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martes, 13 de diciembre de 2016

JESÚS CÁRDENAS. LOS REFUGIOS QUE OLVIDAMOS

Los refugios que olvidamos
Jesús Cárdenas
Anantes Gestoría Cultural
Sevilla, 2016

HUELLAS


   A punto de cerrar el año literario, regreso a la poesía Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973), Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, docente en ejercicio, colaborador habitual en distintas publicaciones literarias y autor de un horizonte creador que arranca en 2005 con la entrega Algunos arraigos me vienen y cuya salida más reciente es Sucesión de lunas, una compilación de poemas amanecida en 2015.
  Conviene recordar algunos aspectos esenciales del discurso lírico de Cárdenas. Para el poeta el lector es siempre un interlocutor, por tanto recorta sus temas con nitidez, con una expresión que moviliza sensaciones y sentimientos. El verso cartografía paisajes interiores que habitan la memoria y exponen el fondo de ideas de una sensibilidad que adquiere sentido mientras vislumbra meandros existenciales, en los que casi nunca se hacen sólidas certezas irrefutables.
  Los refugios que olvidamos integra cuatro apartados que mantienen una similar atmósfera elegíaca. El primero, “La humedad”  describe la aspiración del sujeto verbal al encuentro con su identidad. Quien mira es dueño de un patrimonio onírico y hace del sueño un bien firme y cálido, un aliento que impulsa a salir a la amanecida. Fuera, la realidad muestra su desgaste; en ella se percibe la condición mudable de cada existencia, ese afán de belleza que rompe el discurrir y del que apenas queda una mínima estela. Percibir supone adentrarse en las sombras, mirar la orografía del dolor, recorrer encrucijadas de contraluces, sentir el tacto de la soledad. Así lo constata el poema “Belleza breve”: “El pasado velado por la nieve tupida / un señuelo del tiempo, gélida la soledad / y desnuda como la rama; / la mancha del invierno dañando la memoria “. En el estar de incertidumbre el puente hacia el amor se convierte en paso firme y hace de la otredad el único refugio, una luz cercana que convierte el tiempo en un territorio habitable que preserva los signos, que salvaguarda mirada y tacto.
  La imagen de fugacidad de la existencia tiene una atinada expresión en las hojas secas, en ese reposo amarillo que se mueve en las manos del viento, desgajado de la solidez de las ramas, como si solo fuese retiro y caducidad. Esa visión sirve de contrapunto al amor y a su capacidad de reinventarse y de protagonizar un nuevo ciclo de vida Los días de su aurora se van haciendo lejanía y olvido hasta que una nueva epifanía conmueve el epitelio y lo sacude, como si la existencia solo alcanzase su plenitud en otra identidad y en otra entrega. Pero las cicatrices permanecen detrás. Son un sustrato manso de ceniza que recuerda en la claridad crepuscular esa sensación de renuncia y derrota. De ese espejo da testimonio firme la palabra: “En el filo del verbo tornadizo / un rastro de cascotes agoniza / por donde la imagen concertada / se apodera de todo. Imposible / habitar, por igual, el desconcierto, justa desesperanza y la cautela / de nuestros pasos sin un grito ronco “
  El poema se convierte en reflejo de lo real, mira debajo de su dermis y percibe si ilusiones y sueños perduran intactos, puestos a resguardo en los refugios que crea el corazón, o fueron borrándose, como quien juega todo a fondo perdido y solo queda la noche, la constatación de un engaño que convierte la vida en un fin de etapa, en el tecleo de una lluvia cansada.