PACO IBÁÑEZ Y EL FRAILE DE SANTO TOMÁS
A Jesús -aunque nunca lea estas líneas-
que me abrazó en silencio
para decirme que aprovechara el tiempo
compartido con mi padre. Que los libros esperan
y las clases también. Que la muerte
siempre tiene prisa.
El día 2 de diciembre de 1969 Paco Ibáñez empequeñecía la platea y el patio de butacas del teatro Olympia de París. De aquel concierto, con público entregado, se grabó un disco inolvidable que no tardó en cruzar los Pirineos. Sus letras con música se convirtieron, en muy pocos meses, en pancarta sonora; una consigna de libertad frente al franquismo.
El cantautor - a quien conocería en persona, mucho más tarde en Rivas-Vaciamadrid- hizo del verso un grito colectivo, una coral en la que tuvieron voz Luis de Góngora, el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, León Felipe, Gabriel Celaya, Antonio Machado y Blas de Otero... Yo tenía diecisiete años y estudiaba magisterio, interno en la Residencia de Santo Tomás de Ávila.
Siempre he recordado, con ensimismada melancolía, que aquel disco era la música que nos despertaba cada mañana y nunca he sabido responder a unas cuántas preguntas llenas de luz: ¿A qué fraile se le ocurriría la idea de comprar el disco en el ocaso de la dictadura?¿Con quién tuvo que hablar para que el intimismo del amanecer se convirtiese en una revolución tarareable?¿Qué esperanza llenaba su celda, frente al patio renacentista del monasterio, para suponer que la poesía era un arma cargada de futuro?¿Dónde está aquella aurora con música, dónde ese fraile, dónde está Paco Ibáñez y dónde estoy yo, ahora que el futuro es también una esquina del tiempo, un callejón oscuro de internado y vinilo?
