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lunes, 11 de marzo de 2024

POESÍA CONTRA EL OLVIDO: 11- M



ESCRITOS CON DOLOR
 
Madrid, once de marzo (Poemas para el recuerdo)
Edición de Eduardo Jordá y José Mateos
Pre-Textos, Valencia 2004.
 
11-M ( El Sornabique -7)
Edición de Luis Felipe Comendador
LF Ediciones, Béjar, 2004
 
11-M: Poemas contra el olvido
Edición y coordinación de José Paz Saz y Manuel Rico
Bartleby, Madrid, 2004.
 
    Aunque el ánimo no podrá acostumbrarse nunca a la gratuidad de la acción terrorista y el pensamiento racional anula cualquier indicio que intente justificar la autoría intelectual del atentado, llegará un tiempo en el que el once de marzo en Madrid será un suceso pretérito, difuso, en el que cueste ubicar las circunstancias, los nombres de las víctimas, o las dimensiones de la tragedia. La memoria tiene esos mecanismos de defensa para disfrazar las aristas más rechazables de la condición humana y la vorágine del devenir en la gran ciudad restablece, con enfermiza urgencia, el hilo de continuidad tras las conmociones. Sin embargo, para que el olvido no se instale en el territorio de lo cotidiano y haga de la historia una página de signos desvaídos, se han publicado tres volúmenes que contienen unos centenares de poemas. Todos están escritos con dolor.
    Son muchos los nombres que se repiten y casi todas las generaciones en activo están  presentes en este gesto de solidaridad y esperanza;  todos somos pasajeros en los trenes de cercanías que sufrieron la barbarie del fanatismo.
   Madrid, once de marzo, subtitulado poemas para el recuerdo ha sido coordinado por Eduardo Jordá y José Mateos. El conjunto, presentado por la editorial Pre-Textos, parte de una idea de la librería madrileña Rafael Alberti que al día siguiente del atentado colgó en sus escaparates los lamentos y despedidas de poetas y madrileños anónimos. Tal iniciativa desbordó las previsiones de los organizadores y cuajó en una obra que contiene poemas escritos en todas las lenguas del estado y en la que comparten página clásicos como José Antonio Muñoz Rojas, nombres ilustres de la generación del cincuenta como José Manuel Caballero Bonald y poetas que todavía no han traspasado el umbral de los veinte años como Elena Medel; entre los tres, más de cien voces que han dejado las huellas del dolor en textos en los que predomina el desgarro y en los que las preguntas esenciales, una vez más, se quedan sin respuesta.
   11-M es la escueta leyenda de portada con la que la revista Los cuadernos del Sornabique nos deja un monográfico para coleccionistas, por su hermoso diseño, que cuenta con el blanco y negro de dos jóvenes fotógrafos, Javier Cabañero Valencia y Fernando Sánchez Fernández. Los objetivos miran, sin truculencias ni amarillismos, con panorámicas donde la normalidad impone su ritmo diario; los paisajes de la desolación se van llenando de seres anónimos que abandonan su silencio en los asientos y pasillos de los nuevos trenes. Y después, versos que reivindican, desde la palabra, la dignidad del hombre y su derecho a vivir en paz, una aspiración que ya no tiene el amplio listado de víctimas que cierra el número.  El director de la publicación, Luis Felipe Comendador, -cuyo poema ha sido musicado por el cantautor onubense Javier Díaz- como han hecho los editores de las otras publicaciones reseñadas, destinará los beneficios del número a asociaciones de afectados y a los familiares de víctimas del terrorismo.
   La editorial Bartleby  es la responsable del ultimo libro comentado,  11-M: poemas contra el olvido que ha sido coordinado por Pepo Paz y Manuel Rico. Como los anteriores, nació de la urgencia y del lamento anónimo de un tiempo detenido. Asume una respuesta inmediata que nos sitúa al lado de las víctimas y remarca la frontera contra la virulencia de lo macabro. En la reacción no se oye una sola modulación; cada poema es un estado de ánimo: desolación, condena, horror, sufrimiento, necesidad de sobrevivir... Plural relieve de un paisaje emocional. El cierre no es un vengativo ajuste de cuentas o la persecución de otra forma de pensar sobre la que llueven tantos lugares comunes y recelos ante la discrepancia; es expresión de angustia y canto a la vida desde la tolerancia cultural, desde la integración y el mestizaje, con un texto del marroquí Abdellatif Laâbi.
   Los libros comparten propósitos de cohesión para cerrar la puerta al discurso apocalíptico y al mar de asfalto de un pesimismo cuyos rasgos concretos son los efectos del atentado. El derribo requiere una reconstrucción de las ideas y de la sensibilidad. La conciencia poética está enmarcada en el tiempo que le ha tocado vivir; el acto de escritura es una oportunidad para conocer un horizonte reflexivo común, que sale del ensimismamiento y muestra su adhesión al pálpito del entorno.
   Sentimientos en forma de palabras solidarias para buscar un hueco en la memoria, para reiterar, en la desolación y en la impotencia, en la angustia, aquellos versos de Blas de Otero: aunque haya desaparecido la risa y la ternura se desangre por una cicatriz abierta al miedo, nos queda la palabra.
 
                                                                               
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 
 
 
 
 
  

miércoles, 1 de junio de 2022

ESTEFANÍA GONZÁLEZ. DIOS EN LA RÍA

Dios en la ría
Estefanía González
Prólogo de Jordi Doce
Bartleby Editores
Madrid, 2022

 

BARRO HELADO

 

   La entrega Dios en la ría, de Estefanía González (Grado, Asturias, 1970), prolonga la estela poética formada por Hierba de noche (2012) y Raíz encendida (2014). Afianza un recorrido que tiene presencia en la antología La noche y sus etcéteras. 25 voces alrededor de San Juan de la Cruz y que suma también el libro de relatos En sueños de otros (2021).
   El poeta, traductor y crítico Jordi Doce se acerca a la lírica de la asturiana con el prólogo “El sueño de la transparencia”, un lúcido sondeo donde recalca como aspectos reseñables de los materiales poemáticos el epitelio onírico y la correspondencia entre intuición del espíritu y profundización de lo real, desde la experiencia del conocer. Resalta también la trabazón interna del poemario en torno a la transparencia para crear una atmósfera envolvente en torno a las coordenadas del tránsito vivencial, un camino donde concurren sensaciones e imágenes, las hendiduras grises de los días que las palabras reconstruyen, en una suerte de registro verbal que busca orden y sentido.
   El comienzo, “Cuerpo desnudo del invierno” se abre con la composición que proporciona el título del poemario “Dios en la ría”. El campo semántico del poema se ajusta con destreza al asombro verbal de la metáfora: “la ría es una cópula de sal”, “dios: ingles de mármol de sangre lenta”. El hablante lírico expande una dicción confidencial  y al mismo tiempo dibuja un escenario que parece irreal y nos hace explorar el significado del poema que concluye con un final de oscura incertidumbre: “El dios niño blandido / como un hacha. El sol / amenaza el cosmos. / Se hincha la ría, paisaje duro”. El entorno marino se convierte en marco de representación de la memoria; conjuga evocaciones y búsquedas, los callados pasos de un niño que se perdió en las grietas del tiempo.
  Otro conjunto de poemas, entre los que se integran “”Cuerpo desnudo del invierno, barro helado” o “Una aguja empezando por el hueso” incorporan al cauce argumental las manifestaciones activas del dolor y el extravío en los sueños. Estar expone al sujeto al desbordamiento de una intemperie interior: “Dolor, / onda lila / 1ue penetra la materia / y rompe dentro / donde no hay espacio…”
  Los días de infancia hacen de la evocación un itinerario de retorno; un yo pretérito está ahí, asomado a otro tiempo poco propicio a la idealización y a los sentimientos diáfanos. Busca dentro, inventa su propio itinerario de claridad y luz. Camina hacia atrás para observarse y percibir el manso fluir de la conciencia. Queda así un escueto patrimonio de evocaciones, con mínimos hilos de pertenencia: “Esto mío ¿qué es / Es ahora, las gotas en el cristal, / el suelo mojado en la calle, / una luz anaranjada también dentro / y, en todo caso, este silencio”, una confluencia de soledad y espera.
  La sección final, “Cuerpo de padre” reflexiona sobre el cruce de paisajes de la identidad que es al mismo tiempo presencia cercana, sentimiento y extrañeza: “Este cuerpo de mi padre / es un campo de batalla”; la enfermedad se percibe como un pálpito doloroso y matérico, capaz de acallar esperanzas y mostrar su capacidad destructiva. La poeta emplea referentes bélicos que convierten la enfermedad en una batalla, un combate entre contendientes que postula un ominoso resultado final: “Una noche de negro aire / se vierte ahora / sobre este campo de mi padre. / Es dulce la morfina. / Regurgitan las tripas / del hospital”. Lo premonitorio se hace continua presencia; se apagan indicios vivificadores; todo parece asumir un silencio definitivo, un cifrado campo yerto.
  En los poemas de Dios en la ría el mensaje evocativo adquiere una importancia explícita; las palabras trasmiten la militancia activa del recuerdo; recuperaran un horizonte temporal  que asocia la niñez al entorno, ya lejano sueño, marcado por las contingencias del presente. Este singular encuadre del ayer se contrapone a un estar en el ahora  que casi absorbe la enfermedad del padre y las vibraciones de una conciencia abierta al secreto tangible de la muerte. En los hilos de sol de la certeza se hace nido  la sensación de finitud y regreso, el lento deshacerse de la identidad.
 
JOSÉ LUIS MORANTE