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jueves, 9 de abril de 2015

FERNANDO MARÍAS. MIEDOS MUTUOS.


La isla del padre
Fernando Marías
 Seix Barral, Barcelona, 2015 

MIEDOS MUTUOS

   La vocación narrativa de Fernando Marías (Bilbao, 1958) comienza en 1991 con La luz prodigiosa, ficción llevada al cine –una de las grandes pasiones del novelista que todavía mantiene intacta- por el director Miguel Hermoso. Aquel debut inaugura un quehacer que integra Esta noche moriré, El niño de los coroneles, La mujer de alas grises, Invasor, El mundo se acaba todos los días, Todo el amor y casi toda la muerte, novelas reconocidas con importantes galardones a los que ahora se suma el Premio Biblioteca Breve logrado con La isla del padre.
  En las tramas habituales del escritor conviven como rasgos propios el dramatismo frío, la violencia explícita y el empleo de marcos urbanos sombríos por los que se mueven figurantes sin épica, con el saldo repleto de fracasos, soledad y derrotas. Aquí se gesta un evidente cambio de registro; en La isla del padre sorprende el intimismo y el tono autobiográfico. El libro es casi un soliloquio en el que la figura paterna se recupera tras la muerte para convertirse en una identidad decisiva y enternecedora, cuya visión de la existencia se refleja en los que le rodean. Mitificado en los días de infancia, el progenitor es una isla en medio del temporal de la inexistencia que permanece sólida entre las marejadas del recuerdo.
   El pulso accional tiene como detonante una sola palabra, una palabra que no se pronunció en el último instante, cuando el frío imprevisto de la muerte cortó el hilo del pensamiento. Y es el hijo escritor quien intuyó la misteriosa palabra, el que debe hilvanar la madeja de los recuerdos en una continua trasposición temporal que amplifica y depura las secuencias para construir, de paso, un minucioso autorretrato desde el niño al adulto.
   Nadie olvida la condición de testigo en esa contingencia esencial que separa la vida de la muerte; de ahí emana el sustrato sentimental que conlleva el relato, esa sensación de elegía en prosa en la que se refugian silencios interiores y los miedos mutuos. La evocación no es un azaroso coleccionismo de pormenores familiares sino la ruta por un cauce relacional de dos orillas; padre e hijo deben superar una distancia que nace en los años lejanos de la infancia y se extiende en el tiempo hasta el ahora. Una travesía hecha de silencios y sobreentendidos, de aceptaciones y secretas renuncias. El miedo mutuo alarga la distancia recelosa entre dos identidades que aprenden a conocerse, sin que sepan desde qué punto de vista se explora el interior de cada cual. La presencia del padre es intermitente por su profesión de marino mercante y el niño no acaba de aceptar el no lugar de quien solo por temporadas permanece en casa. Por eso la voz narrativa emplea esa expresión “miedos mutuos” para resumir en un único aserto todo el proceso evocativo de un modo conciso y exacto.
    La isla del padre propone un largo paseo biográfico por el mapa del tiempo. Es un homenaje formado por una eclosión de reflejos fugaces en el inconsistente espacio de la memoria, allí donde perdura a espaldas del olvido el aliento tenaz de lo que se compartió.

                                                      

jueves, 11 de octubre de 2012

PRISIONEROS DE ZENDA.

                                      Javier Olivares y Fernando Marías
                                     (Fotografía de Toni Gutiérrez)
                                                                                    
   Pertenezco a una generación que hizo del tebeo puerta natural hacia la lectura. Mis días infantiles hallaron amena compañía con las aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín, los músculos del tuerto Goliath, el valor enamorado del Capitán Trueno y el estruendo de Hazañas Bélicas. Fueron días en blanco y negro que me llevaron a otras geografías, diseñadas por Julio Verne, Salgari o  Stevenson. Aquella literatura aventurera, con lindes muy definidas entre buenos y malos, que hablaba del valor y la solidaridad nunca dejó de pertenecerme y constituye un ciclo lector que añoro con melancólica ternura.
   Por eso leo Prisioneros de Zenda con los ojos abiertos de una sensibilidad compartida y con la certeza de que el libro pertenece a aquellos días. El volumen está firmado por el escritor Fernando Marías y por el ilustrador Javier Olivares. Los dos han completado hasta la fecha un quehacer creador reconocido, de indudable calidad. Repaso algunos datos biográficos: Fernando Marías nació en Bilbao en 1958 y comienza su carrera literaria como guionista de cine. En 1990 escribe su ópera prima, La luz prodigiosa, a la que siguen títulos como El niño de los coroneles, Todo el amor y casi toda la muerte o Invasor, cuyo estreno cinematográfico es inminente. Además ha colaborado en distintas antologías de relatos y en libros infantiles y juveniles.
   Javier Olivares (Madrid, 1964) es autor de cómics, se prodiga en las principales cabeceras de prensa con sus ilustraciones y es responsable de numerosas ilustraciones de títulos clásicos, infantiles y juveniles. También ha trabajado como diseñador de cortos animados.
  A los dos los une su afición cinéfila y su predilección por los libros de aventuras que se visualizan. Ese es el detonante que aglutina el trabajo común en Prisioneros de Zenda. Es sabido que Richard Thorpe dirigió en 1952 la película “El prisionero de Zenda”, basada en la novela homónima del escritor inglés, del siglo XIX, Anthony Hope, un libro de aventuras que logró un gran éxito popular y que impulsó un territorio imaginario, Ruritania, capaz de ser escenario de cualquier aventura.
   Cuatro son los relatos que aglutina Prisioneros de Zenda, con un prólogo apócrifo y con textos que protagonizan piratas, zombis, bandoleros y el hombre de las nieves. Arquetipos de malos que dan culto al valor y al coraje, como aquellos protagonistas primerizos de Jorge Luis Borges. Pero no son malos al uso, que cumplen su papel con estricta fidelidad. Cada protagonista tiene gestos que delatan un conflicto interior. Son malos que luchan contra sí mismos, que hablan de culpa y remordimiento y que merecen redención.
   Fernando Marías y Javier Olivares trazan nuevos itinerarios para estos malos de corazón romántico, escriben y dibujan biografías con precisas instrucciones para alejarse de la maldad o para que los acompañemos en su nuevo viaje. Los dos nos dirán dónde se sitúa ahora Ruritania.

Presentación en la sala Miguel Hernández
Rivas-Vaciamadrid
con  Fernando Marías, Javier Olivares y Manuel Hernández 

sábado, 2 de junio de 2012

FERNANDO MARÍAS. RASTROS.

Todo el amor y casi toda la muerte
Fernando Marías
Premio Primavera de novela 2010
Espasa Libros, Ámbito Cultural, Madrid 2011

Guionista de cine y escritor de amplia y reconocida trayectoria, Fernando Marías (Bilbao, 1958) consiguió el Premio Primavera de novela con Todo el amor y casi toda la muerte. La ficción arranca con sonido aforístico: “Todo es nada, todo es a lo sumo tiempo que fluye”. Esa metafísica del devenir existencial, lugar común de la tradición en autores tan alejados como Jorge Manrique, Quevedo o José Hierro, suscita en el cauce argumental una reflexión complementaria: si el trecho final concluye en un horizonte desnudo, sin posibles asideros, hay que aceptar que estamos condenados al vacío, a un presente de soledad e incertidumbre que nos convierte en sombra. De ahí ese estar semifantasmal de algunas biografías de la novela.
  Juan Bastian, desde hace cuatro años es un fugitivo que huye de los hombres de Humberto, supuestos sicarios mafiosos de la especulación inmobiliaria. En esa identidad de superviviente le quedan la angustia, el terror y el recuerdo contradictorio de Vera. Se siente un fantasma abandonado a un destino azaroso. La clandestinidad forzada del perseguido le hace vivir anclado en la memoria para dar sentido a la sucesión de causas y efectos que han minado su perfil. Por eso vuelve a Padrós, el enclave costero donde sucedieron los acontecimientos que sometieron su vida a una severa metamorfosis.
  Pero en Padrós no encuentra respuestas sino nuevas preguntas. El pasado se solapa con el presente, como si estuviésemos obligados a un tiempo cíclico donde se repiten situaciones de impacto, aunque los protagonistas dejen su caligrafía vital en épocas diferentes. Fue en esa localidad costera donde un poeta local, Gabriel Ortueño Gil mantuvo la ilusión amorosa de Leonor que concluyó de manera trágica; también el mismo marco fue escenario de la muerte de Eloy en el presente o de la búsqueda de Bastian. El olvidado poeta ha dejado un manuscrito titulado todo el amor y toda la muerte en el que relata episodios autobiográficos. El manuscrito es el único legado que deja Eloy tras su muerte. El extraño material provoca desconcierto porque narra una historia de amor con un ser transparente y submarino, una materia acuosa irreal que hace pensar en un desvarío alucinatorio o en un relato fantástico, urdido por una mente perturbada.
  Ese entrecruzamiento de tramas en un espacio tan reducido hace que abunden los puntos de conexión y que las coordenadas vivenciales de los distintos protagonistas se vean con ángulos nuevos e inesperados.  Pretérito y actualidad giran alrededor de dos estados del existir que tiene la solidez de verdades rigurosas e incontestables: el amor y la muerte; dos itinerarios que discurren en sentido inverso.
   Fernando Marías crea en  Todo el amor y casi toda la muerte un complejo laberinto de personajes y tiempos para desarrollar un tejido relacional lento, que combina amores y venganzas, secretos y ambiciones; un hilo argumental que avanza con una fuerte tensión narrativa y permite una honda indagación en los contraluces de la condición humana.