. La carta de presentación literaria, Jimmy, Jimmy (1976) mostraba la influencia fuerte de Aleixandre en la celebración del cuerpo y en el calado surrealista de las imágenes, aunque también evidenciaba la influencia de Luis Cernuda en el velado de lo autobiográfico, solo entrevisto en la conmoción sentimental. Ese alba adquiere continuidad con Figura en el paseo marítimo, donde la dimensión erótica y el paso callado de la soledad alumbran un tiempo de concentrado ensimismamiento. Esther Peñas clarifica la naturaleza del  libro: “Lo insondable, el desconcierto, el enigma, el mar en definitiva actúa de catalizador de una profunda consciencia de la brevedad del amor ante la que el poeta “se inviste de soledad para salvarlo”. El estar a solas también tendría su reflejo en el ritmo de publicación, ya que esta segunda entrega abre un silencio de catorce años. El quehacer retorna con La rosa inclinada un poemario repleto de símbolos que obtiene en 1995 el Premio de Poesía Juan de Baños y se edita en Rialp. En sus esquinas se convierten en vértices semánticos la rosa, el tiempo, la soledad, la belleza, la luz, esos espacios conceptuales que tanto perduran en la travesía lírica de Lostalé y que acentúan sus coordenadas existenciales en Hondo es el resplandor, a mi entender una de las salidas esenciales del poeta por la intensidad expresiva.
    En el comienzo de siglo, Javier Lostalé hace balance y aglutina sus libros en 2003 con el título La rosa inclinada que añade al corpus completo el inédito La estación azul, conjunto de teselas en prosa anticipadas en el diario ABC. Tras esa compilación, fluyen de forma pausada otras salidas como Tormenta transparente y El pulso de las nubes. Además el perfil literario añade trazos nuevos, como antólogo de poetas jóvenes andaluces en Edad presente. Poesía cordobesa para el siglo XXI, y como animador cultural del siempre maltrecho paisaje de la lectura con Quien lee vive más, título que adquiere la contundencia de un lema publicitario. La reivindicación del encuentro con el libro busca la claridad gozosa del conocimiento, esa propuesta de la palabra  hecha refugio y búsqueda.   
  Javier Lostalé entiende la escritura como un árbol de luz, capaz de transcender la realidad con un ramaje onírico. Escribir es un acto de vida, un empeño de indagación en la transcendencia. La palabra poética avanza hacia el viaje interior, tantea esas claves de profundidad que iluminan la condición de ser. El poema, como sucede en la obra de Rilke, magisterio esencial en el poeta madrileño, adquiere una filiación metafísica, una dimensión etérea que alumbra con la fuerza de la revelación. Con la nitidez de la evidencia que perdura en el tiempo.


                                                                  José Luis Morante


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