martes, 28 de abril de 2020

SALVO COMPLICACIONES

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SALVO COMPLICACIONES 


No hay que ser imprudentes con la prudencia. Firme propósito de no intervenir nunca más en una polémica digital. Los efectos secundarios son desproporcionados: el sosegado articulista de chismorreos monárquicos, tras mi reflexión, desaparece para siempre, el joven escritor se queda en la periferia para que nuestros pasos no coincidan, la actriz baja el telón y ensaya estrenos de mañana, y el sarcasmo saca pecho y duplica su tono argumental para que además de reiteración sea payasería.  Más solo. La gente entiende siempre lo que no quiero decir.

La pandemia ha reivindicado a Poncio Pilatos. Ahora lavarse las manos es una estrategia sanitaria.

Los hábitos y la educación son hijos legítimos de la perseverancia. Nunca son concesiones gratuitas. Llenamos la infancia de Irene y Ana de libros y música. Y cuando vamos a su casa, tienen sus habitaciones repletas de libros y música… Una educación a contrapié de esas encuestas sobre la niñez actual: ocho horas frente a la pantalla (móvil, tablet, ordenador, televisión…). No sé quién acierta, pero aquellos hábitos familiares me temo que ya son parte de una fosa común.

Durante unos años fui joven. Después envejecí. Ahora maduro poco a poco. 

(Apuntes de un superviviente)


lunes, 27 de abril de 2020

OLORES PERDIDOS

Pétalos con luz
Fotografía
del archivo
entrejardines



OLORES PERDIDOS 


   Con fija obsesión, cuando era niño solía agarrarme a las ramas del ensimismamiento, silencioso y ausente, como quien cruza espejos. Don Emilio, el maestro, insistía en llamar mi atención con aspavientos teatrales. Hasta que su cansancio reconocía lo inútil de su empeño y proclamaba en voz alta mi condición de raro, una cabeza firme empeñada en plantar rosales árticos. Indeciso y sin brújulas yo regresaba a casa. Sólo mi madre mostraba desacuerdos con el juicio docente. Me abrazaba fuerte y alborotaba alegre mi flequillo. Después se perdía en el mediodía incierto de lo diario o pasaba las horas en el patio, entre olores perdidos, deshojando pétalos de luz.

(De Cuentos diminutos)



sábado, 25 de abril de 2020

AL OTRO LADO

Contención
Archivo fotográfico
de
EADIC



EL MURO

No es mucho –nada tengo-;
estoy con los que miran
la palidez opaca y vertical.
Busco piel en su enigma
de roce y hendidura,
en tanto la  razón
se vuelve fósil.

Solo el oxido asciende
hasta su cumbre.
Los días que amanecen, casi negros,
requieren otra luz,
callados se preguntan
en qué lugar
camina el horizonte.
La distancia es ahora
el esqueleto gris de lo posible.
Aquí la transparencia
no moja las espaldas
y tampoco sostiene
un reflejo de nubes,
las migajas del vuelo.

Una lluvia de arena
dispersa sus indicios
y dibuja ceniza en nuestra espera.
Palpita la vejez
cuando no hay sueños.

Con despojes salobres
sedimenta el desierto
al otro lado.
Voy con él.
Abrazaré mañana su vacío.

                
                     (Revista 21veintiunversos, nº 8, 2019)

viernes, 24 de abril de 2020

LAS PALABRAS SON TECHO

A resguardo
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana



LAS PALABRAS SON TECHO


Esas oquedades que succionan cualquier alegría.

El héroe resguarda un miedo perezoso.

Mentía para acallar el cansancio. Asegura que aquella senda era su último trayecto.

De noche no sabe distinguir las sombras propias y las ajenas.

Confía en que la muerte llegue sin precipitarse, a la hora en punto.

Las palabras son techo; en ellas se cobijan esos silencios sin caducidad que nunca callan.

Sospecho que para el tiempo solo soy una prueba de paciencia.

La niebla hace del sol un cazador furtivo en el cielo raso.

(Aforismos sin luz)




jueves, 23 de abril de 2020

JOAN MARGARIT EN EL DÍA DEL LIBRO

Arquitecturas de la memoria
Joan Margarit
Edición, selección y prólogo
de JOSÉ LUIS MORANTE
Editorial Cátedra, Colección Letras Hispánicas
Madrid, 2019 (2ª Edición)

JOAN MARGARIT EN EL DÍA DEL LIBRO


   La cercanía temporal en la concesión a Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938) de dos reconocimientos de gran repercusión cultural, el XXVIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Cervantes 2019, requiere una clave preliminar que sosiegue el seísmo mediático y la polaridad de interpretaciones. Más allá del horizonte político peninsular y la fractura ideológica y social propiciada por el independentismo está la certeza, los ojos en el retrovisor del tiempo, de que en su dilatado recorrido poético nunca se ha generado hostilidad entre el catalán y el castellano. Como se refrenda en la edición crítica de Arquitecturas de la memoria (Cátedra, 2006) el arquitecto y profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona es un escritor bilingüe que crea en los dos espacios idiomáticos.
   Su obra forja pasadizos comunes entre ambas lenguas en un proceso creativo sometido a continua revisión, según queda constancia en El primer frío (Visor, 2004). La compilación recorre tres décadas, de 1975 a 1995, y contiene una severa poda selectiva. El prólogo recuerda que la voluntad de hacer poemas despierta en plena juventud en Tenerife, donde la familia se instalado en 1954, por asuntos laborales, inaugurando una etapa enriquecedora cuyas instantáneas serán rememoradas con frecuencia. Ya en Barcelona, se matricula en la Escuela Superior de Arquitectura pero el deseo de un destino literario es tan intenso que abandona las aulas para incorporarse a un trabajo editorial. Sin embargo, no se cumplen las inquietudes y vuelve a la universidad para concluir la carrera de Arquitectura, en la especialidad de Cálculo de Estructuras.
  Su formación científica arropa el planteamiento mental con que se acerca al material poemático: “Pienso que no es una coincidencia baladí que el Cálculo trate de lograr la máxima resistencia y estabilidad con el mínimo de materiales (en general acero y hormigón)  y que la poesía trate de decir el máximo con el mínimo de palabras: al igual que las matemáticas son las más exactas de las ciencias, la poesía es la más exacta de las letras”.
  El trayecto arranca en Crónica (1975), libro en castellano del que se recuperan varias composiciones reescritas y la etapa en esa lengua queda prácticamente abolida. Cinco años después, el autor regresa a la poesía utilizando el idioma vernáculo. Firma una decena de títulos y cosecha abundantes premios que lo convierten en protagonista relevante. También este segundo tramo ha sufrido un reajuste severo; del mismo se incluyen treinta y seis poemas bajo la denominación Restos de aquel naufragio. Será el poemario Luz de lluvia el que inaugure la etapa en la que el poeta reconoce plenamente la voz y en la que se integrarán Edad roja, Los motivos del lobo y Aguafuertes. El aserto “El primer frío” tiene como sustrato semántico el diálogo abierto entre camino existencial y escritura, eje orbital del ideario estético. El poema debe modelar un refugio para el protagonista verbal.
  En Llegas tarde a tu tiempo (Visor, 2010) se integra la cosecha escrita entre 1999 y 2002 que agrupa los libros Estación de Francia y Joana, un periodo donde se vislumbra una estricta concordancia entre el yo existencial y el sujeto poético: la palabra da fe de lo vivido; se utiliza el pasado como sustrato temático para que afloren los indicios de una realidad vital. El cúmulo de experiencias da paso a una meditación en la que predomina el sentimiento elegíaco y la certeza de una temporalidad ineludible que condiciona las distancias entre lo subjetivo y la otredad.
    La escritura cimenta un conjunto de obsesiones expandido mediante variables; el poema recurre a la clarividencia del matiz. En esta cercana exposición de la intimidad hay unos cuantos personajes referenciales. Cada uno cumple una función emancipadora del aporte sentimental del yo poético. Raquel – o Mariona- es la culminación de lo amoroso, el erotismo y la plenitud de una convivencia que no está libre de erosiones y envejecimientos, pero que ha proporcionado al yo un asidero, un puerto franco frente a la intemperie. Joana – la hija minusválida- es, en su fragilidad y en su condición vulnerable, el detonante de un aprendizaje que no concluye, ni siquiera con su desaparición; connota el fondo de invierno del dolor, el rostro de una belleza profunda y desconocida y la cercana presencia de la muerte. Tío Luis participó en la batalla del Ebro y tuvo un comportamiento heroico salvando a uno de sus compañeros; en la amarilla grisura de la posguerra es la figura donde lo ideal encuentra sitio, cuando el proceso de resignación y la renuncia a cualquier utopía parecen haber desvanecido la posibilidad de una causa. Tío Luis, por tanto, es la ética que se resiste a claudicar
   Con insólita fertilidad, los poemarios se suceden: Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, No estaba lejos, no era difícil, Se pierde la señal, Amar es dónde, Misteriosamente feliz y Un asombroso invierno. Las entregas imbrican contenidos en los que la introspección se hace constante básica. Se recorren estratos indagatorios en lo vivencial, las travesías de la memoria y las sombras de espacios interiores como el vacío, la pérdida, el derrumbe y el cansancio. Además, siempre hay geografías afectivas para la música, el mar, los viajes, o la ciudad, como elementos conceptuales repletos de simbolismo.
   Desde una lucidez que objetiva la emoción, se busca en cada verso una expresión precisa, alejada del hermetismo, que se decanta por lo coloquial y propende a lo narrativo con una cuidada secuencia rítmica en la que no hay cambios bruscos. La poesía de Joan Margarit articula una identidad moldeada en el devenir que busca su razón de ser en el poema. Aquí el arte no es distinto que la vida. En cada palabra está la huella del hombre, la búsqueda de su permanencia sobre la finitud y la ceniza.


                                                           JOSÉ LUIS MORANTE

El artículo se publicó el 27 de diciembre de 2019 en
Los Diablos Azules, suplemento de Infolibre.es


  




miércoles, 22 de abril de 2020

HÉTÉRONOMES / HETERÓNOMOS (Traducción al francés de MIGUEL ÁNGEL REAL)

Desdoblamientos
Fotografías PEXELS

HÉTÉRONOMES

Par José Luis Morante

Traduction par Miguel Ángel Real


En moi cohabitent, voués
à une immense routine sédentaire,
le moi qui pense et l'autre, mon apparence.
Un pacte, qu'ils avaient signé des yeux,
les oblige
à se respirer l'un l'autre dans une certaine tolérance,
et tous les deux ont été exemptés
ne serait-ce que de mentionner
quelle fut la dernière cause
que leur a donnée la vie.

Chacun a déjà son enclave exacte :
le moi qui pense
habite, jour et nuit,
l'intimité de ces quatre murs.
Il ressemble à un enfant qui aurait oublié de grandir,
et pour cette raison
il nage dans la mer d'une sage ignorance.
(« C'est peut-être l'hiver...
c'est une raison suffisante pour expliquer le cosmos »)
Et il balbutie. Il rit.
Il se perd dans les miroirs. Il gesticule.
Il collectionne les souvenirs comme si c'étaient des coquillages
que l'oubli a enterrés.

Parfois il pleure et il porte le pull gris
de la mélancolie ;
il prend alors une feuille
où un sentiment commence son galop
et il devient prisonnier d'une tristesse tenace,
jusqu'à ce que son regard se perde
et qu'il découvre, fatigué,
que dehors la pluie tombe
et que son profil est mouillé
par des gouttes légères de mon nuage.

Mon apparence
est sans cesse dans la rue.
Vous la connaissez tous
car elle partage avec vous tous ce pain et ce sel
que la vie apporte sous le bras ;
les doses quotidiennes
d'angoisse existentielle, de travail et de bruit.
Je trébuche avec elle
un après-midi quelconque,
au coin d'une rue,
et après m'être justifié, maladroit,
(« j'ai trouvé la porte ouverte
et je m'ennuyais... »)
j'en prends congé, joyeux, et je pars ensuite
-la démarche lente, les mains ensevelies
dans les larges poches de mon jean-
voir, tout simplement, le monde avec mes yeux.


 HETERÓNOMOS
  
Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.


                     (De Rotonda con estatuas, 1990) 



martes, 21 de abril de 2020

JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ MUÑOZ. HASTA QUE NADA QUEDE

Hasta que nada quede
(Poesía reunida 1978-2019)
José Antonio Martínez Muñoz
Prólogo de León Molina
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2019


LETRAS, VIDA Y UN POCO DE JAZZ


   No hay que sembrar mucho optimismo para entender. El espacio reservado a la poesía en la sociedad contemporánea no es mucho mayor que el de la solitaria complicidad de un puñado de amigos. Un intercambio de confidencias  y cervezas en un local semivacío donde suena un poco de jazz. Así lo corroboran las cifras y letras del mercado, el pesimismo cejijunto del sector al completo y el extrañamiento habitual de tantos paseantes de lo cotidiano que solo en caso de necesidad extrema recurren al libro. Por eso valoro más el entusiasmo laboral de editores independientes como Pedro Gascón y Anaís Toboso que, al frente de Chamán Ediciones, continúan apostando por propuestas singulares, sin más horizonte que facilitar la transición entre el discurso poético y el lector, sin más evidencias que ampliar la realidad con nuevos molinos.
   Sale a descubierta Hasta que nada quede (Poesía reunida 1978- 20199) el primer volumen de la producción lírica de José Antonio Martínez Muñoz (Murcia, 1959). Poeta y periodista de amplio recorrido radiofónico, comienza a escribir poesía en las postrimerías de los años setenta, cuando la algarada culturalista se iba sosegando y tomaba cuerpo, al comienzo de la década siguiente, un abanico de bifurcaciones estéticas que dejarían en primer plano el ideario figurativo. De este modo, el trayecto creador de José Antonio Martínez Muñoz se forja en cuatro décadas de escritura con notables transiciones estéticas. Pero la obra recogida en Hasta que nada quede (Poesía reunida 1978-2019) ratifica una buscada marginalidad. Solo escucha los parámetros de la propia voz y no los cantos grupales, entonados por los coros al uso. Se vislumbra el quehacer de una renovación lingüística que opta por una modulación subversiva y singular, inmersa en una búsqueda individual. Así lo ratifica el autor del prólogo, el poeta, antólogo y aforista León Molina, quien despoja al extenso legado recogido de coyunturas y modas. Desde la cálida evocación de una juventud cómplice, el introito rescata la fotografía epocal de un joven de verbo apasionado y conversación curtida con la tradición, que hace del periodismo puerta laboral, como si buscase entender los engranajes de una actualidad aleatoria y compleja. Conocer al hombre es también conocer al poeta sin líneas divisorias porque en la diversidad de registros y en el notable despliegue de recursos expresivos está, con plenitud visible, la autenticidad del camino, su recorrido en el tiempo. León Molina remansa el paso del prólogo para completar una intensa indagación en los poemarios, sus características formales, sus temas y sus claves más íntimas que dan a la lectura una ventana de claridad.
  El compendio de libros publicados es grande y por tanto es previsible un entrelazado de navegaciones que varíe las claves iniciales y la intensidad de los componentes afectivos del sujeto verbal. Se constatan también los evidentes retornos a los temas básicos y ese continuo moldeado formal que conjuga y condensa diferenciados espacios expresivos. Paisajes y amaneceres varían con el tiempo y se requiere no insertar el libro en un momento histórico concreto o en una etiqueta reduccionista. El volumen Hasta que nada quede es esencialmente la historia de un proceso. Desde el primer paso, el escritor aleja convenciones y se acerca al poema con una fuerte libertad formal. El trabajo en prosa, tan proclive a la enunciación descriptiva, incorpora préstamos de fuentes diversas como la canción, la poesía, el legado artístico o los destellos fragmentados de la realidad que la memoria guarda, como señales transitorias. Hay también un claro afán trasgresor en derivaciones ortográficas como los signos de puntuación, o en la inclusión en el poema de tachaduras espesas. La negra tinta oculta el rumor solapado de los versos fallidos o simbolizan esa mano de olvido, o convierte al poema en un molde inacabado que nunca acaba de conseguir su verdadero sentido.
  Pero los poemarios no tienen una formulación poética uniforma. En cada libro cambia el rumor cadencioso del lenguaje, la música callada del verso, o el hilo argumental que en ocasiones se acerca hasta el realismo desnudo de la prosa. Se oye el discurrir celebratorio de una canción y se busca un desarrollo unitario y prolongado como sucede en el poema río de “Nocturno para saxo”, una composición amorosa de fuerte intensidad sentimental.
   El discurso autobiográfico de Uno recuerda la presencia del yo desdoblado como habitante fértil del poema; vida y escritura se entrelazan para hilvanar vasos comunicantes del tránsito personal. La vida entonces hace balance y muestra ese inventario repleto de pequeñas derrotas, como si la ceniza y el vacío ya mantuviesen en los labios la respuesta final. También algunos poemas de La lluvia en el cristal refrendan esa condición de fragilidad en el devenir, como precisa con laconismo extremo este aforismo lírico: “Era un hombre común que escribía solo al morirse un poco”. En este poemario, de extenso desarrollo, hay también abundantes composiciones con grandes afinidades con el microrrelato, como si evidenciaran los límites cambiantes del poema siempre dispuesto a convertirse en un apunte autobiográfico o en una tesela ficcional.
  Suena fuerte el matiz semántico del aserto El hombre atardecido como si resaltara el retorno existencial a la Ítaca del vacío. Con fuerte apoyatura cultural, ese recorrido del sujeto Ulises o Nadie percibe su condición de náufrago y ese manso crepitar del tiempo cuando se hace ceniza. Denso se escucha el gotear del tiempo, el respirar cansado de la noche. Esa atardecida crepuscular de la conciencia que acepta la idea de que no hay regreso y ya florece la rosa de la nada. esta sensibilidad conclusiva cubre los versos de El viento de la Gehena. El ser para la muerte es destino implícito en el transitorio caminar del sujeto. El vacío se cumple: “Sé que he de morir: / ya no es preciso el invierno”. El peso de la tradición, como senda abierta que hace posible la apertura del propio camino, justifica la crecida de préstamos y citas. También la reactualización de voces del canon, que llegan hasta el taller del poeta para aflorar con nueva formulación. Hacen posible esta técnica constructiva los nombres de Lao-Tsé, Homero, Elliot, Emily Dikinson… Como si sus palabras arbitraran esa funcionalidad específica de formularse en el ahora.
  El libro inédito hasta la fecha Fragmenta reivindica el experimentalismo y da voz a los signos gráficos como elementos significativos que acercan esta mirada del poeta a la poesía visual y a la importancia verbal de lo omitido. Esta escritura elíptica  parece desgajarse del curso general de Hasta que nada quede y adquiere una notable autonomía expresiva. Asimismo, es amanecida la escritura de Oscurana, tan heterogénea en su concepción y tan plural en la suma de indagaciones reflexivas sobre la identidad, la naturaleza y la condición del figurante lírico. Otros fragmentos resaltan por tu disposición versal y sus aperturas formales, siempre bucles abiertos para la incitación especulativa. Se añade como epílogo el poema “Sofoclea” y un amplio apunte de incidencias biobibliográficas que trazan los andenes en el tiempo de la producción publicada.
   José Antonio Martínez Muñoz no es un poeta conformista. Mantiene una verticalidad expresiva inquietante. Le gusta practicar el funambulismo verbal. Ha leído mucho.Y en sus versos se percibe con frecuencia el contraluz de la biblioteca. Su palabra sobre palabra no es confesionalismo ni autobiografía, pero en el verbo es epidermis la erosión personal de lo vivido. En sus libros no hay anclajes tribales sino ruta propia, fraguada en el tiempo. Su poesía evidencia la fragmentación del sujeto y su deambular enajenado. Una voz a solas que no solo es señal de lo vivido sino indagación profunda en la propia esencia del ser.