![]() |
| Julio Mariscal |
ELOGIO DE JULIO MARISCAL.
A José Manuel Sánchez, claro.
Aquel primer encuentro fue más un chaparrón
que una tormenta. Las gotas de sus poemas secaron pronto y yo defendí mi
escepticismo ante la obra alegando una dicción envejecida y
un cierto localismo temático; mis preferencias generacionales no variaron,
seguían en el altar Jaime Gil de Biedma y Ángel González. Con mansedumbre de arroyo, discurrió el tiempo en el que fueron naciendo los primeros poemas, creamos una tertulia literaria, con mucho de trastienda de tendero, e hicimos algunas lecturas en las que percibí de inmediato afinidades y disidencias; ciertos conspiradores no me perdonaban la dicción castellana y haber nacido de Despeñaperros para arriba.
Poco después, el granadino Emilio Quintana se inventó una
revista Nada nuevo y me pidió un
artículo para su sección “Una casa con goteras”, comentando el itinerario de
Julio Mariscal y no lo hice. Seguía con mis dudas, condicionado por los
pedestales inalterables de los poetas más emblemáticos del 50.
Ya en Rivas, tras ocho años de estancia en Arcos de la Frontera, al comenzar la andadura de la revista Luna Llena me encontré una vez más con su poesía; sentí en
su voz la fuerza de un existencialismo atormentado, la perfección técnica del verso, el sentimiento amargo de la incomprensión y esa soledad de quien se
mueve entre el deseo y la conciencia, entre la religión y el hombre.
Ahora, tras muchos libros leídos y deshabitados, sé que Julio Mariscal es un buen poeta. No es poco. Uno de esos
poetas de la promoción más importante del siglo XX –sí, la Generación del
Medio Siglo, no la del 27 o la del 36, o la de los novísimos…- y aguarda en
las estanterías una nueva conversación en voz baja, llena de emoción y ternura.
