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martes, 28 de mayo de 2019

UN PASEO EN MADRID CON HILARIO BARRERO

Por la Cava Baja (El Madrid de los Austrias)
Fotografía de
Francisco Caro
(Madrid, mayo, 2018)


INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un gran mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. Se exponen, contenidos en el fondo de la mirada, los ángulos de su relación con el mundo.
  En el trayecto indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante de su personalidad y una pieza singular que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en los diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos. Basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen pasos de retorno y necesidad de buscar el origen.
  En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su propia lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, en el umbral del siglo, cuando el poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite de inmediato a la bellísima música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal, porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes. El análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial que yo comparto: la escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural. En diciembre de 2o17 y en edición no venal el poeta publica en "Cuadernos de Humo" su última estación poética, Blending, término que podría traducirse como fusión o ensamblaje. Los breves poemas muestran afinidades con el fragmento aforístico y en ellos se cobijan el simbolismo del viaje y la persistencia de lo transitorio.   
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el techo comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
  Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúne una muestra de  poemas de las entregas citadas, pero camina con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la autobiografía personal, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde siempre es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. Por ello, los poemas no pueden exiliar evidencias  traumáticas de nuestro tiempo como los atentados el 11 de septiembre de 2001, hito macabro del terrorismo que marca a fuego una relación tormentosa con el horror. Testigo de aquel apocalipsis, sus efectos interiores están en poemas como “Septiembre, 2002”, “Ciclón”, o  “Turistas buscan el World Trade Center”; también el sida como epidemia bíblica dibuja su gris retablo en otros versos. Al cabo, la educación nocturna, ese largo aprendizaje de la decepción es el ensayo de una despedida, la aceptación de que el sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.
  El cauce autobiográfico de los diarios arranca en 2003 con la entrega Las estaciones del día. Es el amanecer de una literatura del yo que va sembrando estaciones con notable regularidad: De amores y temores (2005), Días de Brooklyn ((2007), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013),  Diarios 2012-2013 (2015) y la presente coda, Prospect Park, que circunscribe las anotaciones biográficas de 2014 y 2015. Al repasar la cartografía diarística se percibe de inmediato la reiteración verbal del topónimo Brooklyn. El barrio neoyorkino adquiere entidad propia, se hace síntesis geográfica de lo cotidiano; es nudo vivencial capaz de aglutinar los relieves de la identidad. Como apunta la cita inicial de Prospect Park, extraída del libro La librería ambulante de Christopher Morley, “Brooklyn es la región de los hogares y la felicidad”.
   En esa sabiduría de lo modesto se asienta Prospect Park, un refugio urbano que regala al paseante un sosiego callado que anticipa la escritura. Quienes han seguido los sucesivos andenes del diario hallarán en las páginas de Prospect Park el aire familiar de los estratos, aunque se acrecienta la mirada crepuscular que acaricia las cosas con luz de otoño. Las ausencias de amigos dejan marcas profundas y resulta perturbador el cauce de lo mudable; el propio cuerpo es espejo asomado a una sensibilidad en conflicto, donde la muerte expande su rumor como un pájaro negro y cercano. Casi inadvertida, la vida se va nublando y deja una sensibilidad crepuscular. En ella, “la vejez, como lluvia tenaz y avariciosa, va borrando, con su lengua de trapo nuestras miradas. La casa, antes jubilosa, es ahora una celda donde el silencio es el abad. Se van muriendo los seres que amaste y los que quedan se van haciendo viejos”.
  En los fragmentos autobiográficos de Prospect Park la escritura respira hondo para dar solidez y permanencia al caminar de la memoria, siempre atenta a esos núcleos básicos que son el amor, la existencia cotidiana y la muerte. Es el tiempo de repasar las luces y sombras como materia obligatoria para poner en marcha un nuevo día. La senectud asienta en el pecho la certeza de que se va acercando el final de trayecto. Por eso es prioritario hacer de cada instante un sendero de luz cuando anochece y “No pedir nada más: solo el temblor tibio de tu mano en  la mía y que venga la noche y luego que amanezca. Solo eso”                                                      

                                         
                   (Presentación del diario Prospect Park de Hilario Barrero, 
Casa de Fieras del Retiro, Madrid, 28 de mayo de 2019)



martes, 21 de enero de 2014

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ: ANTOLOGÍA POÉTICA.



LA POESÍA DE JOSÉ LUIS MARTÍNEZ

Camino de ningún final
José Luis Martínez
Edición y prólogo de Vicente Gallego
Renacimiento, Sevilla, 2013

    La recopilación Camino de ningún final lleva un cordialísimo prólogo del poeta Vicente Gallego. El texto introductorio, aunque no sortea el análisis textual ni los comentarios sobre el material poético, evoca un recorrido de afectos e ilusiones; también comenta las duras circunstancias biográficas de José Luis Martínez (Valencia, 1959), claros condicionantes del silencio tenaz de estos últimos años.
   La labor literaria del poeta valenciano arranca en 1986, cuando se edita su entrega auroral Culture Club. El aserto está lleno de connotaciones musicales de los años ochenta; es la época en la que la banda británica Culture Club imponía en los escenarios sonoros de media Europa su estética glam y trasgresora. El poemario era un aviso para navegantes, aunque en Camino de ningún final aquella denominación muda su título por el de una sección de aquel libro: El concepto de autor. En los poemas, escritos entre 1980 y 1986, predomina una escritura incisiva e irónica que, tras un aparente confesionalismo, recurre al ludismo en la recreación de un balance vivencial, despojado de trascendencia. Habitamos una realidad anodina, alzada con materiales humildes.
  El segundo libro, al préstamo de Cortázar añade el nombre de la amada. En Pameos y meopas de Rosa Silla hay un hilo argumental compartido: el sustrato amoroso. El tejido sentimental convierte a quien se ama en destinatario único de la voz. Las palabras conforman un largo soliloquio fragmentado en el que predomina, como sucediera en la primera entrega, la expresión prosaica y el coloquialismo exento de sensiblería; el amor pone los pies sobre el suelo y se rebaja a un murmullo mental desnudo que busca un refugio contra el tiempo.
   Tras casi una década de silencio aparece Abandonadas ocupaciones, tercera salida de José Luis Martínez. Reanuda tarea con un verso más reflexivo y con una mayor amplitud temática. Abundan las fotografías del entorno, de esos elementos delimitados que el discurrir diario deja ante la lucidez de nuestra retina, ya sea un viaje – Estambul-, un perro, un cuarto de baño, o una digresión sobre el propio quehacer escritural, escurridizo y desvaído, con tendencia a ser olvido y ceniza.
   El último tramo poético, el que representan los libros El tiempo de la vida y Florecimiento del daño es el mejor representado en la antología. Es lógico; la escritura se va ajustando al devenir vital y se hace su reflejo; es más fácil el propio reconocimiento en el presente. El tiempo de la vida es un cuaderno de campo sobre lo perdido; en sus poemas habita la elegía, esa voz que recuerda las cosas diluidas en la memoria, que deja en la conciencia la sensación de una vida breve y transitoria. La última salida, Florecimiento del daño, adquiere un tono reflexivo e intimista; sondea la identidad del sujeto a través de la azarosa aportación de esas presencias que nos salen al paso y son capaces de ahuyentar el letargo y ese estado de apatía que se deriva de lo rutinario.
   La poesía de José Luis Martínez se viste en ocasiones con la humilde apariencia de la prosa, deja en el cenicero el humo de las metáforas para definirse como una anotación vivencial, sin afirmaciones trascendentes, sin la egolatría del que se empeña en dibujarse nítido y solemne en las palabras. Versos sobrios para esa línea gris que marca senda hacia ningún final, que buscan la verdad en el fondo de un vaso de cristal.

miércoles, 12 de junio de 2013

JUAN PABLO ZAPATER. REGRESO.

La velocidad del sueño
Juan Pablo Zapater
Renacimiento, Sevilla, 2012
 
 
HUÉSPEDES DE LA MEMORIA 
 
   Tras un largo espacio en blanco, Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958) retorna a la poesía, sin quiebros ni virajes, con el poemario La velocidad del sueño. Resulta obvio pensar que el impulso creador no tiene ritmos fijos y obedece con frecuencia a razones contingentes. No se requieren justificaciones, aunque “La extraviada”, primer poema del libro medita sobre esta cuestión. Concebido como un diálogo intimista, el protagonista lírico enuncia, con tono confesional, la sencilla tarea de quien se deja arrastrar por la escritura; afronta encierro y soledad para desbrozar la senda de las palabras; también en ese texto está presente el temprano hábito lector que fecundaron nombres como Aleixandre, Salinas, o Pablo Neruda
    Los versos permiten trazar una línea de luz, conceden la necesaria claridad para aventar sombras y dar salida a la memoria. Las imágenes desvaídas recobran su perfil, hablan con el acento de otro tiempo. Vuelven a los días de infancia en los que el entorno era un espacio, sin máculas ni decepciones, donde no cabían incertidumbres ni derrotas sino las ilusiones que constituyen el patrimonio natural de la esperanza.
   En los poemas integrados en “Libro de huéspedes”,  se despliega un tono reflexivo que habla del devenir como ventana abierta, un horizonte cuajado todavía de doradas promesas; esa espera alimenta el júbilo de quien ve posible la plenitud y tiene confianza. Así llega el amor y se van gestando los aportes sentimentales que fortalecen la identidad.
   La existencia es un estar transitorio que sólo deja alguna leve huella, una crónica menor en la que se van consumiendo días, agotando el hilo argumental de historias cotidianas en las que también tuvieron acogida las naderías que se olvidan, como tercos paraguas que no se necesitan. El ahora deja en medio del camino, más sabios en las modestas enseñanzas de la edad y conscientes de que más adelante esperan la oscuridad y el vacío. Son temas esenciales de la poesía meditativa de Cernuda que tienen continuidad en el Medio Siglo y en la obra de poetas como Francisco Brines y Eloy Sánchez Rosillo.
   Un motivo literario de amplio tratamiento, la rosa, es eje de la segunda parte, compuesta por poemas más breves. Sigue siendo el endecasílabo el esquema versal que marca el ritmo del poema. La rosa tiene una semántica plural: es finitud y belleza, esplendor y espinas.
   La velocidad del sueño de Juan Pablo Zapater es libro de madurez y por tanto entrecruza temas y motivos de raíz vivencial; la conciencia del tiempo está presente a cada paso recordando que caminamos detrás de arquitecturas oníricas, de sueños que se alejan veloces hacia ninguna parte.
  El poeta valenciano retoma itinerario, nos deja poemas que resaltan por su cuidado formal, el lazo vinculante con el aire de época del poblado mapa actual –llámese poesía meditativa, realismo intimista o poesía de la experiencia - y el uso brillante de imágenes que singularizan el regreso. Juan Pablo Zapater vuelve para quedarse. A su voz le viene bien la sosegada temporalidad de Fray Luis: “Decíamos ayer…”