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Las amantes boreales Irene Gracia Ediciones Siruela Colección Nuevos Tiempos Madrid, 2018 |
MAREAS INTERIORES
La producción creativa de Irene Gracia (Madrid, 1956), quien cursó su
formación artística de pintura y escultura en la Facultad de Bellas Artes de
Barcelona, es un diálogo continuo entre obra pictórica y narrativa. No son territorios
insulares, sino facetas o exploraciones de un mismo mundo singular. En él se
condensan algunas variantes características: la presencia de lo fantástico
y el onirismo, la indagación en un romanticismo intimista, la diversidad
formal, los estratos líricos y un fuerte sentido de la extrañeza adherido a lo
cotidiano.
El
sólido conjunto ficcional agrupa las entregas Fiebre para siempre (Premio Ojo Crítico, 1994), Hijas de la noche en llamas (1999), Mordake o la condición infame (2001), El coleccionista de almas perdidas
(finalista Premio de Novela Fundación J. M. Lara 2006), El beso del ángel (2011) y El
alma de las cosas (2014). Es también autora de relatos, publicados en
prensa y en compilaciones antológicas.
Su novela Las amantes boreales tiene
como venero argumental la íntima amistad entre Roxana y Fedora, dos jóvenes
bailarinas de clase alta, en la Rusia zarista de San Petersburgo, casi en el
umbral de la revolución bolchevique. Su relación determina la disonante expulsión
de la Escuela Imperial de Danza y, por acuerdo familiar, su reclusión en el
lejano internado de Palastnovo, ubicado en una remota isla del lago Ladoga.
Irene Gracia intercala las voces de ambas protagonistas en el trayecto
accional y emplea distintas estrategias expresivas. Al tono enunciativo y
directo de las memorias de Roxana, que cuentan el rechazo familiar y las
circunstancias del azaroso viaje a su nuevo destino, donde vivirán un tiempo colectivo de aprendizaje
social y sentimental, sucede la crónica introspectiva de Fedora y su diario,
cuajado de fuerza poética y simbolismo. Desde esa alternancia de voces se va
completando un mapa de actitudes y personajes que definen la vida diaria dentro
de la Escuela de Danza y Mundología de Valaam. Si la directora, la señora
Novgorov es una estricta mujer de severa disciplina, inclinada al
adoctrinamiento continuo, todo el centro es una inmersión en lo tétrico por el
forzado alojamiento del entorno habitual de las jóvenes y por la soledad
ambiental, por más que el entorno sea un lugar de altanera belleza natural.
Pero ambas jóvenes no están dispuestas a acatar que otros escriban su
destino personal, ni que sus movimientos más nimios sean objeto de observación
y espionaje. Las largas horas de soledad propician evocaciones y recuerdos. No
es difícil alojar en la memoria las imágenes familiares, el nacimiento de su
amistad o las vivencias compartidas en la Escuela Imperial de danza. La adaptación
al medio es una forma de pulir la singularidad personal. Fedora y Roxana lo
saben y, pese a los evidentes progresos en las distintas disciplinas,
mantienen vivo un espíritu soñador,
capaz de dar vida a sus aspiraciones y a sueños visionarios y ambiciosos. Esa
lucha frente a la vara correctora de la realidad, va gestando una intimidad
hermética que escondes secretos personales y mutaciones de
ánimo. Los pliegues de aquellos parajes trastornan los sentidos y
propician una euforia entusiasta. Funcionan como un organismo vivo y misterioso
que, poco a poco, va descubriendo a las jóvenes sus peculiares incógnitas.
Para Roxana, vivir en la isla “era como habitar el ojo de un huracán
polifónico. Se esfumaba tu identidad, olvidabas tu nombre y te convertías en un
odre lleno de ruido y furia”. La existencia de Fedora se trastoca con
la misteriosa cercanía nocturna del hombre sombra. El desconocido abre la
batalla del deseo en el cuerpo de la joven, con sus apariciones y encuentros, que
provocan un insondable fuego interior y un largo recorrido hasta la perversión.
La conciencia de las muchachas lucha por encontrar un poco de claridad.
Presta especial atención a los extraños pobladores del lugar: los personajes
del internado, la niña asilvestrada, el alquimista, la vidente y la variopinta
gama de presencias que escribe con sus actitudes todas las variantes del
desconcierto y la oscuridad interior.
La peculiar mirada percibe el claro ostracismo que
sufren a diario. No forman parte del grupo. Están, pero mantienen un solitario
exilio marginal, hasta que la desconcertante ausencia de Fedora rompe el
gregarismo rutinario de Palastnovo y convierte la soledad de Roxana en una telaraña
envolvente. Ahora Valaam adquiere una sombría apariencia carcelaria. Sus
vísceras albergan laberintos, donde se citan todos los miedos. No
queda más remedio que sobrevivir a su intemperie y recorrer pasillos y
corredores en busca de alguna pista. Así logra contactar de nuevo con Fedora y
vincularse a la realidad paralela que habita la isla, un espacio vacío sin
fondo, amasado con sombras.
Los días de amistad han perdido el suelo firme. Se hacen pasos sobre el
suelo roto. Si Fedora habita un hueco en el tiempo creado por su
encierro y por el sometimiento al sadismo y la droga, Roxana protagoniza otra
caída a los infiernos, acusada de un crimen, devuelta a San Petersburgo y
arrastrada por los acontecimientos de 1917. La realidad se trastoca. Nada queda de aquellos días de música, belleza y felicidad. Sólo la
conciencia de la pérdida, el salto a la nada y la desesperación, la oquedad del abismo.
Pero el discurrir recobra caminos de regreso, formas extrañas de
sobrevivir. Fedora y Roxana completan la azarosa biografía bajo los
ojos tristes del pasado. Es presencia constante e incendia la quietud para recordar que en cada identidad dormita un abismo subterráneo, el abrazo aterido del vacío.