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jueves, 7 de abril de 2022

JAVIER BOZALONGO. NOMBRAR LA HERIDA

Nombrar la herida
Javier Bozalongo
Imagen de cubierta de Joaquín Puga
Granada, 2022


 SIN SUTURAS

 
    Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) ha protagonizado en la última década un intenso despliegue creador. Su trayecto plural aglutina senda poética, relato y aforismo. Quien fuera fundador y director de Valparaíso Ediciones ha hecho de las galerías íntimas del poema un largo trayecto que suma las entregas Líquida nostalgia (2001), Hasta llegar aquí (2005), Viaje improbable (2008) La casa a oscuras (2009), Todas las lluvias son la misma tormenta (2018), Este país (2019) y el cuaderno Los días generosos (2021). Este camino personal conforman un recorrido representado en las recopilaciones Nunca el silencio, Has vuelto a ver luciérnagas y Las raíces, las tres editadas en Latinoamérica. A este fértil quehacer se añade el libro de haikus Todo es azar (2021) que completa corpus.
   Nombrar la herida, que tiene como cubierta una expresiva fotografía de Joaquín Puga, amanece con un poema de homenaje a la presencia firme de la madre, siempre costa y refugio, y un segundo texto dedicado a la memoria del padre, como si la voz poética quisiera refrendar una subjetividad compartida, que traza puentes entre el verbo evocativo de lo biográfico y el claro anhelo de una voz confidencial y reflexiva, que trata de entender la condición temporal de la conciencia.
   Frente a la asepsia del purismo, que convierte el lenguaje en monopolio de exploración verbal,  la estética realista de Javier Bozalongo exige a su escritura un compromiso nítido con los desajustes; el poema se convierte en denuncia y expresión unitaria del yo social;  conforma una voz fuerte que dota al núcleo argumental de sentido ético. En el apartado “las heridas” emergen nombres propios que escriben en voz baja su intrahistoria, desde el monólogo dramático, para que nos asomemos al mirador oscuro de su experiencia vital. Todos identifican a rostros concretos cuyas circunstancias se describen en la nota final. Allí están la primera víctima de la violencia de género, la mutilación genital padecida todavía por tantas muchachas africanas o la desmesura invasiva de los asentamientos en Gaza y Cisjordania que divide culturas y genera continuos enfrentamientos; son ejemplos de una convivencia erosionada por el progreso, la desigualdad social, la violencia y perpetuación de estereotipos patriarcales y las catástrofes ecológicas que silencian la rebeldía ante la injusticia de los más desfavorecidos. Una situación que se ha repetido a lo largo de la historia y que abre la lucha por la igualdad, con momentos esenciales como el que protagonizara Clara Campoamor en el Congreso, durante la segunda república.
  El poemario, enclavado en la corriente continua del compromiso social, dibuja un amplio mapa de injusticias con preclaros rostros en el espejo de la actualidad informativa, como si la angustiada condición femenina necesitara convertir al poema en portavoz de la ignominia. Cada cicatriz se abre para supurar el dolor, para que fluyan las huellas perdurables de la desolación. En todas, el sentimiento de pérdida, el desarraigo, la existencia agónica que dormita en la sombra de la derrota personal y no encuentra el camino de regreso, las expectativas de una travesía condenada al naufragio.
  El apartado final “Epílogo” integra dos citas casi complementarias en torno al discurrir y a la necesidad de asumir la fuerza terapéutica del tiempo remansado. Los textos pertenecen a Ana Blandiana y  al poeta joven Juan Javier Ortigosa. Y desde su sensibilidad, el poeta clarifica la postura personal; se trata de asumir el lugar propio, decir no a la indiferencia y protagonizar el papel que corresponde al gesto de coherencia de quien se mirar al espejo. Desde esa necesidad del sujeto activo nacen los versos de “Letanía”, un poema de bellísima factura: "Y tú avanzas con calma, / ocultas el cansancio / y sonríes tranquilo sin dejar traslucir / que perdiste la brújula, / que te guía la inercia de estar vivo, / que conoces oriente y occidente / pero ignoras el rumbo de tu mano derecha / y es el azar quien manda sobre tu mano izquierda”.
   Nombrar la herida clarifica los callejones tétricos de un recorrido suburbial, propicio al odio, que acumula intemperie, donde el dolor se refleja en la mirada triste, con nítidos contornos. Ser mujer todavía es atestiguar un existir azaroso, que tiende la mano con la esperanza de entender la carga existencial, para que resuene fuerte en el poema un poco de esperanza.

JOSÉ LUIS MORANTE






 
 

sábado, 1 de mayo de 2021

CARMEN CANET y ROSARIO TRONCOSO (Editoras): MATERNIDADES

Maternidades
Carmen Canet y Rosario Troncoso
  
(Editoras)
Prólogo de Carmen Alemany Bay
Fotografía de cubierta: Joaquín Puga
Sonámbulos Ediciones
Granada, 2021

 

A SOLAS, CONTIGO

 

   No había título mejor para esta compilación de voces impulsada por Carmen Canet y Rosario Troncoso. Treinta y nueve madres que escriben sobre su experiencia de la maternidad desde el poema, el apunte enunciativo, o los aforismos. Textos que provocan de inmediato un movimiento de traslación hacia la torrencial semántica del epígrafe Maternidades, reforzado por la excelente fotografía de Joaquín Puga que es otra baliza visual, otro poema sin palabras.
   Se me permitirá recordar que el núcleo argumental es un concepto vivo, inserto en el devenir histórico, y plenamente asociado en su esencia al rol femenino. Ser madre es confrontar todos los espacios de la identidad con un tiempo nuevo, abierto por el proceso del embarazo y las características cambiantes del parto y la crianza. De esta manera, la función procreadora implica una tarea privilegiada en lo personal y en lo social, exenta de cualquier subordinación. De la inigualable experiencia nace esta antología temática cuyo pórtico firma Carmen Alemany Bay. La introducción recalca la diversidad de enfoques, una zona de cruces nacida de una cronología que encierra casi sesenta años de diferencia entre Dionisia García, poeta que abre el libro, y María Agra-Fagúndez, última invitada. Por tanto: “Estas páginas son el resultado escrito de una misma experiencia; pero es tan rica, tan abrumadora, tan impactante (…) que no puede menos de conmovernos”. Es sencillamente, el milagro de la vida.
   Conviene adentrarse en las páginas de Maternidades desde una lectura terapéutica, contenida, dialogal, para que cada enfoque ubique estratos de intimidad para descubrir claves secretas. Así, la mirada lírica de Dionisia García sobrecoge, pues objetiva su enfoque con el anecdotario histórico de un tiempo de rabia e intemperie. También el sedimento de Juana Castro dibuja una realidad precaria en la que se hace luz el sacrificio y la entrega.
  Los trazos expresivos combinan estrategias en verso y prosa; del camino abierto de formas llega la evocación de Marta Cerezales Laforet, hija de Carmen Laforet, la inolvidable autora de la novela Nada, y de Cristina Cerezales Laforet, la nieta que dibuja en su memoria el papel de los libros y el aprendizaje de la lectura como puerta de conocimiento. La voz de Gioconda Belli airea la savia nutricia del legado memorioso en la tenaz perseverancia del recuerdo. También en Piedad Bonett y Ángeles Mora encuentra cauce el intimismo confidencial del hijo que poco a poco crece y gana autonomía para tomar la palabra con sus propias vivencias. Mónica Doña no se limita a la mera contemplación de la maternidad como legado de plenitud y clarifica sus efectos secundarios, en los que no falta la erosión del tiempo y su continuo caminar hacia la nada. Los poemas de Pilar Mañas se empeñan en abrir un nivel cognitivo a las sensaciones; es punto de partida que alumbra la percepción de un decurso temporalista donde se gesta la propia identidad.
  El necesario abrazo entre pensamiento y poesía del decir breve diseña las colaboraciones de Carmen Canet, cuyos aforismos moldean un diálogo interior, Anna Kullick Lackner, empeñada en dar una voz natural a la realidad de los hijos y a su presencia en lo cotidiano, o las líneas fragmentarias de Trinidad Gan, cuya prosa poética delata el temblor de los recuerdos, esas instantáneas de vida en la memoria con miedos y sensaciones que enriquecen las variantes y arritmias de lo imprevisible. La colaboración de Pilar Gorricho del Castillo tiene el desgarro de la autobiografía, esa incisión abierta del dolor que deja la pérdida, y siempre me parece esencial esa lucha verbal de Eva Vaz para desgarrar tópicos y mirar resquicios y asimetrías: ser madre es soportar el triunfo desdeñoso de la hija por ser más alta y sentir en el extravío  su prepotencia afectiva; es conocer de cerca la intemperie acariciando músculos y huesos.
  Maternidad es una compilación muy densa y es imposible ubicar cada texto con las coordenadas situacionales concretas; queda esta tarea en manos del lector que solo necesita saber que esta antología monotemática constituye en sí misma un tratado de interpretaciones y una mirada plural a los repliegues de la memoria. La existencia subjetiva, tras la maternidad, adquiere otro significado que conlleva otra manera de entender lo diario. Los poemas de María Rosal, el estremecedor apunte lírico fragmentado de Ana García Negrete, la orfandad de la sangre de Anabel Caride y la sospecha de que el destino traza su propio mapa de ruta, son pautas incisivas de la maternidad que siembran emoción y estremecen el pensamiento.
  El resultado de esta propuesta editorial de Rosario Troncoso y Carmen Canet  es un regalo de polivalencia y riqueza, de selectas visiones y singladuras vitales que resultan esenciales para seguir tensando el hilo de la vida, esa forma misteriosa y única de amanecer al día.

JOSÉ LUIS MORANTE



sábado, 5 de diciembre de 2020

NO ES TIEMPO DE ABRAZOS

No es tiempo de abrazos
VV.AA. / Colectivo de fotografía AFOGRA
Prólogo de Javier Bozalongo
Sonámbulos ediciones
Granada, 2020

 

A PIE DE CALLE

 

   Aunque gestan vocaciones comunicativas dispares, el aforismo y la fotografía comparten la creación de un sentimiento de proximidad. Ambos borran distancias entre los ámbitos de la percepción sensorial y el pensamiento, creando un espacio nuevo en la intimidad del yo. Imágenes y palabras construyen la medida justa de un instante de asombro que transita por itinerarios emocionales. Desde ese fértil sendero de la colaboración que aúna posibilidades expresivas y estéticas llega el volumen No es tiempo de abrazos, impulsado con exquisito cuidado formal por Sonámbulos ediciones. El trabajo integra el sucinto legado aforístico de quince autores muy conocidos del decir breve, a juicio selectivo de la profesora, crítica y aforista Carmen Canet, y las fotografías de artistas integrados en el colectivo granadino AFOGRA.  
   Con perfilados contornos, la introducción del poeta, editor y aforista Javier Bozalongo dibuja las afinidades  pautadas del aforismo, como concisa propuesta verbal, y las fotografías, que permiten fijar la realidad desde la luz sobre una superficie sensible. Un absorbente reto que suma la sintonía de las dos disciplinas.
   Es necesario, aunque no habrá pasado inadvertido al curioso lector, refrendar la carga semántica del título en un momento colectivo marcado por la pandemia. El virus ha roto la normalidad para ensimismar lo diario y recomendar el mínimo contacto afectivo. Así pues, lo contingente se ha impuesto como categoría social inevitable: No es tiempo de abrazos. Asumir este lapsus sentimental en el discurrir provoca no pocos efectos secundarios y a su desarrollo estético se aplican aforistas y fotógrafos desde una perspectiva híbrida de palabra e imagen.
   La antología enuncia un sencillo núcleo de temas capitales que abre Carmen Canet y la fotógrafa María José González Almazán. En el vacío impuesto sobre calles y aceras, tantean las palabras su propio itinerario. Dice Carmen Canet: “Era una ventana que se asomaba a la calle para verla. Era una calle a los pies de una ventana que se empinaba para mirarla”. El inagotable espacio poético de Dionisia García ha abierto en paralelo una senda aforística del máximo interés; así que su presencia en el libro constata su voz fuerte, que aquí habla, con el abrazo visual de Diego Barroso, de desolación y soledad, del desconcierto irredento de la búsqueda y el refugio interior. La idea de ensimismamiento y clausura está presente también en el breve de Elías Moro: “Dar vueltas y vueltas en el claustro del propio pensamiento. Y no encontrar nunca la salida”, muy bien interpretado por la fuerza visual de Juan J. Márquez. La situación ha demostrado que el entorno se ha despojado de su sobrepeso de banalidad, y esa es la idea que alienta la mirada escrita de Erika Martínez y el instante capturado de Jesús Gil Corral. José Luis Morante ratifica la permanencia de lo paradójico, la contradicción y los contraluces que definen la voluntad del sujeto: “Esos pensadores profundos que se bañan donde la piscina no les cubre”, una estela argumental que refrenda en su imagen Mercedes Castro García. A una idea similar lleva el texto de Gemma Pellicer: “Ni siquiera la realidad soporta un buen análisis”. Javier Sánchez Menéndez añade en su decir el peso gravitatorio del silencio, ese estar que hace de la mudez la mejor palabra. En la clausura, se hace de la casa propia el refugio de la intimidad clausurada, una sensación que propicia el aporte de Felix Trull. Dicho pensamiento halla en Lorenzo Oliván, Mario Pérez Antolín y Sergio García Clemente otros matices: el olvido, el dolor y el reencuentro con la propia esencia del yo. El decir minimalista de Ramón Eder perfila un humorismo crítico: esa asunción de la rareza como nuevo hábitat natural de los apocalípticos. Junto a Manuel Neila e Isabel Bono, completan la entrega  nuevos aforismos enriquecidos por los sugerentes espacios visuales  de Lola Maleno, Joaquín Puga, Soco Martínez y otros miembros de AFOGRA.
   El compartir páginas de palabra e imagen en el libro No es tiempo de abrazos resalta el sustrato semántico de las teselas verbales. Borra líneas divisorias para mostrar las cadencias del yo subjetivo y su quietud concisa. Ese yo frágil que cobijamos en la identidad frente al rompiente mar de lo diario.


JOSÉ LUIS MORANTE



domingo, 28 de enero de 2018

CARMEN CANET (Entrevista)

Carmen Canet
Fotografía de
Joaquín Puga

Una conversación con Carmen Canet

Desde la publicación de su primera entrega aforística, Malabarismos (Valparaíso, 2016) Carmen Canet se ha convertido en una presencia habitual en las principales antologías del género. Nacida en Almería, pero residente en Granada donde forma parte de su inquieto tejido cultural, y profesora durante muchos años, la escritora prepara su segunda salida en la editorial Renacimiento.


La crítica ha sido la primera opción de tu itinerario creador. ¿Podrías resumirnos esa larga dedicación lectora?

He sido desde edad temprana una lectora incansable y me gustaba también escribir.

Comencé con la escritura en los últimos años de carrera con los estudios de dos revistas: “La Vida literaria” (1899), y “La Ilustración Católica” (1877- 1883), mi fascinación por el periodismo literario me llevó a estos trabajos que fueron mi tesina y mi tesis, publicados por la Editorial de la Universidad de Granada. Desde 1980 fui colaboradora de la Revista almeriense Andarax. Artes y Letras, donde entre otros artículos, tuve una sección que dediqué al estudio de las principales revistas literarias contemporáneas. Seguí y sigo con mi labor de crítica literaria, de investigación, con propuestas educativas y didácticas, así como colaboraciones con reseñas en distintos medios. El tema de las rutas literarias me ha gustado siempre y tengo varias publicadas. El estudio y  trabajos sobre  la escritura del aforismo, junto a la lectura de los grandes maestros me ha llevado, de forma natural a la tarea de escribirlos.

 Crítica, prosa didáctica, aforismos, poesía…Sobre tu mesa de trabajo una sosegada convivencia de géneros. ¿Cuál de ellos tiene el papel principal en tu escritura?

La  crítica literaria y el aforismo son ahora el centro de mi escritura, colaboro en varias revistas y suplementos de libros de algunos periódicos, asiduamente, y en el campo de la creación mi género es el aforismo. La poesía es mi pasión, escribo y  he colaborado puntualmente en antologías, acabo de participar en dos por temas solidarios. He tenido una etapa grande que me ocupó la elaboración de diversos trabajos y propuestas educativas y didácticas debido a mi profesión docente pero ahora es menor mi intervención en estas cuestiones.
                       
 Tu paso inicial, Malabarismos apuesta por un aforismo lacónico y contenido, que tenga el efecto de un destello. ¿Qué cualidades exige a este género breve?

En los tiempos que corren el aforismo está exento de retórica, grandilocuencia, de moralismo y didactismo que es la diferencia que existe con el clásico. En el aforismo contemporáneo estas formas breves son como comprimidos que deben de tener una dosis necesaria para dialogar, ser esos instantes terapéuticos de carga amable, elegante, irónica y comprometida. Por eso son ingredientes necesarios: la concisión,  la reflexión, el  humor, la crítica y la verdad. Deben acotar el vuelo de la mente con un léxico sutil, lúdico, lírico y social. No admiten una única lectura: con licencias, con palabras en libertad que nos llevan a la vez a la inmediatez y a la distancia, con genio e ingenio marcan el camino para descubrir otros senderos, dar que pensar y provocar e iluminar al lector. Al aforista le gusta estar al acecho, tropezar en la vida con ideas o imágenes inesperadas para luego plasmarlas en papel, pero son los lectores una vez aterrizadas los que logran que despeguen de nuevo y puedan volver a volar. El buen aforismo tiene que desprender sentimientos y pensamientos.

 Él mide las palabras y me tiende la mano rescata la aforística subterránea que encierra la obra de Luis García Montero. ¿Cómo nace ese diálogo literario con el poeta de Granada?

 Luis García Montero y yo nos conocemos desde finales de los 70 y fue en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada cuando estudiábamos, sigo pues su escritura desde el principio.

Los lectores acostumbramos a señalar versos, solemos copiar citas, y descubres que hay frases anotadas que además de la belleza estética tienen una ética, y cuando te das cuenta que éstas tienen la instantaneidad, la concisión, la lucidez, el lirismo de los buenos aforismos, es cuando decido hacer este libro, y agradezco al director de Valparaíso Ediciones, Javier Bozalongo,  que acogiera esta idea.

Mi dedicación a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y en particular  al estudio del aforismo me llevaron de forma natural a esta grata tarea de entresacar de su obra literaria completa, versos y frases de sus poemarios y  novelas, frases que aisladas de sus contextos funcionan perfectamente como aforismos. Así que tomé como título un verso suyo que me parece significativo: “Él mide las palabras y me tiende la mano”, y, también, me tomé la licencia de exponer dichos versos y frases transcritos literalmente, éstos no modifican sus escritos, solo son citas que tienen vida propia. Y ésta es la relación, el diálogo de una lectora con su autor.

 La editorial Renacimiento saca a la luz tu nuevo trabajo aforístico. ¿Qué aporta respecto a tu primera entrega?

Mi nuevo libro titulado Luciérnagas, en prensa, sigue en mi línea aforística, son frases breves que buscan el cobijo en una ética poética y humana. Recorren las facetas cotidianas de la vida, con temas como el paso del tiempo, la soledad, el amor, la amistad y el gusto por las artes, en especial la lectura.  Tal vez son más reflexivos, y con más ironía. Lo que sí he querido hacer es más homenajes, y mostrar mi reconocimiento, en especial, a las mujeres. He pretendido también que hagan compañía, y que inviten a la conversación y al dialogo.
  
¿A qué se debe, para ti, la impulsiva cosecha aforística contemporánea?

El aforismo responde al aire ligero, fragmentario de nuestro tiempo. La verdad que está viviendo un momento feliz, es muy alentador el auge que tiene actualmente. Sabemos que ha existido siempre y que ha vivido épocas con mayor o menor intensidad. Las redes sociales han propiciado mucho estas frases cortas, a través de los tuits, los wattssaps. La rapidez y el ritmo que tiene nuestra sociedad hace que el escrito sea más breve, acercándose al slogan, al spot publicitario, pero no podemos confundir esta moda que está en la calle con el género aforístico que conlleva una técnica, y no debe caer en la ligereza y  trivialidad de lo espontaneo como ocurre en esos juegos de internet donde la frivolidad tiene cabida.

El presente parece un tiempo de grisura y demoliciones. ¿La escritura es el último refugio del yo frente a la crisis?
 
La escritura es un refugio, es una terapia, una necesidad para algunos, lo mismo que para otras personas es la música, la pintura, el baile, cada uno se crea su propio asidero para vivir más plenamente. Para mí es muy importante, sin la lectura y la escritura no podría respirar, pero necesito más cosas, pero sobre todo a las personas,  somos soledades compartidas.

Vivimos tiempos nublados con crisis donde nuestros jóvenes nunca hubiéramos pensado que podrían estar con tanto paro y trabajos precarios. Pertenezco a una generación luchadora que pensó que había logrado una mejora, y ahora advertimos que ha habido un retroceso que nos recuerda a nuestros años de juventud, y esto es muy triste, muy decepcionante. Soy muy vitalista, realista y a la vez idealista y sufro viendo el presente que tenemos, y lucho en la medida que puedo con la escritura y con mi comportamiento personal por avanzar dignamente hombres y mujeres y resguardarnos de esta intemperie en la que estamos sumidos.

(Entrevista inédita)