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miércoles, 9 de octubre de 2019

VERÓNICA JAFFÉ. DE LA METÁFORA, FLUIDA

De la metáfora, fluida
Verónica Jaffé
Prólogo de  Igor Barreto
Edición de
Marina Gasparini Lagrange
Visor Libros / Fundación para la Cultura Urbana
Madrid, 2019 


PLUMA, CLARIDAD Y BLANCO


   La muy aconsejable lectura de poetas venezolanos contemporáneos fortalece la creencia de que el mapa lírico actual es una geografía creadora extensa, definida por su riqueza y diversidad. Entre las sendas más fuertes no existe un sustrato monolítico ni unitario sino un litoral abierto en el que cada escritor completa singladura con los propios interrogantes.
   Verónica Jaffé (Caracas, 1957) encarna un yo biográfico que articula un quehacer muy activo. Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, estudió Literatura Alemana y ha ejercido largo tiempo como docente e investigadora. Así mismo, dirigió revistas literarias y ha firmado un amplio trabajo ensayístico. Su cauce poético tiene su epifanía en 1991 con El arte de la pérdida y se prolonga con las entregas El largo viaje a casa (1994), La versión de Ismena (2000) y Sobre traducciones. Poemas 2000-2008 (2010) que aglutina aportaciones al espacio verbal de obras plásticas.
  Como traductora impulsa ediciones bilingües de Gottfried Benn, Else Lasker Schüler y sobre todo de Hölderlin, de quien versionó Cantos hespéricos (2016) en una bellísima edición enriquecida con imágenes. El prólogo del poeta Igor Barreto apela al magisterio crucial que Hölderlin ejerce en el ideario estético de Verónica Jaffé, “una poeta daimónica porque es dueña de una voz interior de sabiduría natural, no preceptiva”. Igor Barreto acerca también la sobrecarga tensional de una experiencia de indagación marcada por el exilio. No resultas ajeno a esta mirada el anquilosamiento en el devenir histórico de Venezuela de un poder autoritario, confrontado con la libertad individual y responsable de un larga incisión de la convivencia. No es una poesía de la denuncia sino el magma interior de una sensibilidad angustiada que hace del lenguaje instrumento conciliador y estrategia cognitiva de iluminación.
   Los apartados del libro se organizan con un criterio temporal. Los más tempranos corresponden a 2009 y muestran en su despertar un destello irónico, visible en los versos de “Poema, caracol”, composición con un cierre ético conclusivo: todos portamos caparazones en nuestra identidad, a veces como refugio y otras como necesarias excusas para resguardar contradicciones y conflictos internos.
   En otros poemas se oye la memoria. Deja sus sílabas entre el sueño y el despertar para recalcar la indefensión del sujeto frente a la intemperie, esa soledad del estar con las palabras y con la necesidad de decir. En este tramo expresivo, Verónica Jaffé da al título de cada texto una función semántica, bien como fragmento del verso de apertura, o como señal para abordar el sentido implícito en el cauce argumental.
  Como cierre de este primer apartado temporal la escritora apunta una poética de la levedad: “Después pensé que la poesía / era para lo pequeño / (y no sólo por las / aliteraciones). “. El sujeto verbal, frente al desaforado optimismo de los que suponen en el verbo poético una denuncia, una vía de superación o una catarsis sentimental, reconoce la humildad del lenguaje, su estar confinado en la estrechura para sumar recuerdos y palabras. Sin más “levedad y ocasión / de pluma y claridad / y blanco”.
   El arranque del conjunto “2010” parece dar voz a lo colectivo; Caracas se define como ciudad del miedo y el yo subjetivo comparte su estar angustiado con el malestar cívico de los que sienten alrededor el vacío y la ausencia. Pero el poema no es grito prosaico sino exploración y, por tanto, los versos siguen con sus juegos fónicos e imágenes.
   Resalta en el apartado un homenaje a Paul Celan y a las circunstancias trágicas de su muerte, de las que parte la reflexión sobre la condición de extranjero. Quien respira el oxígeno de otra lengua y otro país se adentra en un hábitat de extrañeza, donde  resulta complejo la definición del pensamiento subjetivo en el decurso circunstancial.
   La reflexión sobre el proceso indagatorio de la traducción y sus efectos es un tema que cobra relevancia en poemas. En ellos, el fluir es un principio básico. No se trata de volver a la fuente sino de explorar dónde concluye, qué arrastra, cuándo cambia de dirección. Sobre esta metáfora del fluir, la traducción alza sus cimientos para hacer del blanco y lo eventual una cala en lo perdurable.
   Resalta en De la metáfora, fluida la cobertura temática. En el conjunto “2011” volvemos a encontrar un pacto verbal entre lo sublime y lo pequeño. La contemplación elogia, como en Hannah Arendt, el paso contingente de la belleza, pero también vuelve los ojos hacia el legado histórico para buscar las consecuencias de los fundamentalismos revolucionarios que hacen de las ideas una oscuridad abrumadora y una incitación común al desvarío, que solo aporta una grafía estremecida del rencor de la que tampoco el verso sale ileso. También lo diario siembra una sensación de fragilidad y pérdida, un discurso temporal en el que los años se van sucediendo; son secciones de un libro de interrogaciones que deben traducirse como complejos textos, a veces sin sentido.
   Son abundantes las composiciones que bucean, no de una manera dogmática sino como un tema de indagación que exige un desvelo de la voluntad, la razón del poema. El quehacer metaliterario se aborda mediante símbolos, se hace causa y camino de la lógica, se recupera como fragmentos dispersos que hacen de la lógica un misterio abierto. Se compara el poema con el país, como dos realidades cercanas y aleatorias que comparten una geografía apenas legible: “De la metáfora, fluida / forma: esas gotas / y la forma / informe. / Que la forma / da la meta / y la meta / la forma”.
   La propuesta poética de Verónica Jaffé nace desde la inconformidad. A veces resulta extraña por su alejamiento de lo enunciativo y por su querencia por un decir alógico y fragmentado que hace del lenguaje una traducción ávida de luz. Ávida y personal nos propone en De la metáfora, fluida una selección de poemas de casi un lustro de escritura que hacen de la palabra exactitud y búsqueda, un compromiso táctil con la memoria y una lucha contra la anestesia del poder. También una insubordinación frente al sentimentalismo gastado desde un orden expresivo que añade intertextualidad y nuevos matices. Que hace del poema un camino que no se sabe dónde, una metáfora que busca forma y traslada.





      

sábado, 24 de febrero de 2018

FRIEDRICH HÖLDERLIN. CANTOS HESPÉRICOS

Cantos hespéricos
Friedrich Hölderlin
Traducción y versiones libres en lienzos y poemas de
Verónica Jaffé
Presentación de Luis Miguel Isava
La Laguna de Campoma, Caracas, 2016


RÍO Y MEMORIA

   En su obra Sobre traducciones. Poemas 2000-2008 Verónica Jaffé (Caracas, 1957) incorpora un epílogo que creo necesario recordar aquí. La poeta, ensayista, traductora y artista plástica se preguntaba en aquel texto las razones por la que se acerca a la traducción con una actitud alejada de cualquier trasposición mimética, como si plantase en el árbol de la escritura original un desplegado injerto personalizador: “Hölderlin me enseñó que la traducción es la política de lo poético porque implica la apertura a lo ajeno en la voz propia y porque con la traducción comienza el ciclo histórico de la imaginación humana”. Del calado semántico de esta aseveración reflexiva emana una tarea sostenida en el tiempo que deja ahora, con relevante propuesta editorial de la Laguna de Campoma, en colaboración con el Goethe-Intitut Caracas, la traducción de Cantos hespéricos. de Friedrich Hölderlin.
  Escritos en la aurora del siglo XIX, los cantos, en palabras de Clara Janés “devuelven la poesía a su primigenia vocación sacra y augural”. Verónica Jaffé toma como fuente de sus traslados textuales e imágenes la edición histórico-crítica de D. E. Sattler. Es la más valorada por la investigación filológica especializada; se singulariza por integrar en su magma textual las versiones y variantes. Sobre las características formales del volumen, resulta clarificadora la mirada crítica del profesor Luis Miguel Isava. El ensayista contextualiza el enfoque de estos cantos que integran, junto al viraje canónico, una versión literal y otra libre, empapada con la sintaxis castellana y con la atmósfera sensitiva de la traductora, quien amplía su papel hasta personificar una autoría versal, abierta a las posibilidades del matiz. El resultado es una conjunción de voces, un proceso de textualidad entrecruzada que transfigura la significación.
  Otro vértice nuevo y singular del decurso que acerca al espacio cognitivo castellano estos himnos es la síntesis plástica. A partir de una reflexión no verbal, los versos se transforman en imágenes y formas visuales en las que elementos conceptuales como el río, arquetipo de fluidez y transcurso, protagonizan plasmaciones imaginativas.
 Verónica Jaffé añade un preliminar en el que clarifica las cualidades de estos doce himnos o cantos, cuya forma métrica se inspira en los himnos de Píndaro. Son grupos estróficos que se construyen con similar esquema argumental: arrancan con un canto de alabanza que despliega a continuación un argumento enunciativo e interpretativo para integrar como coda lecciones y sentencias formativas. La traductora defiende que la textura esencial de esta obra es su transitar entre lo antiguo y lo moderno que además se enriquece con la presencia en su filosofía de un contexto histórico marcado por circunstancias políticas y sociales, capaces de moldear la subjetividad del poeta.
  Ya se ha comentado que no estamos ante el habitual trasvase académico. Verónica Jaffé deja el acceso abierto a su poesía y ofrece una introducción lírica, acompañando a las secuencias visuales. Las reproducciones de carboncillos y collages no restan espacio a las palabras sino que constituyen un episodio más de la traducción. Son expresiones meditativas que sondean analogías en la red del lenguaje y representan nuevas perspectivas semánticas.
   Si “lo que queda lo fundan los poetas”, el conjunto hímnico proyecta un regreso al pasado clásico como espacio mítico y reducto de plenitud y grandeza. Grecia es génesis y cuna y el anhelo del viaje se convierte en un cumplimiento del destino. Ir es hacer posible los deseos del corazón, dar forja a ideales que cobijan la belleza y la pureza. Así retornan epopeyas y tradiciones, historias épicas y geografías míticas que se entrelazan entre sí hasta adquirir la apariencia confusa de una construcción aérea. En Hölderlin la eternidad de los mitos paganos nutre pulsiones genesíacas de la existencia y recupera un panteón ecléctico de divinidades con acento visionario.
   A la luz de la razón, los cantos no  proporcionan historias cerradas ni semas lógicos. Se abren como figuraciones y marcas repletas de imágenes que exigen nuevas sendas, que entrevelan su hilo argumental para solapar sentidos o para hacer de su lectura un campo especulativo repleto de subjetividad.
   La actividad poética comprende también un impulso que lleva a Verónica Jaffé a una cala poética: “Fue el mismo Hölderlin / quien me enseñó a ver / la traducción en la poesía / y la metáfora del propio río / como el fluir de la memoria, / de la lengua en mi país / que no me pertenece, / ya lo sé / ni a mí ni a nadie.” El espíritu de Hölderlin bifurca el camino. Aflora un presente en el que es palpable la preocupación solidaria, el rastro de la pérdida, y la objetivación de un tiempo personal que traza su propio mapa de la memoria, los signos del día que abren a cada instante caminos y preguntas “porque la querencia de vida como riqueza, / para sí y para todos, es común a dioses / y mortales“.
   Lejos de quien asume la traducción como un expediente laboral, Verónica Jaffé promueve vínculos con el legado y la personalidad espiritual de Friedrich Hölderlin y crea en esa hilada conversación con el poeta su propio género literario, un quehacer singular para que siga hablando con voz inalterable esa tensión que encierra lucidez y locura.