(Fotografía de César Cabañero)
Zona de no fumadores
Tenía una belleza subyugante,
uno de esos perfiles cincelados
que indulta la memoria largo tiempo
para que nuestro insomnio rememore
difusas citas con su perfección.
Con un timbre sutil, tentacular,
relató expectativas laborales
de un novio paranoico -pero fiel-
y suspiró elogiando en la parada
la grata y comprensiva compañía.
Después la glosolalia del silencio.
Oprimido por una tos antigua,
seguí con ojos tristes su misterio.
Fui el contable que en horas de servicio
resuelve los balances calculando
la soledad que cabe en un vagón.
(Mapa de ruta, pág. 90)
miércoles, 29 de junio de 2011
domingo, 26 de junio de 2011
ANTONIO RIVERO TARAVILLO. MAR TRANQUILO
Lejos
Antonio Rivero Taravillo
La Isla de Siltolá, Sevilla, 2011
Los legados anglosajón e irlandés cuentan con una amplia cartografía de títulos preceptivos; han gestado una tradición dual, vigilante y renovada que incluye a figuras capitales como Shakespeare, W.B. Yeats y John Keats. Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) siente el inglés como una lengua propia por su quehacer como traductor, con versiones al castellano de la lírica completa del citado W. Shakespeare y de la poesía reunida de Yeats. Por su traslación de Keats recibió el Premio Andaluz de Traducción.
Las facetas de traductor y poeta se refuerzan mutuamente. El conocimiento en versión original de las estrategias expresivas impregna de forma natural el pulso creador y dota a sus versos de un tono clásico, de un decir sosegado, conciso y erudito, con abundantes destellos culturales y con tramas argumentales escritas “al modo de”, casi siempre centradas en la realidad cotidiana.
Un tema predominante de los poemas iniciales de Lejos es la meditación sentimental sobre la textura afectiva de un yo biográfico, sensible a las contingencias del presente. El amor fue especulación onírica, un espacio vivencial íntimo que modeló los itinerarios del sujeto; pero el devenir gestó claroscuros, líneas de separación, borrascas y desencuentros que, con distante ironía, se resumen en el poema “Lo común”: “¡Teníamos tantas cosas en común! / Cómo velábamos nuestros secretos: / que fuiste hetaira de Roma en otra vida, / que me pasaron por las armas cuando huía / la tarde que cayó mi monasterio.” Se impone la actitud evocativa, el regreso al pasado para desanudar lo que fuimos: “ Huyen los años, mudan los afectos / y todo se concilia con la muerte, / pero ella queda, luz de permanencia, / olvidada jamás, nunca tan viva “.
Este semblante del yo vivido se completa con las certidumbres que concede la escritura. Acerca de la entidad del ser literario el poema “La única realidad” suscribe: “Esa felicidad que piensas tuya / añade ingenuidad a tus encantos. / Estás en estos versos que te nombran: / no existe más alcoba que esta página.” También refiere el estatuto personal del autor como peculiar máscara que propaga sentimientos escénicos; un cúmulo de signos, letras y tinta que oculta más literatura que materia vivencial.
En la organización de la segunda parte encontramos una mayor variedad de motivos y una frecuente toma de referentes culturales como detonantes poemáticos. Sobresale entre sus composiciones una magnífica variación del gigante egoísta, ahora convertido en terco solitario: “Aun entre su estrépito importuno, / alcanzo a comprender que su alegría / es parte de este ruido, de mi insomnio, / de mi gesto de turbio desagrado. / Nunca conocerán que entre sus risas / acecha mi sombría vigilancia. / No les reprendo. Dejo que se impongan / su edad, el corazón, la vida, el alma. “
Hace unos años, el nobel irlandés Seamus Heaney seleccionó y prologó una extensa antología de W. B. Yeats y perfiló el camino estético de su compatriota con dos sustantivos: dominio y orden. Son términos cuya semántica podría aplicarse con fortuna, excluidas las circunstancias del contexto personal, al ideario de Antonio Rivero Taravillo. Lejos es una compilación de poemas breves con fugaces escenas que invitan a compartir la tendida emoción de un mar tranquilo.
viernes, 24 de junio de 2011
FUNCIONARIO POETA
( José Luis Morante en la buhardilla.
Fotografía de Delia Vaquero)
Funcionario poeta
Nadie sabe lo de su doble vida,
ni el mismo Superman, con quien comparte,
en salidas de urgencia,
síntomas de un catarro, el relente nocturno
y atrevidos escorzos de mujeres soñando.
Ningún salario habrá que gratifique,
languideciendo el mes, tanto desvelo
por meter en cintura una sinécdoque,
domar un adjetivo,
subrayar el acento de una esdrújula.
Resignado al filo amenazante de un reloj,
acero de oficina, de ocho en punto,
él se siente elegido, predispuesto
al martirio feliz de otro poema.
Fotografía de Delia Vaquero)
Funcionario poeta
Nadie sabe lo de su doble vida,
ni el mismo Superman, con quien comparte,
en salidas de urgencia,
síntomas de un catarro, el relente nocturno
y atrevidos escorzos de mujeres soñando.
Ningún salario habrá que gratifique,
languideciendo el mes, tanto desvelo
por meter en cintura una sinécdoque,
domar un adjetivo,
subrayar el acento de una esdrújula.
Resignado al filo amenazante de un reloj,
acero de oficina, de ocho en punto,
él se siente elegido, predispuesto
al martirio feliz de otro poema.
miércoles, 22 de junio de 2011
AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO. POESÍA LABORATORIO
Cuando un poeta y crítico “ortodoxo”, como quien suscribe, hace una inmersión en profundidad en el magma teórico de Agustín Fernández Mallo, recogido en el ensayo Postpoesía (Barcelona, Anagrama, 2009), debe observar las siguientes actitudes:
. Leer el libro hasta la última línea, derrotando a la tentación reincidente de no sobrepasar la primera veintena de páginas por manifiestas disonancias físicas, químicas y estéticas. Es un largo monólogo que hace un diagnóstico catastrofista; la historiografía lírica contemporánea se concibe como un negro ataúd, cerrado, hostil, en proceso de descomposición.
. Recordar el acopio ensayístico leído hasta la fecha, donde no fallan las afinidades, y hacer un proceso de fotosíntesis del mismo. La duda es menos duda si halla respuestas.
. Globalizar cultura interactiva, escuchando los grupos musicales de las diferentes fases de mi decurso vital, y acordarme de las letras y del contexto sociológico que describían. Rogar a mis hermanos menores la devolución de los comics sustraídos (o pedirlos en préstamo a Luis Alberto de Cuenca), informarme con las primeras novias de qué películas vimos mientras colisionaban hormonas en la oscuridad de las últimas filas. Sondear la colección completa de Cuadernos para el diálogo, para ver si el futuro ya estaba previsto con tan mala cara.
. Acordarme de que los códigos realistas y experienciales, aunque no tengan carne de píxel, ni están agotados ni son spam depositados en la bandeja de entrada de las antologías y suplementos literarios.
. Aceptar que Postpoesía es un compendio de argumentos. Las hipótesis nacen, se reproducen y mueren; no son criterios de validez universal. Los poetas laboratorios manejan las palabras con pinzas desinfectadas, pero eso no prueba que el experimentalismo dé frutos superiores a la poesía convencional.
. A cierta edad (los próximos son 55) no sienta bien al colesterol de la rutina el nomadismo estético y hay que conformarse con ser un belicoso propagandista de la normalidad.
. Volver mañana mismo a la lectura compulsiva de poetas ortodoxos. Sobre mi mesa esperan turno libros de Paco Díaz de Castro, Antonio Rivero Taravillo, José María Álvarez, las últimas ediciones en Letras Hispánicas de Luis Rosales y Manuel Padorno y el complemento vitamínico de la buena prosa (Javier Marías y J. M. Coetzee) que abordaré con el gusto de siempre, aunque no sean poetas y narradores postpoéticos. Aunque sean sólo poetas, o sólo narradores.
domingo, 19 de junio de 2011
JUAN DE YEPES
Juan de Yepes
Las purgas arbitrarias del Calzado
me sumergen aquí, cárcel extraña,
áspero techo bajo de zaguán,
cisterna que sepulta mi alegría,
asedio de tapiales toledanos.
Vierte la madrugada su misterio
y abruma una vigilia de ojos grises.
A tientas me visitan los recuerdos;
tornan desperdigadas, vulnerables,
imágenes de infancia y juventud:
la planicie otoñal de Fontiveros
en el sofoco de las rastrojeras;
el cardo, mancillando los majuelos;
el silbo del pastor en la vaguada...
Cobertizos de adobes y bardales
forman los arrabales de Medina;
en su insignificancia sobreviven.
Hubo lluvias y panes de cebada,
amanecidas de tenaz ayuno
y polvaredas sobre el pedregal.
No olvidaré tampoco a los maestros;
enseñanzas a la luz del candil
de Cicerón, Virgilio y Tito Livio
bajo la docta voz de Bonifacio.
Vagué escindido en la ciudad del hombre,
al margen de confictos y disputas.
Acíbar en las aulas salmantinas,
ternura en Sebastián y Garcilaso
y en el magno Cantar de los Cantares.
Otra vez en Medina. Grato encuentro,
Teresa de Cepeda, mujer libre,
rapto de fortaleza, compromiso
de fe, curtido temple reformista
que desplegó las alas del Carmelo.
Teresa de Jesús, ¡vasta memoria!
¡Qué plenitud de dones inborrables!
Morosa nieve matutina
abrazando los yermos de Duruelo,
austera reclusión originaria
que generó los frutos de Mancera...
Porque bajo el techado más sombrío
el pensamiento se conforma libre,
siento el mínimo roce de unos versos.
cada noche se afirman sin desmayo,
como si los forjara la impaciencia.
En su maduración hallo consuelo:
Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
Aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
Qué bien sé yo do tiene su manida,
Aunque es de noche...
La soledad multiplica mis rostros,
las indelebles huellas del pasado.
Pongo término a más ensoñaciones
que sugieren gravosa vanidad.
Se congrega el azul es la aspillera.
El nuevo día me dará quietud.
Si no encuentra sosiego mi cansancio
que desoiga mi voz la llamada del limo,
que la oración me ciña transparencia
y tome posesión de los sentidos.
(Mapa de ruta, pág. 86-88)
jueves, 16 de junio de 2011
ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN
Clandestinidad
Antonio Jiménez Millán
Visor, Madrid, 2010
XIII Premio de poesía Generación del 27
El panorama cultural de Granada en el tardofranquismo sirve de trasfondo a los inicios de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954). Su sendero creador está ligado a un realismo comunicativo y experiencial que amalgama intimidad y reflejos colectivos. Así se percibe en La mirada infiel, en cuyo prólogo Francisco Javier Díaz de Castro señala: “ Se configuran, así, en los primeros libros, los ámbitos básicos de toda la obra posterior de Jiménez Millán: la sobria reflexión sobre la escritura que va modulando la vigilancia del poeta sobre su retórica (…), la ciudad como ámbito conflictivo del deseo y del tedio; las calles crepusculares, en las que la soledad se enfrenta a viejas presencias sentimentales…”
El sustantivo clandestinidad tiene una manifiesta connotación histórica. Fue una voz clave en los años setenta, cuando la ausencia de un régimen de libertades y la persistente dictadura fomentaron una meritoria participación juvenil en la sombra, en los ángulos muertos del discurrir cotidiano. Publicaciones, encuentros, convocatorias, panfletos y octavillas salían de la nada para romper el cerco. De este territorio semántico emana una palabra en la que el autor profundiza para reflexionar sus lazos con la conciencia.
La memoria guarda el eco de aquella encrucijada; el sujeto lírico tenía identidad de “clandestino”, un oficio incómodo, enlazado con ocupaciones invisibles y confrontadas con un destino impuesto: “A veces se pregunta/ si de verdad deciden otros, / si todo se limita a luchas callejeras sin sentido, / reuniones clandestinas y discursos / al margen de la realidad, / si han ardido los sueños / como las hojas secas que alguien quema / junto a los muros de una casería, / si es el miedo que impone sus redes inasibles…”
El contexto temporal no se ha borrado; los años de juventud preservan un acervo sensorial que habita en imágenes y objetos, que retorna en libros epocales como Demian, el bildungsroman de Herman Hesse, cuya trama fue modelo de aprendizaje que bipolarizaba el bien y el mal, lo diáfano y lo tenebroso, la incertidumbre frente a la elección; o en las intensas lecturas posteriores de Henry Miller, una bocanada de erotismo anarcoide.
Huir era adentrarse en la palabra; la evasión permitía ser invisible, instalarse en otra dimensión, emprender un tránsito hacia posibles utopías. El lenguaje pierde su carácter neutral para convertirse en una herramienta crítica y transformadora, una de las premisas derivadas de la poesía social
Clandestinidad incorpora poemas narrativos, ceñidos a lo contingente que recuerdan los atentados del 11 de mayo de 2004 en Madrid, alguna estampa de la ciudad sitiada en plena guerra civil o el bombardeo de la Casa de la Moneda en Chile; episodios de una historia amarga, visiones encontradas de vencedores y vencidos.
De aquel tiempo de cantautores y trencas, de curas obreros y facherío universitario persiste una mitología de nombres propios y rostros en la sombra. El vocabulario convoca arrugas y contradicciones, muestra una piel ajada que vuelve a revivir en todo su esplendor en los poemas de Jiménez Millán. Sobre otras consideraciones, Clandestinidad es la retrospectiva de un tiempo de esperanza, en el ocaso final de Franco y en el arranque de la Transición. Los poemas recuerdan que el pasado convive a nuestro lado y que es tarea común preservarlo, para que no se vacíe de sentido, para que nunca sea un camino de soledad y silencio.
martes, 14 de junio de 2011
LOS QUE NO ESTÁN
(fotografía de Javier Cabañero)
Los que no están...
Los que no están, se quitan la camisa blanca de las obligaciones y la tienden sobre la rama seca de cualquier excusa.
Los que no están, vacían sus bolsillos con gesto desolado para sacar la lista abrumadora de lo que necesitan.
Los que no están, convierten en patrimonios envidiables las más escasas pertenencias ajenas.
Los que no están, elogian en privado lo que callan en público, porque su quehacer es el cinismo y la negación de la coherencia.
Los que no están, escriben sus palabras de aliento y desaliento con la caligrafía del iceberg.
Los que no están, nos miran desde lejos para que nuestra estatura disminuya.
Los que no están, dejan en mi memoria –gotas de sangre seca- el daño que causaron, para que nunca olvide que tengo que borrar la senda de regreso.
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