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martes, 13 de mayo de 2014

POESÍA EN LEGÍTIMA DEFENSA

En legítima defensa
Poetas en tiempos de crisis
Prólogo de Antonio Gamoneda
Coordinación literaria: Manuel Rico
Bartleby Editores, Madrid 2014 (2ª Edición)

POESÍA Y CRISIS

 
   Utilidad comunitaria de la poesía; arte que tiene una nítida conciencia de su integración activa en el devenir social; política poética. Premisas sin respuesta que salen al paso al abordar la lectura de En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis, una llamada al orden cultural de Bartleby Ediciones en la que conviven poemas de cuatro generaciones en activo, desde la inolvidable Generación del 50 hasta amanecidas individuales que apenas han dejado en las estanterías los primeros rayos escriturales.
  Firma la breve introducción el poeta Antonio Gamoneda. En las disquisiciones del Premio Cervantes leonés se percibe de inmediato un alineamiento claro con el compromiso. Sus aseveraciones proceden del andamiaje de esos reiterativos titulares que prodigan los periódicos. Respiramos una ominosa crisis económica expandida de forma global, cuyos efectos secundarios se multiplican. En todos los continentes hay un enquistamiento de la riqueza, una concentración desaforada de los medios de producción y una erosión sostenida de los estratos más vulnerables. El capitalismo y la economía neoliberal prodigan mecanismos de ajustes para mantener las balanzas contables y, una vez más, se traza una divisoria profunda entre privilegiados y no privilegiados, entre conglomerados financieros y la miseria de los periféricos. Este es el desolador panorama que Antonio Gamoneda resume en el prólogo. Y en ese contexto se vuelven a plantear las eternas dubitaciones sobre el sentido de la escritura: “Para qué la poesía? ¿Es posible creer aún que la poesía es un arma cargada de futuro, como escribió Celaya? ¿Peca de ingenuidad quien sostiene que en el arte se pueden preservar algunos ideales utópicos? ¿Tienen las palabras carácter revulsivo?... Son hipótesis que no hace demasiado tiempo justificaron libros referenciales de la poesía de posguerra – Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro…- y que en la antología En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis se pronuncian de nuevo.
   En la copiosa selección de más de doscientos autores hay un variado andamiaje argumental, un posicionamiento plural y la convicción de que los poemas introducen en el silencio de la resignación un análisis crítico que descubre el preciso contorno de lo colectivo. Utilizando un aserto que Antonio Machado citó en su proyectado discurso de ingreso en la Academia de la Lengua: “una anticipada descarga de la conciencia”.
   Frente a la literatura del yo ensimismado que tiene en su propio ámbito un único anclaje escéptico y sedentario, por la provisionalidad de sus certezas, retorna la poesía del nosotros, aquella que se propone como conciencia moral que galvaniza un mundo precario y no cierra los ojos ante la incoherencia. Los versos tienen de nuevo la posibilidad de crear enlaces entre las palabras y el cuerpo social y a ello se aplica un amplio listado de voces y una ecléctica pluralidad de registros, desde el marco figurativo hasta el irracionalismo, desde la proclama libertaria hasta el discurso experiencial.
  En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis es una compilación en la que ética y estética dialogan con la convicción de que el compromiso no es nunca un gesto efímero y voluntarista, una formulación a gritos de retórica panfletaria, sino una obligación diaria del hombre de la calle, del poeta.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

MIGUEL ÁNGEL CONTRERAS. DESIERTO.

 Libro de precisiones
Miguel Ángel Contreras
Bartleby Editores, Madrid, 2012

El preludio que abre Libro de precisiones, de Miguel Ángel Contreras (Guadix, Granada, 1968) dibuja una situación de lugar, vivida a diario por los habituales del suburbano de la gran ciudad: el viaje constata que habitamos un vagón repleto de soledades, sin otra conexión que la cercanía física. De esa circunstancia contextual de mínimo contacto se puede hacer una lectura simbólica: el ser existencial vagando en las arenas de su propio desierto interior. De ese modo el protagonista textual deambula por un tránsito aleatorio en el que debe encontrar rutas hospitalarias, a pesar de que “El desierto se hace opaco, / como una incesante oquedad abierta, / una oquedad que se abre eterna / y se desmorona lentamente / casi de forma ingrávida”. El trascurrir propicia un paréntesis vital de conocimiento reflexivo; en esa suma de pasos aleatorios están algunas de las respuestas que esclarecen la identidad del yo, un ser semejante a una sombra de difuso contorno.
   Conocer nuestros límites enseña a buscar razones para no contaminarse por el humo de lo cotidiano, hecho de propósitos baldíos. Los estrechos logros que alientan las metas no sobrepasan la posesión material y contradicen aquel espíritu machadiano que predicaba la levedad, el caminar ligero de equipaje. Progreso y materialismo no son sino altares con falsos ídolos al sol.
   El desierto es un lugar físico, único a la aridez y a la intolerancia climática. Define nombres propios que están en las páginas de los estudios geográficos. Pero también el desierto es una sensación, una inquietud que habita en cualquier recodo del camino. El desierto es Petra y Cartago, Madrid o Barcelona, Lisboa o París; un subsuelo abierto que pone en comunicación con el tacto gélido de la soledad.
  Si los poemas iniciales comparten un clima escritural uniforme, definido por esa continua sensación de orfandad y retiro, el segundo conjunto poemático, “Variaciones en la piedra”, mantiene la indagación de la conciencia en su propio deambular. El protagonista textual se difumina, cede protagonismo al entorno. El ser ya no es el centro de gravedad de las palabras, sino la materia y el paisaje, las formas que aglutinan opciones entre el equilibrio y el caos. Ya no es la intimidad el lugar de la palabra sino el contexto, la geografía concreta, la soledad de la materia: “Vengo a la región de la materia, al espectro / visible que descubre el paisaje, / al caos y al equilibrio “.
   La impresión que domina en los breves poemas de Libro de precisiones es el esfuerzo baldío de un náufrago que lucha contra la corriente y que aflora a la superficie para llenar de aire los pulmones. Los versos que cierran el poemario dibujan un bregar esperanzado, capaz de poner un poco de calor en la piel del invierno. El futuro no es sólo una palabra: “no dejo de sentir cada mañana / que lo mejor siempre está por llegar.”