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sábado, 28 de marzo de 2020

JOSÉ ÁNGEL LEYVA. TRES CUARTAS PARTES

Tres cuartas partes
José Ángel Leyva
Editorial La Garúa / Poesía
Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 2020



PUNTOS CARDINALES


   El discurrir literario de José Ángel Leyva (Durango, México, 1958)  ha adquirido en su caminar sobre el tiempo una personalidad sólida y sorprendente, marcada por la hibridez de géneros. Su escritura es una sala polivalente, donde se yuxtaponen espacios para el periodismo, la gestión editorial y la poesía donde retorna con el libro de hermosa edición Tres cuartas partes.  
   El volumen añade como amanecida un poema de Antonio Gamoneda. El reconocido escritor leonés recurre a la intertextualidad para trazar un homenaje lírico a la voz del autor mediante la composición “Frontispicio para, con, en la poesía de límites de José Ángel Leyva”. El dilatado título genera de inmediato una indagación crítica, ya que la etiqueta “Poesía de límites” propone una semántica de exploración y búsqueda, de tanteo en el maleable magma del lenguaje. El poema de Gamoneda reniega de lo explícito para dejar que versos y palabras de Leyva caminen por itinerarios renacidos; se asienta así en el texto una conjunción de voces que refuerza el extrañamiento como espacio germinal.
   El primer tramo, “La eternidad no es tiempo” comienza con un poema de fuerte impacto emocional. En los versos de “La perra” conviven la lucidez de la experiencia vital y el apunte crítico. El argumento muestra la introspección de un yo desdoblado que conforma una desoladora imagen del presenta con los grises indicios del pasado. Otro texto básico de esta sección es “Tres cuartas partes”, un poema homónimo que define el epígrafe del libro. El sujeto se ausculta a sí mismo aceptando que las tres cuartas partes de su fisiología son fluidos que anegan músculos y huesos. Esos líquidos vitalizan el trayecto perceptivo y la conciencia de ser en la que tiene cabida una menesterosa representación de lo real.
  Las divergencias del entorno asoman en poemas como “Alicia en Ciudad Juárez”, “Migrantes” o “Su nombre es Bagdad”, donde la actualidad caligrafía una novela de ideas por la trágica situación social de los crímenes y mujeres desaparecidas, de la búsqueda de una patria donde haya unos gramos de futuro, y la violencia en las calles de tantos países en permanente conflicto bélico; una ficción cuyo narrador omnisciente es la conciencia del sujeto que deja hablar a las convicciones éticas y estéticas en cuyo argumento entrelaza interioridad y exterioridad  El texto “La poesía” tiene el levitar de una poética en la que está presente el carácter paradójico del lenguaje y su relación con la muerte y lo perecedero: “¿De qué están sembrados los sepulcros / que no echan fuera gusanos sino flores?”; también ese enlace entre la temporalidad y la palabra germina en la composición “Amores”; pero el material temático que define  la sensación nocturnal de este primer tramo es el recorrido de un filón tétrico sobre esas plagas bíblicas que dictan la fisionomía del presente. Sobrecoge el entrelazado de composiciones dedicado a la guerra, el hambre, la peste o la muerte como vestigios ponzoñosos empeñados en crear un conjunto de ruinas perdurables, propicias a tormentas y naufragios.
   Se contraponen a esa mirada hacia las sombras otros poemas más enunciativos en los que tienen sitio las indagaciones sobre la tradición local o la caligrafía del recuerdo con secuencias evocadoras de viajes y regresos.
   La semántica nocturnal de esta primera parte, enfocada en la relación entre protagonista existencial y entorno histórico, cobra un viraje en el apartado “Visual” donde el arte y sus expresiones en la pintura, la escultura o la percepción de lo matérico se convierte en protagonista del transitar poético. A veces es el espacio físico del taller, como en “Estudio de Lutxana” en que muestra su disposición a la luz y la contemplación, al ángulo de la pupila que reclama la presencia del arte. En otros texto, como en “Louise Burgeois” el trazo argumental aliente la reflexión y el encuentro del espectador con la obra y su disposición a buscar las claves lógicas de la expresión artística en un camino que avanza por las sombras de la interpretación y lo subjetivo.
   El lenguaje fluye hacia dentro de la materia para entender su textura interior y vislumbrar las vetas que hablarán si encuentran la mano del artista. Lo sólido es proyecto, un lenguaje por pronunciar, un ojo en vela que busca descifrar la geometría de la luz; de ese impulso germinal se hace el poema “Bosques” al que pertenecen estos versos: “También el hombre echa raíces / frutos semillas / Insemina el aire / Escribe en la corteza y en la fronda / las cosas que pasan por las ramas del cerebro…”. 
   Sirve de epílogo a Tres cuartas partes una coda crítica del poeta, ensayista y profesor universitario Juan Carlos Abril titulada “La mirada humanista”. La aproximación es excelente y clarifica la coordenada exacta del poemario: ese lenguaje indagatorio que habla del hombre y la condición trasversal del dolor que puebla el discurrir existencial. Pero delante no queda el vacío y el salto hacia la nada. Queda, como recuerda Juan Carlos Abril el poema, la palabra, el verso… Esa piedra firme del lenguaje en la que se sostiene la esperanza.

JOSÉ LUIS MORANTE


    

domingo, 8 de abril de 2018

RAFAEL MORALES BARBA. POÉTICAS DEL MALESTAR

Poéticas del malestar
Rafael Morales Barba (Ed.)
Prólogo de Antonio Gamoneda
Ediciones El Gallo de Oro, 2017


POÉTICAS DEL MALESTAR

   El volumen Poéticas del malestar, editado por Rafael Morales Barba (Madrid, 1958), tiene una apariencia didáctica imponente. Sus seiscientas veinte páginas constatan un moroso quehacer. Dan fe de la dedicación exhaustiva del profesor universitario frente al discurrir del cauce poético contemporáneo. Es un campo de investigación al que ya se acercó en las páginas críticas de Última poesía española (1995-2005), La musa funámbula y Poetas y poéticas para el siglo XXI en España.
   La obra incorpora un pórtico firmado por Antonio Gamoneda, donde insiste –es una cuestión recurrente en el poeta leonés, como lo fue en José Ángel Valente- en su no pertenencia a la Generación del 50 y en su alejamiento de las componendas promocionales del Grupo de Barcelona, tan explicadas ya por las memorias de Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald, o por las entrevistas y escritos autobiográficos de Jaime Gil de Biedma. Queda claro, por enésima vez, que respirar el contexto histórico del franquismo y el ambiente social y cultural de aquel tiempo histórico no mimetiza rasgos ni hace del gregarismo un refugio poético compartido. Es verdad; la manifiesta insularidad creadora de las voces del medio siglo ha generado un magisterio expandido en el tiempo que se dilata hasta la pradera digital y las últimas promociones líricas.
  Aunque Gamoneda defiende que la canonización comporta una quietud de la conciencia poética individual y un cierto desvanecimiento de la propia personalidad. Sus recelos no son contrastados por el pie de página de la  realidad literaria, según aseveran los aportes de Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Ángel González o José Manuel Caballero Bonald, protagonistas de un legado singular y fortalecido por trazos unipersonales.
  Ya centrado en Poéticas del malestar, muestra algunas disonancias ante el enfoque de Rafael Morales Barba, a quien califica de imprevisible al abordar con simetría ecuánime a los incluidos en su estudio y al etiquetar con límites desvaídos algunos agrupamientos estéticos. Estas sombras no anulan la coda final positiva al calificar este empeño clarificador del poeta y profesor universitario como un trabajo crítico oportuno y necesario.
  El libro en sí aporta una selección de poetas nacidos en torno a 1975, cuyas obras iniciales vez la luz en la amanecida del 2000, pero ambos criterios se emplean con una amplia libertad, ya que se incluyen autores nacidos en los sesenta como Manuel Vilas, Miguel Ángel Curiel, Jordi Doce, Jorge Gimeno, Agustín Fernández Mallo, y poetas que casi cierran la década siguiente como Luis Bagué Quílez, Julio César Galán, Juan Andrés García Román, Guillermo López Gallego y Ana Gorría, o que pertenecen a la década del ochenta, como Fruela Fernández y Pablo López Carballo; todos coinciden en ser autores que publican en torno al 2000.
   Casi todos los agrupados en Poéticas del malestar son nombres presentes ya en otras antologías. Ejercen como autores representativos de una época confrontada con el realismo; hacen de la fragmentación –entendida ésta como estar al margen frente al discurso normalizado del todo- y la reticencia escéptica ante la retórica de lo cotidiano actitudes estéticas de un estar heterogéneo, que postula una diversidad de procedimientos en su resistencia y desazón.
   Tras el análisis de contexto, el libro selecciona una amplia relación nominal integrada por los más solventes solistas; de cada uno de ellos se incorpora una sucinta biografía, un esquema estético del quehacer lírico y una selección de poemas. En este apartado hay algunos aspectos disonantes; por ejemplo los despistes ortográficos que afectan al apellido de Abraham Gragera, al nombre de Josep M. Rodríguez o a los nombres literarios de José Antonio Bernier o Luis Bagué Quílez; si el poeta firma de una manera su obra, hay que testificarlo críticamente; del mismo modo, es conveniente que el estudio estético de los elegidos tenga una similar extensión ya que se trata de una obra colectiva y que los criterios de selección se cumplan: por ejemplo, integrar en las poéticas del malestar a un poeta celebratorio parecería, cuanto menos un gesto irónico.
  Entre los vértices centrales del trabajo figuran Jorge Gimeno, Julieta Valero y Manuel Vilas. Así lo manifiesta el crítico al dilatar el espacio reflexivo y al resaltar su legado en varios momentos. Lo mismo sucede al enfocar la obra de Abraham Gragera, con una dedicación intensa, ya expuesta en las páginas de la revista Turia
  Rafael Morales Barba acierta a definir, sin mapas asamblearios ni componendas grupales, un conjunto de miradas de la periferia realista imperante, en el que se conjugan algunos nexos comunes: insatisfacción frente a un proyecto existencial global atestado de asimetrías, moderado irracionalismo y cultivo del fragmento. Son los nombres que inician un nuevo siglo, que siguen confiando en la capacidad precaria del poema para habitar misterios.



martes, 13 de mayo de 2014

POESÍA EN LEGÍTIMA DEFENSA

En legítima defensa
Poetas en tiempos de crisis
Prólogo de Antonio Gamoneda
Coordinación literaria: Manuel Rico
Bartleby Editores, Madrid 2014 (2ª Edición)

POESÍA Y CRISIS

 
   Utilidad comunitaria de la poesía; arte que tiene una nítida conciencia de su integración activa en el devenir social; política poética. Premisas sin respuesta que salen al paso al abordar la lectura de En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis, una llamada al orden cultural de Bartleby Ediciones en la que conviven poemas de cuatro generaciones en activo, desde la inolvidable Generación del 50 hasta amanecidas individuales que apenas han dejado en las estanterías los primeros rayos escriturales.
  Firma la breve introducción el poeta Antonio Gamoneda. En las disquisiciones del Premio Cervantes leonés se percibe de inmediato un alineamiento claro con el compromiso. Sus aseveraciones proceden del andamiaje de esos reiterativos titulares que prodigan los periódicos. Respiramos una ominosa crisis económica expandida de forma global, cuyos efectos secundarios se multiplican. En todos los continentes hay un enquistamiento de la riqueza, una concentración desaforada de los medios de producción y una erosión sostenida de los estratos más vulnerables. El capitalismo y la economía neoliberal prodigan mecanismos de ajustes para mantener las balanzas contables y, una vez más, se traza una divisoria profunda entre privilegiados y no privilegiados, entre conglomerados financieros y la miseria de los periféricos. Este es el desolador panorama que Antonio Gamoneda resume en el prólogo. Y en ese contexto se vuelven a plantear las eternas dubitaciones sobre el sentido de la escritura: “Para qué la poesía? ¿Es posible creer aún que la poesía es un arma cargada de futuro, como escribió Celaya? ¿Peca de ingenuidad quien sostiene que en el arte se pueden preservar algunos ideales utópicos? ¿Tienen las palabras carácter revulsivo?... Son hipótesis que no hace demasiado tiempo justificaron libros referenciales de la poesía de posguerra – Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro…- y que en la antología En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis se pronuncian de nuevo.
   En la copiosa selección de más de doscientos autores hay un variado andamiaje argumental, un posicionamiento plural y la convicción de que los poemas introducen en el silencio de la resignación un análisis crítico que descubre el preciso contorno de lo colectivo. Utilizando un aserto que Antonio Machado citó en su proyectado discurso de ingreso en la Academia de la Lengua: “una anticipada descarga de la conciencia”.
   Frente a la literatura del yo ensimismado que tiene en su propio ámbito un único anclaje escéptico y sedentario, por la provisionalidad de sus certezas, retorna la poesía del nosotros, aquella que se propone como conciencia moral que galvaniza un mundo precario y no cierra los ojos ante la incoherencia. Los versos tienen de nuevo la posibilidad de crear enlaces entre las palabras y el cuerpo social y a ello se aplica un amplio listado de voces y una ecléctica pluralidad de registros, desde el marco figurativo hasta el irracionalismo, desde la proclama libertaria hasta el discurso experiencial.
  En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis es una compilación en la que ética y estética dialogan con la convicción de que el compromiso no es nunca un gesto efímero y voluntarista, una formulación a gritos de retórica panfletaria, sino una obligación diaria del hombre de la calle, del poeta.