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martes, 7 de enero de 2025

ELÍAS MORO. HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

Hasta que la muerte nos separe
Elías Moro
Eolas Ediciones
Colección  Caldera del Dagda
León, 2021

 

ESCARMIENTOS

  
   Elías Moro (Madrid, 1959) mantiene desde hace años un incansable vitalismo creador que nos traslada, con solvencia ejemplar, de un género a otro; acumula entregas de poesía, relatos, dietarios, aforismos, antologías y páginas autobiográficas. Un material expresivo heterogéneo que comparte criterios estéticos y un planteamiento intelectual acorde con una memoria selectiva de evocaciones y recuerdos, de imaginación y realidad. En el taller de autor priman la limpieza expresiva, el epitelio emocional y el equilibrio justo entre los afanes del protagonista subjetivo y el paseante común de las aceras colectivas.
   Hasta que la muerte nos separe es un mosaico de minicrímenes que debe su existencia germinal a la admiración lectora hacia Max Aub y su libro Crímenes ejemplares, obra publicada en 1957. El notable aforista de posguerra y cuentista excepcional consideraba sus cuentos como un irónico tributo a la caridad y al amor fraterno. Tras un escepticismo vital pleno de ironía y bajo la consideración teórica de que “Matar, acabar con lo que molesta para que sea otra cosa, para que pase más rápido el tiempo. Servicio a prestar hasta que me maten, a lo que tienen perfecto derecho” el autor escribió durante un considerable intervalo temporal, ajeno a consideraciones éticas o dogmatismos doctrinales, enlazando textos con un estridente humor negro y una escritura irreverente, contrapuesta a los moldes establecidos. La variedad de argumentos enfoca en primer plano al criminal, no para que muestre su arrepentimiento por la irracionalidad del acto violento, llevado al extremo con la aniquilación del otro, sino como escarmiento; para que la víctima asuma su condición merecida de ceniza y escarcha.  Por tanto, hasta el absurdo tiene su razón de ser cuando el humor deconstruye y cierra los ojos a los prejuicios de confesionario; los argumentos dan cuenta de la razonable posición de quien esgrime un sentido personal de la justicia con el mimo silencioso de la paciencia, esperando el momento oportuno.
   En las microhistorias de Elías Moro perdura una atmósfera de oralidad que parece adecuarse al punto de vista verosímil; la voz que enuncia habla con la sensibilidad cercana del interlocutor que no tiene nada que ocultar porque lo que acontece en cada historia adquiere una cimentación imprescindible en la lógica del sujeto. El asesinato conmueve, ocupa su lugar necesario en lo cotidiano, y va dejando sitio a un largo inventario de situaciones y víctimas. Las vivencias trenzadas dibujan una variopinta crónica de época donde respiran el amor, las alergias, el robo, las malas condiciones de aparcamiento, el hartazgo vecinal o las subidas y bajadas de un ascensor de vecinos que reiteran las abstrusas conversaciones de quienes no tienen nada que decirse. Sea en los diferentes puntos urbanos de la ciudad o en el gozoso contacto con la naturaleza, todos son cálidos escenarios de aprendizaje para apagar el interruptor del corazón.
    El sujeto verbal pertenezco a la misma estela generacional que los narradores clásicos: Lo que guía cada palabra es la fuerza de la historia, sin digresiones ni filosofías, solo el fluir de un desenlace argumental rápido que deje dormir a la cariacontecida expresión de la víctima en los colchones de lana del humor y el asombro.  El humor es el primer mandamiento en estos microrrelatos de Elías Moro; un humorismo sombrío, que bebe de la inteligencia poética cejijunta de Francisco de Quevedo, de los juegos lúdicos de Ramón Gómez de la Serna o de la sabiduría popular del refranero: “quien la hace, la paga”. Cambian tablas de representación y actores implicados para que alcance vuelo una variedad de tramas que ratifica las líneas estéticas, trazadas con escuadra y cartabón. Las sintetiza en contraportada Pilar Galán: “Con un sentido del humor inteligente, con una ironía teñida de romanticismo y con un elegante dominio del ritmo y la brevedad, el autor nos presenta un catálogo de crímenes que se abandona con una sonrisa, cierta complicidad no exenta de remordimientos y una identificación que va más allá de la literatura.
   En Hasta que la muerte nos separe queda vivo el peso de la historia, el dibujo visual del hecho delictivo como un legado sobrio y cercano. Frente al lector se expande un páramo de acontecimientos cuyo tacto contagia al mismo tiempo la constante obsesión del ser humano por la violencia y sus enigmáticas razones para autojustificarse a la hora de exponer sus actos más oscuros, la sostenida vocación de verdugo. Que no vengan con cuentos;  a la hora de morir y matar, cómplice necesario, solo el humor nos salva.
 
 JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 
 
 
   
 

sábado, 9 de enero de 2021

CARMEN CANET y ELÍAS MORO (Eds.) ESPIGAS EN LA ERA

Espigas en la era
Micropedia de aforistas españoles vivos
Carmen Canet  y Elías Moro
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2020
 
 

AFORISTAS EN ACTIVO

 

   Es evidente la buena salud del aforismo contemporáneo. Los primeros pasos del siglo XXI, en el espacio idiomático del castellano, pero también en otros entornos como Italia, Alemania, Francia o Gran Bretaña, han integrado en su discurrir una eclosión abrumadora del decir fragmentario, gracias a factores muy diversos. La insólita fluencia de colecciones, títulos, antologías, artículos monográficos, análisis y autores –resaltada por estudiosos como José Ramón González, Manuel Neila, Erika Martínez, Javier Recas Bayón, Demetrio Fernández Muñoz o Paulo Gatica- concede una solidez perdurable al esquema constructivo del aforismo y a su laconismo verbal, dispuesto a capturar la esencia del pensamiento con humildes elementos de uso. Es perceptible la vitalidad de vuelos en la variedad de estilos, puntos de vista, tendencias y sustratos argumentales. Así lo entienden también Carmen Canet y Elías Moro, dos autores con amplio trayecto en el género que coordinan juntos la edición de Espigas en la era, un despliegue nominal de más de cien aforistas españoles vivos.
  Este tiempo áureo no es flor de un día. Conviene recordar que la literatura fragmentaria es un producto histórico. Sus aleatorias codificaciones han estado presentes en los legados de todas las civilizaciones. Sus raíces fortalecen el carácter híbrido y un dinamismo trasversal que engarza pensamiento filosófico, tradiciones populares, enunciados éticos y literatura. Los textos paremiológicos constituyen una amalgama heterogénea que ha encontrado en el presente digital un cultivo insistente; de ahí la pertinencia de un proyecto didáctico como el propuesto por Carmen Canet y Elías Moro, que puede entenderse como una primera mirada a los poblados escaparates textuales del aforismo actual.
   En Espigas en la era firma el breve prólogo José Luis Trullo, persistente cultivador de la síntesis. El director y coordinador de la colección Libros al Albur y de la revista monográfica Elaforista.es ha impulsado abundantes proyectos de definición de la arquitectura lacónica que han contribuido al afán expansivo de títulos y autores. Pero todavía no exista un refrendo fuerte en el mercado; José Luis Trullo subraya que el acercamiento al libro de aforismos requiere una postura crítica y cuestionadora de lo subjetivo, en suma, un lector formado y selectivo que no busca rellenar tiempos de ocio.
   La pujanza del género enaltece el intenso trabajo de compilación que llevan a cabo Carmen Canet y Elías Moro, quienes recurren al orden alfabético para dar a los aforistas un trayecto orgánico. Cada autor aporta una mínima mochila textual, solo dos aforismos, lo que hace imposible el retrato estético de los seleccionados; o mejor, ubica estas espigas como selecta prueba de una mayor cosecha que necesita lecturas complementarias posteriores. Al tratarse de una cata de campos creadores activos, quedan fuera practicantes de nuestro tiempo como Miguel Catalán, Antonio Cabrera o  Eduardo García, que nos dejaron hace muy poco y cuya presencia sigue fuerte en los textos.
 En cualquier caso, se agradece este registro de urgencia que compone una información precisa del texto mínimo que tiene como objetivo complementario difundir el listado, desde la traducción, en otras cartografía creadoras. Hoy constatamos que ya llega a las librerías la versión al francés de Espigas en la era a cargo de la traductora Florence Real y del poeta y profesor Miguel Ángel Real. Con esta versión, que abre la puerta a otras como el inglés o el italiano, se hace evidente que el libro preparado por Carmen Canet y Elías Moro es una herramienta que ajusta el punto de mira. Propicia el disparo preciso y sugiere indagaciones posteriores del decir breve, ya dispuesto a asentarse por derecho en la plaza central del espacio creador contemporáneo.

José Luis Morante




jueves, 29 de agosto de 2019

LUIS FELIPE COMENDADOR. POEMAS INÉDITOS

Luis Felipe Comendador

POESÍA EN BÉJAR. REGRESOS



  Esta tarde regreso a Béjar para participar en una lectura poética, organizada por la Concejalía de Cultura del ayuntamiento. Me acompañan amigos y maestros: Antonio del Camino, Elías Moro y Antonio Gutiérrez Turrión, quien hizo hace casi treinta años uno de los primeros análisis críticos de mis libros. En Béjar he leído otras veces y tengo el mapa de la memoría repleto de recuerdos y nombres propios como Ángel González, la voz más entrañable y cercana de la generación del 50. Este regreso a las vetas más emotivas de mi trayecto poético no sería posible sin Luis Felipe Comendador, quien es y ha sido siempre mi mejor amigo, también cuando no hablamos o cuando monopolizan su amistad otras identidades que tienen los mismos claroscuros que tengo yo, pero menos ternura. Treinta años de vida son muchos, y casi nunca se sale ileso de los estragos del tiempo. Los míos se multiplican y para curarlos recurro a los últimos poemas del poeta bejarano. Se agrupan en el libro Las afueras. Advertí al escritor que el epígrafe suena a jaime Gil de Biedma con la misma intensidad que los molinos suenan a Cervantes, o los laberintos a Borges. Pero Luis Felipe Comendador tiene criterios propios y suele seguir siempre la brújula interior. 
   Las composiciones de las afueras cobijan una intensa preocupación social. Lo hacen desde la pupila abierta de un cronista implicado que se desdobla como protagonista y testigo. No hay distancia con los desajustes del marco accional, un poblado marginal peruano, en Trujillo. Es una geografía áspera, violenta, marcada por la miseria, pero nunca exenta de una ternura desnuda, una catarsis emocional que sirve de redención y fachada en la indeclinable derrota. La realidad se impone vinculada con la carencia y con un sentido trágico de lo existencial que no permite disidencias. Los que nacen en aquel entorno están marcados, no se pueden transformar las coordenadas de espacio y tiempo; solo disfrazar la realidad con algunos hilos de esperanza. Solo la mirada infantil espera el milagro o hace de la pérdida de la inocencia una demora.
  Dura, ajustada, empática con el drama, la voz poética de Luis Felipe Comendador crea una densa contaminación emocional. Sin concesiones, enfoca el yermo territorio del cerro, la periferia de un entorno carente de aura, donde no hay nada, solo la inmediatez de seguir viviendo.
  Esta tarde la hermosa arquitectura del pueblo salmantino se llenará de poesía y amistad. De versos que buscan ese diálogo que no necesita palabras sino hendiduras interiores para cobijarse. Y yo seré feliz. Aunque nadie lo sepa.



lunes, 19 de noviembre de 2018

JOSÉ LUIS TRULLO (Ed). FILI MEI: LOS AFORISTAS Y LA PATERNIDAD

FILI MEI
Los aforistas y la paternidad
José Luis Trullo (Ed)
Libros Al Albur
Sevilla, 2018


LOS AFORISTAS Y LA PATERNIDAD


   Cada papel social tiene su itinerario. Una ruta que sosiega el reloj y fortalece, como si fuera un tónico. Ayuda a encontrar sitio en la polis comunitaria. La ruta del padre ha estado transitada durante siglos por el privilegio. Desde los orígenes de la civilización occidental, la presencia paterna fue vértice e impulsora de la escala social y se subordinaron a su omnipotencia todos los integrantes del clan familiar.
  Como un Jano moldeado por el devenir, el sujeto padre vive en el ahora momentos de incertidumbre e indefinición, ya que el ser igualitario del siglo XXI impulsa otros modelos de familia; el padre y la paternidad han descendido escalones para equiparar singularidades, derechos y deberes con los demás componentes de la célula social. Al amparo de estas mutaciones del rol, el editor y aforista José Luis Trullo, impulsor de la colección Libros al Albur, ha seleccionado una decena de autores  contemporáneos, que lanza el dardo de sus textos a la diana argumental del motivo.
  En cita celebratoria que abre el pequeño volumen, G. Papini asocia el ser padre con el perfecto amor, el puro y desinteresado amor. Alguien que firma la hipoteca pendiente del dar mucho a cambio de nada, sabiendo que todo lo bueno que ocurra al hijo es bendición recibida por vía interpuesta. Frente a ese optimismo desplegado, el prólogo analiza el día laborable del sustantivo en las convulsiones acontecidas por la deriva individualista. La Modernidad ha dejado en la cartografia social una multitud de damnificados; todo es sombra y en ella los signos del padre se han diluido hasta ocupar una posición cuestionada y secundaria.
   De ese seísmo emocional se nutren los enunciados de los diez aforistas invitados.  Para todos ellos, el vínculo de la paternidad se aproxima a la fuente de sentido del existir. Provoca una metamorfosis íntima que obliga a replantearse el eje de coordenadas de lo personal y somete a una rara dependencia; difunde otra relación entre mundo y sujeto. Una vez producido el milagro de la vida, el yo se sitúa en un balcón frente a la incertidumbre, como si fuera espectador dispuesto a una representación escénica. Cuando comienza el crecimiento físico del hijo cambia el tono; lo subjetivo se pospone para establecer con el hijo un pacto de bifurcaciones y actitudes.
  Cada aforista aporta su experiencia sobre la paternidad y deja su visión desde las emociones primarias del ser hasta los estratos de madurez que, no pocas veces, conllevan independencia y decepción, declive y afectos condicionados por otras circunstancias. Leer a Jordi Doce, Elías Moro, Jesús Cotta, Luis Acebes, León Molina, Jesús Montiel, Juan Manuel Uría, José Luis Morante, Mario Pérez Antolín y Emilio López Medina es vislumbrar, con sobriedad inteligente, esa búsqueda del equilibrio entre las emociones y los resquicios de temporalidad y contingencia que abren sitio a lo imprevisible.
   La socorrida indefinición genérica del esquema verbal es evidente. Muchos enunciados son simples aportes reflexivos, sin la nitidez, el destello y el chispazo preciso del aforismo. Apenas recuerdos o pensamientos en torno a la idea, o fragmentos de un pensar autobiográfico. También hay algunos aforismos estupendos: "Su hijo es quien más se le parece, pero no sabe nada de él. Su hijo es quien más se le parece, pero no sabría reconocerlo" (Jordi Doce); "Tan solo me consuela un pensamiento, el tiempo que a mí se me escapa rumoroso fluye hacia ti" (León Molina); "El hombre con hijos es más vulnerable. Por eso tiene que ser más fuerte" (Jesús Cotta); "Espero que me recuerdes lo que fatalmente he ido olvidando" (Juan Manuel Uría); "En la mirada de mis hijas palpita la raiz de mi mundo" (Elías Moro); "Mis hijos me arrebatan el tiempo. Pero lo llenan de sentido" (Jesús Montiel); "Los hijos que no se ocupan de enterrar a sus padres, comienzan pronto a desnacer" (Mario Pérez Antolín); "Aquel que tiene hijos, ya no podrá esconderse de la vida. Este es quizás el precio más gravoso de la paternidad" (Emilio López Medina). 
   Ser padre es aceptar la conquista azarosa de la libertad, dejar al yo en otra vuelta del camino, al amparo del tiempo, buscar el aire límpido de la tarea cumplida y saber que la experiencia depara sabiduría y ternura. Es también la conclusión clarificadora de la gratitud. Nada más grato que la libertad de conciencia de la paternidad. 
  El encuentro se dilata hasta que los hijos se transforman en aves migratorias. Su estela entonces se hace creación, autobiografía y experimentación literaria. Y a ella se aplican los aforistas elegidos por José Luis Trullo. Saben, como María Zambrano, que ninguna injusticia podrá desterrar del alma esa ingenua confianza en la vida de quien fue guiado por la ternura de la paternidad en sus primeros pasos.




jueves, 13 de abril de 2017

ANTONIO DEL CAMINO. PASO A PASO, LA VIDA

Paso a paso, la vida
Antonio del Camino
LF Ediciones
Béjar, Salamanca, 2017

 MAPA BIOGRÁFICO

    La existencia es el campo de pruebas de lo contingente. Sus recorridos se definen al paso y trazan un discurso sobre una línea provisional y cautelosa que obliga al sujeto a una sostenida introspección. Nace así la poesía meditativa como firme voluntad de exploración De esta senda de la conciencia individual se nutre Paso a paso la vida, décimo segundo poemario de Antonio del Camino (Talavera de la Reina, Toledo, 1955).
   En su atinada nota de solapa el poeta y aforista Elías Moro verbaliza algunas cualidades del habla poética de Antonio del Camino. Identifica como rasgos de su quehacer el sabio manejo de la disciplina formal, su conocimiento del andamiaje clásico y la equidistancia entre emoción y pensamiento al sondear la intemperie discursiva de la temporalidad.
 El poeta tiene claro su lugar en el territorio del lenguaje. No duda en abrir su libro con una poética aseverativa. Lejos de la lírica encriptada y de la construcción babélica esgrime una voz humanista y racional desde el singular de la primera persona: “ Escribir con la sobria belleza del olivo, / con esa claridad que nos regala / el sol cuando amanece, / con la granada fuerza de la espiga, / lejos de pirotecnias y artificios “.
  Con esa sencillez natural de casa sosegada se va definiendo en el río argumental los trazos personales de un sujeto moral y las turbaciones de su discurrir existencial.con la estela de apuntes que contienen  “huellas, voces y memoria / de aquel que conmigo va”. Son parcos detalles que iluminan las oquedades del presente y actualizan los escenarios de la memoria. El poeta es una identidad en diálogo con las sucesivas mutaciones del ser y con los ecos de un lenguaje que reconstruye su permanencia en el tiempo.
   En ese  afán de lo diario están los lugares que han puesto a resguardo las secuencias biográficas que aportaron los paréntesis vitales. Los días de infancia están enlazados con itinerarios por las calles de la ciudad de siempre que encuentran en los versos de “Mi ciudad” un emotivo homenaje. Frente al marco solemne de una arquitectura única y desplegada en la historia o frente al cosmopolitismo de las macrociudades donde convergen mercados y turismo, está la ciudad propia, habitable y humilde, hecha a la medida del hombre que hace de sus callejas un reducto sentimental. En ese lugar del afecto cobran relieve esas presencias que copan la totalidad ética del sujeto: el amor, la figura paterna o el horizonte discursivo de la propia identidad conforman un patrimonio persuasivo que da sentido al ser.   En Paso a paso, la vida el lenguaje deviene experiencia interior; las palabras conforman el frágil argumento de sueños y trabajos que adquieren en el tiempo un itinerario cumplido, que crean con su voz la incitación persuasiva del futuro lector.  
 
    

 

 

martes, 21 de julio de 2015

ELÍAS MORO. ALGO QUE PERDER

Algo que perder
Elías Moro
Ediciones de la Isla de Siltolá, Aforismos
Sevilla, 2015
ALGO QUE PERDER

   El carácter polifacético de Elías Moro (Madrid, 1959) ha firmado en poesía las entregas Contrabando, Casi humanos (Bestiario), y La tabla del 3; en prosa su quehacer abarca las salidas Óbitos súbitos, Me acuerdo, El juego de la taba – del que toma el nombre su blog literario -, 99 morerías y Manga por hombro. De esta trayectoria emanan algunos caracteres que encuentran sitio en la argumentación de la muestra aforística Algo que perder de la que Miguel Ángel Lama firma en contraportada esta pincelada crítica: “Brevedad y agudeza. Concisión e incisión, de superficie y de hondura. De pensamiento.”
   Soy de los que piensan que el aforismo camina más cómodo con el paso sereno de la madurez. Y estos breves de Elías Moro refrendan tal opinión porque entremezclan, sin fruncir el ceño, obsesiones, ideas, experiencias vitales y pensamientos estéticos sin la solemnidad del dogma y con los registros siempre veniales de la ironía, el escepticismo y la camaradería solidaria de las confidencias. Así que no hay mejor papel para el yo pensante que salir al día a “mirar las cosas serenamente, como con las manos en los bolsillos (según atina a escribir Tomás Sánchez Santiago) y los pies encima de la mesa”, una forma de estar que no admite intrusos, solo admite una conciencia que firmó con el tiempo la tregua frágil de la incertidumbre y soporta, con estoicismo, sus efectos inmediatos.
   La identidad del yo es una página en construcción que suma pretérico y ahora, las ramificaciones convivenciales que alargan recuerdos y especulaciones de causas y efectos. Sabe que “El destino, a fin de cuentas, y si lo piensas fríamente no es más que una terca sucesión de azares y coincidencias”. Y en esta definición de la propia sensibilidad va dejando su siembra de palabras y su registro de valores de uso.
   En la cartografía de Algo que perder abundan los rincones temáticos. Con frecuencia, vemos al escritor en zapatillas, espiando en sus folios en blanco la lluvia oblicua del ideario: “Un buen poema es casi siempre, también un buen consuelo”, “Escribir: en muchas ocasiones, nada más que una gimnasia para los dedos”, “Frases que necesitan una mano de chapa y pintura”. Al cabo, el aforismo amplía a cada rato su terraza de intereses y proporciona complejos nudos temáticos a desanudar por el pensamiento. Las palabras cierran circunvoluciones de dudas y respuestas sobre el yo: “Lo amable, lo leve, lo simple: humildes granitos de arena que sustentan como pueden la roca inestable que somos”, y sobre un entorno fragmentario y mudable que camina por inercia hacia cualquier horizonte: “Para una vida plena, lo real no es suficiente”.
   La realidad es demasiado perezosa para cumplir los sueños, lo que hace de la existencia un campo abonado para las paradojas. Los aforismos que Elías Moro compila en Algo que perder buscan sentido en el vacío, son condescendientes con los trazos contradictorios que guardan los espejos y hacen de las palabras un refugio cordial para que el pensamiento duerma bajo techo.   

martes, 9 de junio de 2015

ENTRE AFORISTAS EN LA LIBRERÍA ALBERTI



. Cada náufrago reclama para sí la madera raída.

. El ruido de esas estéticas que precisan reparación, como electrodomésticos antiguos dañados por el uso.

. Solidez constructiva del humo.

JOSÉ LUIS MORANTE



. Pensar hoy consiste en desinfectar ideas

. La vida es la disgresión. El tema no lo sabemos.

. Estoy dispuesto a aceptarte tal como eres, siempre que no seas tan como eres.

LEÓN MOLINA


 . La belleza es lo que ves con ojos limpios.

. He vencido en la batalla, me curo las heridas, me retiro a mis cuarteles... Pero, ¿cuál es el botín, cuál la recompensa a este esfuerzo de sangre y privaciones?

. Regresar a casa todos los días con una indefinible sensación de derrota y abandono.

ELÍAS MORO


 

. En el paraíso perdido de la infancia, el único del que tenemos certeza, vivimos en armonía con la incertidumbre.

. A la mayoría le basta y le sobra con la sabiduría de la especie.

. De poco vale tener una idea, si no se expresa de la mejor forma posible.

MANUEL NEILA

lunes, 12 de septiembre de 2011

ELÍAS MORO: INCERTIDUMBRES


El juego de la taba
Elías Moro
Calambur, Narrativa
Madrid, 2010

   Como si asistiéramos a la proyección de una película a ritmo lento, donde los espectadores concedieran a la retina el pausado disfrute de cada una de las secuencias dando tiempo a explorar el encuadre, el colorido, las siluetas formales y el tema así se me antoja esta compilación de breverías que el poeta Elías Moro (Madrid, 1959) ha titulado  El juego de la taba. El volumen lleva el mismo título que el blog personal del escritor; la edición en papel y las entradas digitales, aunque difieren en la presentación ya que no cuentan con el sugerente apoyo de la imagen, comparten un propósito similar: las dos se aplican en dibujar una identidad a partir de una yuxtaposición de asuntos múltiples.
   El cambio de temas es continuo, propiciando un alto ritmo lector. El viaje introspectivo de la vida al paso traza un itinerario en el que sobreviven unas cuantas obsesiones: la muerte, la fugacidad de lo vivo, el amor como asidero en el naufragio, las incertidumbres de lo cotidiano o las actitudes que definen la condición humana inspiran la mayor parte de las anotaciones y son los puntos cardinales que permiten situar las coordenadas de una sensibilidad explícita.
   Otra fuente de conocimiento es la inequívoca presencia de los otros en el paisaje urbano. “Mi mejor espejo son los otros; ellos me devuelven siempre la verdad de lo que ven”. En esa lección desveladora hay perfiles agrios, que hablan de sombra y decepción, y sujetos que viven todavía en la edad de los sueños, de los que se guarda una memoria idealizada. La voluntad existencialista oportunamente nos advierte que es nuestra obligación buscar un punto de equilibrio, un dominio de conformidad para  relativizar el conflicto y poner en práctica la autocrítica; el trigo y la cizaña suelen ser compañeros de viaje.
   No faltan las anotaciones referidas a la literatura. El autor ha practicado la poesía y el relato y es habitual que el sentido de la escritura impulse la asunción de una serie de normas o principios para fortalecer la vocación creativa. Aunque Elías Moro desdeña la teoría y prefiere la práctica escritural, hay textos que cobran la apariencia de poéticas; así leemos en “Recolección”: “El poema, como el fruto, ha de recogerse a tiempo, en su justo momento, so pena de pudrirse en el árbol frondoso de las palabras”.
   Otros hablan de afinidades; en ese rastro de nombres propios están W. Whitman, Neruda, Pacheco, Viñals, Gamoneda, Mestre, Ángel Campos Pámpano, amigos y maestros que refrendan criterios estéticos o cercanía afectiva.
   Nuestro siglo de oro hizo del conceptismo una preceptiva. Elías Moro se incorpora con gusto a esta corriente literaria, nunca periclitada, para entregarnos  El juego de la taba, un libro de apuntes que desde la ironía desmitifica la realidad y rebaja la carga sentimental. Lacónico, inteligente y coloquial, hace de cada tema una reflexión sucinta, una pincelada, un conjunto de trazos que dibuja una experiencia biográfica.