lunes, 7 de diciembre de 2020

ANA MARTÍNEZ CASTILLO. DE LO TERRIBLE

De lo terrible
Ana Martínez Castillo
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2020

 

MERODEOS

 

   En las pulsaciones literarias de Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978) adquieren molde estrategias expresivas diversas: es coordinadora editorial de InLimbo Ediciones, articulista cultural, escritora de relatos y mantiene una fluida relación con la poesía desde que publicó, en 2016, su poemario de amanecida Bajo la sombra del árbol en llamas. Era el arranque de una trayectoria de la que forman parte los libros La danza de la vieja (2017) y Me vestirán con cenizas (2019). Ahora presenta una nueva selección de poemas bajo el expresivo epígrafe rilkeano De lo terrible.
   He hablado hace un instante de Rainer María Rilke, de quien Ana Martínez Castillo recuerda una cita atemporal: “Porque lo bello no es nada / más que el comienzo de lo terrible, justo lo que nosotros / todavía podemos soportar…”; pero resulta inevitable rescatar otro magisterio de la poeta, la sensibilidad sombría de Edgar Allan Poe y su conocida certeza de que la conciencia legitima y resguarda un lado oscuro, donde afloran imágenes y pensamientos que carecen de idealizaciones pero preservan una ignota belleza y un atractivo halo misterioso. Con ellos –Rilke y Poe- se hace más fuerte la presencia de una realidad transformada que genera el empeño en buscar ventanas a los indicios de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos pasadizos introspectivos.
  La escritora opta por agrupar las composiciones del apartado inicial “La gran música” con un orden cardinal descendente. Así resalta la sensación de retorno hacia un punto cero, tras un cúmulo de experiencias vitales que amalgama, con voz evocativa, un magma de elementos, conjuras, y pulsos de presencias lejanas que no se ciñen al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva. El poema se hace de merodeos y acercamientos, de ese tantear en la oquedad de lo infranqueable para sondear límites y reconstruir momentos del yo que perduran en la memoria. Son extrañas visiones que merecen rescate, aunque ahora confabulen un poso de extrañeza y ajenidad.
  El poema construye al margen de la luz, exige al lector que busque significados autónomos para una dinámica textual en la que se alternan imágenes de gran fuerza semántica: “… has de ser la finitud que cae, que brinda, que gotea, la joven adicta que se colma de huéspedes las venas…”. Lo acumulativo trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto, lejos de lo real y tangible, plasme “la belleza terrible que nos derrumba”. Otra vez resuena en el fluir de la conciencia la sensación de ser para la muerte, de ir llenando las manos de lo diario con el peso ominoso de la ceniza, como huésped incómodo que se aferra al discurrir existencial y requiere la voluntad despierta de la escritura: “escribe así, de forma automática y absurda, terrible, ambigua, escribe así todos los días”.
  Si el apartado “La gran música” aludía a la capacidad de soñar sin hacerse preguntas, siendo  pasión y búsqueda, “coágulo, raíz y vena”, el tramo de “Átropos” se encuadra en la mitología griega, donde Átropos personifica el azar del destino. Hija de Zeus y Temis, es la mayor de las tres moiras, y la que decide cortar la hebra que enlaza a cada hombre con la vida. Cuerpo a cuerpo, la muerte necesita en el aliento del padre, apagando la senda venerable que propició el comienzo. Continuar en el camino requiere superar la llamada al dolor de los ausentes. El leve trazo de la amanecida se tiñe de negro si Átropos trae la epidemia, los indicios que se hacen escarcha y frío en el discurrir. Los otros vienen al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días, pistas falsas que siguen dibujando su fragilidad, las “cenicientas grietas del invierno”.
   La muerte transita y abre una ominosa estela argumental, impregnando todo el entorno: “El olor a tierra se detiene en los tejados y chirría como chirrían los pájaros, y cruje, como crujen las bocas”.
   En las composiciones de Lo terrible  la fuerza textual de Ana Martínez Castillo ilumina lo oscuro; crea un discurso alógico, que vela lo autobiográfico en un claro de imágenes de seductora sustancia. Poesía que hace del misterio un principio ordenador para abordar pensamientos y sentimientos de quien se siente decepcionado por una realidad gregaria y busca dentro los repliegues del tiempo y la memoria. Esa “cóncava oscuridad de las tinajas” en la que son siempre elementos genesíacos el vacío y la muerte, el final que mide “la líquida negligencia del canto”, los garabatos del hilo umbilical que un día se rompe.


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