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Flor de arena (Selección poética) Sara Vanégas Coveña Imágenes de Fernando Espinosa Chauvin Ediciones Línea imaginaria Centro Editorial La Castalia Quito, Ecuador, 2023
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GOTAS DE SOL
El balance Flor de arena permite un plano general de la escritura de Sara
Vanégas Coveña (Cuenca, Ecuador, 1950), muro vertical del espacio lírico
latinoamericano actual. Doctora en Filología Germánica, con intensa formación
humanística y amplio dominio idiomático,
es poeta, ensayista, investigadora, promotora cultural y docente universitaria.
Su cercanía creadora ha generado un fecundo trayecto cuya obertura es
la entrega 90 Poemas, editada en
1980. El quehacer completo abarca más de cuatro décadas, un ancho intervalo cuajado de reconocimientos y con amplia presencia en abundantes antologías.
Eugenia Washima añade a la compilación el prólogo “La música
sumergida en la poesía de Sara Vanégas Coveña", partiendo de una consideración
vertebradora: la estructura poética como “búsqueda incesante de la perfección
formal y la experimentación”. Un propósito que se tiende a alcanzar desde la
desnudez y la intensidad, con mínima cimentación versal, donde se podan lo
anecdótico y la dicción prosaica y predecible. Queda entonces un entramado
simbólico, hecho de concisión y levedad.
Las palabras no describen, sugieren, alimentan la elusión; de este
modo, la bellísima expresión “Flor de arena” reivindica el espacio
onírico de lo intangible. Una floración inexplicable y enquistada en lo etéreo
que contrapone realidad matérica a una dimensión transcendente e imaginaria, asentada en la contemplación interior.
La
propuesta poética comienza con el libro PoeMAR
(2000), un conjunto de textos que convierte el paisaje líquido en una
analogía desplegada de plenitud y belleza. La indagación se hace hondura
fundacional y transcendente; adquiere una dimensión reveladora, como si nos
mostrara horizontes imaginarios, sin coordenadas. Cada poema cultiva la dimensión
minimalista de un pensamiento, una grieta de belleza condensada.
Junto al mar como referente básico del
sustrato argumental, emerge una meditación sobre la finitud y la condición
crepuscular de la existencia. Con amplia vía metafórica se perfilan estados
como la soledad, el vacío, la ausencia, la muerte, el olvido o la falta de
asideros sentimentales que aboca en el desamparo.
La
muestra poética del siguiente libro Más
allá del agua, aparecido en 1998, aporta interrogaciones en torno al
destino y la condición de ser. El hablante lírico deambula por un cambiante
marco de representación, convertido en terco receptor de sombras. Captura sensaciones y
esperanzas, silencios y voces que caen en el musgo frío de los
significados: “las palabras: inútiles huesecillos de pez en la inmensidad del
oleaje”. Especial mención merece el poema “La espera”, a nuestro juicio una de
las mejores composiciones de la antología. Los versos dibujan la soledad como
un lugar incierto, ubicado en la tensión. La intimidad busca senda
para el encuentro común, pero la voluntad camina a destiempo y nunca es posible
el abrazo; el amor se hace cruce de caminos e intersección de sombras, y el
encuentro del yo consigo mismo es también un tanteo en la grisura neutra del
espejo.
Aunque con mínimo aporte textual, también
está incluido Versos trashumantes-La flor
de arena (2014). En la escritura persiste el enunciado fragmentario y la
cadencia sálmica y pausada que propicia una atmósfera de evocación, ajena a
escenarios concretos, como instantáneas de paisajes perdidos que
recuerdan al desierto por su mutismo y soledad. Se percibe una clara sensación
de continuidad en De la muerte y otros amores
(2014). Persisten los itinerarios por ciudades de bruma y siglos, por
geografías imposibles, como esas arquitecturas metafísicas y deshabitadas del
pintor italiano Giorgio de Chirico, siempre alzadas con extrañas perspectivas.
Al
andar (2000) esboza sendas que hacen del tiempo un caminar de sombras
buscando espacios y posibilidades. Solo la ausencia expande su rumor
inadvertido, como si la condición del ser hilvanara paradójicos recorridos que
solo es posible habitar en duermevela, en ese tránsito que esbozan juntos la
vigilia y el sueño. El pensamiento echa al vuelo imágenes que parecen
fragmentos de espejismos habitados. Pero también de espacios físicos que
generan una nítida afinidad expresiva como la blancura de saurio de los
Pirineos o la arquitectura histórica de Andalucía, siempre proclive a la mirada
honda del discurrir temporal y al rescate de sus rincones más emblemáticos.
Los poemas finales pertenecen a la entrega Entrelíneas (1987) y sus versos insisten
en generar esas ilusiones que cuestionan la realidad. Nace así una belleza
intangible, dispuesta al lenguaje de la percepción que conforma reflejos de lo
que somos. De igual modo, Indicios (1988)
enhebra composiciones deshuesadas al máximo, líneas que suturan el caminar del
pensamiento como si apenas abriera la boca para dejar conciencia de un estar
deshabitado. Con la precisa eficacia del aforismo cada poema parece reducido a
un mínimo sentido. En Música de agua (2017)
se acentúa el eco dialogal del poema; la palabra se hace meditación y
cercanía, parpadeos de vida y de nostalgia. Las palabras callan la voz para oír
lo inadvertido, un silencio que es símbolo del fluir y crece desde dentro. Crea
un manto denso que se desplaza y cubre todo.
Flor
de arena suma a la poesía contenida las imágenes
fotográficas de Fernando Espinosa Chauvin, cuyo trabajo visual, se ha expuesto
en más de una docena de países, impulsando publicaciones y exposiciones siempre
atentas a la experimentación visual y al desarrollo de nuevas técnicas fotográficas.
La personalidad creadora de Sara Vanégas Coveña aspira a lo trascendente desde el verso lacónico. Lejos de lo anecdótico, la senda lírica se hace paradigma de concisión. Invita al silencio y elige la brevedad como estrategia cognitiva. Aventa formas expresivas que buscan su propia metafísica del silencio, ese
lugar aleatorio y subjetivo, solo entrevisto por la callada conciencia del sujeto.
JOSÉ LUIS MORANTE