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domingo, 26 de enero de 2025

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN. DESPEDIDA

Antonio Jiménez Millán
(Granada, 1954-2025)

 

SOL PONIENTE

 
Biología, historia
Antonio Jiménez Millán
Visor Poesía, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018
 
  Por su capacidad sugeridora, qué atinado parece el aserto Biología, historia que el poeta y profesor universitario Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) utiliza para reunir los poemas más recientes. El logrado título aglutina espacios cognitivos complementarios: la biología es la ciencia que estudia los seres vivos, los procesos vitales y su evolución en el tiempo; en cambio, la historia alude al conjunto de acontecimientos vividos como individuo y colectividad. Ambas disciplinas, en última instancia, constituyen una mirada al sujeto en el tiempo y un desvelamiento del periodo histórico en el que se gesta su identidad.
  El poeta deja en el pórtico del libro otros referentes culturales de interés: la dedicatoria a Luis García Montero, director de la colección Palabra de Honor, amigo con quien ha recorrido un completo itinerario repleto de complicidad estética, y estudioso que ha firmado reflexiones críticas del máximo interés sobre el quehacer creador, como el prólogo “Antonio Jiménez Millán: la conciencia y el tiempo”, que sirve de umbral a Ciudades (Antología 1980-2015). También son balizas necesarias los dos aportes paratextuales: la conocidísima cita de Fernando Pessoa que alude al poeta como fingidor, y el párrafo de James Joyce, extraído de Retrato del artista adolescente. No son gestos gratuitos sino indicios que subrayan una sensibilidad que conexiona el carácter autobiográfico de la escritura y el continuo aporte de la experiencia vital.
   La lírica de Antonio Jiménez Millán elige el recuerdo para recuperar elementos enunciativos. La infancia se muestra como trazado de sentido único. En su gestación, la voz verbal convierte a la memoria en refugio. En ella, amanece renovado y repleto de matices colaterales el intimismo. El sentimiento se empeña en clarificar códigos cifrados, como si las partituras del escaparate de una tienda de música contuviesen esa felicidad introspectiva que da sentido a lo temporal. La evocación recorre la ciudad, Granada, dibujo arquetípico que alza su laberinto urbano repleto de experiencias en el entorno de lo real y hace posible la mirada amable y esperanzada del yo en otro tiempo. Desde esa indagación, el sujeto se contempla a sí mismo como una ficción que se perfila a través de unas pocas imágenes. Recordar es alzar un territorio erosionado que trae consigo el tacto y la memoria del pretérito.
   Ya hemos comentado que buena parte de la voz lírica de Antonio Jiménez Millán tiene como sustrato territorial la evocación. El pasado se aquieta, no se distancia y construye un discurso de permanencia que comparte intersecciones con el presente. A veces trasporta al litoral de la melancolía, cuyo patrimonio es un trasfondo de imágenes que tiene la textura de lo emotivo. En el poema “Doce de septiembre” el yo personaje celebra su cumpleaños. Sesenta velas. Alrededor rozan la piel los desajustes de la realidad, como un lastre que cuarteara la esperanza y que subraya la situación de fugacidad, la ineludible cita con la nada. Desde ese estado de aceptación del ser transitorio nacen otras composiciones que confirman el fragmentario cauce de la conciencia y el empeño del lenguaje de dar luz a las disoluciones. Al cabo, el recuerdo contiene lejanos espejismos que ya no están al alcance, que parecen traviesas resistentes, a flote, bajo la tibia luz de un sol poniente.
   Una cita de Oscar Wilde recuerda que el nombre que solemos dar a los errores cometidos en el oficio de vivir se llama experiencia. Y es diáfana esa mirada a contingencias personales que aguantan en el discurrir, con una piel ajada, adusta y seca. En el apartado “Disolución” vuelven a formularse los pasos en el tiempo de magisterios hechos de incertidumbre y piel ausente. El afán colectivo es un legado en el que se cuestionan grandes conceptos, proclives a componer una épica falsa. Es el caso de la guerra civil y de aquellos interminables bombardeos que propiciaron muertes y exilios, hoy tan lejanos que apenas pueden despertar interés en las aulas de alumnos que consultan el móvil o tienen recorridos personales en los que no caben las páginas de la historia. El dolor y el frío de la posguerra se transforman en indiferencia. Todo se apaga y traza su negación sin ruido, su asiento en los rincones de la memoria como una estela mínima destinada a borrarse.
   El tramo final es una reflexión sobre la pérdida. Contiene también una mirada crítica a esas ideologías totalitarias que han erosionado la convivencia hasta convertir al otro en un enemigo. Bajo el dictado del fundamentalismo se ha creado una historia a la medida, una trinchera entre nosotros y ellos, que llena las calles de patriotas, himnos y banderas: “Muy pronto descreí de las banderas / y me alejé de aquellos / que imponían su idioma a los demás / en nombre de  espejismos imperiales / y de siniestras águilas fascistas. / Pero también  me fueron muy ajenas / las leyendas del pueblo y de la tierra, / la búsqueda de los orígenes, de la pureza intacta”.
 Aunque en los diferentes apartados los argumentos son autónomos y van jalonando tramos de asuntos, todos coinciden en buscar las ventanas de la memoria a partir de una sensibilidad que atiende a los pautados movimientos del pensar, la voz se torna elegía, compromiso con la coherencia cívica y homenaje con magisterios que han puesto los cimientos de la propia pared creadora. En ese aprendizaje nace la gratitud a Jaime Gil de Biedma,  Franz Kafka, Miguel Hernández o Antonio Machado…
   El escritor incorpora a su poblado itinerario creador la prosa poética en la sección “Carnets”. Nos deja composiciones que sustentan una notable veta reflexiva sobre la música como voz callada que pone fondo al silencio, o sobre el resentimiento, una muesca en el ánimo que tanto clarifica el complejo entramado de causas y efectos de los prestigios literarios. Vivir es andar a tientas, sumar imágenes que después se resguardan en el viejo cajón de la memoria como carnets que exigen fotos nuevas; deja sitio a abandonos y encuentros; toma el pulso a sueños vanos que nunca se cumplieron.
   El vértigo del tiempo y sus vibraciones sísmicas impulsan los poemas de “Rehabilitación”. Los pasos de la edad conllevan síntomas y terapias, guardan en los espejos un ser desconocido cuyos trazos muestran debilidad y torpeza; un ser otro que registra en sus pulsaciones el desajuste de la enfermedad. Es esa biología indeclinable que toma sitio en lo diario con descarada impunidad, que lentamente acaba erosionando las esquinas del cuerpo o convierte el dolor en alevosa rutina.
   Las etiquetas críticas establecen líneas de demarcación; exploran los momentos escriturales en el transcurrir. La voz poética de Antonio Jiménez Millán nació ligada a “La Otra sentimentalidad” y más tarde a la “poesía de la experiencia” para desembocar en un intimismo reflexivo y realista. Sus versos piensan y leen históricamente el patrimonio de un sujeto anclado en la intrahistoria. Son pautas de un ideario que clarificó con solvencia el profesor y ensayista Juan Carlos Rodríguez, a quien se dedica la composición final. El poema entrelaza afecto y filosofía vital, gratitud y voluntad de seguir, sin hacer mucho caso a las leyes del tiempo, buscando caminar, ligero de equipaje, un paso más allá.

JOSÉ LUIS MORANTE



 
                                                                                       

martes, 17 de mayo de 2022

LUIS ALBERTO DE CUENCA. DESPUÉS DEL PARAÍSO

Después del paraíso
Luis Alberto de Cuenca
Visor, Poesía
Colección Palabra de Honor
Madrid, 2021


LA PIEDRA DEL MOLINO


    La fuerza intelectual de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), desplegada en géneros y libros con sostenida cadencia, convierte su presencia literaria en admirable clave de profundo calado. Cada salida renueva la razón poética de una trayectoria, plena de raíces humanistas, que mantiene su apuesta por alumbrar una voz clara y comunicativa, asentada en el suelo clásico de la tradición, capaz de articular una existencia, emocionante e íntegra, y transformarla en poesía. El resultado es un largo recorrido jalonado de hitos como La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), Cuaderno de vacaciones, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2014 y el extenso volumen Bloc de otoño, que reúne ciento veintitrés poemas escritos entre 2013 y 2017.
  Con fertilidad inagotable, Luis Alberto de Cuenca recoge en Después del paraíso la tarea poética realizada entre 2018 y 2021, distribuida en cinco epígrafes. Sirve de umbral una clarificadora nota autoral, cuyo contexto tiene vínculos estrechos con el tiempo de pandemia y el discurrir de estos dos últimos años de mascarillas y ensimismamiento. El paraíso, aquel lugar angélico y auroral, ya es solo un espejismo de la memoria cultural. El escenario se ha diluido en el tiempo. Ahora caminamos por trochas con nítidos meandros de luces y sombras, en la que impera el silencio de la incertidumbre. En esa noche oscura la poesía ha nacido como consecuencia directa de nuestro destierro para recordarnos que hubo un tiempo sin mácula, una albada de felicidad frente a los meandros de lo contingente, a esos “pánicos de lo cotidiano” que constituyen el áspero argumento del ahora.
   La dedicatoria del libro refuerza el sentido de la evocación, quehacer propicio para recuperar esa casa encendida que preserva el sentimiento: “Para Alicia en su cielo”. Así comienza un poemario cuya primera sección “Costa Smeralda” toma nombre de uno de los enclaves turísticos más celebrados del Mediterráneo, en Cerdeña. El lugar es imagen exacta, perdurable, de un paraíso natural por la belleza de las calas, la arquitectura habitable y el azul turquesa del mar. La plenitud visual cautiva; es capaz de reavivar el deseo y celebrar su pulsión vital, aunque sea de forma precaria.
  En el camino del poema se impone el mapa de la memoria; esa certeza de que vivimos un vadear donde languidecieron la esperanza y el favor de los dioses. Luis Alberto de Cuenca, que ha utilizado la estrofa japonesa con frecuencia, recurre al haiku encadenado para sembrar indicios sobre la naturaleza paradójica del amor, que apareja consigo la abierta hendidura del dolor. El formato subordina la fuerza expresiva del trío versal al contexto global del poema y añade además los efectos sonoros de la rima asonante. Esta exploración de moldes se percibe también en composiciones como “Eneasílabos”, un metro versal escasamente empleado en su poesía, que se ajusta mucho mejor a los alejandrinos y al experimentado endecasílabo; o en el rescate de estrofas cerradas como el soneto, con excelentes logros como “Todo es amor”.
  El otoño vital fortalece el escepticismo y la mirada al pretérito, dibujado con fuerza por el habitual legado culturalista. Se constata en composiciones  como “Teopompo y Filipo” y “Lo vivo y lo pintado”; pero el amor y la ternura conviven con enfoques más reflexivos sin ninguna aspereza, y dejan su magia reubicados en composiciones plenas de intimismo confidencial como “En tu armario ropero”.
  El conjunto “Epigramas amorosos” hace del otro enclave fuerte. Amar es renacer, poner en marcha un fluido cauce onírico, un impulso que va borrando contornos perecederos. Luis Alberto de Cuenca busca el tono celebratorio de la lírica amorosa para festejar la belleza y la plenitud del deseo, aleja la solemnidad y contrapone enunciación e ironía en la mirada intimista, como en “Teorema de Pitágoras”.
  Las secciones “Mientras duermo y otros poemas” y “Suite virgiliana” están marcadas por la variedad de sustratos del encierro pandémico. Lo que diluye cualquier grisura existencial y alienta el orden íntimo es la presencia de la amada, capaz de reverdecer claridades y sueños, pero también la copiosa biblioteca que despliega una cartografía cultural inacabable, junto a la fortaleza de la fe y el resguardo de la confianza en un Dios creador y discreto que alienta y protege con su desvelo a las criaturas. La reflexión etimológica sobre pánico muestra la sabia erudición del poeta y su capacidad para entrelazar el legado del libro con el tempus fugit de una “trastienda mental” teñida por la angustia, el ensimismamiento y los destellos de melancolía, provocados por el ámbito sombrío de la clausura ante el virus.
  En “Suite virgiliana” no se perciben bifurcaciones formales o quiebros en el itinerario. Las composiciones amanecen glosando la edad de oro, y en esa evocación de un tiempo áureo se retrata con trazos limpios el destino de ser, esa tarea que nos humaniza, entre el deseo, el azar, el trabajo y la muerte, que cobra en estos poemas un protagonismo central.
   En los versos de “Hojas sueltas”, la sección final, compila una convivencia heterodoxa de asuntos. Habitan en sus páginas poemas amorosos, donde se ensayan estrofas tradicionales como las coplas de pie quebrado, sonetos, himnos; en suma,  la realidad y el sueño de la infancia, la discreta normalidad de un solitario que toma el pulso a la vida diaria con la belleza perenne de los libros y el calor habitable de las palabras: “De nosotros depende que amanezca / del todo, sin reservas, para siempre, / y que el sol no se ponga,  y que podamos / salir del hoyo y trabajar en paz”.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
Revista Clarín, nº 158, pp 78-79,
Marzo-Abril de 2022



        
 

martes, 2 de julio de 2019

RAQUEL LANSEROS. MATRIA

Matria
Raquel Lanseros
Premio de la Crítica 2018
Editorial Visor
Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018


EPIFANÍAS


  La singular exploración creadora de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) constituye uno de los aportes básicos de la poesía contemporánea. Así se percibe en los frecuentes estudios y antologías que integran su ideario, o en la versión de sus poemas a espacios lingüísticos como el inglés. Y se determina también al publicar su último trabajo, Matria, en la mejor colección del momento, Palabra de Honor, en cuyo catálogo figuran nombres que conforman núcleos referenciales: Ángel González, Luis García Montero, Joan Margarit…, autores  que nunca están lejos del enfoque de la poeta.
  Hace algún tiempo Raquel Lanseros empleó el neologismo Croniria  para dar voz al poemario aparecido en 2009. La palabra aludía al abrazo entre cronos –tiempo- y onirismo –sueño- y revelaba un campo semántico donde deambula una sensibilidad marcada por lo transitorio; era un soplo de fuerza para expandir los límites de una realidad limitada por lo gregario. Ahora reitera el acierto en el empleo de la palabra Matria. El sustantivo anticipa una síntesis conceptual entre madre y patria, dos entidades que postulan la condición del regazo y la fuerte vinculación afectiva. Añade además la contraposición entre el entorno individual familiar y el estar del afán colectivo, una constante en Raquel Lanseros, cuyo intimismo confidencial abraza una perspectiva integradora con los asuntos sociales más relevantes, los que añaden los cuerpos de letra grande a los titulares de prensa.  
  La autora de Matria resguarda en las citas prologales una musicalidad precursora y diversa. Aglutina el espíritu indagatorio de Rosalía de Castro, el aporte matérico del cuerpo de Ingeborg Bachmann, la voluntad de trazar itinerarios explícita en Rosario Castellanos y la conciencia mudable de lo temporal que rastrea Li Qingzhao. Son voces que impregnan la amanecida con tercas preguntas que rompen el rígido esquema de la quietud. De esos nutrientes dubitativos  mana el poema inicial, “La loca más cuerda”. De inmediato, el aserto mantiene un diálogo interno con el dictum teresiano que definía la imaginación como la loca de la casa del yo. Y así lo confirma el devenir intimista. El recorrido por los laberintos singulares de la identidad propicia la convivencia con el delirio y el extravío. Son coordenadas que toman distancia frente al férreo cartabón de lo racional.
   Esa estela en el agua de lo imaginario postula una amanecida. Es una puerta al asombro que suma pasos cielo arriba, con la fuerza de dejar su huella sobre el barro originario, sustrato que aglutina sensaciones y pensamientos, emoción y conocimiento. En el lecho de niebla del conformismo, la epifanía concede una localización precisa a la celebración, a ese momento álgido en el que se manifiesta y se revela el mundo, asociado a la luz : “Y qué gozosamente, con qué brío / uno se da de bruces con el mundo / y antes de comprenderlo ya lo ama”.
  Pero Raquel Lanseros sabe que el yo ensimismado y autosuficiente es un espejismo, una ilusión fraudulenta. Por eso su poesía trasciende el ego reductor para emprender rutas compartidas con lo colectivo. La convivencia es tarea que aglutina el sueño fértil de los que nos precedieron y el sabor nuevo de las identidades que se van sumando, ya sean inmigrantes, mestizos, hermanos o pasos renacidos que secundan, desde el recuerdo y la melancolía, el sitio del origen. Es la suma de sensaciones que moldea el balance, ese paréntesis vital que cierra la biografía.
   Por su deconstrucción, el poema “Europa” adquiere una insólita fuerza expresiva. El ritmo del texto tiene una respiración entrecortada. Disemina las sílabas de forma aleatoria, siembra blancos y parece discurrir a tirones. Ese ensamblaje fragmentario describe una realidad que presenta un equilibrio frágil, porque sus materiales son heterogéneos y amenazan una continua desintegración. El poema testifica un tiempo desnortado. Proliferan las ideologías disgregadoras y los sistemas conceptuales que actúan como virus; la verdad no es un sistema orgánico de dogmas sino un informe conjunto de postulados que sufre una completa desfiguración. La actualidad de Europa es intemperie, un cúmulo feroz de alambre de espino y fronteras cerradas, un Mediterráneo con marejada fuerte. Guarda en su seno el silencio de los ahogados que creyeron en una tierra de promisión; y un rumor de barricadas y trincheras que amenaza con dinamitar la convivencia, envueltos en la bandera del fundamentalismo nacionalista; muros que fomentan la diferencia y la segregación, el odio al otro. 
   No pasa inadvertida la voluntad formal. Aunque el poema en verso libre es molde habitual, se emplea en ocasiones el esquema cerrado del soneto, por ejemplo en “Fuego mutilado” o se recurre al inglés para globalizar la lectura en composiciones que añaden como una nota a pie de página la traslación al castellano. También la rima machadiana de las coplas y su aire popular suena en el poema “Coplas del pensamiento poliédrico” un alegato contra el rigor del dogma y un subrayado del carácter parcial de la verdad.: “Qué gran verdad absoluta / es cada verdad parcial / el joven sueña con aire / y  el viejo con respirar”
   Cuestión básica del afán poético es buscar entre las aguas del verso la razón del poema, el misterio primigenio de las palabras. De nuevo la pregunta “¿Para qué la poesía?” y el afán de subrayar su poso necesario, su búsqueda tenaz de la verdad. Los versos abren capturas invisibles de matices, ahuyentan soledades, muestran la humilde voluntad del instante en el país de las ideas.
   La poética de Raquel Lanseros pone piel a las concepciones objetivas del yo abstracto para hablar de un protagonista verbal varado en medio de la herencia y el ambiente. Los versos se revisten de interioridades y voces solidarias que ponen anclajes sobre una realidad líquida y transitoria, con síntomas de inseguridad crónica. En Matria el andar de la intrahistoria y la extrañeza de la maternidad, los dogmas deshabitados y los dedos inquietos de la búsqueda. Siempre poesía escrita con el afán imperativo de la amanecida.


 (Revista cultural  TURIA nº 131, pgs. 454-456)










domingo, 7 de abril de 2019

RAQUEL LANSEROS. ITINERARIO EN CLAVE POÉTICA

Raquel Lanseros
Fotografía de
Infolibre


RAQUEL LANSEROS EN CLAVE POÉTICA

   Ayer sábado, Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973) fue galardonada con el Premio de la Crítica 2018 por su poemario Matria (Madrid, Visor Libros, Colección Palabra de Honor, 2018). Está en imprenta el nuevo número de la revista Turia, donde comento en profundidad esta salida, y es ahora el momento de abordar su itinerario en clave poética, para que reverbere fuerte ante el lector y aporte luz de mediodía, desplegando registros y sensibilidad.
 Ya es letra de manual que el cambio de siglo acoge una amplia conjunción de idearios. Es un interludio de enlace, donde no se percibe una tendencia central, que fije modas y directrices para mayorías, sino un cruce de caminos. Convive una búsqueda de sitios que se fortalece al paso, con nuevas entregas. Y es en este contexto polifónico, cumplido el primer lustro, cuando amanece la voz poética de Raquel Lanseros.
  La escritora es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de León, ciudad donde discurrió casi toda su infancia y juventud. Un uso idiomático plural ha impulsado sus versiones al castellano, como traductora de Edgar Allan Poe y Gordon E. McNeer. Asimismo, colabora con reseñas y artículos en publicaciones escritas y digitales. Tras un paréntesis laboral en Murcia como Asesora de Formación de Idiomas y Programas europeos, ejerce la docencia en un instituto madrileño de Educación Secundaria y Bachillerato.
  Su libro inaugural, Leyendas del promontorio, editado en 2005, ofrece una mirada lírica proclive a la evocación; con verbo ajustado muestra las sensaciones que convoca  cualquier travesía temporal: espera, soledad, aislamiento y pérdidas. Para conocer la textura interna del hablante verbal, se indaga sobre una existencia que acostumbra a prodigar fragmentos de un pasado con aire de regreso. Nítido el ayer, dibuja trazos que adquieren nuevos cromatismos en los espacios del ahora. La travesía cotidiana asume una tarea artesanal, restauradora, en la que hay sitio para la esperanza, aunque sea costoso superar carencias: “Desnudo, abandonado por su viejo entusiasmo / el hombre es muy pequeño. / Huérfano de sí mismo, reedita sus temores / ubica por tamaños todas sus pretensiones. / Y se convence que, después de todo, / quizás el infinito no merezca la pena / y las uvas ansiadas estén verdes”.   
  Apenas un año después llega a las librerías Diario de un destello, tras conseguir un accésit del Premio Adonais en 2005. Los poemas sondean la relación entre personaje lírico y entorno; en el devenir, ni la luz ni la sombra tienen ubicaciones estables; las dos se conjugan con azarosa cronología y precisan la disposición natural del hablante para dar cuenta de sus incertidumbres, aunque sea a través de mínimas ranuras, de leves claridades incipientes. En el apartado inicial conviven subjetividad e intimismo. En él germina un paisaje emocional donde se constatan las modulaciones del acontecer con una voluntad que trasmite sensaciones de de epifanía, como resalta el poema “Evocación”. La sección central, “Tres antorchas” abre otro registro; en este tramo sobresalen protagonistas que personifican cualidades definitorias y singulares: un derrotado de aquella guerra incivil cobija pasos clandestinos monte arriba, sin amanecida y sin futuro; se hace arquetipo de empeños furtivos arrastrados por el destino. Otra figura central histórica es Doña Juana, paradigma de locura amorosa, que hace del sentimiento un viaje a lo desconocido. Son palabras de homenaje a quienes evitaron que los ideales mudaran en ceniza. El amor toma cuerpo en el último apartado donde la perspectiva idealista es palpable al ubicar los sentimientos en planos cortos. Los versos se tornan cálidos y vitalistas, hechos de acordes que conectan la piel y sus preguntas.
  En Diario de un destello también la indagación busca su espacio en composiciones con sustrato aforístico. El hablante define actitudes: “Aunque he cambiado mucho de color / sigo siendo camaleón / y no rama”. La luz queda a resguardo, para que alumbre limpia cualquier sueño y tenga una claridad afectiva y estival.
   Con su tercer fruto, Los ojos de la niebla, que obtuvo el XXII Premio Unicaja de Poesía, la poeta abre campo al intimismo.  Desde la entrañable dedicatoria inicial a sus padres, verdaderos ojos en la niebla, percibimos el recuerdo vivo de quienes horadaron la senda habitable por la que transitan los días. El monólogo dramático propicia una identidad mudable y una intensa expresión afectiva en la que el sujeto se posiciona frente a la realidad. El prolijo desfile de lo vivido desgaja sensaciones que encuentran sitio entre los pliegues del poema. La existencia depara descubrimientos e incertidumbres, exploración y desengaño, hallazgos y pérdidas. Son los meandros de travesías evocados en los soliloquios de personajes que dan vida a los interlocutores que habitan los poemas.
   En Los ojos de la niebla adquiere un papel relevante la voz femenina frente a sí misma. Esta sensibilidad encuentra cauce en composiciones como “La mujer herida”, cuyos versos comunican respuestas aseverativas frente al desengaño, esa forma de aceptar como un dibujo de la piel la textura de una cicatriz que recuerda un fracaso amoroso. También hallamos pautas emocionales femeninas en otros textos como “La mujer que reza”, “El hombre casado”, o “Una mujer mira un tren alejarse”. Todos comparten versos en los que resuenan los íntimos acordes de la conciencia.
   El poema “Beatriz Orieta. Maestra Nacional” evoca, con la calidez del homenaje, la actualidad de un tiempo colectivo cuya lección ética perdura.
   Croniria arranca su caminar lírico en 2009. El sugerente título –un acierto verbal de la autora- fusiona temporalidad y onirismo. Los poemas acogen referentes culturales para asentar una voz que enfoca una realidad diáfana, hecha de logros pequeños, pero exaltados por la celebración. Cada tránsito postula un paréntesis habitable en el que hay sitio para la alegría, el eros o la libertad de acortar las distancias que separan realidades y sueños: “Nunca le tengas miedo al horizonte / no hay placer más sabroso que el trayecto. / Acepta el pan servido en cualquier parte / disfruta del asilo que te ofrezcan / pero ten preparadas las maletas. / Aprende por tu bien el arte de marcharte / siempre un segundo antes de que te hayan echado.”
   Reconocido con el XIII Premio internacional de poesía Antonio Machado de Baeza en su primera aparición, Croniria se reedita por segunda vez en 2014, con formato bilingüe, siendo responsable de la traducción al inglés el poeta y profesor Gordon E. Mcneer. En su diverso discurrir encuentran acogida estados vitales polarizados; la existencia rompe cualquier monotonía superficial para encajar en el renovado espacio del alba los dedos de los sueños, el lienzo imaginario que engrandece la superficie encogida de lo cotidiano.
  En la estación Las pequeñas espinas son pequeñas, libro ganador del XXIX Premio Jaén de Poesía, se promueve una exaltación vitalista en la que tiene cabida el optimismo. Aquella aseveración de Jorge Guillén de que “el mundo está bien hecho” adquiere en la palabra de Raquel Lanseros una personal formulación. El diálogo convivencial entre sujeto y entorno exige un asentimiento armónico, capaz de superar desajustes y erosiones. Con una estructura meditada, cada sección aborda un avance argumental distinto que arranca con una indagación sobre la identidad. Los poemas centrales hacen del tiempo el sustrato a explorar, mientras que el apartado tercero define una mayor presencia de lo colectivo. “Croquis de la utopía” es un mapa del compromiso con actitudes de solidaridad y entrega, dos miradas ante el espejo de un yo común que en la parte final se convierte en balance vivencial. La palabra no es sino un himno a la claridad.
   La antología Con & versos, una propuesta de poetas andaluces para el siglo XXI coordinada por Antonio Moreno Ayora, permite una mirada amplia a la carpeta de inéditos de la poeta jerezana. En los textos seleccionados crece una poesía comunicativa y emocional que hace del soliloquio compartido una manera de adentrase en las paradojas de lo existencial, en esa amalgama de cosas elementales y etéreas superficies por concretar, de intrahistoria y aceras transitadas en común. El poema “Sigue doliendo España” es un destello limpio de su implicación ética y social.  
   Matria  marca una continuidad que establece vínculos con las claves estudiadas hasta el momento. Consigna esclarecedores aspectos de una poesía ajena a devaneos experimentales, pero tenaz en la modulación de un tono singular que revitaliza sustratos argumentales y estrategias expresivas. Siempre consciente de la machadiana condición de palabra en el tiempo, el verbo escrito de Raquel Lanseros supone una cosecha feraz, que captura reflejos en el río claro de la tradición para reconocerse. También poesía abierta al optimismo y al estar conforme del yo junto a los otros, que hace de la palabra un abrazo, un íntimo diálogo compartido.


lunes, 27 de agosto de 2018

LUIS GARCÍA MONTERO. A PUERTA CERRADA

A puerta cerrada
Luis García Montero
Visor, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2017


MISERIAS DEL PRESENTE

  Mientras Luis García Montero (Granada, 1958) trabajaba en los contenidos de Balada en la muerte de la poesía, donde recurría a la precisión semántica del poema en prosa para abordar la irradiación del verbo poético en una sociedad alienante y pragmática, fueron saliendo al paso los poemas “secos, descarnados e indagatorios” de A puerta cerrada. Escritos entre 2011 y 2017, algunos se adelantaron en la tercera edición ampliada del estudio crítico Ropa de calle (Letras Hispánicas, 2017).
  El título de este poemario, que retorna al verso libre como molde expresivo, connota un conciso sentimiento de soledad y estar retraído, como si el alter ego literario completara el recorrido circular de un exilio interior. Se busca en la  intimidad un estar con los ojos abiertos frente a la intemperie de lo colectivo y las miserias del presente.
  El aserto Huis clos proviene de la obra dramática del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre estrenada en 1944. Su argumento explora la relación interpersonal como confrontación inevitable, abierta al conflicto. La travesía existencial demuestra, sin paliativos, que el infierno son los demás; el hombre es un lobo para el hombre, según señalara el latino Plauto y repitiera siglos después T. Hobbes; el comportamiento pasional, egoísta y utilitario transforma al semejante en un peligro. De este modo, el pesimismo sobre la convivencia cobra un espeso crédito. La relación intersubjetiva no es posible y hay que habituarse a habitar los refugios de la soledad. Solo dentro de cada identidad hay seguridad y autarquía; el otro vela y está ahí, como un enemigo al acecho.
   Con tales cartas entre las manos corresponde al personaje el reto de vivir. Ver si en el ocaso de los desamparos la luz calienta la grisura. Los versos de “Entretiempo” se asoman a un entorno complejo en el que percuten los desajustes. La realidad aflora: es una cartografía repleta de pliegues asimétricos. La conciencia introspectiva lo percibe, como vislumbra la estela leve de su itinerario biográfico dormitando en el pasado. Quedan en el aire las tareas de recomponer y habitar una épica subjetiva que supere cualquier nihilismo o deje sobre la epidermis del escéptico la posibilidad de sentir: “Nada tiene que ver. / Da igual viajar o estarse quieto. / Se trata de sentirse conmovido, / de vivir fatigado”.
   En este empeño por seguir creyendo en el advenimiento de una nueva armonía está la justificada convicción del papel protagonista de la poesía. En su discurso de recepción del Premio Nobel, Eugenio Montale definió la poesía como un producto absolutamente inútil, pero nunca nocivo. En una cultura de masas, efímera y erosiva, tan proclive al megáfono de la estridencia, la voz lírica suele hablar a micro cerrado; su esencia está ligada a la condición humana como expresión de percepciones, sentimientos y sueños; de ahí que en una meteorología abrumada por las inclemencias, los versos adquieran la calidez del mediodía.
   La lectura de “Aparición del lobo” traslada de inmediato al conocidísimo poema de Rubén Darío “Los motivos del lobo”. El poeta nicaragüense, impulsor del modernismo, hizo del animal extraído del folklore narrativo de las fábulas una presencia propicia al devenir reflexivo. Emblema de crueldad, el lobo expone a San Francisco de Asís los argumentos que justifican su actitud belicosa: el duro invierno, el hambre, la crueldad de los cazadores y el espectáculo del mal tan habitual en los asentamientos humanos… Pero también tiende la mano a un coetáneo muy próximo al universo afectivo de Luis García Montero, Joan Margarit. El poeta catalán publicó Els motius del llop en 1993, y el libro se editaría en castellano en la colección lucentina Cuatro estaciones, coordinada por Manuel Lara Cantizani, con un sabio prólogo de Antonio Jiménez Millán que resumía la filosofía de estos poemas: en la madurez se agranda el vacío existencial y el desgaste cotidiano acaba erosionando esperanzas y sueños; de ahí la necesidad de hacer del presente un espacio habitable, una última costa en la que desembarquen los afanes más íntimos.
  Luis García Montero ha reiterado su admiración por el legado creador de Jorge Luis Borges y su incansable magisterio en el tiempo. De una de sus identidades ficcionales, Beatriz Viterbo, se nutre el poema “Mónica Virtanen” en el sugerente marco de Buenos Aires. Es una composición de calado intimista en la que se reflejan los contraluces de la felicidad. El protagonista lírico recuerda al ser amado y hace suya la emoción real de quien retorna a un episodio afectivo que forma parte de un patrimonio sentimental intacto; queda la ausencia, pero también el rescoldo cálido de lo perdurable convertido en impulso poético.
   El presente es un oleaje de crisis y falta de valores, cuyas consecuencias socaban con graves erosiones a la fachada social. Crea en la sensibilidad individual una necesidad de repliegue interior, como urgente medida correctora. Es el retorno al método socrático. El filósofo defendía que la verdad habita en el interior de cada presencia y que hay que percibir su latido desde la introspección y el pensamiento racionalista. Pero este método de investigación descubre pronto que la conciencia también es un marco cambiante y perecedero, un reflejo efectivo de las cualidades ajenas. Por tanto, hay que salir fuera y buscar las causas. Más allá de lo doméstico, de ese vacío informe y subjetivo, se puede avanzar, aunque sea dando traspiés. Existe en el horizonte una tabla de salvación, un espejismo, una geografía promisoria donde se recupera la claridad, donde encuentra refugio “la intimidad del mundo en un poema”.
   De esas tonalidades de esperanzado estar en el ahora se nutren muchos poemas de A puerta cerrada. Aunque en cada conciencia las estampas sentimentales marquen las huellas de la decepción; aunque seamos islas a la deriva, hay que tomar fuerzas contra la corriente y seguir escribiendo la historia cotidiana con la concisa convicción de quien escribe su epitafio.