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lunes, 15 de enero de 2018

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. RAZÓN DE MÁS

Razón de más
(Diarios 2011-2012)
José Luis García Martín
Edición de Carlos Moreno Guerrero
Renacimiento, Biblioteca de la Memoria
Sevilla, 2017

SORBOS DE REALIDAD


   Una de las coordenadas esenciales de la autobiografía es la búsqueda de asiento perdurable a lo contingente. Lo sabía bien Alejandro Rossi, quien firmó en 1978 las páginas de Manual del distraído; cuarenta años, su lectura sigue resultando amena y contemporánea. De aquellas páginas procede la cita de apertura de Razón de más, nuevo paseo por la memoria con notas escritas entre 2011 y 2012. Recuerda el editor Carlos Moreno Guerrero que en la personalidad de José Luis García Martín confluyen facetas creadoras expansivas: es poeta, profesor universitario, crítico especializado en poesía contemporánea, antólogo, traductor, diarista, articulista, bloguero, fotógrafo y director de la revista literaria Clarín. Una intensa vida con olor a tinta que deja huellas en las heterogéneas secuencias del autorretrato iniciado con Días de 1989, y formado hasta la fecha por diecisiete entregas.
  En el norte de lo cotidiano germinan asuntos que dibujan la sensibilidad del escritor. Son “esas pequeñas digresiones sobre la vida y los libros”. Así se clarifica un trayecto; es “testimonio y crónica vital y literaria, y en él se deslizan las naturales indiscreciones personales propias del género, en ocasiones con gotas de mala intención, sobre algunos de sus colegas literarios”.
  Con sesgo aforístico, José Luis García Martín escribe: “La rutina es mi manera de luchar contra el tiempo”. En esa reiteración de hábitos se mueven los apuntes al paso. El diario siempre mira el entorno por cuyas aceras deambula el nosotros. La política como marco de convivencia exige un posicionamiento diáfano que hace del ciudadano un testigo implicado. El sujeto enfoca con mirada crítica el mapa del presente. García Martín muestra afinidad ideológica militante con el pensar socialista; razona, por ejemplo, sobre la exigencia de servicios públicos gratuitos y los cauces de financiación, o reivindica el legado de Zapatero, tan contrapuesto a las veleidades localistas de Álvarez Cascos y al indeterminismo del gobierno central. Su voz adquiere sensata formulación en el tono claro del pragmatismo, cuando la situación lo requiere: “Yo creo que debe primar el principio de realidad sobre las lucubraciones ideológicas”.
   El ser cívico convive con el afán laboral; la docencia es un oficio antiguo en el poeta y es también la forma natural de completar los días con una actividad compartida con estudiantes, docentes y los nubarrones de la burocracia académica. En ese registro, cataloga como basura curricular las publicaciones realizadas para cumplir un trámite académico. Resulta obvio recordar que ser profesor no es situarse en un arrecife insular sino integrarse en un enfoque educativo nítido y programado que evite consecuencias nefastas, como la manipulación ideológica (tan perceptible en estos tiempos en la juvenil algarada independentista) o los contenidos desfasados y aleatorios de cualquier práctica docente que pone velas al ego individualista.
   Con una intensa estela literaria, iniciada en 1971 con Marineros perdidos en los puertos, el mundo afectivo del escritor está poblado de encuentros y desencuentros literarios. Las anotaciones nunca practican el habitual velado de nombres; las secuelas relacionales llegan al lector con sus protagonistas y secundarios, no importa que caigan bien o mal a Francisco Brines, Luis Antonio de Villena, Andrés Trapiello, Abelardo Linares o los jóvenes componentes de la renovada tertulia Oliver. Asoma el polemista con ese entusiasmo de quien percibe en el comentario disidente una invitación a la trinchera.
   También en el paréntesis de lo diario pasean la imaginación y el asombro, esos sumideros que ponen en contacto realidad y ficción: una casona cuyo dueño es un viejo amigo que retorna desde el pasado, un anillo que vuelve invisible a quien lo lleva en sus dedos, un desconocido que se acerca para ofrecernos algún instante de conversación o los paisajes fantasmales de una Venecia alejada del turista, hecha de laberintos y calles solitarias.
  Razón de más es el libro de horas de un personaje solitario. De ese desconocido en el espejo que se reencuentra con dudas e incertidumbres, confundido y perplejo, lejos de la imagen altanera del mosquetero invencible, dispuesto a matizar y atizar. Son los aplicados trabajos de quien construye la máscara que nunca vela el rostro verdadero.

      

jueves, 25 de mayo de 2017

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA

Educación nocturna
Hilario Barrero
Edición de José Luis García Martín
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2017

INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. En el fondo de la mirada se exponen los ángulos de su relación con el mundo. En el quehacer indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante personal que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en sus diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos, basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen trayectos de retorno y necesidad de buscar el origen.
   En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, cuando su poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite a la música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes cuyo análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial. La escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural.
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el propósito comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
   Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúnen abundantes inéditos junto a una muestra de  poemas de las entregas citadas. Caminan con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la memoria afectiva, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. El sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.