miércoles, 22 de mayo de 2019

JUAN PABLO ZAPATER. MIS FANTASMAS

Mis fantasmas
Juan Pablo Zapater
XLV Premio Ciudad de Burgos
Editorial Visor, Poesía
Madrid, 2019


ENCUENTROS Y AUSENCIAS


   Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958), director de la revista literaria 21veintiún-versos y de sus colecciones Cuadernos y Plaquettes protagoniza un acercamiento muy personal a la literatura, con el ritmo pautado del goteo. Su obra auroral La coleccionista (Visor, 1990) consigue el Premio Fundación Loewe a la Creación Joven y excelentes palabras críticas de Octavio Paz, destacada voz del jurado. Era un tiempo de plena vigencia de la poesía de la experiencia en la que abren estelas muy significativas amigos del poeta como Carlos Marzal y Vicente Gallego, pero el caminar en solitario de Zapater opta por un largo intermedio de silencio que no se rompe hasta 2012, cuando publica  La velocidad del sueño en la editorial sevillana Renacimiento. Esta segunda entrega obtuvo al año siguiente el Premio de la Crítica Valenciana. Siete años después sale, tras conseguir el Premio Ciudad de Burgos, Mis fantasmas, un poemario de plena madurez, hecho de encuentros y ausencias.
   Antes de abordar el despliegue argumental del libro quiero resaltar la llamativa cubierta de la artista conceptual Carmen Calvo, que muestra una sugerente consonancia con el título en su entrelazado visual de realidad y onirismo. Como si fuese un reflejo especular, el yo pierde sus rasgos tras la máscara para cobijar en su interior un poblado núcleo de niebla e incertidumbre. Desde su compañía, la voz del hablante poético reflexiona: “Mis fantasmas no dan pavor alguno, nací y amé por ellos, y son parte del vuelo y las cadenas de mi vida”.
   El escritor compila los textos en tres epígrafes casi complementarios al definir la marea existencial como un vaivén que prolonga patrimonios afectivos y pérdidas. En “Apariciones” el recuerdo fundamenta la sensación de estar inmerso en una temporalidad que solo perdura un instante: “Inesperadamente / la juventud tomó cualquier camino / y se extravió de mí”. Así la identidad se va moldeando como si fuera barro hasta construir un espacio interior, un vacío en el que se van adormeciendo las vivencias y los afectos. En este tramo se cobija uno de los textos esenciales del libro “Relato fantasma” que, tras la cita de Gabriel García Márquez completa un homenaje al entorno familiar repleto de belleza y textura emotiva:” y me trae las ventanas luminosas / orientadas al este, / a mi padre sentado en su butaca / con traje azul marino / releyendo un periódico a la espera / de que obre mi madre ante el espejo / el sencillo milagro / de volverse más bella todavía”
   La sensibilidad del poeta abre una etapa de contemplación crepuscular, como si el discurrir fuera acercándose a un cauce de sombras que pone en la mirada una plástica de grises que anticipa el vacío. La luz del día, casi inadvetida, se va diluyendo. Y es necesario abordar el tiempo renacido como un don que nos da mediodías habitables: “Lo vital es el día, nuestro día, / ese vaso de luz que nos bebemos / y se vuelve  colmar cada mañana”.
  Bajo el aserto “presencias”, los poemas centrales describen la mirada testimonial de la contemplación. En torno al yo deambulan las calladas presencias que dialogan con el pensamiento y los sentidos: el amor,  con sus aleatorias circunvoluciones en el ánimo; la poesía como fondo de interrogantes, que tan plena expresión consigue en el poema “Otra cita con ella”; la belleza, siempre pulsión para abordar los mínimos elementos del entorno con las manos abiertas de la plenitud; o la presencia insustituible de los afectos que un día dejan las tazas vacías de la rutina para emprender en libertad el viaje existencial del yo consigo mismo.
   Juan Pablo Zapater hace un guiño a las tres heridas hernandianas –la vida, el amor y la muerte- para dejar como estación de llegada los poemas de “Visiones”, cuyo centro semántico es la disolución: “cada día que vuela / es un pájaro menos”. Así va llegando el final de ruta que siembra en el ánimo un poso de tristeza y una cartografía de soledad callada: “Os hablo de la muerte, de ese baile / sin música y sin pasos ensayados, / un vals al que los guantes del vacío / te invitan cualquier día y ya no puedes / excusarte en los giros que te quedan / por dar entre los brazos de la vida”.
   Mis fantasmas plantea una indagación en el camino de ser con la magia de las palabras. Desde esa libertad de la escritura los poemas adquieren una textura meditativa, que enfoca la condición humana como un abrazo de vivencias y recuerdos que nos lleva a ese momento íntimo en que el hombre se mira en el espejo y descubre su retrato cumplido, la aceptación de quien se descubre inmerso en ese sueño que es vivir.

             

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