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| Madrid, junio, 2014 Fotografía de Irene Morante |
A quien camina solo
Una vez más regreso a la ciudad de siempre,
descifro con premura
un largo itinerario de recuerdos,
mientras sube, con ardor renovado,
la hiedra de otros días
desde un lejano sueño hasta la boca.
Pero nada es igual, aunque contemple ileso
el dócil deterioro
de antiguos edificios maquillados de tiempo.
No logro adivinar qué signos, que paredes,
ocultan las hogueras del pasado;
no hay rastros inmutables, no hay indicios
de una felicidad remota en la memoria.
Cuánta mano vacía, cuánta ausencia;
quedaría conforme siquiera vislumbrando
una imprevista huella, algún reflejo.
Se reiteran mis pasos por calles desoladas,
mi soledad se enquista en noche,
suena el reloj de un campanario.
Aburrido neón de pupila naranja
vierte sobre mi busca un guiño cómplice.
Una difusa luz precede al día.
La llegada del alba desvanece
una ciudad cuyo enclave es olvido.
Población activa, Gijón (1994)

