martes, 8 de marzo de 2022

DARÍO MÁRQUEZ REYEROS. FECHA DE CADUCIDAD

Fecha de caducidad
Darío Márquez Reyeros
XXIV Premio de poesía joven "Antonio Carvajal"

 

AGUA DE LA MEMORIA
 
 
   El espacio poético es un manantial fluido, en continua renovación, que establece como núcleo central de su existencia la convivencia generacional y la pluralidad de idearios. A ese cauce cambiante se incorpora Darío Márquez Reyeros (Alcobendas, Madrid, 1998), estudiante de Lengua y Literatura, colaborador en programas radiofónicos y Grado Superior de Producción Audiovisual y Espectáculos. El perfil poético individual ha impulsado algunos proyectos como “Alcalá perdía a gritos poesía” y ha quedado finalista de varios certámenes, pero la razón del poema encuentra su amanecida en Fecha de caducidad.
   Esta primera entrega se divide en dos tramos expresivos. El primero, comienza con una hermosa cita de Dylan Thomas que es, en esencia, una reivindicación de lo imposible: “la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”. Así se abre una poética intimista, que se acerca a las cosas como si fueran espejismos transitorios, sobre los cuales se asoma siempre esa percepción desvelada del final. A través de una dicción coloquial que convierte al sujeto poético en una presencia cercana y dispuesta a la confidencia, se entrelazan instantáneas al paso que parecen configurar el discurrir como un horizonte de incertidumbre. Los versos reconstruyen instantáneas del itinerario vital, al que se incorporan personajes secundarios. Adquieren el esplendor gastado de antiguas sensaciones, donde se refugia el pulso diluido del pretérito.
  Lo vivido traza un vago paisaje emotivo en el que se mueve el yo como detonante de experiencias preservadas en la memoria; allí conviven en un orden caótico el castañero, la sirena estridente que anunciaba el final de las clases, aquellas excursiones que necesitaban la seguridad de la misma compañía en el asiento o los hábitos diarios en los que suele aparecer un yo desdoblado que se aleja de la realidad para construir espacios oníricos, donde todo es distinto y germinal, como si estuviese impregnado por el celo indagatorio del sueño.
 Los recuerdos se empeñan en entender la gramática de lo diario y su caligrafía en el papel ceniza del decurso existencial. Llenan de imágenes la salida del sueño o esas perspectivas ilusas del futuro que acercan los oficios de mayores a la calidez auroral de la esperanza: “Soñadores o ilusos / sin saber que el futuro no existía, / que el presente es pedir / un préstamo tras otro, sin parar, / y rechazar a fin de mes los besos / de los hijos, llorando a solas, solos / o contigo, delante de una noche incansable”. También en la memoria las primeras ausencias, el doloroso hueco de esas identidades que cobijaron cuentos y caricias y que partieron pronto a un lugar invisible, que exige a cada paso la evocación intacta y el latido inquieto de la orfandad sentimental.
   En la primera parte se cobija una idea prístina y colorista de la infancia, cobijando pequeños gestos de complicidad y búsqueda, que un día concluyen, como si se hubiera abierto una ventana a otro paisaje más frío y desconocido, donde las cosas asumen la gravedad que pone las ilusiones a ras del suelo.
   El decurso temporal arrastra la educación sentimental hacia otros andenes. En la segunda parte, quien se mira en el espejo ha crecido y son otras las actitudes que genera el gregarismo diario. Ahí está la convivencia de pareja frente al televisor y ese tiempo de hipotecas y préstamos que exige el coche, el piso y los muebles, o las voces dubitativas de los hijos llenando el aire de preguntas sin respuestas. El pulso de la vida, la discreta plenitud de los ideales y la falta de utopías redentoras conforman  los centros gravitatorios de los textos.
  Darío Márquez Reyeros evoca a Ángel González, uno de los grandes maestros de la generación del 50, para fijar el advenimiento de una mañana nueva, sin esperanza, con convencimiento, que apenas deja unas señales en el vuelo del aire “violín, muchacha triste…”, antes de perderse de nuevo en el itinerario del día regresando a la nada. Solo el amor convulsiona las fibras interiores, como alumbra el poema celebratorio del deseo “Al ritmo de las cuerdas de Paco de Lucía”. Como una autobiografía fragmentaria, los momentos hilvanan una crónica descarnada y minimalista, sin épica, un viaje que consume los trechos del camino, sin apenas vislumbres de horizonte, en el que solo la insistencia del deseo o esos enamoramientos al paso trastocan el decurso existencial y lo convierten en un imaginario renacido de espacios y tiempos; un espejismo que alumbra la sensación de estar viviendo de forma transitoria, sin saber demasiado de nortes y esperanzas.
  El apartado final se convierte en representación simbólica del fracaso. El poema “Separación de bienes” refleja esa derrota de la convivencia, donde los sentimientos quedan en un segundo plano, inadvertidos, mansos, como aguardando turno en las tinieblas de la disolución. Comienza entonces una cuenta atrás, esas parcas que acechan nuestros pasos y dormitan en la sombra para capturarnos. Su fuerza concita la azarosa presencia del final.
  Con el fluir cadencioso de la confidencia, Fecha de caducidad dibuja un encuadre existencial convertido en un trayecto de huellas. La palabra poética de Darío Márquez Reyeros se moldea, cercana y habitable, como un punto de fuga del yo aislado en sus preguntas y en sus emociones, mientras percibe un entorno mudable. Lo que sucede entrelaza el pasado, el presente y la solitaria postal del futuro; el sujeto suele asomarse al conformismo de la memoria con sus escombreras de ilusiones fallidas. Así se va definiendo un camino donde se descaman las vivencias o se constata cómo lo transitorio va adquiriendo color crepuscular mientras, indavertidos, se cortan los hilos invisibles del porvenir.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

lunes, 7 de marzo de 2022

LARVA

Dentro

LARVA
 
 
   Atrapada en una soledad silvestre y en un oficio infame, la piel curtida de su mal carácter fue agrietándose con el tiempo hasta destilar un carácter enfermo, inhabitable, oscuro, como un denso pasillo sin final. Fue un cambio imperceptible.
  De cuando en cuando abre los ojos en la sombra y exige claridad, esa ilusión etérea de las cosas que muestran pujanza, tacto firme y cercanía.
   La luz, acurrucada, nunca acude. Resiste. Deja lejos su cáscara vacía. Tiene miedo también. 

(De Cuentos diminutos)


domingo, 6 de marzo de 2022

JOAN DE LA VEGA. LA SENDA INACABADA

Joan de la Vega
(Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 1975)



LA SENDA INACABADA 

   La buena poesía suprime la indiferencia; tiende a establecer nexos sentimentales, porque la escritura se concibe como una propuesta dialogal que supera distancias cognitivas para compartir el terreno movedizo de los significados. Este planteamiento obliga a fortalecer itinerarios singulares a partir de unos parámetros estéticos, que deben ser variados y complementarios. Dentro del quehacer de búsqueda hay quien opta por la repetición formularia de temas y símbolos coloquiales y quien sondea zonas de riesgo para hacer sondeos sin hollar o para buscar facetas más experimentales. Las características del discurso lírico de Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975)  se inclinan hacia el segundo enunciado. Así lo resaltan, con perspectiva objetivista, Eduardo Moga, Lluís Calvo o Jordi Doce y así lo constata la propuesta indagatoria En manos del aire, (Libros en su tinta, 2017), un corpus que integra composiciones de Y tú, Pirene, Una luz que viene de fuera, Via Ferrata, Flores del Dharma y La montaña efímera.
El primer tramo de esta muestra, Y tú, Pirene nacía bajo el signo de la evocación. El ahora como tiempo verbal se vuelve un espacio de resolución donde el sujeto sale a descubierta. Deja la puerta franca a una conciencia en tránsito que va acumulando percepciones y sensaciones del yo frente al paisaje. La naturaleza acumula signos explícitos. Habla con viva voz mientras el horizonte define una copiosa suma de elementos visuales cuya captación convierte al sujeto testigo en un poblador de laberintos tratando de descifrar ese idioma de signos.
Esa lectura de las grafías del paisaje se interioriza en el apartado “Bajo tierra” que recurre a la estrategia formal del poema en prosa. El cauce versal adquiere un carácter interrogativo. Recrea un escenario sombrío y nocturnal, que expande un tacto frío de silencio y ausencia. Todo es quietud.
   Cuerpo central en la escritura de Joan de la Vega es el inevitable sondeo en lo transitorio. Un verso de Wallace Stevens - “La luz vino de fuera”- sirve de pautada sincronía para el reconocimiento de lo temporal, percibido en la realidad más cercana; alrededor ese hilar de atardeceres y auroras, que regulan el devenir existencial donde todo sucede, como un viento invisible que impulsara el vaivén de las olas y rompiese la calma litoral; leves signos que marcan desapariciones y ocasos.
   En Via ferrata, un término de uso del montañero, la pasión por el relieve geológico de Joan de la vega transforma la aridez de la altura en espacio simbólico. El protagonista se empeña en escalar esos itinerarios, verticales u horizontales, entre grietas y paredes que requieren equipación minuciosa y un ánimo dispuesto al acceso imposible. Caminar es remontar, buscar el hilo leve del origen, perderse en la angostura del primer paso para quedar al margen del mundo, ensimismado y pleno, en abrazo fraterno con el estar. Ese intimismo del paisaje, hecho interior habitable, también encuentra atinada expresión en los haikus de Flores del Dharma. El esquema estrófico, más allá de su sentido estacional primigenio, se ha aclimatado con nuevas variables que traducen aceptación, soledad, percepción del paisaje o leves trazos sentimentales.
  En manos del aire se cierra con los poemas en prosa y verso libre de La montaña efímera. El entorno no es un espacio ajeno sino una cadencia que impulsa a ser. La andadura es un nítido recorrido existencial, un viaje donde se rememora un tiempo trascendido. El poema en prosa, siempre proclive al enfoque descriptivo, convierte al cauce versal en un entrelazado de emociones y vivencias, como si fuesen reflejos dictados por la contemplación. Lejos de la estridencia urbana y de su grisura de monotonía y desolación que erosiona cualquier dogma, el paisaje se convierte en un interlocutor afectivo, en una propuesta de itinerarios “donde se desmenuza el prodigio de la fugacidad”.  
   En la obra En torno a Issa y otros difuntos se hace evidente el homenaje explícito a uno de los magisterios luminosos del haiku clásico: Kobayashi Issa (1763-1824), quien personifica la humanización y la plena incorporación de la subjetividad en la estrofa. Frente a los que entienden el haiku como expresión concisa del instante, mientras desaparece la presencia del testigo para refrendar solo la sensación visual, Issa aloja en los versos los estados y sensaciones de la vida al paso, la experiencia que moldea la senda existencial, como azarosa línea marcada por los signos de la contingencia. Su legado refuerza la idea de que el trayecto personal es un recorrido brumoso, en manos del tiempo y sus alegaciones.
   El bagaje de Joan de la Vega integra una decena de títulos en castellano y tres entregas en catalán. Es, por tanto, un poeta de obra abundante y sin fracturas, con un pensamiento estético marcado por la experimentación lingüística, la reflexión semántica y la búsqueda de una propuesta singular. En su bibliografía, la estrofa japonesa ha sido una estrategia expresiva cercana, a la que ha dedicado libros al completo como  365 haikus y un jisey.
  Sirve como umbral de En torno a Issa y otros difuntos un haiku muy celebrado del japonés, hecho refrendo de la amanecida. Constata la importancia de la epifanía en el moldear de la identidad; el propósito de ser otro tras la demolición y la carencia: “Es primavera… / Atrás quedó Yataro / y nació Issa“. La voluntad renace y su semántica marca una sensibilidad auroral, capaz de superar soledad y extrañeza. El tantear dubitativo transforma el cansancio en plenitud y conocimiento; proporciona la fuerza germinal de quien acepta la condición del ser como curso transitorio y búsqueda.
   Ese clima poético propicia una crónica fragmentaria en la que una voz omnisciente va reconstruyendo un relato vital: “Issa avistó la soledad de los gorriones. / De los jirones del hambre hizo un nido / de palabras, que aún hoy nos da cobijo”. La geografía argumental suma percepciones, elementos al paso y pensamiento. Se escucha el fluir de la conciencia en el revuelo de las estaciones, reconstruyendo un horizonte de esperanza: “A mis cincuenta años de edad / abro y reabro las sílabas / de esta nueva primavera”. El periplo biográfico de Issa sirve de ruta expresiva al reencuentro con la memoria. La situación familiar, los viajes, la presencia cercana de la muerte que nunca diluye sus huellas, los indicios de permanencia y las grafías de lo exterior conforman un tiempo de incertidumbre que, poco a poco, se vuelve inaprensible.
  Joan de la Vega no se limita a caligrafiar el trébol versal con su cadencia de pentasílabos y heptasílabo. Emplea con frecuencia variaciones que conforman una polifonía. El molde clásico suma sílabas “A vista de pájaro / las copas de los pinos / hablan entre sí”, o ensaya la inclusión de haikus encadenados en un poema breve, como si la libertad formal propiciara una ventana comunicativa a la contemplación, nunca exenta de simbología y estratos reflexivos.
  Al amparo de la personalidad atemporal de Issa, se acoge también la misma identidad del autor dando aliento a un yo desgajado, que camina hacia adentro en su afán de esclarecer el sentido de lo real: “Tres líneas al azar / son suficientes / para sostener mi mundo”. Así lo ratifica, con pleno acierto, la última composición del libro “Cuenta pendiente”: “Todo lo escribí para mí, / para acercarme a mí / y saber medir la distancia / entre la carne y sus noches”.
    La senda inacabada de Joan de la Vega nos invita a oír la oculta música que interpreta, con luz, el pentagrama de la creación. Encierra en sus poemas la soledad callada que aguarda siempre, intacta y auroral, en cada amanecida.

José Luis Morante



  
 

sábado, 5 de marzo de 2022

ESTÉRIL, LA TRISTEZA

Lejos 
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia


  

ESTÉRIL, LA TRISTEZA
 
Cuando la soledad se haga presencia
querrás acaso precintar un día
la estupidez de otros.
Te basta con sellar
las glándulas esquivas
que hidratan tus carencias.
Sin reproches, persiste en los trabajos
de amansar pan y sombras
que hagan del error una corteza.
Y comparte contigo
esa tristeza estéril, confidente,
que requiere en voz baja
la expulsión de la culpa:
al menos, lo intenté.   


            (Del libro Nadar en seco)

viernes, 4 de marzo de 2022

RAMÓN EDER. AFORISMOS Y SERENDIPIAS

Aforismos y serendipias
Ramón Eder
Editorial Renacimiento
Colección Los cuatro vientos
Sevilla, 2021

LAS PACES CON LA VIDA

                                                        

   Poco dado al dogmatismo teórico, en el blog “Puentes de papel” Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) realizaba un mínimo acercamiento reflexivo al aforismo y a su vibrante despegue en el presente. El breve texto “Los apogeos intermitentes del aforismo” alertaba sobre los vaivenes presenciales de la voluntad lacónica y sus posibilidades de fulgor y marginación. Y asociaba ese estar de movimiento pendular con una etapa histórica de transición, donde el suelo de la certidumbre se convierte en espejismo movedizo que moldea la verdad y media del pensamiento en media verdad.
   De esa tensión polarizada entre fugacidad y permanencia se nutren los retazos verbales de Ramón Eder. El navarro muestra un decidido empeño por convertir la estrategia expresiva del habla lacónica en monopolio expresivo, aunque no reniegue nunca de un trayecto plural, cuya travesía inaugural dejó los poemarios Axaxaxa mlö (1985) y Lágrimas de cocodrilo (1988) y el libro de relatos La mitad es más que el todo (1988). Después, la cosecha minimalista y lapidaria copa por completo el trabajo de taller con casi una decena de estaciones al paso, algunas de especial calado como Palmeras solitarias,  reconocida con el Premio Euskadi de Literatura, 2019.
   En el caminar a solas del aforismo en busca de lo inesperado emerge una voz singular en la que toma asiento una reconocible caligrafía semántica, moldeada en torno a la existencia cotidiana y los dispares relieves de la realidad. La meditación fragmentada desgrana semillas verbales a partir de nutrientes expresivos como la intimidad confidencial, el humor, la ironía benevolente y la paradoja. Así se fortalece una inteligencia creadora que aglutina las entregas La vida ondulante (2012), Aire de comedia (2015),  Ironías (2016), Palmeras solitarias (2018), Pequeña galaxia (2018), El oráculo irónico (2019) y Café de techos altos (2020). Una amplia muestra de tan encomiable producción se compila en Aforismos del faro de la Plata (2022), con edición, selección y prólogo de Carmen Canet, profesora, aforista y excelente sondeadora del minimalismo verbal.
  La edición, con magnífica fotografía del autor de David Herranz y una escogida estela de viñetas que reordena la separación de secciones, ubica como farol de entrada un humorismo del inagotable Mark Twain: “Las mejores arrugas las producen las sonrisas”. Y añade una nota explicativa sobre “El aforismo serendipia”; Eder focaliza una estela del laconismo que aporta el reflejo de lo inesperado, ese instante varado en los relojes que convierte en compañía la casualidad y el hallazgo feliz por accidente. La sección “Aforismos de la Zurriola”, resguarda a los aforismos bajo las sombrillas playeras de Donostia, para reflexionar sobre la naturaleza literaria del género. Ramón Eder exige al habla concisa inteligencia, humor, ingenio y la carga justa de simbología que anule la banalidad de la ocurrencia.” En el aforismo el fondo y la forma son inseparables”, “El aforista es una mezcla de filósofo sin sistema y de poeta sin ripios”, “Todo libro de aforismos es un cajón de sastre”.
   Se advierte de inmediato que el escritor sabe que la pulsión vitalista del texto breve cobija ingenio, ese chispazo de la inteligencia que nunca concede sitio a lo previsible. Cada aforismo bordea la cuneta que enlaza realidad e imaginación, Es grava suelta y arbustos silvestres; un suelo firme, pero irregular, en el que se dibuja la sombra del discurrir diario: ”Cometemos el error de pensar que estar vivos es normal y corriente cuando es excepcional y asombroso”. En efecto, las aceras del día depositan situaciones, actitudes y pensamientos que van tejiendo la minúscula telaraña del asombro en la limpia nitidez del aire.
   Desde la luz encendida de la reflexión, se van alzando espacios de diversidad, como quien mira por la ventana y vislumbra una calle concurrida, donde cada instantánea es autónoma y exige una atención perpleja. La voluntad del texto suma recuerdos lectores, contingencias del ánimo y vivencias sentimentales que buscan integrarse en el balance existencial de la memoria: “Los hay que están enamorados pero son asintomáticos”, “Algunos se casan porque necesitan una madre”, “La paradoja de la vida es que hay que vivir como si fuéramos libres sabiendo que no lo somos”, “Cuando se construyeron las primeras cabañas de dos pisos ya algunos empezaron a soñar con rascacielos”.
   La sociología, el sentido lírico y la ironía son destellos continuos en la escritura de Ramón Eder. Proporcionan una naturalidad expresiva que, de inmediato, suscita el asentimiento y, no pocas veces, la sonrisa o el cálido abrazo lector: “Tenemos el dudoso honor de vivir en la época más próspera y más pueril de la historia”, “Creo que ser español para un español es más complicado que ser portugués para un portugués”, “El latín de las misas católicas lo entendía todo el mundo porque se sentía el misterio y así se comprendía todo”, “Las redes sociales de internet han modernizado el linchamiento”, “Lo malo de los atajos es que a veces nos hacen más corto un maravilloso camino.”, “A los narcisos les acaba haciendo el espejo la autocrítica”.
   El escritor rompe la monotonía con un amplio crisol temático. En él cristaliza, con voz serena e incisiva, la líquida realidad del discurrir. Aflora en los textos la carga interior del fluir reflexivo. La observación de quien percibe convierte cada instante en una parada emocional. El enunciado es compartido desde la razón como un frágil dominio sin pretensiones ilusionistas, aunque con la certeza de que “el escritor que innova es el que nos enseña a mirar de otra manera lo de siempre”, y de que “No gustar a los malos lectores es tan importante como gustar a los buenos”.
   Ramón Eder cierra su entrega con un abanico de serendipias. El escritor asocia el código comunicativo del habla concisa con el hallazgo y sus variaciones semánticas. Explora la oquedad azul del aire que suspende el misterio. Quien escribe busca rescoldos, manchas amarillas que diluyen las sombras; la esencia destilada del sol en la rendija.
 

JOSÉ LUIS MORANTE



 

 

 

jueves, 3 de marzo de 2022

VIVIR A SORBOS


   

A SORBOS

                                                                                                 

Todo es siempre menos
 
JRJ
 
 
Extremó la prudencia verbal; no aventura palabras si no es en presencia de su diccionario.
 
***
 
Afrontar sin amargura, sin gestos de abandono,  que lo que pensamos oculta lo que somos.
 
***
 
Su cerebro contiene dos ideas; son tan opuestas que entre ellas cabe un sistema filosófico.
 
***
 
Al florecer el día  rompe la quietud del reloj un aforismo. Sorbos cortos.
 
***
 
Basta mirar la penumbra de alrededor para saber que no estoy.
 
***

El puño cerrado de quien corta rosas.
 
***
 
Una pobreza de hospitalidad irrefutable, capaz de ofrecer su vieja cama de faquir.
 
***
 
El silencio y su fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.
 
***
 
El prudente convierte en coma cualquier punto final.

(A sorbos)


miércoles, 2 de marzo de 2022

MARIO VEGA. DIGAMOS QUE FUE AYER

 Digamos que fue ayer
Mario Vega
Prólogo de Alejandro V. Bellido
Ediciones Sonámbulos
Granada, 2021 

 

LOS RESTOS DE LA FIESTA

 

 
   He comentado con frecuencia que el Mediterráneo poético contemporáneo, más allá de la opinión gruesa de quienes no leen o, sencillamente, despliegan el paraguas del tópico, es una suma de itinerarios, donde se define una prolija diversidad de enfoques. Se percibe un hermoso fulgor donde conviven la estela continuista de la tradición y la heterodoxia más enmarañada, propensa al manierismo rupturista. En el poblado ambiente, pasean por las aceras herencias y deudas. Continuidad de fondo. Una visión del paisaje que requiere ir cotejando perfiles concretos, como el que aporta Mario Vega (Oviedo, 1992), Maestro de Educación Primaria, estudiante de Lengua Española y Literaturas y editor del sello Maremagnum. El trabajo poético del asturiano tiene su amanecida en 2016, cuando cobra vida Al umbral de las horas; tras algunos poemas sueltos en revistas y publicaciones digitales, suma a sus páginas iniciales La mala conciencia (2018), al ser ganador del certamen “València Nova”.
   Mario Vega retorna a la poesía con Digamos que fue ayer con bellísima fotografía de cubierta de Lola Maleno y con el proemio “Comanchería”, firmado por Alejandro V. Bellido. El prólogo inserta el poemario en “una tradición poética irónica, clara, que no pretende enmascarar el lenguaje que quiere transmitir, porque busca una comunicación…” con la sensibilidad en guardia del lector. Se trata, en suma, de hacer del intimismo un paseo en común, que deje en las palabras la niebla existencial de lo diario. El escritor busca apoyo en una tradición asentada en la figura totémica de Antonio Machado y en voces del medio siglo, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo. De sus magisterios emana un decir que integra la ironía en la sensibilidad expresiva. Pero también refuerza la naturalidad del discurso lírico con los legados de Miguel d’Ors, Víctor Botas y el Luis Alberto de Cuenca de la línea clara, el que hizo de La Caja de plata una estación de llegada, un lugar de cobijo en el que permanecen intactas las palabras a la tribu.
   Como sucedía en La mala conciencia, de inmediato se percibe en la arquitectura compositiva la efectiva precisión, la poda severa de cualquier aditamento retórico, el elaborado sentido del ritmo y una dicción que apuesta por la transparencia y la ausencia de hermetismo. En suma, las significativas combinaciones de un realismo figurativo que hace de lo cotidiano marco escénico asentado en la eventualidad del tiempo. En el apaisado horizonte del poema habita una identidad desdoblada que se erige como testigo de un presente generacional, ese calendario que aglutina el magma sensorial de una terminología de brotes digitales y neologismos (Wifi, Netflix, Ryanair, likes, MacBook, hashtag…) y en cuyos días sobresuelan esas nubes bajas de lo nostálgico que comparte el poema “Digamos que fue ayer”: “Tiempo atrás ya quedó / la infancia y el amor y las certezas. / Hoy malvives rendido, / arrastrado buzón / con un par de zapatos heredados / de una talla más grande. / Solo pequeños gestos te redimen / y tus esfuerzos pocas veces pagan / la luz y tu ambición.”
   La consistencia del personaje literario transita por las emociones del sujeto biográfico, y se apropia de un patrimonio sentimental que el poema convierte, sin falsas apariencias, en reflejo de gestos, pensamientos laborables y restos de la fiesta. El sujeto lírico no se monopoliza en lo biográfico, también recupera, por medio del narrador omnisciente y, a veces, a través del monólogo dramático personajes  que admiten una lectura reflexiva de la propia existencia. Quien escribe tiene la sensación de que desconoce claves e itinerarios; tras la temprana pérdida de la inocencia, cabalga hacia el crepúsculo de su propio destino, desde una conciencia difusa que no encuentra la razón de vivir. El tiempo inadvertido solo tiende al paso imprecisiones sobre la condición humana, pálpitos de acritud y desengaño: “Ya escucho resonar lejanos cascos / de sombríos caballos / que vienen y se alejan, ya más cerca / del medio del camino: / lo más lejos posible de la nada.”.
   En el variado recorrido de Digamos que fue ayer marca senda el sesgo confidencial, una nítida claridad expresiva que anula cualquier voz impostada y deja una mirada verdadera sobre el cauce vivencial. Sale a la luz el ensimismamiento de un sujeto que abre sendas a la elegía, con serena sordina, o el verbo enamorado de quien hereda esa identidad bobalicona del despliegue hormonal, con el empaque de cálida ironía que atestigua “Poema que te escribo en un pispás”. En la calma intimidad del recuerdo también hay sitio para vértices esenciales de la biblioteca como Jorge Luis Borges, presencia nuclear del poema “Ginebra, 12 de mayo de 1986”.
   El poema “El inmortal” constata una densa textura erudita. En los versos hay un calado referencial que remite a personajes y libros Son indicios de un poeta lector que sale al día con las armas dispuestas: las palabras de otros son siempre colectivas palabras del momento. Ese compromiso con el legado de la biblioteca deja sitio también para una variación poética de Rocío Acebal, solícita compañía generacional e impulsora de un ideario estético cuajado de afinidades.
   Muy pocos poetas muestran de forma tan clara la negación del prurito de originalidad expresiva. Acaso porque Mario Vega sabe que el verdadero valor del poema está en el arraigo con el que las palabras sustentan un mundo conocido; el esfuerzo para que llegue la emoción del poema. Tacto de fiebre y vida que da calor al despertar diario.

JOSÉ LUIS MORANTE