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miércoles, 25 de febrero de 2026

FÉLIX MARAÑA (ABRAZO CON SONETO)

Los Invernaderos (Madrid-Río)

RETRATO CON NIEBLA
 
De nieve la cabeza, boca tensa,
ojos semicerrados, casi un viejo
que tiembla, tose, quiebra su entrecejo
y pincela de gris su niebla densa.
 
Terca sombra de mí, actor minúsculo
en las fugaces tablas de la vida.
Tiza y pizarra ayer, escuela huida;
iluso contraluz, pronto crepúsculo.
 
Oscuro grifo del amanecer.
Letras de luz en la palabra paz,
futuro por venir, renglón absorto
 
que busca recorrido para ser.
Pasos inciertos del sentir tenaz
en un soneto que se queda corto.
 
                          JOSÉ LUIS MORANTE 
 

 LECTURA DE FÉLIX MARAÑA

   El poeta sitúa al personaje, a la persona objetiva, en la vía esmarrita. Pero no se aturde, sino que encara el tránsito, el rito de paso con un exquisito sentido del humor: he ahí el último endecasílabo, que recuerda cultamente a su primogenitura, “un soneto me manda hacer Violante”, del padre Lope, también llamado Félix, será por algo. El poeta es profesor, marca, como el cantero en la piedra de las catedrales y palacios del Medioevo, su seña, que retrata su trayectoria, ahora que el jubileo se traduce por crepúsculo, por no llamarlo vejez. El poeta convive con su sombra terca, porque la sombra es un invento, como la conciencia, que viene de marca, al nacer, en la primera señal del cantero, y se adhiere como un herpes espiritual al sistema. Y hay en esa vejez, que antes se llamaba ancianidad, un plus de madurez, que le advierte que, entre la niebla, y con los ojos semicerrados, también se atisba algún rayo de luz. El poeta es contemplación, “renglón absorto”, que nos recuerda algún pasaje analítico de Gaston Bachelar. Y aspira a ser, a realizar en un recorrido, para el que un soneto (he ahí el rasgo de humor que remata y salva al soneto, y lo salva porque lo corona), recorrido, digo, para el que el soneto, se queda corto. 



viernes, 5 de diciembre de 2025

FÉLIX MARAÑA. VIVIR ENTRE COMILLAS

Vivir entre comillas
Félix Maraña
Prólogo de Javier Martín
Plaquette de Poesía, nº 60
Ediciones Búho Búcaro
Madrid, 2025 

 

ARTESANÍA VERBAL

 
   El volumen El bosque no es un árbol repetido, editado con escueta belleza por el sello editorial madrileño Huerga y Fierro, fue mi primer paso para recorrer el itinerario creador de Félix Maraña (León, 1953), poeta, periodista y editor que ha desempeñado un inagotable quehacer en los periódicos del grupo Vocento y en la gestión cultural del País Vasco. No niego, por tanto, que he llegado muy tarde a su lectura, por más que la cafetería digital de Facebook nos haya hecho tertulianos habituales. Ahí está su arranque lírico en 1981, cuando amanece Ataduras de la noche y aquí respira mi voluntad de recuperar el tiempo perdido – por más que mi mesa de trabajo muestre un rimero de lecturas pendientes e imposibles compromisos.
  El aspecto formal de Vivir entre comillas merece por sus cualidades un intervalo reflexivo. Con renovada ilusión y gusto subjetivo singular, la estela de plaquettes de Búho Búcaro, que empujan, alientan y diseñan Pilar S. Tarduchy y Óskar Rodrigáñez, elige como cubierta una caricatura del autor, dibujada en 2024 por Iván Tamayo. Debajo, un hermoso subtítulo nerudiano: Veinte poemas de amor y otras canciones sin fecha. No es el único regalo sensorial de los editores. Se reproducen también una viñeta en blanco y negro realizada por Joaquim Aubert Puigarnau “KIM”, de 2008, y otras con líneas de Concetta Probanza, Javier Etayo e Iván Tamayo, que quitan seriedad al meritorio currículo del escritor, tan justamente premiado y reconocido por su espíritu de tolerancia y la incansable labor integradora.
 El cantautor de Pamplona Javi Martín añade como prólogo un apunte afectivo con voz directa y textura sentimental. El introito deja sitio a una selección poética que refuerza la plenitud expresiva y la fuerza comunicativa del yo poético. Habla un sujeto hecho al compromiso crepuscular, la voz crítica y el recorrido por los desalientos de la actualidad diaria. Como escribe el autor: “un soplo en la conciencia del mundo; una leve incisión en el jeroglífico del tiempo”. De este modo, se van sumando poemas de gozosa diversidad sobre la condición existencial, o temas que salen al paso en la intrahistoria variada de la vida social: la pena de muerte en USA, la condición transitoria, los asuntos contables del calendario o el deambular cansado de la esperanza, ya con frío en la musculatura.
  El avance de la  plaquette permite la respiración remansada de otros retratos visuales, trazados por Jorge Oteiza, Jaime Capdevilla, Menta, Javier Mateo Hidalgo, Jesús Zulet, Adolfo Luzuriaga y José Antonio Fernández. Igualmente, se van acumulando dedicatorias personales que abren la ventana al paisaje de afectos de Félix Maraña.
  Queda subrayado que el poeta tiene una sorprendente capacidad tonal para variar registros y utilizar formatos clásicos que alternan con composiciones en verso libre. El poeta es un artesano de las formas. Una voluntad literaria que se apropia de la fuerza expresiva de la poesía para recolectar un puñado de intenciones y certezas. El devenir vital es un asunto serio que no elude erosiones y pérdidas y la conciencia fuerte de que todos estamos en tránsito. Así lo ratifica el soneto final expuesto en la contracubierta y dedicado a la memoria del cantautor extremeño Pablo Guerrero. Somos polvo; la primavera pasa. Guardamos dentro una condición transitoria, ceniza que aventará el viento del olvido. Así que corresponde vivir entre comillas, dar testimonio de una sensibilidad meditativa y humanista, incisiva e irónica que siembra en el poema fragmentos de vida, las notas pensativas de una canción de autor.

José Luis Morante




jueves, 25 de abril de 2024

FÉLIX MARAÑA. EL BOSQUE NO ES UN ÁRBOL REPETIDO

El bosque no es un árbol repetido
Sonetos y soñetos
Félix Maraña
Prólogo: Valentín Martín
Huerga & Fierro editores / Poesía
Madrid, 2023

 

LA LIBRE CÁRCEL DEL SONETO

 

   La personalidad creadora de Félix Maraña (León, 1953) está marcada por el periodismo cultural. A él ha dedicado un largo trayecto laboral multiplicando páginas y artículos en las publicaciones del grupo Vocento. Pero la biografía personal de este castellano leonés afincado desde niño en San Sebastián aglutina también una persistente senda lírica que comienza en 1981, cuando amanece su primer poemario Ataduras de la noche.
  El cauce poético se renueva ahora con  El bosque no es un árbol repetido, una compilación de sonetos prologada por Valentín Martín, que añade como subtítulo un guiño unamuniano: “Sonetos y soñetos”. La entrada “Libro de la reconciliación” proyecta una voz directa, con un fuerte acento coloquial que identifica en el ejercicio literario la textura sentimental del protagonista lírico: “Félix Maraña, ese activista de los sentimientos, de la cultura física, el más republicano de todos los gorriones que un día se acercaron a mí como a un hermano grande”. El introito evoca también el recorrido en el tiempo del soneto como estrofa clásica, con un inventario de nombres propios que refuerza la plenitud expresiva y canónica de la forma. Se me permitirá que añada a la galería de practicantes la voz de Blas de Otero, vasco comprometido y poeta social que hizo de esta hermosa cárcel de catorce versos una meditación del devenir temporal del sujeto y su condición existencial.
  El aserto El bosque no es un árbol repetido se apropia de la fuerza expresiva del aforismo para advertir al lector que debe mantenerse en vela para recordar que la reiteración formal no borra la autonomía y plenitud de cada soneto. La voluminosa cantidad de poemas se organiza en cuatro apartados temáticos: “Rumores vegetales”, “Tierra trasplantada”, “Nombres y pronombres” y “Canción y canto”. El poeta además coloca como umbral, tras el paratexto de las citas, el poema pórtico “Garaje de guardia”, una composición que advierte y ratifica lo enunciado por Jaime Gil de Biedma: el devenir vital es un asunto serio que no elude erosiones y pérdidas y la conciencia fuerte de un aviso para navegantes; todos estamos en tránsito, exhibimos una condición transitoria, somos materia paradójica, inocente ceniza que aventará el viento del olvido en la última costa.
  Cada poeta moldea su cadencia expresiva, deja en los versos su particular manera de compartir un pensamiento que adecúe contenidos y forma. En los poemas de la sección inicial “Rumores vegetales” emerge una escritura meditativa y humanista, incisiva e irónica que hace un balance vivencial, despojado de trascendencia. Del mismo modo que el bosque, ese mar de palabras verticales, acoge en su interior una flora y una fauna diversa, la realidad acoge en sus puntos cardinales materiales humildes. Vivir es ir sumando pasos y propósitos, muchas veces baldíos, es también acumular pequeñas muertes sucesivas que constatan que habitamos una sala de espera, que vivir en solo un sueño, un espejismo calderoniano que añora la nostalgia del futuro.
   Contenida en los límites del soneto, la mirada crítica denuncia los desajustes sociales, las continuas agresiones al paisaje natural o los incontables problemas demográficos de nuestro tiempo, esas hendiduras que hablan  de los desheredados de la tierra y del continuo flujo migratorio.
  El subtítulo cobijaba la convivencia de composiciones que no cumplen en sentido estricto las reglas formales del soneto. Esos textos o soñetos precipitan en sus versos la pedagogía del tiempo con sensibilidad machadiana.   
   El apartado “Tierra trasplantada” repasa la memoria personal de un tiempo y sirve de homenaje a algunas iniciativas culturales como la revista La galleta del norte. En todo el apartado es frecuente la nota a pie de página que recuerda aspectos contingentes ligados al poema; desde esa entraña de matices va creciendo la intrahistoria del poema con un persistente hilo argumental: el sustrato existencia donde se dibujan los trazos de un yo poético que recuerda presencias esenciales como la madre o  confiesa que ha vivido. Los palabras conforman un itinerario confidencial fragmentado en el que predomina la nostalgia al evocar la hermosa inercia de lo cotidiano.
  Los relieves del homenaje alzan un mapa de nombres propios en “Nombres y pronombres”. Habitan el poema Antonio Machado, Federico, Vallejo, Bergamín, los vascos del 98, Blas de Otero, Gabriel Celaya o Jorge Oteiza. Son presencias que confirman el peso fuerte de la tradición y el compromiso de la poesía con la historia. El verso reflexivo, sin digresiones, se impregnado de una austera tristeza que recuerda la muerte, que asume con entereza y lucidez el verso sobrio para esa línea gris que marca senda hacia ningún final.
   No solo la muerte y su poder igualatorio está presente en los poemas. También la amistad y la afinidad sentimental con otros escritores busca hueco en los sonetos de “Nombres y pronombres” para mostrar la cercanía con Rodolfo Serrano, Manuel López Azorín, Ana Montojo o Valentín Martín.
   Sirve de coda al extenso poemario el conjunto “Canción y canto”. En él el lenguaje se convierte en canto y ejercicio lúdico. Los textos combinan el aire popular y la rima sonora para acentuar su carácter festivo y el cauce sonoro de la canción.
   El bosque no es un árbol repetido, con sus continuas transiciones temáticas, hace de la pactada forma del soneto y su férrea estructura una estrategia expresiva que enhebra pensamientos y contempla la vida como un paisaje abierto. El endecasílabo muestra su fluir armónico con variadas distribuciones acentuales, sin estridencias, con la palabra contenida de quien se asoma al río de la tradición para reflejar en sus aguas la vida al paso.
   
JOSÉ LUIS MORANTE





martes, 14 de noviembre de 2023

FÉLIX MARAÑA. EL BOSQUE NO ES UN ÁRBOL REPETIDO

El bosque no es un árbol repetido
Félix Maraña
Prólogo de Valentín Martín
Huerga & Fierro Editores
Colección Graffiti
Madrid, 2023

 

UN MAR SIN RIBERAS


   La personalidad creadora de Félix Maraña (León, 1953) está marcada por el periodismo cultural. A él ha dedicado un largo trayecto laboral multiplicando páginas y artículos en las publicaciones del grupo Vocento. Pero la biografía personal de este castellano-leonés afincado desde niño en San Sebastián aglutina también una persistente senda lírica que comienza en 1981, cuando amanece su primera salida Ataduras de la noche.
  El cauce poético se renueva ahora con  El bosque no es un árbol repetido, una extensa compilación de sonetos prologada por Valentín Martín que añade como subtítulo un guiño unamuniano: “Sonetos y soñetos”. La entrada “Libro de la reconciliación” proyecta una voz directa, con fuerte acento coloquial, que identifica en el ejercicio literario la textura sentimental del protagonista lírico: “Félix Maraña, ese activista de los sentimientos, de la cultura física, el más republicano de todos los gorriones que un día se acercaron a mí como a un hermano grande”. El introito evoca también el recorrido en el tiempo del soneto como estrofa clásica, con un inventario de nombres propios que refuerza la plenitud expresiva y canónica de un mar sin riberas. Se me permitirá que añada a la galería de practicantes la voz de Blas de Otero, vasco comprometido y poeta social que hizo de esta hermosa cárcel de catorce versos una meditación del devenir temporal del sujeto y su condición existencial.
  El aserto El bosque no es un árbol repetido se apropia de la fuerza expresiva del aforismo para advertir al lector que debe mantenerse en vela para recordar que la reiteración formal no borra la autonomía y plenitud de cada soneto. De igual modo la sociedad como suma de sujetos no borra el carácter diferenciado y único de cada conciencia. La voluminosa cantidad de poemas se organiza en cuatro apartados temáticos: “Rumores vegetales”, “Tierra trasplantada”, “Nombres y pronombres” y “Canción y canto”. El poeta además coloca como umbral, tras el paratexto de las citas, el poema pórtico “Garaje de guardia”, una composición que advierte y ratifica lo enunciado por Jaime Gil de Biedma: el devenir vital es un asunto serio que no elude erosiones y pérdidas y la conciencia fuerte de un aviso para navegantes; todos estamos en tránsito, exhibimos una condición transitoria, somos materia paradójica, inocente ceniza que aventará el viento del olvido en la última costa.
  Cada poeta moldea su cadencia expresiva, deja en los versos su particular manera de compartir sedimentos que adecúen contenidos y forma. En los poemas de la sección inicial “Rumores vegetales” emerge una escritura meditativa y humanista, incisiva e irónica que hace un balance vivencial, despojado de trascendencia. Del mismo modo que el bosque, ese mar de palabras verticales, acoge en su interior una flora y una fauna diversa, la realidad amalgama en sus puntos cardinales materiales humildes y espacios de contraste. Vivir es ir sumando pasos y propósitos, muchas veces baldíos, es también acumular pequeñas muertes sucesivas que constatan que habitamos una sala de espera. Vivir en solo un sueño, un espejismo calderoniano que añora la nostalgia del futuro.
   Contenida en los límites del soneto, la mirada crítica denuncia los desajustes sociales, las agresiones al paisaje natural o los incontables problemas demográficos de nuestro tiempo, esas hendiduras que hablan  de los desheredados de la tierra y del continuo flujo migratorio.
  El subtítulo cobijaba la convivencia de composiciones que no cumplen en sentido estricto las reglas formales del soneto. Esos textos o soñetos precipitan en sus versos la pedagogía del tiempo con sensibilidad machadiana.   
   El apartado “Tierra trasplantada” repasa la memoria personal de un tiempo y sirve de homenaje a algunas iniciativas culturales como la revista La galleta del norte. En todo el apartado es frecuente la nota a pie de página que recuerda aspectos contingentes ligados al poema; desde esa entraña de matices va creciendo la intrahistoria del poema con un persistente hilo argumental: el sustrato existencia donde se dibujan los trazos de un yo poético que recuerda presencias esenciales como la madre o  confiesa que ha vivido. Los palabras conforman un itinerario confidencial fragmentado en el que predomina la nostalgia al evocar la hermosa inercia de lo cotidiano.
  Los relieves del homenaje alzan un mapa de nombres propios en “Nombres y pronombres”. Habitan el poema Antonio Machado, Federico, Vallejo, Bergamín, los vascos del 98, Blas de Otero, Gabriel Celaya o Jorge Oteiza. Son presencias que confirman el peso fuerte de la tradición y el compromiso de la poesía con la historia. El verso reflexivo, sin digresiones, se impregnado de una austera tristeza que recuerda la muerte, que asume con entereza y lucidez el verso sobrio para esa línea gris que marca senda hacia ningún final.
   No solo la muerte y su poder igualatorio está presente en los poemas. También la amistad y la afinidad sentimental con otros escritores busca hueco en los sonetos de “Nombres y pronombres” para mostrar la cercanía con Rodolfo Serrano, Manuel López Azorín, Ana Montojo o Valentín Martín.
   Sirve de coda al extenso poemario el conjunto “Canción y canto”. En él el lenguaje se convierte en canto y ejercicio lúdico. Los textos combinan el aire popular y la rima sonora para acentuar su carácter festivo y el cauce sonoro de la canción.
   El bosque no es un árbol repetido, con sus continuas transiciones temáticas, hace de la pactada forma del soneto y su férrea estructura una estrategia expresiva que enhebra pensamientos y contempla la vida como un paisaje abierto. El endecasílabo muestra su fluir armónico con variadas distribuciones acentuales, sin estridencias, con la palabra contenida de quien se asoma al tiempo y al lenguaje para reflejar en sus aguas los trazos coloristas de la vida al paso.

JOSÉ LUIS MORANTE



   

domingo, 21 de mayo de 2023

LUIS RAMOS DE LA TORRE. MIENTRAS PUEDA DECIR

Mientras pueda decir
Luis Ramos de la Torre
Prólogo de Félix Maraña
Editorial Baile del Sol / Colección Poesía
Tegeste, Tenerife, 2022

 

CATORCE VERSOS DICEN…

 

 
   El trabajo creativo de Luis Ramos de la Torre (Zamora, 1956), Doctor en Filosofía, cantautor, profesor con amplio recorrido y persistente investigador de la obra de Claudio Rodríguez, se somete en los últimos años a un insólito ritmo de producción. Perfila con inusual contundencia un espacio interior que conexiona lenguaje y experiencia inmediata explorando distintas estrategias expresivas como la poesía, el relato y el ensayo.
   Todavía recientes las entregas El dilema del aire y Urgencia de lo minucioso retorna al discurrir poético con Mientras pueda decir, trabajo lírico con un meditado liminar de Félix Maraña titulado “De luz y claridad enciende el fuego”. El prólogo enmarca en el tiempo la cosecha lírica de ilustres zamoranos. Son voces que han hecho de la geografía del Duero un espacio conceptual habitable para emoción y pensamiento (Claudio Rodríguez, Agustín García Calvo, Jesús Hilario Tundidor, Pilar Antón, Tomás Sánchez Santiago…) y muestra, al mismo tiempo, las claves estéticas de Luis Ramos de la Torre, autor, señala el prologuista, de “una obra de madurez hecha de la reflexión, mirada del tiempo y recogimiento en la función, valor y determinación de la palabra en el discurso de la existencia “.
   Advierte también Félix Maraña que Mientras pueda decir supone en el taller poético del zamorano una disciplinada búsqueda expresiva, una inmersión profunda en el pretérito cultural que recupera el soneto para apropiarse de su rigor formal; de este modo, el celebrado esquema métrico de los catorce versos abre una nueva perspectiva al universo semántico y argumental del poeta. Luis Ramos de la Torre apuesta todo “por un juego inteligente y preciso en la parte conceptual de las palabras que me interesa mucho por ser certeramente serio, ajustado y necesario”. Súmese a ello el quehacer musical de tantos años que ha propiciado la cercanía familiar del ritmo, la cadencia, la armonía y el aliento, cualidades que acercan los poemas a las estructuras melódicas de la canción. Toda poesía es canto, celebración de la luz, vuelo alto en el tiempo.
   El hermoso recorrido reflexivo de Félix Maraña, que abre tantos itinerarios para comentar la buena salud de esta métrica clásica, deja a su término en primer plano citas de Chantal Maillard, Ángela Figuera Aymerich y Miguel Hernández, cuyas voces recuerdan la extrañeza de vivir, siempre ajeno al discurso lógico. Queda la inconsciencia del azar y la necesidad de adentrarse en el sentido de la realidad mediante la transparencia reflexiva y metafísica del pensamiento.
   La estructura cerrada de la estrofa concede a cada texto plena autonomía; así que es muy complejo engarzar los poemas en una trama argumental única. Los sonetos se definen desde la diversidad, proponen un tránsito por temas centrales: la identidad del yo, el sesgo del destino que justifica nuestros actos, la erosión del tiempo en la memoria de las cosas, el deambular entre pulso y razón de los sentimientos, los claroscuros sociales que definen nuestro tiempo, el entorno natural o la razón metaliteraria de la escritura. Son temas reiterados, variaciones y reincidencias que conforman los músculos y huesos del quehacer poético y que nunca se confinan en una sola identidad pues responden a los interrogantes más comunes del existir. El soneto se hace, por decirlo con la voz del poeta, “templo de la palabra”, “sed del decir que empapa y colma el alma”. El volumen acoge cien poemas; por tanto el hecho de escribir ratifica una madurez poética muy fértil, que emplea la estrofa en su sentido más clásico con fuerte diversidad de intereses argumentales. No hay vanguardismos experimentales en el molde formal, solo sonetos que se construyen con un nítido plano de alzada. Son frutos de un proceso poético  exigente, que conoce el legado de la tradición y las posibilidades del tejido poemático capaz de mostrar una preocupación moral y existencial. Con Mientras pueda decir Luis Ramos de la Torre clarifica de inmediato que el esquema métrico sigue pujante y cálido, al alcance de todos los que refrendan su carácter nuclear en nuestra literatura. Los catorce versos resguardan en su molde un espacio habitable, pleno de ritmo. Es acorde vivo que presta su dinamismo a la incertidumbre del tiempo. Una estrofa autónoma donde conviven legado y vanguardia, con las ventanas necesarias para airear ortodoxia y disciplina, melancolía y sueños, claridad e ironía, esos parámetros a los que Luis Ramos de la Torre pone un pentagrama fondo de música y de vuelo.
 
   
JOSÉ LUIS MORANTE