Mostrando entradas con la etiqueta Pablo A. García Malmierca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo A. García Malmierca. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de mayo de 2023

PABLO MALMIERCA. LAS ESTREMECIDAS

Las estremecidas
Pablo Malmierca
Eolas Ediciones
León, 2023

 

MUROS DE NIEBLA
 

   Pablo Malmierca (Zamora, 1972), licenciado en Filología Hispánica, profesor, investigador literario y narrador, lleva un largo periodo de tiempo moldeando la trilogía del Estremecimiento, un mapa poético que conforman La voz estremecida, El tacto estremecido y, como cierre, Las estremecidas, un todo unitario, impulsado por el catálogo de Eolas Ediciones.
  Citas de Pascal Quignard y Jean Luc Nancy entroncan la semántica de este tercer despliegue lírico con el lenguaje y su naturaleza musical. El entrelazado de la obra ya es conocido por los lectores. Pablo Malmierca confía en el lenguaje y en su simbolismo experimental y desdeña la percepción testimonial de la realidad desde lo descriptivo. Su voz ausculta, poda, esencializa para ofertar secuencias meditativas casi minimalistas, con tendencia a la parquedad reflexiva del aforismo. El comienzo de Las estremecidas refrenda esta opinión: “Huérfanos de la noche / Espaldas mojadas del horror / Perdidos en la dislocación del amanecer / Todos esperamos el fin”
   En este poema prologal el despojamiento afecta también a la utilería gramatical; no hay puntos, como si la pausa respiratoria no dependiera del verso sino del diálogo con el lector. En la semántica del poema subyace una actitud de espera y una sensibilidad de incertidumbre e inquietud, donde la naturaleza del yo común estuviera marcada por lo nocturnal.
  La identidad de “Ella” vislumbra itinerarios de conocimiento en el discurrir temporal. El presente es espera; el futuro abre espacios a la esperanza. Hay que transitar una senda que se ramifica y muda los significados. Ella es lo intangible, es consumación que acoge, cuando todo concluye; es también la hija de la ira que tiene una muñeca de pobreza y agonía y que nutre su silencio de decepciones: “Sin comprender, / atada a un mundo inaprendido, / acerca a sus brazos, / la dificultad del camino”.
   El apartado “Fluidez” incremente el sustrato reflexivo; inconforme por naturaleza, el pensamiento aspira a la transcendencia. El tiempo no es duración sino esencia y molde de lo ideal, de lo que sobrevuela sobre la temporalidad y la sombra de lo frágil. Del mismo modo, en las composiciones de “En la búsqueda” el pensamiento pretende diluir los efectos de una sequía existencial para que aflore una huida lejos, un exilio capaz de olvidar la mentira y de dar a las vivencias otro sentido. La posibilidad de salvación de una existencia que se expande entre la impostura y la decrepitud.
   La escritura rastrea “Señales”, intuye la cercanía de una presencia no definida todavía. El marco escénico es una representación del desamparo y nunca está exento de feísmo. Quien tantea en la naturaleza de lo existencial tiene presente la introspección del dolor. De este desplazarse ensimismado solo se salva la creencia firme en la palabra. Cada sueño exige una reconstrucción; cada ceniza certifica la nada y el fragmento. En “Fracturas” los posos del lenguaje se desplazan hacia el enunciado meditativo del poema en prosa. Con él se construye un discurso de sensaciones en un mundo crepuscular que camina hacia la sombra y que hace de la monotonía un estar gregario que avanza hacia el acantilado: El sujeto poético tiene la sensación de caminar bajo la tormenta, en un tránsito oscurecido que no conduce a ninguna parte, que está cercado por muros de niebla.
   Las claves nocturnales de Pablo Malmierca no tienen amanecida. Persisten en la sombra, convierten al yo poético en un habitante del delirio, en un terco vencido que solo escucha la lánguida música de los pájaros. Todo el entorno es un paisaje de soledad y silencio, casi un espacio interior, un desamparo por donde deambulan pasos a la deriva.
   Esa deriva afecta también a una naturaleza vulnerada por la decrepitud y la basura, como  ratifica el poema “Miedo”,  a las distopías sociales que difunde la actualidad diaria, como argumentan los versos de “Perder el tiempo” y “Promesas de futuro”. Son argumentos que nombran la mirada crítica del yo social ante un tiempo marcado por los programas televisivos o las consecuencias de una globalización que paraliza el pensamiento y contamina.
   El último tramo del libro está formado por “Esquizofrenia”, una reflexión sobre la deriva de la razón y su tendencia a crear realidades paralelas que también afectan a una percepción colectiva que convierten la convivencia en un conflicto irresoluble lleno de delirios sin conexión. Todo muestra el absurdo de la incongruencia, el agrio paraíso de muertos vivientes. Ese tenebrismo también se expande por poemas  como “Matadero” que hace una reflexión de impacto sobre el Mediterráneo convertido en laguna Estigia. Otro apartado, “Lugar”  rescata formas entre la oscuridad de la grieta, comparte el silencio de quien busca un refugio habitable en medio de una noche opaca, donde parece no haber salida. Sin embargo, el apartado “Ellas” cobija unos hilos de esperanza: “En la parálisis de la apnea / buscamos respirar, / recuperar el latido, / volver a creer en el hombre.”.
  Todo el ciclo completo de la trilogía conforma una evocación del no lugar y el vacío. El viaje existencial no genera ninguna estación final donde se cumplan utopías, ilusiones y sueños. Sólo está la presencia cautelar del dolor, la piel estremecida, el desamparo. El lenguaje se hace grieta, taladra la soledad y busca en la pared ese resquicio que tantea las asimetría, que dibuja en la espera una angosta salida al laberinto.


JOSÉ LUIS MORANTE


 

viernes, 13 de octubre de 2017

SANDRA SÁNCHEZ. UNA MANZANA EN LA NEVERA

Una manzana en la nevera
Sandra Sánchez
Prólogo de Pablo A. García Malmierca
Piediciones, 2017 

AMANECIDA

  La aventura vital que ofrenda a la identidad es el material de trabajo de Una manzana en la nevera, el libro de amanecida de Sandra Sánchez (Oviedo, 1971). La autora no es una desconocida para muchos lectores. En su bitácora Letricidios premeditados ha ido adelantando una voluntad firme de conjugar la creación literaria con facetas diversas como el haiku, el aforismo, la reseña o los microrrelatos. Son frutos al paso que cosechan diferentes reconocimientos en concursos y certámenes y que han propiciado algunas publicaciones colectivas.
  La introducción de Pablo A. García Malmierca ajusta el enfoque de contexto de Una manzana en la nevera recuperando una de esas cuestiones bizantinas irresolubles: la existencia o no de una poesía femenina que busca su normalización presencial en antologías de género; pero más allá de la necesaria simetría de autores en cualquier selección representativa, lo que realmente importa recorrer es la sensibilidad de base del poemario, su apuesta por trazar unas líneas necesarias que aporten un mayor conocimiento del sujeto verbal y de sus conexiones con un entorno temporal; el poema requiere búsqueda y conocimiento a través de la expresión directa de sus vivencias y de su estar temporal en el ahora. Acierta el prólogo cuando define la voz de Sandra Sánchez como una “poesía desnuda, descarnada en muchas ocasiones, que toca el lenguaje directo en algunos aforismos, un discurso que busca la verdad”.
  El abundante material de biblioteca que la poeta pone en el umbral de sus versos es sobre todo una advertencia al lector: esos poemas aparentemente desnudos, sin la hojarasca retórica del aderezo metafórico, no nacen de la nada. Siguen huellas de otros que al cabo de los años han permitido moldear el modo de expresión que elige el buen verso. Esa es la razón de ser de las citas de Lewis Carroll, Alejandra Pizarnik, Gloria Fuertes o Marguerite Yourcenar.
  El hilo argumental se manifiesta con claridad de mediodía: Sandra Sánchez escribe un libro de amor; son poemas regidos por los sentimientos que nunca abandonan el barco de la poesía confesional. La materia textual se convierte, de este modo, en una celebración del otro como puerta de la realidad y sus posibles contradicciones. El sujeto condensa sus esfuerzos expresivos en encauzar un discurso intimista que solo requiere el golpe firme sobre la mesa de unas pocas palabras: “He comprado un corazón / y lo he armado con paciencia. / Me lo quedo, venía roto”. Así, con ese deje natural que parece nacido del lenguaje coloquial, quien nos habla se dispone a leer el mundo de los sentimientos y va construyendo una red afectiva en la que se siente atrapada, como si la voluntad necesitase madurar a resguardo en manos de un discurrir temporal que no regresa; esa incertidumbre del ser en la cronología encuentra nítida expresión en el poema “Cuánto”: “ Si hubo un día una raíz que buscó / agua y alimento / ¿Qué fue de esa primera razón / para existir?”, el tema permanece en otras composiciones como “Un día abrí los ojos” donde el largo inventario de indicios personales se va desvaneciendo en el callado azogue del espejo.
  La escritura como reflexión que adopta el pensamiento del sujeto en las palabras da pie a poemas como “Aprendiz” y “Deliriums Tremens” en los que un figurante escindido de si mismo se percibe como oficiante diario del rito de la escritura, acaso para recuperar la vibración y el sentido tras la erosión continua de los días, o para configurar los rincones ocultos de la propia identidad en los que se asientan deseos, recuerdos y contraluces que dan fe de la dimensión cambiante del yo.
  Pero la poesía de Sandra Sánchez se mueve por las leyes físicas de la introspección y en ellas se sugieren como campos de fuerza de lo cotidiano el amor, el deseo, y el empeño en ser a través del otro, como si la existencia no fuera posible sin alguien en el piso de al lado que requiere una disposición continua para el laboreo más elemental, para sacudir el felpudo del polco acumulado de la intemperie, o para bajar al contenedor de reciclaje las bolsas de basura.
 Una manzana en la nevera es un libro fresco, con la temperatura regulada por un uso de recursos expresivos como los juegos de palabras, la ironía o la intertextualidad de un culturalismo mitigado que nunca barniza el ser figurativo del poema. En él encuentran acomodo los resquicios de la memoria y la corteza agrietada de la intimidad que necesita siempre una ventana abierta a la esperanza, un frigorífico con la manzana del paraíso dispuesta a ser el postre del ahora.