Tres cuartas partes José Ángel Leyva Editorial La Garúa / Poesía Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 2020 |
PUNTOS CARDINALES
El discurrir literario de José Ángel Leyva (Durango, México, 1958) ha adquirido en su caminar sobre el tiempo una
personalidad sólida y sorprendente, marcada por la hibridez de géneros. Su
escritura es una sala polivalente, donde se yuxtaponen espacios para el
periodismo, la gestión editorial y la poesía donde retorna con el libro de
hermosa edición Tres cuartas partes.
El volumen añade como amanecida
un poema de Antonio Gamoneda. El reconocido escritor leonés recurre a la
intertextualidad para trazar un homenaje lírico a la voz del autor mediante la
composición “Frontispicio para, con, en la poesía de límites de José Ángel Leyva”.
El dilatado título genera de inmediato una indagación crítica, ya que la
etiqueta “Poesía de límites” propone una semántica de exploración y búsqueda,
de tanteo en el maleable magma del lenguaje. El poema de Gamoneda reniega de lo
explícito para dejar que versos y palabras de Leyva caminen por itinerarios
renacidos; se asienta así en el texto una conjunción de voces que refuerza el
extrañamiento como espacio germinal.
El primer tramo, “La eternidad no
es tiempo” comienza con un poema de fuerte impacto emocional. En los versos de
“La perra” conviven la lucidez de la experiencia vital y el apunte crítico. El
argumento muestra la introspección de un yo desdoblado que conforma una
desoladora imagen del presenta con los grises indicios del pasado. Otro texto
básico de esta sección es “Tres cuartas partes”, un poema homónimo que define
el epígrafe del libro. El sujeto se ausculta a sí mismo aceptando que las tres
cuartas partes de su fisiología son fluidos que anegan músculos y huesos. Esos
líquidos vitalizan el trayecto perceptivo y la conciencia de ser en la que
tiene cabida una menesterosa representación de lo real.
Las divergencias del entorno asoman en poemas como “Alicia en Ciudad
Juárez”, “Migrantes” o “Su nombre es Bagdad”, donde la actualidad caligrafía
una novela de ideas por la trágica situación social de los crímenes y mujeres
desaparecidas, de la búsqueda de una patria donde haya unos gramos de futuro, y
la violencia en las calles de tantos países en permanente conflicto bélico; una
ficción cuyo narrador omnisciente es la conciencia del sujeto que deja hablar a
las convicciones éticas y estéticas en cuyo argumento entrelaza interioridad y
exterioridad El texto “La poesía” tiene
el levitar de una poética en la que está presente el carácter paradójico del
lenguaje y su relación con la muerte y lo perecedero: “¿De qué están sembrados
los sepulcros / que no echan fuera gusanos sino flores?”; también ese enlace
entre la temporalidad y la palabra germina en la composición “Amores”; pero el
material temático que define la
sensación nocturnal de este primer tramo es el recorrido de un filón tétrico
sobre esas plagas bíblicas que dictan la fisionomía del presente. Sobrecoge el
entrelazado de composiciones dedicado a la guerra, el hambre, la peste o la
muerte como vestigios ponzoñosos empeñados en crear un conjunto de ruinas
perdurables, propicias a tormentas y naufragios.
Se contraponen a esa mirada hacia las sombras otros poemas más
enunciativos en los que tienen sitio las indagaciones sobre la tradición local
o la caligrafía del recuerdo con secuencias evocadoras de viajes y regresos.
La semántica nocturnal de esta primera parte, enfocada en la relación
entre protagonista existencial y entorno histórico, cobra un viraje en el
apartado “Visual” donde el arte y sus expresiones en la pintura, la escultura o
la percepción de lo matérico se convierte en protagonista del transitar
poético. A veces es el espacio físico del taller, como en “Estudio de Lutxana”
en que muestra su disposición a la luz y la contemplación, al ángulo de la
pupila que reclama la presencia del arte. En otros texto, como en “Louise
Burgeois” el trazo argumental aliente la reflexión y el encuentro del
espectador con la obra y su disposición a buscar las claves lógicas de la expresión
artística en un camino que avanza por las sombras de la interpretación y lo
subjetivo.
El lenguaje fluye hacia dentro de la materia para entender su textura
interior y vislumbrar las vetas que hablarán si encuentran la mano del artista.
Lo sólido es proyecto, un lenguaje por pronunciar, un ojo en vela que busca
descifrar la geometría de la luz; de ese impulso germinal se hace el poema
“Bosques” al que pertenecen estos versos: “También el hombre echa raíces /
frutos semillas / Insemina el aire / Escribe en la corteza y en la fronda / las
cosas que pasan por las ramas del cerebro…”.
Sirve de epílogo a Tres cuartas
partes una coda crítica del poeta, ensayista y profesor universitario Juan
Carlos Abril titulada “La mirada humanista”. La aproximación es excelente y
clarifica la coordenada exacta del poemario: ese lenguaje indagatorio que habla
del hombre y la condición trasversal del dolor que puebla el discurrir
existencial. Pero delante no queda el vacío y el salto hacia la nada. Queda,
como recuerda Juan Carlos Abril el poema, la palabra, el verso… Esa piedra
firme del lenguaje en la que se sostiene la esperanza.
JOSÉ LUIS MORANTE
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