Pero Adorno erró en todos los sentidos y su dictado solo fue una falsa falacia, de la que no tardaría en retractarse. No supo medir el profundo impacto de la
cicatriz. Adentrarse en la herida
abierta del dolor da continuidad a la voz de los exterminados y rompe la idea
del ser individual, hecho estancia cerrada e incapaz de concebir al otro en su
latir autónomo, distinto y singular.
Y esa es la visión nuclear e integradora
de Carlos Morales del Coso al editar
In
nomine Auschwitz, un amplio estudio con una muestra epilogal de
composiciones para que jamás se apague el impactante refrendo poético de la Shoah.
Es sabido que la estructura fragmentaria de las citas niega cualquier
ubicación gratuita. Están ahí porque siembran indicios, inician líneas de
pensamiento y ofrecen, desde su laconismo, las posibles constantes del
contenido.
In nomine Auschwitz acoge
entradas verbales de Sandro Pertini, Joan Margarit, Carlos de la Rica y San
Mateo. con textos anudados en la percepción del dolor existencial y la búsqueda
tenaz de equilibrio. El estimulante paratexto precede a una
nota de gratitud del autor manchego que ubica en primer plano a Carlos de la
Rica, sacerdote, creador, impulsor y surco abierto de la idea. En el lecho de
muerte, el 11 de agosto de 1997, sugirió al continuador del empeño editorial El
Toro de Barro la realización de esta singladura. El volumen moldea el trabajo
de veinticinco años de esfuerzos e incertidumbres. La fuerza de seguir ha
superado inconvenientes y cansancios gracias a la entrega de Jaime Vándor,
superviviente del abrazo mortal del genocidio, profesor universitario e inagotable
flujo de documentación. También a poetas, traductores, ensayistas y críticos,
como Pilar Gómez Bedate, Víctor Toledo, Margalit Matiatiahu, Esther Bendahán, Gerardo
Lewin, Jonio González o Andrada Tomescu, entre otros.
La
entrada de Fernando Navarro, historiador español del Holocausto, desde su
perspectiva moral incide en recordar que en la ominosa distopía nazi la
belleza es un grito, una posibilidad de utopía frente a la barbarie, por su
efecto liberador y su poder balsámico. Una forma de resistencia ante la extrema
deshumanización empeñada en convertir cada identidad en un cadáver viviente.
Por su parte, Fernando Navarro García, presidente de CITMA, busca el sentido
transcendente del lenguaje para abordar la palabra como un reflejo del alma; un
muro firme alzado frente a la muerte, capaz de borrar la sensación de
desvalimiento y fragilidad. Por tanto, las palabras, los poemas reunidos en
estas hojas de la memoria, son antídoto y vida. Fuerza para seguir preservando
a todos los ausentes de aquel tiempo lóbrego de “niebla y noche”.
En su
intenso análisis “Negra leche del alba, te bebemos al atardecer”,
Carlos Morales del Coso advierte de la niebla espesa que genera evocar en toda
su magnitud la barbarie del genocidio. La descarnada envergadura sobrecoge y
anula cualquier olvido. Aunque con una floración tardía, el impacto de la
llamada “Solución final” ha multiplicado aproximaciones en la filmografía, la
novela, el teatro, la autobiografía y otros planteamientos estéticos. La voz de
la tragedia deja también señas de identidad en el espacio poético. Muchos
poetas no pudieron sobrevivir a la catástrofe y consumieron su existencia en la
ignominia de los campos de concentración. Otros no fueron capaces de
superar los estragos del encierro y sus
voces se acallaron para siempre. Y otros
han dejado constancia de lo que sucedió y son parada obligatoria para
restaurar la historia, exenta de correcciones interesadas y escamosos olvidos.
El despliegue de nombres propios en cada parcela artística es abrumador.
Ratifica el persistente quehacer investigador y las muchas jornadas de documentación,
análisis y anotaciones complementarias. La antología de poemas permite
proseguir la ruta de un eje argumental convertido en cuerpo y sereno escrutinio
de enfoques. Para el antólogo, la gran erupción poética culmina en los años
noventa, décadas después de que rompieran diques de silencio Nelly Sachs y Paul
Celan. Son muchos los trayectos creativos compilados, lo que permite sugerir
que, más que una única poesía del Holocausto con características comunes y
uniformes, hallamos individualidades que ofrece el interior abierto del exterminio.
Sobre estos pasos, el antólogo organiza tres apartados. En el primero integra a los
poetas que no pudieron sobrevivir a la Catástrofe, bien porque no supieron
interpretar el peligro real que el nazismo expandía sobre los judíos, o porque
las contingencias biográficas propiciaron lecturas mínimas de la debacle. En
este grupo se citan los nombres de Ilse Weber, Geltrud Kolmar, Miklós Radnóti,
Jiri Olsen, David Vogel o Benjamin Fondane. Junto a ellos ha sobrevivido el
precoz legado de poetas muy jóvenes, casi niños, que mostraron una sensibilidad
adulta y una determinación única para forjar un premonitorio testimonio del
drama de los campos de exterminio.
El segundo grupo estaría formado por quienes lograron sobrevivir
a la catástrofe. Tras la incredulidad terrible de seguir respirando y el
lapidario silencio de la culpa, se fueron abriendo las heridas con espantosa
violencia para reelaborar actitudes individuales y colectivas. En este registro
nacen las obras de Leopold Henryk Staff, Anna Swirszczyuska, Geo Bogda,
Charlotte Delbo, Joaquin Amat-Piniella o Chava Rasenfarb.
La transcendencia del tenebrario nazi tuvo un fuerte impacto
multigeneracional, de dimensiones espaciales incontroladas. Los juicios y
procesos colectivos, la edición de experiencias autobiográficas y las
confrontaciones ideológicas de la guerra fría generaron una incontenible gama
de planteamientos poéticos. En ellos se integran creadores de distintos
contextos idiomáticos, en los que sobresalen, a modo de síntesis, voces como
Tonino Guerra, Salvatore Quasimodo, León Felipe Silvia Plath, Anne Sexton,
Félix Grande, Jacqueline Goldberg, Antonella Anedda, Mauro Dobri, Meir
Wieseltier, Juan Carlos Mestre, Isla Correyero, Víctor Gómez Valentinos o José
Luis Torrego. Mis disculpas por resumir tanto el inventario de colaboradores.
Por tanto, como escribe con iluminada precisión Carlos Morales del Coso,
negando para siempre el
dictum de
Adorno “No sólo no era inmoral perpetuar la creación poética después de
Auschwitz. Para los supervivientes, era una necesidad ineludible de
supervivencia como seres humanos”. Desde el magma poético de emoción y
pensamiento se reconstruye el mapa de desapariciones y se ataja cualquier
disolución entre la bruma. La ominosa cicatriz del horror, la locura nazi y el
frío tenebroso de su tarea exterminadora tienen en los poemas de
In nomine Auschwitz un paradigma de
permanencia, un afán interpretativo, pleno de análisis histórico y biográfico
que emite luz y dota de significado.
Quedan en la magna tarea de Carlos Morales del Coso la voz y la palabra
de una conciencia en pie. El vuelo estremecido de un resonar de gritos en el aire.
Poesía que abriga, deshilando el epitelio frágil del lenguaje para ser vértigo encendido, llama en medio de la gran oscuridad.
JOSÉ LUIS MORANTE