MAREA ALTA
La propuesta literaria de Marina Casado (Madrid, 1989), profesora de
Lengua Castellana y Literatura en un instituto público madrileño, Licenciada en
Periodismo y Doctora en Literatura Española, conforma una inquietud creadora en
mutación constante. El taller aglutina, con sosegada convivencia, poesía,
narrativa, artículos de prensa, ensayo y crítica. Son puntos de horizonte que establecen un amplio
campo de conocimiento al explorar las posibilidades objetivas del lenguaje.
Su nuevo trabajo,
El Mar que Nadie Mira, reconocido con el 46
Premio Literario Kutxa Fundazioa de Poesía en castellano, reproduce en su
hermosa cubierta un fragmento de un cuadro de Edvard Munch, de quien son
también algunas ilustraciones interiores, y muestra en el título un elemento de
amplia fuerza simbólica: el mar, siempre dispuesto a la percepción del hablante
lírico por su trascendida dimensión espiritual.
Organizado en cuatro apartados, la primera parte, titulada con expresiva
contundencia “El mar“, compila dieciséis composiciones, precedidas de una
dedicatoria con emotivo epitelio sentimental: “A Fran, faro en la tormenta”, y
de citas sensitivas de Rafael Alberti, Francisco Brines y María Victoria
Atencia, que conectan entre sí porque hacen del vaivén azul de la marea clave
argumental.
Quienes hayan disfrutado de la poesía de Marina Casado, desde su etapa
auroral, recordarán que sus textos despliegan una sensibilidad confidencial, una
voz elegíaca, que hace del fluir temporal un vértice continuo de reflexión
por su condición transitoria. La poeta retorna en
Un Mar que Mira a
percibir la existencia como una forma de enfrentarse a un tiempo escurridizo y
cambiante, donde la escritura es lo que queda cuando desaparecen las vivencias.
En esa caligrafía el sujeto percibe la vulnerable identidad y el carácter
paródico de la realidad descubierta: “Mi historia es diminuta como un mundo. /
En un instante descubrí / la hermosura y la muerte / dormidas sobre aquellas
flores blancas.”.
Los versos tienden al despojamiento para profundizar en la contemplación reflexiva y
preservar un espacio interno marcado por el sueño y la idealización. Quien
viaja por dentro cuida a resguardo un mundo propio de cristal, un territorio de
asombro en el que sobreviven verdad y belleza. El cuerpo aspira a reconocerse
en lo ideal, por más que marquen el territorio de lo cotidiano los límites de la
memoria, los materiales de una evocación hecha de secuencias discontinuas. La luz
encendida del recuerdo reconcentra el pensamiento; pero deja también pétalos de
sombra, la inexistencia y la pérdida, como afirman los versos de “Un mar que
nadie mira”: “La noche se ha despertado. / Imágenes sin nombre / dentro de la
memoria, / mimetizan la luz / de todo cuanto amaba; / a hurtadillas, defienden
/ la persistencia inútil del recuerdo”.
En el avance
lector se impone la melancolía. Marca lo vivido como un jardín que se fue
despojando hasta convertirse en un albergue lejano: “Otros sabrán de mí, porque
me pierdo”. Cobra fuerza la figura del padre que impulsa la escritura de
composiciones como “Vacas”, donde el asombro infantil es compartido con el lógico escepticismo paterno ante lo mágico. También “la muerte” habla de una ausencia
que trasmite dolor y orfandad, esa escarcha invernal de quien no entiende el
frío de estar solo. Convulsionado por la ausencia, el registro evocativo se
hace meditación y nostalgia.
La segunda parte del libro, “Escondites” dispone como entrada una cita
de Ida Vitale: “Quedar sola, gritando como un árbol”. La cercanía del paisaje suma
al periplo biográfico los reflejos de la pupila indagatoria. Los poemas describen
con minuciosa insistencia los lugares de paso del pretérito, esos espacios que
marcaron senda a la evocación. Las palabras del poema reconocen la fuerza
introspectiva de otros días, como si volver los ojos permitiera recuperar el
legado de luces y sombras del patrimonio sentimental.
“Escondites” se cierra con tres poemas que nacen de referentes
culturales: “Jim Morrison contempla
El jardín de las delicias”, el poema
“Edfu”, inspirado en el templo egipcio construido en la ribera del Nilo, y
“Thot”, también dictado por la escenografía histórica egipcia.
En el tercer tramo, “Los que duermen”, el afán del poema siembra
certezas sobre nuestra condición temporal y transitoria. Dos sueños nos
habitan: la finitud y el lenguaje que explica y da sentido. Los sedimentos
vividos conforman los estratos del insomnio. Sus dibujos gastados habitan la
sombra, ponen andamios a la melancolía y dejan en el pensamiento una noche
enquistada.
Desde
la voz intimista de Pedro Salinas, abre su voz el apartado “Certeza”. El amor
despliega su terapia y se hace amanecida. Es mano tendida que sostiene también
en el derrumbe. Con un fondo de música, la calidez retorna, se hace fuego y
temblor, latido solidario: “Nosotros solo poseemos el amor / y una paciencia demasiado frágil /
para multiplicar los pájaros. / y conseguir que un día / este piso tan blanco,
tan ajeno, / pueda llamarse
hogar”.
El
poema “Génesis doméstico” es una hermosa evocación del comienzo. En la epifanía
del amor, ya convertido en presencia fuerte, está todo por hacer. Poco a poco
se pulen desniveles y sombras, se va amueblando el salón vacío de la soledad y
se hace de las voces del corazón un anclaje que busca la calidez del mito, las mejores
historias de amores y de amantes, capaces de dar lumbre al círculo polar.
Entre la evocación y la elegía,
Un Mar que Nadie Mira marca el
discurrir de una emotiva biografía sentimental. Evoca las huellas paradójicas
del existir, entre la pérdida y el comienzo, entre la fugacidad y esa pulsión
de golondrina en vuelo que llamamos amor.