martes, 8 de diciembre de 2020

EN EL BORDE DEL TARRO

Elegía visual
Fotografía
de
Enciclopedia de la Naturaleza

 

EN EL BORDE DEL TARRO


Para Cecilia Muga,
con mi gratitud por su amistad y su literatura 

   A solas, busca en el ventanal del dormitorio unos gramos de luz. Desenrosca con maña inquieta la tapa del tarro. Sospecha que saldrá de su interior un dragón contraído e imagina en sus manos el peso abrumador. Desecha el miedo y tiene suerte. En el borde del frasco roza sus dedos el vistoso arcoiris de un colibrí.

(De Cuentos diminutos)





lunes, 7 de diciembre de 2020

ANA MARTÍNEZ CASTILLO. DE LO TERRIBLE

De lo terrible
Ana Martínez Castillo
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2020

 

MERODEOS

 

   En las pulsaciones literarias de Ana Martínez Castillo (Albacete, 1978) adquieren molde estrategias expresivas diversas: es coordinadora editorial de InLimbo Ediciones, articulista cultural, escritora de relatos y mantiene una fluida relación con la poesía desde que publicó, en 2016, su poemario de amanecida Bajo la sombra del árbol en llamas. Era el arranque de una trayectoria de la que forman parte los libros La danza de la vieja (2017) y Me vestirán con cenizas (2019). Ahora presenta una nueva selección de poemas bajo el expresivo epígrafe rilkeano De lo terrible.
   He hablado hace un instante de Rainer María Rilke, de quien Ana Martínez Castillo recuerda una cita atemporal: “Porque lo bello no es nada / más que el comienzo de lo terrible, justo lo que nosotros / todavía podemos soportar…”; pero resulta inevitable rescatar otro magisterio de la poeta, la sensibilidad sombría de Edgar Allan Poe y su conocida certeza de que la conciencia legitima y resguarda un lado oscuro, donde afloran imágenes y pensamientos que carecen de idealizaciones pero preservan una ignota belleza y un atractivo halo misterioso. Con ellos –Rilke y Poe- se hace más fuerte la presencia de una realidad transformada que genera el empeño en buscar ventanas a los indicios de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos pasadizos introspectivos.
  La escritora opta por agrupar las composiciones del apartado inicial “La gran música” con un orden cardinal descendente. Así resalta la sensación de retorno hacia un punto cero, tras un cúmulo de experiencias vitales que amalgama, con voz evocativa, un magma de elementos, conjuras, y pulsos de presencias lejanas que no se ciñen al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva. El poema se hace de merodeos y acercamientos, de ese tantear en la oquedad de lo infranqueable para sondear límites y reconstruir momentos del yo que perduran en la memoria. Son extrañas visiones que merecen rescate, aunque ahora confabulen un poso de extrañeza y ajenidad.
  El poema construye al margen de la luz, exige al lector que busque significados autónomos para una dinámica textual en la que se alternan imágenes de gran fuerza semántica: “… has de ser la finitud que cae, que brinda, que gotea, la joven adicta que se colma de huéspedes las venas…”. Lo acumulativo trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto, lejos de lo real y tangible, plasme “la belleza terrible que nos derrumba”. Otra vez resuena en el fluir de la conciencia la sensación de ser para la muerte, de ir llenando las manos de lo diario con el peso ominoso de la ceniza, como huésped incómodo que se aferra al discurrir existencial y requiere la voluntad despierta de la escritura: “escribe así, de forma automática y absurda, terrible, ambigua, escribe así todos los días”.
  Si el apartado “La gran música” aludía a la capacidad de soñar sin hacerse preguntas, siendo  pasión y búsqueda, “coágulo, raíz y vena”, el tramo de “Átropos” se encuadra en la mitología griega, donde Átropos personifica el azar del destino. Hija de Zeus y Temis, es la mayor de las tres moiras, y la que decide cortar la hebra que enlaza a cada hombre con la vida. Cuerpo a cuerpo, la muerte necesita en el aliento del padre, apagando la senda venerable que propició el comienzo. Continuar en el camino requiere superar la llamada al dolor de los ausentes. El leve trazo de la amanecida se tiñe de negro si Átropos trae la epidemia, los indicios que se hacen escarcha y frío en el discurrir. Los otros vienen al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días, pistas falsas que siguen dibujando su fragilidad, las “cenicientas grietas del invierno”.
   La muerte transita y abre una ominosa estela argumental, impregnando todo el entorno: “El olor a tierra se detiene en los tejados y chirría como chirrían los pájaros, y cruje, como crujen las bocas”.
   En las composiciones de Lo terrible  la fuerza textual de Ana Martínez Castillo ilumina lo oscuro; crea un discurso alógico, que vela lo autobiográfico en un claro de imágenes de seductora sustancia. Poesía que hace del misterio un principio ordenador para abordar pensamientos y sentimientos de quien se siente decepcionado por una realidad gregaria y busca dentro los repliegues del tiempo y la memoria. Esa “cóncava oscuridad de las tinajas” en la que son siempre elementos genesíacos el vacío y la muerte, el final que mide “la líquida negligencia del canto”, los garabatos del hilo umbilical que un día se rompe.


domingo, 6 de diciembre de 2020

ELOGIO DE LA SOMBRA

Conversación
Archivo de imágenes 
de
internet

 

ELOGIO DE LA SOMBRA

 

La cómplice intimidad con mi sombra creció tanto que siempre caminaba detrás de mí. Poco a poco, el convivir diario borró las difusas fronteras que nos separaban. Ahora desplazamos pasos comunes. Yo soy ese hueco visible que va delante.

 

(De Cuentos diminutos)   

 

 

sábado, 5 de diciembre de 2020

NO ES TIEMPO DE ABRAZOS

No es tiempo de abrazos
VV.AA. / Colectivo de fotografía AFOGRA
Prólogo de Javier Bozalongo
Sonámbulos ediciones
Granada, 2020

 

A PIE DE CALLE

 

   Aunque gestan vocaciones comunicativas dispares, el aforismo y la fotografía comparten la creación de un sentimiento de proximidad. Ambos borran distancias entre los ámbitos de la percepción sensorial y el pensamiento, creando un espacio nuevo en la intimidad del yo. Imágenes y palabras construyen la medida justa de un instante de asombro que transita por itinerarios emocionales. Desde ese fértil sendero de la colaboración que aúna posibilidades expresivas y estéticas llega el volumen No es tiempo de abrazos, impulsado con exquisito cuidado formal por Sonámbulos ediciones. El trabajo integra el sucinto legado aforístico de quince autores muy conocidos del decir breve, a juicio selectivo de la profesora, crítica y aforista Carmen Canet, y las fotografías de artistas integrados en el colectivo granadino AFOGRA.  
   Con perfilados contornos, la introducción del poeta, editor y aforista Javier Bozalongo dibuja las afinidades  pautadas del aforismo, como concisa propuesta verbal, y las fotografías, que permiten fijar la realidad desde la luz sobre una superficie sensible. Un absorbente reto que suma la sintonía de las dos disciplinas.
   Es necesario, aunque no habrá pasado inadvertido al curioso lector, refrendar la carga semántica del título en un momento colectivo marcado por la pandemia. El virus ha roto la normalidad para ensimismar lo diario y recomendar el mínimo contacto afectivo. Así pues, lo contingente se ha impuesto como categoría social inevitable: No es tiempo de abrazos. Asumir este lapsus sentimental en el discurrir provoca no pocos efectos secundarios y a su desarrollo estético se aplican aforistas y fotógrafos desde una perspectiva híbrida de palabra e imagen.
   La antología enuncia un sencillo núcleo de temas capitales que abre Carmen Canet y la fotógrafa María José González Almazán. En el vacío impuesto sobre calles y aceras, tantean las palabras su propio itinerario. Dice Carmen Canet: “Era una ventana que se asomaba a la calle para verla. Era una calle a los pies de una ventana que se empinaba para mirarla”. El inagotable espacio poético de Dionisia García ha abierto en paralelo una senda aforística del máximo interés; así que su presencia en el libro constata su voz fuerte, que aquí habla, con el abrazo visual de Diego Barroso, de desolación y soledad, del desconcierto irredento de la búsqueda y el refugio interior. La idea de ensimismamiento y clausura está presente también en el breve de Elías Moro: “Dar vueltas y vueltas en el claustro del propio pensamiento. Y no encontrar nunca la salida”, muy bien interpretado por la fuerza visual de Juan J. Márquez. La situación ha demostrado que el entorno se ha despojado de su sobrepeso de banalidad, y esa es la idea que alienta la mirada escrita de Erika Martínez y el instante capturado de Jesús Gil Corral. José Luis Morante ratifica la permanencia de lo paradójico, la contradicción y los contraluces que definen la voluntad del sujeto: “Esos pensadores profundos que se bañan donde la piscina no les cubre”, una estela argumental que refrenda en su imagen Mercedes Castro García. A una idea similar lleva el texto de Gemma Pellicer: “Ni siquiera la realidad soporta un buen análisis”. Javier Sánchez Menéndez añade en su decir el peso gravitatorio del silencio, ese estar que hace de la mudez la mejor palabra. En la clausura, se hace de la casa propia el refugio de la intimidad clausurada, una sensación que propicia el aporte de Felix Trull. Dicho pensamiento halla en Lorenzo Oliván, Mario Pérez Antolín y Sergio García Clemente otros matices: el olvido, el dolor y el reencuentro con la propia esencia del yo. El decir minimalista de Ramón Eder perfila un humorismo crítico: esa asunción de la rareza como nuevo hábitat natural de los apocalípticos. Junto a Manuel Neila e Isabel Bono, completan la entrega  nuevos aforismos enriquecidos por los sugerentes espacios visuales  de Lola Maleno, Joaquín Puga, Soco Martínez y otros miembros de AFOGRA.
   El compartir páginas de palabra e imagen en el libro No es tiempo de abrazos resalta el sustrato semántico de las teselas verbales. Borra líneas divisorias para mostrar las cadencias del yo subjetivo y su quietud concisa. Ese yo frágil que cobijamos en la identidad frente al rompiente mar de lo diario.


JOSÉ LUIS MORANTE



viernes, 4 de diciembre de 2020

UN ZUMBIDO DE AVISPA

Picadura
Enciclopedia de la naturaleza

 

UN ZUMBIDO DE AVISPA

 (Metaforismos)

 

Aforismos: un zumbido de avispas.

 

Implosivo por naturaleza, el aforismo se expande hacia dentro. Busca la colmena interior.


Un aforismo no apaga su sed sino con la fría claridad de otro aforismo.

 

Si oyen la tos del pie de página, los aforismos fruncen el ceño.

 

Nada difieren el aforista y el hombre de la calle; ambos transportan piel, huesos, flaquezas, sentido común, filosofía y olor a tinta.

 

Callar la boca, ayuda a conocerse.

 

En el cuerpo conceptual del aforismo el impulso vertical, la metafísica instantánea.

 

Al despertar sospecho que la realidad es una patología de la imaginación.


(Aforismos desde la colmena)

 


jueves, 3 de diciembre de 2020

JOSÉ LUIS PARRA. LA HORA DEL JARDÍN

´La hora del jardín
José Luis Parra
Selección y prólogo de Susana Benet
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2020


  UN VASO DE AGUA


   Aunque nacido en Madrid en 1944, José Luis Parra hizo de Valencia y su entorno geográfico un refugio vital. Allí discurrió, instalado en Quart de Poblet, casi su existencia completa y fue gestando la vocación de escritura, que solo encuentra una salida tardía. Su primera publicación Más lisonjero me vi aparece en 1989 y abre un fértil sendero de publicaciones, integrado por las entregas Un hacha para el hielo (1994), Del otro lado de la cumbre (1996), La pérdida del reino (1997), Los dones suficientes (2000), Tiempo de renuncia (2004), De la frontera (2009) y el libro final entregado por el escritor Inclinándome, que se publicaría en 2012, el mismo año de su fallecimiento. Además de las estaciones mencionadas, el legado lírico dejaba las compilaciones Caldo de piedra y Abismos; y no tardaría en editarse el poemario La hojarasca (2016).  
   Con luminosos contornos, la obra dibujaba un absorbente destino de poeta nunca desvanecido. La singular personalidad del autor daba cuerpo a un emotivo diario sentimental; transcribía una sostenida disposición anímica para percibir el discurrir temporal desde la palabra, a través de un sencillo núcleo de temas capitales.
   Cuando parecía agotado el espacio poético de José Luis Parra llega a las estanterías de novedades La hora del jardín, un conjunto poético rescatado por la escritora y amiga íntima del poeta Susana Benet. En el prólogo al libro, la extraordinaria poeta contextualiza el origen de los textos. Proceden de los cuadernos duplicados que José Luis Parra, precavido, dejó en casa de Susana Benet, como si así ratificara la permanencia de los poemas. A ellos se añaden algunas piezas manuscritas y mecanografiadas, conservadas entre las páginas del diario. Queda así completa una nueva entrega, dispuesta en dos secciones orgánicas.
   La primera, “Diario del romántico” avanza desde un criterio cronológico y contiene piezas escritas entre 1987 y 2006. El título intensifica el sesgo autobiográfico de los poemas y su epitelio sentimental. Los textos dibujan con mano firme las derivas del yo subjetivo siempre náufrago de las aguas del tiempo: “No queda tiempo, no me queda / tiempo. Escribir es una sombra, / un silencio / de todo lo que quedará / por escribir “. Limpia, serena, sin el rostro brumoso de la erudición y del aderezo metafórico, la poesía de José Luis Parra enuncia con claridad sus magisterios y sus contradicciones dubitativas. Como en Pessoa, el ser es uno y múltiple, claridad y tiniebla, deseo y renuncia.
  Como una semilla nutricia, el amor convulsiona y transfunde la identidad. Es don inesperado y recuerdo, evocación que tiembla en los sentidos con una plenitud intensa, celebratoria, lúdica. El cuerpo habla desde la alegría, enaltece el encuentro carnal, estimula el ardor de la caricia y se hace estela del encuentro, necesario y urgente.
  En la disparidad argumental del apartado conviven  intimismo, apuntes sensoriales, el decurso de la educación sentimental, expandido entre la decepción, el escepticismo y la esperanza,  y el pensamiento ensimismado del solitario, con tanta lucidez expuesto en el poema “Buen provecho”: “Dejemos que la vida nos cocine / a fuego lento / y no nos queme. / Si somos un menú para la muerte / que encuentre nuestra mesa dispuesta y ordenada, /…”.   
  La sección final, que presta su epígrafe al libro, agrupa textos escritos desde 2006 a 2012, un intervalo de plena madurez crepuscular. Desde esa mirada otoñal, marcada por la conciencia de temporalidad, se escriben muchos de los poemas incluidos. Las horas dictan un presente continuo porque el futuro cada vez se presenta más como un espejismo. Llega el frío y es necesario buscar abrigo. En el reposo las palabras convierten el sereno transitar del pensamiento “en la casa sin lumbre del poema”. Desde el ser para la muerte, la poesía concede la felicidad cercana de un pequeño jardín frente al derrumbe de los sueños: “He sentido mis pies como raíces / hincándose en el suelo, excavando / con fiebre mineral, en las tinieblas. / También en primavera es más fértil la muerte”. Del contraste entre desolación y esperanza habla con fuerza renacida el tanka “Cerezos”: “Casi cegados / los ojos en la ciénaga, / tu piel caía; / pero viste aún el vuelo / en flor de los cerezos”.
   Como vasos de agua fresca, los poemas agrupados, con excelente montaje argumental de Susana Benet, en La hora del jardín tienen la caligrafía transparente de lo verdadero. Esa carga justa de emoción y misterio que pone mediodía en el áspero yermo del tiempo.     

JOSÉ LUIS MORANTE

   
 


miércoles, 2 de diciembre de 2020

CÁSCARAS


Haiku
Imagen
de
Archivo Piqsels


Con el silencio
la cáscara del haiku
se resquebraja

                      (Inédito)