Mostrando entradas con la etiqueta Santos López. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santos López. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de septiembre de 2018

GABRIELA ROSAS. AGOSTO INTERMINABLE

Agosto interminable
Gabriela Rosas
Editorial Eclepsidra,
Colección Vitrales de Alejandría
Caracas, Venezuela, 2008

DESDE LA PÉRDIDA



   En el umbral del verano. Cielo limpio, azul, sin nubes y un sol impulsivo que invita a buscar la indolente quietud de las sombrillas frente al mar. Viaja conmigo un nutrido equipaje de libros de poesía, para volver a sus páginas con el tiempo necesario. Entre ellos, Agosto interminable, breve propuesta poética de Gabriela Rosas.
   Desde hace algún tiempo su amistad y su quehacer literario integran la textura de mi trabajo crítico. La escritora personifica una presencia nítida que ha servido de pórtico para un fértil contacto con poetas y editores de Venezuela, un país hermano, maltratado hasta extremos insostenibles por el chavismo y su epigonía ideológica, lo que está provocando una crisis económica muy compleja y un exilio sangrante, que rompe familias y disgrega esperanzas sin futuro.
  El poemario es un diálogo que me acerca a la sensibilidad de Gabriela Rosas. Vuelvo a las páginas de Agosto interminable, cuyo título, sentencioso y explícito, proclama un gesto de rebeldía contra el discurrir y habla de carencia y hartazgo, como si el largo estar en la epidermis roja del verano rompiese las cualidades singulares del respirar diario.
 El personaje definido en los versos de Gabriela Rosas postula en su mirada una realidad insuficiente, alejada del esplendor estival y de la calidez celebratoria de los cuerpos al sol. Quien habla es una estela vulnerable a nostalgias y evocaciones. Nos deja entre las manos un código íntimo donde el decir confesional es tono poético característico. El sujeto verbal ha perdido rutas de plenitud para deambular en los meandros de un manso conformismo que precede al retorno. Es el tiempo de negociar tristeza y de dejar sitio a las sensaciones que testimonian los puentes rotos: “Con o sin heridas de muerte / Necesitas saber que queda tiempo/ Siempre hay un lugar / Una mancha de carmín en el cuello / Un sobrenombre / Una enamorada / Y buenos momentos / la vida es un soplo / Te lo he dicho / Es frágil y recta como las autopistas”.
   Cuando nada perdura, la geografía del pasado se convierte en lugar donde germina lo vivido; nace así la evocación, la necesidad de convertir lo transitorio en permanente, desde la escritura. Así renace la entrega amorosa, esos minutos interminables donde se trenzan brazos, labios y cuerpos, como un material gastado y prescindible que se agarra a sí mismo en la memoria: “Un hombre al final de la calle / Grita que mis ojos son túneles / Para ejercitar la soledad / Agosto se hace interminable “. Las palabras pronuncian lo perdido, se hacen huella y postal, dibujan las certezas de quien estuvo en ese espacio acotado de la felicidad.
   En los poemas finales, integrados en el apartado “Maromas”, el clamor de la soledad crece para dar fe de vida. Con tono imperativo, se busca vencer el aislamiento creando espejismos de cercanía o renaciendo al sueño, como un abrazo maternal, donde fue posible siempre aquel espacio habitable de la infancia; por eso la madre merece la calidez de la elegía o el canto fuerte que no requiere palabras.
   El horizonte temático expande su razón de escritura para integrar el recuerdo de los que se fueron –tan presente en el poema “Cafetal”-, el sencillo homenaje al magisterio de Santos López, o el asentimiento por una identidad marcada por las pérdidas. Cierra el libro el poema en prosa “Declaración”, que disuena en su molde formal pero cuyo hilo argumental sirve como coda afirmativa del sentir, ascua viva, herida de pulsión y belleza.
  Gabriela Rosas hace de Agosto interminable una estela que convierte el amor en principio existencial. En sus poemas conviven la dicción coloquial y la imagen que guarda el misterio de la intensidad y el tanteo imaginativo. Los sentimientos expanden sus nervaduras con sinceridad emotiva, con esa sabia conjunción de elegía y regreso. Volver es encontrarse, aunque no estés.



viernes, 22 de septiembre de 2017

SANTOS LÓPEZ. DEL FLUIR

Del fluir. Poemas escogidos
Santos López
Selección y prólogo de
Alejandro Sebastiani Verlezza
Kalathos Editorial
Madrid, 2016 

POEMAS ESCOGIDOS


   En la personalidad literaria de Santos López (Mesa de Guanipa, Anzoátegui, Venezuela, 1955) adquieren modulación facetas sucesivas y complementarias: es editor, gerente cultural, periodista y mantiene una larga relación personal con la poesía desde 1980, cuando publicó su carta de amanecida Otras costumbres. Comenzaba un discurrir creador del que ahora Kalathos Ediciones presenta una selección realizada por Alejandro Sebastiani Verlezza, también responsable de la introducción.
   Al poeta le cuadra bien la teoría del merodeador, ese empeño en buscar salida a los destellos de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos laberintos conceptuales. Así lo resalta en su entrada Alejandro Sebastiani: “Su voz es dúctil y sonora, traspasada por conjuras y salmodias, evocaciones de presencias lejanas (los ecos de ellos,  los que rigen muchos de sus pasos). “. Asistimos, por tanto, a una respiración creadora que no se ciñe solo al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva.
  El libro se estructura en siete momentos que no se corresponden con una selección parcial de cada entrega escalonada en el tiempo sino con una propuesta renovada que construye un significado autónomo; Del fluir propone una dinámica textual en la que alterna temas y trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto plasme su energía y tenga capacidad de hablar.
  El apartado “Ancestros” constituye el paso inicial, como si la palabra necesitara ubicarse en la raíz, buscar la senda venerable que propició el comienzo. Continuar requiere el leve trazo de la amanecida.  Y en ese trazo los indicios vitales que han ido creando la propia identidad en el discurrir. Lo perdurable está, constituye la columna vertebral que nos sostiene: “El amor es la idea de lo que no muere. / Siempre tenemos la esperanza de que todo esté vivo”. El pasado como tiempo del poema se mantiene constante; viene al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días que siguen habitando dentro.
   Ya he comentado que los diferentes tramos no corresponden a un proceso de escritura común, por tanto es difícil rastrear en las composiciones una sola estela argumental; con todo, los asuntos que prevalecen están visibles, a disposición del lector: uno de los que resaltan en el segundo apartado es el lenguaje y su relación con la definición del sujeto verbal. Si como sugería Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, la palabra de Santos López da vida también al discurso alógico, a ese dialecto del trance capaz de hacer de lo expresivo una interpretación no reglada, que modifique el discurso establecido por la norma. Esa voz chamánica, tan compleja al abordar sus significados previsibles, postula una realidad distinta en la que se acogen pensamientos y sentimientos para construir una geografía conceptual que dé cabida a las cosas. A Santos López le gusta oír la respiración de las palabras, esa casa interior  que establece un lugar sagrado para el poeta. También se buscan los repliegues del yo sentimental a través de las resonancias del amor y su finitud; o se recuperan composiciones del libro La Barata, donde Santos López se acercaba a culturas animistas, trasmisoras de una espiritualidad que encierra acuerdos sagrados entre el cuerpo y la naturaleza  a través de elementos genesíacos como la piedra, el agua, el humo y la sangre. 
   La materia metaliteraria del libro se completa con dos incisiones integradas como un epílogo: una conferencia expuesta en Lieja, el 30 de agosto de 1990, en la XVII Bienal Internacional de Poesía; y un conjunto de anotaciones, a modo de teselas autobiográficas. Ambas sirven para configurar mejor el prisma estético. En la idea del poeta visionario, se trasciende la dimensión literaria de la escritura para hacer del poema luz y misterio, un hilo umbilical entre lo visible y lo invisible, cuyo poder generativo está más allá del mero hecho de la artesanía verbal. En Del fluir percibimos el canto de un poeta visionario; las voces que buscan itinerarios hacia un yo interior que guarda todavía una umbría del sueño, los inexpresables garabatos del misterio.