martes, 31 de enero de 2017

AFORISMOS SIN HÉROES

Ventisca
Fotografía de
José Manuel Vilaboa Bernárdez

AFORISMOS SIN HÉROES 

A menudo la vida carece de sentido, es abstracta y compleja. La literatura no.

Considera cada libro como un ejercicio de aprendizaje.

Todo escritor soporta el previsible anclaje de la lectura.

La realidad tiene signos secretos.

Bajo la gota fría, el trazado del sendero se diluyó. Ventisca. Rumbo incierto.

Me gustan las noches de doble fondo, en las que caben vigilia y sueño.

Esa manía de la memoria de revisar apuntes atrasados.

Siempre que concluyo un libro, firmo con la escritura discreta del aprendizaje.

La verdad no es un área reservada para soledades ariscas.

Cuando avanzo hacia ti te desvaneces.

Consumo la relación incierta del autista y su temporada en el invierno.

Un porte sólido. De fantasma.

Cuando tenía veinte años, Jaime Gil de Biedma no era un poeta cualquiera. Era el poeta.

La biblioteca, ese amplio gremio de deudas contraídas.

Conspiración entre sustantivos comunes, verbos fríos y adjetivos ecuánimes.

Nombres propios que ya no recuerdo; el final de una biografía deja sitio para mucho olvido.



                                                                   (Del libro Mejores días, Mérida, 2009)


lunes, 30 de enero de 2017

PAISAJE MATINAL

Dehesa del Boyar
(Montejo de la Sierra, Madrid, 2015)

DEFENSA DE UN PAISAJE

Las formas y las luces de los atardeceres,
el silencio y las calles que velan lo escondido,
las esquinas proclives al paso solitario,
el sueño que esgrimimos como razón de ser
­­(Los sueños que moldean cambiantes espejismos),
la humedad de las manos, la decepción anónima,
la rosa que lacera
y la gota de sangre,
la inercia de mirar el vuelo de los pájaros,
aquello que perdura cuando cierro los ojos,
los hechos trasmutados en memoria,
las manos que no piden nada a cambio.
la casa, el pan y el verso que me busca.

                                     El pacto de vivir.
El tiempo que repuebla la ceniza.

                                                   (Inédito)


sábado, 28 de enero de 2017

Con PILAR GÓMEZ BEDATE

Pilar Gómez Bedate
(Madrid, 27 de enero de 2017)

Con PILAR GÓMEZ BEDATE

   Aún recuerdo cuando conocí a Pilar Gómez Bedate, Doctora en Filosofía y Letras, traductora, crítica de Arte y pareja sentimental del poeta Ángel Crespo. Fue en 1990, en una mesa redonda sobre la generación del medio siglo organizada por Círculo de Lectores en Madrid. Tras el regreso definitivo de Ángel Crespo a España, se multiplicó la presencia del escritor, traductor de Dante, Pessoa y Petrarca, crítico y editor de revistas literarias en el clima intelectual de la década. Sí, fue en 1990, yo dirigía la revista Luna Llena y buscaba entrevistas y colaboraciones. Al final del acto hubo un cordial intercambio de saludos y direcciones con Fanny Rubio, César Antonio Molina y otros escritores. 
   Después he seguido con interés el trabajo incansable de Pilar como ponente en congresos y jornadas, y editora de libros imprescindibles entre los que sobresale la edición del corpus poético completo de Ángel Crespo en colaboración con Antonio Piedra, magnífica edición en tres tomos impulsada por la Fundación Jorge Guillén, o los aportes bibliográficos sobre el aforismo, los poemas en prosa, y las colaboraciones en revistas como Ínsula, Turia y Campo de Agramante.
   Hoy me abre su casa y me pone a resguardo de la lluvia y del frío del invierno en Madrid. La profesora me dedica con generosidad su tiempo matinal. Hablamos de su experiencia docente, como Catedrática de Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico y de su Cátedra de Literatura Española en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, o en la Pompeu Fabra de Barcelona,   de los enlaces creadores de Ángel Crespo con los autores vanguardistas de posguerra, o de la reivindicación de pertenencia al medio siglo de autores desvinculados de la Escuela de Barcelona,  con un sólido bagaje creador como Carlos Edmundo de Ory, Juan Eduardo Cirlot, Antonio Gamoneda o Carlos de la Rica, el poeta editor que tanto gusta a Pilar Goméz Bedate. También, de la eclosión del aforismo como género renacido, y del papel de autores jóvenes como Jordi Doce o José Luis Gómez Toré para dar luz y actualidad al legado de Ángel Crespo.
  En la despedida, Pilar Gómez Bedate me regala libros y revistas. Yo recupero el paraguas y retorno a Rivas con la convicción de que el encuentro tiene voluntad de perdurar, como tienen las cosas que buscan suelo firme en la memoria, para permanecer en primer plano, entre los afectos vivos que sostienen nuestra identidad.


viernes, 27 de enero de 2017

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. CIUDADES

Ciudades  (Antología 1980-2015)
Antonio Jiménez Millán
prólogo de
Luis García Montero
Renacimiento, Sevilla, 2016 

RINCONES Y CIUDADES


   En las palabras previas de Luis García Montero se percibe la visión certera de quien ha compartido amplios tramos del recorrido existencial y los parámetros del ideario estético. De este modo, el prólogo adquiere el aire de veracidad de quien se ubica  en la memoria, en ese punto de equilibrio que entrelazan amistad y poesía, sensibilidad literaria y sabiduría crítica. Es la mejor estrategia para adentrarse en la intensidad lírica de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954), catedrático de Lenguas Románicas en la Universidad, que deja en Ciudades un selecto muestrario de su andadura lírica.
   La vocación poética arranca a mediados de los años setenta y, aunque sea en clave de narración anecdótica, creo necesario recordar dos demarcaciones que escenifican la perspectiva. Es el tiempo histórico de las postrimerías del franquismo. El dictador agoniza y la sociedad se debatía entre el asentimiento continuista y la actitud crítica y contestaría para salir del túnel de la dictadura. Era también el vuelo libre del esteticismo novísimo y la superficialidad evasiva. En ese contexto se despliega el primer ciclo, formado por tres títulos: Predestinados para sabios (1976), Último recurso (1977) y Poemas del desempleo, que se publicó en 1985 pero que contiene poemas escritos en los momentos iniciales de la Transición. La escritura absorbe la luz de la calle, ese claroscuro entre el desasosiego y la esperanza de otra amanecida. Lejos del creador ensimismado, Antonio Jiménez Millán se integra en “Colectivo 77”, núcleo contestatario que da pie a la antología La poesía más transparente, donde se expresa con verbo plural el rechazo hacia la mansedumbre domesticada de la cultura oficial.
   Esta etapa con inquietudes estéticas afines al realismo social y al compromiso político encuentra lugar en La mirada infiel, una antología que abarca desde 1975 a 1985; la selección se reedita en el cierre de siglo ampliada con nuevas entregas y con algunos inéditos. En cambio, Ciudades elige como paso inicial Restos de niebla donde la inquietud por lo colectivo es sustituida por el intimismo confesional y por la percepción del paisaje urbano como espacio anímico.
   Ventanas sobre el bosque, editado en Visor en 1987, tras conseguir el IV Premio Rey Juan Carlos de Poesía,  es uno de los títulos cimeros del escritor. El él cristaliza la voz de la conciencia y su lucha tenaz contra el olvido. En los poemas retornan los gastados fragmentos que se quedan a solas en el espejo fiel de la memoria. Como si fuese un escueto inventario que se evoca con lucidez extraña, las imágenes perduran y confirman las mutaciones del sujeto, ese perfil distinto que comparten soledad y costumbre.
  Con un título que recuerda el relato de Cortázar, Casa invadida comienza la andadura de los años noventa, ese tiempo de plena exaltación de la etiqueta “poesía de la experiencia”. A esa sensibilidad figurativa se adscribe la voz verbal que llega con trazo firme y comunicativo. Los argumentos difunden mínimos relatos por los que se mueven personajes deambulando en una cronología enigmática, como esas presencias calladas que pueblan los lienzos neorrealistas de Hooper. Todo parece aguantar el cansancio de una tregua a punto de romperse. En este libro se integran algunos poemas en prosa, una forma muy poco utilizada por el autor.
   Casa invadida difunde una poesía evocativa en la que los versos se hacen vigilantes testigos del discurrir; su entorno deja la puerta franca a la luz desorientada, a esa claridad de sueño y frío que se posa sobre las cosas. En ellas se refleja el acontecer cansado de lo temporal antes de disolverse en la grisura. Alguna evocación adquiere el signo de lo personal, como si la conciencia del protagonista textual buscase recuperar significativas vivencias marcadas en los muros del recuerdo. Así sucede con el poema “EL Otro laberinto (J.L.B.)” donde se recrea una visita de admiración a la casa de Jorge Luis Borges, compartida con Luis García Montero, en la que se hace un retrato repleto de humanidad del maestro argentino; lejos del púlpito de lo solemne, quien escucha sus palabras no es un mito viviente; es un hombre común de mirada vacía que va dejando en sus palabras ironía y el discreto cansancio de quien recorre el mapa irregular de la existencia.
  De este poemario es bueno recalcar la preocupación formal sostenida para introducir en sus poemas variantes estróficas como el soneto, en “Cantor de jazz”, el poema en prosa, en la serie dedicada a pintones contemporáneos,  o el uso de la rima en “Les beaux quartiers”.
   Agrupa Inventario del desorden  una etapa finisecular de casi una década. Esa percepción de un cierre de siglo y de sus mutaciones que exige replanteamientos existenciales es la característica más relevante del conjunto; es tiempo de hacer inventario, de hacer recuento de pérdidas. El libro se abre con una composición excelente, “Dominio de la herrumbre” un largo poema que a través del monólogo dramático rastrea la educación sentimental y la figura paterna a través de esos gestos que funcionan como balizas para el recuerdo: fotografías de la posguerra, los recuerdos comunes de libros que abrieron la geografía del sueño como “El maravilloso viaje de Nils Holgersson, (1906), la fantasía narrativa de Selma Lagerlöf. El poema en su avance recuerda a magisterios como Jaime Gil de Biedma y su forma de afrontar el trasvase generacional y las mutaciones ideológicas.
  Otro poema relevante, “Calma aparente” se editó en su día como cuaderno autónomo con fotografías en blanco y negro de Ignacio del Río. En él se da voz al presente como un tiempo de dudas en que el pasado siempre instala una habitación con vistas.
   En este inventario que siempre busca su peculiar equilibrio entre olvido y memoria la muerte se define como un concepto central. Está en el poema “El día de la muerte de Allen Ginsberg”, cuyo rostro escenifica los trazos generacionales de un tiempo contradictorio en el que fue una de las figuras más notables de la generación beat y la contracultura. Aquel último superviviente en cuyos versos cabía todo el cóctel de la protesta falleció de cáncer el 5 de abril de 1997.  Otro homenaje de gran calado emotivo por su pertenencia al grupo granadino de la Otra sentimentalidad es “Cabo de Gata”, escrito en memoria de Javier Egea, un poeta que hizo de la soledad una compañía de viaje solo borrada por el pueblo en armas del poema. Como el azar y el miedo, la muerte es símbolo tenaz de lo desconocido.
   El último libro recogido en la muestra es Clandestinidad (2004-2010). Retorna la meditación sobre el pasado como raíz fundacional del poema. La voz dicta una crónica cejijunta del franquismo crepuscular. Vuelve a oírse el rumor furtivo de las octavillas y la tinta fresca de las vietnamitas, junto a los estantes de libros que cobijan el despertar a la conciencia de las obras de H. Hesse o los impulsos del deseo a descubierto de Henry Miller. Años donde la memoria esperaba tras la noche cerrada la amanecida de la libertad, como sucede ahora con los refugiados y los africanos que llegan en pateras buscando en Europa un puerto franco.
   Ciudades se cierra con algunos inéditos por lo que el trabajo intelectual de Antonio Jiménez Millán ofrece una panorámica completa, las estampas de vida de un sujeto implicado en descifrar los signos de lo real desde la experiencia y la mirada inteligente, desde  el paso meditado de la memoria.

       

             

jueves, 26 de enero de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS DE LO REAL.

El mar de lo real

EFECTOS SECUNDARIOS

Para los que no ven las cosas claras


   Tenía la realidad tan metida entre ceja y ceja que hubo que extirpársela mediante una compleja operación quirúgica. Todavía se mantienen los efectos secundarios.

(De Cuentos diminutos)





miércoles, 25 de enero de 2017

CON BLAS DE OTERO EN RIVAS-VACIAMADRID

Homenaje a Blas de Otero
(Rivas-Vaciamadrid, 25 de enero, 2017)

 PALABRAS PARA UN CENTENARIO

   "Agradezco la invitación para participar en este coro de homenaje a Blas de Otero, con motivo de su centenario, un centenario dilatado en el tiempo ya que el poeta nació en Bilbao el 15 de marzo de 1916. Añado mi gratitud de forma especial a Francisco Castañón impulsor de esta actividad cultural en la geografía municipal de Rivas-Vaciamadrid, un gesto necesario porque el pasado es el sedimento firme sobre el que camina el ahora.
   Son muchos los escritores invitados; corresponde recordar a Baltasar Gracián y a su aserto más conocido: "lo bueno si breve dos veces bueno"; por tanto, haré caso al jesuita aragonés, cuya estela siguen con tanto aliento los aforistas contemporáneos.
   Hoy mis palabras no buscan la erudición. Reflexionan sobre el ejemplo ético de Blas de Otero y su compromiso para acudir a la llamada de la historia con gesto serio y circunspecto y con una ideología comunista confrontada con el ideario franquista que había diluido la ilusión republicana en una atroz guerra civil que el poeta vive con poco más de veinte años.
  Nacido en una familia acomodada de Bilbao, estudia con los jesuitas, y las circunstancias económicas familiares aconsejan el traslado a Madrid. Poco después fallece su hermano, primero, y después su padre, lo que crea en el joven una profunda inestabilidad psíquica. Cursó una formación universitaria en derecho y Letras.
   Será en los primeros años de la umbría posguerra cuando amanece el cuaderno Cántico espiritual, una composición formalista inspirada en San Juan de La Cruz que tiene mucho de tanteo y de asunción de lecturas clásicas. Es un tiempo de formación y de crisis con internamientos psiquiátricos. Pero la primera voz del poeta no arranca hasta 1950, cuando se publican Ángel fieramente humano y un año después Redoble de conciencia. Son libros que perfilan una sesibilidad que mana del existencialismo religioso de Miguel de Unamuno, del intimismo humanista de Antonio Machado y del dolor colectivo que trasmite Hijos de la ira de Dámaso Alonso, el mundo no es un lugar prístino y auroral sino una babel desquiciada, como vislumbraron magisterios cercanos como César Vallejo y Miguel Hernández.    
   Es la primera etapa de un periplo creador que se ha dado en llamar poesía desarraigada – en el que vislumbramos otros compañeros de viaje como Gabriel Celaya o José Hierro- para contraponer su verso al conformismo anquilosado del garcilasismo, a ese plano de alzada de la asepsia que busca el trino especular de un mundo sin mácula.
    Los sonetos de Blas de Otero, luego reunidos en Ancia quebrantan el ajuste formal para convertirse en portavoces de un sentimiento agónico. Son el grito de soledad de quien se encuentra solo y no sabe cuál es el itinerario en el que marcar los nuevos pasos.
  Tras una breve estancia en Barcelona, viaja a París, donde se acerca al activismo de escritores exiliados tras la guerra civil y al PCE clandestino que fortalecerá su compromiso ideológico. El poeta poco a poco, pese a un carácter solitario poco proclive al gregarismo, se relaciona con la nueva promoción de autores que dará voz a la generación del 50, tras el homenaje a Antonio Machado en Colliure. Todos comparten ideario social; la poesía no es un techo escapista para protegerse de lo real sino una apelación insistente a caminar con la inmensa mayoría, un lema confrontado al pensamiento de Juan Ramón Jiménez y su elitismo poético de la inmensa minoría.
   Sus ediciones chocan con la censura y salen en Francia, Argentina o Cuba, donde comparte convivencia con su primera mujer. Pero el soporte afectivo de su vida fue Sabina de la Cruz a quien conoce en 1971 y con la que compartirá itinerario vital hasta su muerte en 1979. Sabina de la Cruz es columna vertebral en la intrahistoria afectiva de Blas de Otero y una incansable portavoz de su palabra en el tiempo.
   En el recuento de la labor poética se suceden títulos acogidos a los parámetros del socialrealismo: en 1955 amanece Pido la paz y la palabra, que dará pie a un demorado epistolario que aporta las claves compositivas de un libro esencial y que se pueden conocer gracias al trabajo investigador del profesor Julio Neira. Cuatro años después  se edita en París por sus dificultades con la censura En castellano; también en París se imprime la recopilación Esto no es un libro y en 1964 el poemario Que trata de España.
  Más allá del significado político de Blas de Otero como permanente trinchera frente al franquismo, y mucho más extenso que el perímetro cerrado de la poesía social, el vínculo de su corpus poético es perdurable. Su magisterio traspasa los aportes de la promoción del cincuenta y llega hasta el ahora en una larga senda compuesta por teselas conocidas: la otra sentimentalidad, la poesía de la experiencia, el realismo figurativo…
  Seguimos en deuda con su poesía. Cuando entramos en los laberintos creados en las brechas del tiempo y pensamos que no hay salida hay que cerrar los ojos y abrir sus libros para tomar un poco de aliento. Todavía nos quedan la paz y la palabra". 


martes, 24 de enero de 2017

GABRIELA ROSAS: LA PIEL DEL TIEMPO

Gabriela Rosas

GABRIELA ROSAS: LA PIEL DEL TIEMPO


   La poesía solo aspira a establecer un diálogo entre voces que se contemplan en las variaciones tipográficas del libro. Desde hace un tiempo yo suelo conversar con las palabras de Gabriela Rosas, poeta y narradora venezolana que llegó a mi casa desde el rumoroso vacío de internet y que ya forma parte de mi biblioteca personal de afectos. Cada identidad ejercita la atención y se manifiesta a través de unos cuantos datos biográficos que acotan el paréntesis existencial. Gabriela Rosas se formó en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador donde concluyó estudios de educación integral. Desde muy joven busca lugar en la escritura; su quehacer literario consigue un temprano reconocimiento al ganar en 1995 el Primer Premio Nacional de Poesía para Jóvenes Liceístas, otorgado por la Casa de la Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde.
   Era un oportuno refrendo que impulsaba el discurrir lírico formado hasta la fecha por La mudanza (Eclepsidra, 1999),  Agosto interminable (Eclepsidra, 2008), Blandos (Taller Editorial El Pez Soluble, 2013) y Quebrantos (Ediciones del Movimiento, 2015). Son libros que se suceden sin cambios bruscos en el ideario estético. Para Gabriela Rosas “La poesía es mi lugar sin lobos. Es mi plegaria. La sintaxis de la poesía me exige la memoria de lo preciso, de lo cierto. Le hace justicia a mis lecturas y a todo lo que siento, también escribo prosa, cuentos y llevo un diario. Es difícil de explicar, la poesía me tomó por asalto un día, me mostró un paisaje del que me es imposible volver. No fui por ella, insisto en ella, sí, en su misterio y embrujo, como el amante en el cuerpo amado”.
  Su carta de presentación, La mudanza es un poemario cuya textura verbal acoge una palabra libre y viva, que busca en la evocación un registro activo de lo transitorio a través de poemas breves, con sintaxis comunicativa en la que resalta la tonalidad emotiva. Esta ruta expresiva perdura en su segundo paso Agosto interminable, que incorpora nuevos registros temáticos como lo metaliterario y un entorno más descriptivo; pero la veta central de la voz poética de Gabriela Rosas es el amor y su onda expansiva, un halo consistente que celebra el cuerpo y pone tacto al deseo; que es capaz de transformar el carácter sombrío y adusto de  lo cotidiano y dar a la palabra ese clima que adormece al invierno. Blandos enaltece el afán meditativo; los poemas contemplan el deambular de un protagonista verbal que hace de la introspección un largo viaje interior y una constante exigencia de sinceridad.
  El quehacer versal de Gabriela Rosas se reanuda en Quebrantos. En el libro las composiciones despliegan una realidad existencial donde los sentimientos se empeñan en persistir incluso en el desamor y en el derrumbe y adquieren una realidad corporal. Al cabo, en el amor nunca hay quietud porque la poesía aspira a recorrer con azarosa brújula un territorio de pieles y cuerpos. El poema hace de la boca que besa un entorno habitable donde cabe el tiempo remansado, una amanecida en la que suena la lluvia del deseo con la reiteración del viaje circular.
   Más allá de la línea de campo que traza la poesía, en la que siempre afloran como tempranos brotes vitales la sensualidad y el erotismo, Gabriela Rosas, la poeta que tiene “ojos de avellana, larga cabellera y voz dulce”  ha realizado talleres de poesía y narrativa con Santos López, Carmen Verde  y Fedosy Santaella, entre otros. Poemas suyos figuran en las antologías Las voces de la hidra (Miguel Marcotrigiano, Mucuglifo, Mérida, 2002) y El coro de las voces solitarias (Rafael Arráiz Lucca, Eclepsidra, 2003), y en reconocidos medios de Venezuela y otros países, y han sido traducidos al catalán y al italiano. Participó en varias ediciones de la Semana Internacional de la Poesía de Venezuela, en el III Salón Pirelli de Jóvenes Artistas y en la Feria Internacional del Libro de Lima (2011). Son espacios que certifican la contextura poética de Gabriela Rosas y su propuesta de una voz amiga que busca la sedentaria madurez del pensamiento.
  Sus versos hacen brotar un empeño diario contra el encierro del yo para saberse humano, para hacer del lenguaje una semilla que en el surco del tiempo fertiliza.